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miércoles, 8 de septiembre de 2021

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada
a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para que traten de
 descifrar una enfermedad desconocida que la afectaba.

Treinta años después.
 
El 26 de octubre de 1994 recibí una carta de mi mamá. Sería la última. Luego ya no tendría fuerzas para sostener una lapicera.
 
“Lo que tengo no es alentador...”, denunció.
 
Continuó con un párrafo cargado de fe y abrazada a la esperanza de curarse de una enfermedad que desconocía: “creo en Dios, en la vida, y así encuentro las fuerzas para aceptar lo que me toque vivir. Estoy resignada, para cada cosa hay un tiempo y ese tiempo lo dispone Dios. Mi fe será mi salvación”.
 
En su convicción religiosa, sin embargo, se permitió dudar sobre si en un futuro incierto mantendría esa fortaleza: “necesito... serenidad y eso en mí hasta hoy es positivo, mañana no sé”.
 
También detecté entrelíneas una protesta contra la ironía de la vida. Sus fuerzas estaban flaqueando cuando se disponía a gozar de la cosecha de su siembra como le había sucedido a su mamá, la nona Antonia. “(debo) aminorar la marcha en todo... comprender que la vida tiene circunstancias buenas y malas... me toca vivir una crisis”.
 
En párrafos posteriores me pedía que visite a un especialista para que descifre su mal. Las piernas no le respondían, sus médicos no sabían qué padecía y los remedios no la aliviaban.
 
Munido de una copia de su historia clínica, radiografías, nombres de medicamentos y vitaminas visité al mejor neurólogo del Hospital Palmetto de Miami.
 
–Buen día, – saludé, mostrándole el historial –los médicos le dijeron que en este país tal vez sepan qué enfermedad tiene; allá se le quemaron los libros; y como aquí la medicina está más avanz...
 
El neurólogo no me dejó terminar. Frunció el ceño con incredulidad. Leyó la primera página y ojeó las demás a la ligera como si no necesitara leer más. Segundos después, tan largos como un invierno, me dio el veredicto.
 
–¿Quién le dijo que los médicos no saben?, ¡claro que saben!, mire aquí. Dice ELA. Su madre tiene Lou Gehrig. Le quedan dos años de vida.
 
Sentí un retorcijón en el pecho como si alguien me agarrara el corazón y lo retorciera como trapo de piso. Quise agarrar al médico y partirle la cara. No tenía derecho a darme la sentencia como si fuera una simple dirección para encontrar una calle. Salí del hospital atolondrado. No pude ir a trabajar. Preferí volver a casa y cobijarme en mi esposa. Llamé desconsolado a mi hermano. Todavía aturdido, busqué coraje para enfrentar a mi papá. Tenía que decirle que el diagnóstico siempre lo había tenido frente a sus ojos, escrito como una escueta receta de cocina.
 
Llamé a mi papá. Acusé a los médicos de todos los males sobre la Tierra: malvados, farsantes, fenicios. Mi papá no se tragó los rodeos y fue directo al grano.
 
–¿Qué te dijeron?
–Papi, sus médicos saben lo que tiene. No entiende por qué no te dijeron. Aquí son directos, no van con vueltas.
–¡¿Qué tiene?! Solo tiene las piernas dormidas.
–Es una enfermedad degenerativa del sistema nervioso. No tiene cura.
–¿Pero no le pueden dar remedios, un tratamiento?
–No me entendés. No tiene cura. Se llama ELA, hablá con los médicos. Lo escribieron, está en el tercer párrafo. Preguntales por qué no te dijeron.
–¡Qué se yo!, tal vez porque no es grave.
–Papi, es grave, creeme, a mami le quedan dos años de vida – le dije y dejé caer las palabras hacia el final para que no las escuchara.
 
El silencio del otro lado de la línea me perforó los tímpanos.
 
–¿Papi, me escuchaste?, ¿hola? Hablá con los médicos. ¿Qué vas a hacer?
–Yo se lo diré a mami – dijo con entereza. Hizo una pausa para agregar algo, pero no pudo.
 
No sé cómo, dónde o cuándo se lo anunciaría a mi mamá. No pregunté ni quise saber. Imaginé mil escenarios. Cómo contarle a quien creía que sus virtudes y razonamientos le alcanzarían para superar un simple entumecimiento de piernas. “Sabemos -decía ella en su carta- que en la vida hay siempre dificultades y esfuerzos que superar, habrá que usar las armas necesarias o bien templarse para ir recuperando energías...”.
 
En aquellos meses busqué desesperado información sobre la enfermedad. Hospitales, universidades y laboratorios seguían investigando sin éxito la cura para la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) o “enfermedad de Lou Gehrig” en honor al famoso beisbolista que la sufrió. Los ensayos clínicos eran escasos e inciertos y reservados solo para estadounidenses.
 
Mi mamá murió cinco años después, en 1999, a los 70 años. El ELA le había consumido cada signo vital de su cuerpo, aunque no su claridad mental que mantuvo hasta el último aliento. Eligió irse un 10 de abril, el mismo día que su mamá lo había hecho treinta y un años antes. Hasta el final, con un movimiento de ojos le ordenaba a mi papá que llamara a Miami o Madrid para saludar a sus nietos en los cumpleaños. Todo en su vida era importante, incluso los pequeños detalles.
 
Falleció bajo los cuidados intensos de mi papá. En su carta, ya con las fuerzas flacas, enaltecía aquellos cuidados y al amor de su vida: “papi me ayuda mucho, hace de enfermero, cocinero, cadete. Muy rico por dentro, esto me tonifica”. Mi papá decidió acompañarla años después, el 14 de octubre de 2012, cerrando otro ciclo generacional que se había iniciado muchos siglos antes con los Trotti y los Trossero en los alrededores de Castellazzo Bormida y de Pinerolo en el Piamonte italiano.
 
Por muchos años deambulé retobado contra la ironía de la vida. No podía entender cómo una persona tan enérgica y de fe irreductible podía apagarse perdiendo la vida a cuentagotas por cinco años. Dudé muchas veces si en el martirio de sus últimos días, postrada, inerte y casi sin aliento, habría perdido la fe atrapada en aquel “mañana no sé” o si mantuvo su credo: “mi fe será mi salvación”.
 
Años después, más tranquilo, volví a enfrentarme al ELA cuando murió el reconocido científico Stephen Hawking en marzo de 2018. Para entonces la enfermedad seguía sin cura, pero era más conocida debido a que las estrellas de Hollywood se arrojaban baldes de agua helada sobre la cabeza para despertar conciencia.
 
Confieso que con Hawking siempre me sentí más compasivo con sus sufrimientos que deslumbrado por sus descubrimientos científicos. Nunca estuve muy atento a sus predicciones celestiales sobre si la Humanidad se extinguirá en 600 años, si Dios fue quien apretó el botón del Big Bang o si lograse conciliar la relatividad de Einstein con la energía cuántica de los agujeros negros.
 
A pesar de que vivieron en universos tan distantes como distintos, comprobé que Hawking y mi mamá estaban hermanados por sus penurias y también por sus ansias de encontrarle sentido a la existencia. Él, desde la complejidad científica y, ella, desde la simpleza terrenal de la fe creían que debe existir vida o una razón detrás de las estrellas.
 
En esa búsqueda por caminos muy diferentes, llegaron a la misma conclusión: los misterios del Universo son apreciables y comprensibles desde el mundo que cada día construimos.
 
Hawking resolvió ese enigma tras décadas de observación. Reveló su descubrimiento a través de una frase concluyente cargada de rigurosidad científica: “el Universo no sería gran cosa si no fuera hogar de la gente a la que amas”.
 
Mi mamá llegó a la misma conclusión sin necesidad de grandes telescopios para bucear entre las galaxias. Aprendió esa máxima en la experiencia de su pequeño y humilde universo, el Bar Nueva Pompeya. Siempre lo consideró el hogar de la gente que amaba y el que “me regaló propósito y felicidad para vivir”.  
 
La revelación de Hawking me ayudó a darle mayor dimensión al descubrimiento de mi mamá. También me sirvió para sentir y descubrir que, con el tiempo, la pérdida física de las personas y cosas que se aman se transforman en energía y presencia espiritual perpetua.
 
Así pude y puedo sentir que mi mamá y su bar siguen viviendo. Resplandecen en un campo de estrellas idéntico al mar de flores de alfalfa en el que ella chapoteaba de chica en Clucellas.
 
En esa nueva constelación vive, sin tiempo ni espacio, aferrada a todos sus amores, a los personajes del bar, sus antepasados, sus parientes, su esposo, sus hijos, sus nueras, sus nietos y sus descendientes del futuro.
 
El bar de mi mamá late y titila allá arriba en el profundo infinito y, también, en el vasto universo de mi memoria.

Otros párrafos de su carta en la que entendía que lo "que tengo no es alentador"
y donde destacaba su fe y sus temores, así como los cuidados intensos de mi papá.


lunes, 16 de agosto de 2021

Nació la esquina entre dos fiestas de Comunión

La Primera Comunión de mi hermano en 1961. Él frente a su torta, yo casi detrás poniendo un brazo sobre su hombro y otro sobre mi amigo René González, mi mamá ami derecha con las otras tres chaperonas y varios de los chicos del barrio que llegaron a tiempo para la foto.

La idea de mis padres de comprar la esquina de Iturraspe y Perú nació en la fiesta de Primera Comunión de mi hermano en 1961 y tomó fuerza a partir de la mía en 1965.
 
Antes no se les había cruzado por la cabeza comprar nada. Habían llegado a San Francisco desde el campo con “una mano atrás y otra adelante”, como luego repetiría orgullosa mi mamá. En los primeros cuatro años debieron adaptarse a la vida de la ciudad, agrandar la familia, convertir la despensa en bar y ahorrar para la mejor escuela privada.
 
La Comunión de Gerardo la celebramos el 24 de setiembre de 1961. Participaron cuarenta y nueve amigos del barrio. Algunos no llegaron a tiempo para la fotografía, por lo que quedaron como ausentes de la historia.
 
Mi mamá tendría mucho trabajo para atender al “tropel bullanguero”, como llamaba a los chicos del barrio, así que pidió ayuda a sus amigas, la Anita González y la Negra Ronconi, y a Gisella, hija de su hermana Clorinda, que llegó dispuesta “para apoyar en lo que haga falta”. Entre las cuatro se turnaron para preparar triples de jamón y queso y repulgar empanadas con la carbonada que sacaron de una receta de la libretita azul de mi mamá. También adornaron la mesa con rosas y calas, sirvieron porciones de la torta inmaculada de tres pisos y cuidaron que nadie se lastime. Días antes habían repartido los sobres con la invitación a puño y letra de mi mamá: “Jesús no olvides mi Primera Comunión que será luz, esperanza y amor”.
 
Cuando todos los chicos salimos a los empujones a jugar bajo la advertencia de “no corran que van a traspirar toda la ropa”, las cuatro chaperonas tomaron un respiro para cuchichear. Sin quererlo, dieron a luz la idea de comprar la esquina.
 
–¡Qué te pasa Tota!, te noto desganada – le advirtió la Negra Ronconi a mi mamá.
–Tanto trabajo te pasó factura, siempre pasa eso. Estos mocosos dan un trabajo bárbaro – se adelantó a responder la Anita González.
–No es nada – dijo mi mamá.
–¿Te peleaste con el tío? – preguntó mi prima Gisella.
–Para nada ¿de dónde sacaste eso?
–Algo te pasa, no nos vas a dejar así – retrucó la Anita González.
–Para eso estamos las amigas Tota. ¿Qué te pasa? – preguntó la Negra Ronconi.
–Me pongo triste de bronca – lanzó mi mamá con los ojos vidriosos –los chicos crecen y no estoy segura si hicimos bien en traerlos aquí. No veo futuro. Tal vez era mejor quedarnos en Eustolia.
–Ay Tota de nuevo con eso, por favor. Sin ustedes este barrio sería otro – dijo la Negra Ronconi con la intención de contenerle las lágrimas.
–Es como que nos falta algo. Siento un vacío – se sinceró mi mamá.
–¡Por qué no compran la esquina! – dijo la Anita González de sopetón.
 
A mi mamá se le iluminaron los ojos como si le hubiesen dado la fórmula para ganar el gordo de Navidad, sin embargo, minimizó la idea porque le pareció tan alta como subir el Aconcagua.
 
–Imposible, recién ahora estamos respirando un poco.
–Pidan un préstamo – agregó la Negra Ronconi –lo bueno, Tota, es tener algo en mente por lo que luchar.
–Sos tan buena para la cocina que de repente te ponés a cocinar para fuera y te ganás unos pesitos extra.
–¿Más trabajo? Ni loca Gisella. Ya no doy a basta.
–Cheee, que el Livio ponga un poco más el lomo. Dejame contarle a Ángel, de repente inventan algo y ponen juntos un negocito, una sodería o algo así – remató la Anita González.
 
La charla se cortó abrupta cuando todos los chicos entramos transpirados y con los perfumes mezclados. Correr a la mancha y al patrón de la vereda demandaba más naranja Crush y Bidú Cola.
 
A las tres de la madrugada mi mamá se despertó de golpe como si la hubiese sacudido el reloj despertador. Tenía en la cabeza el eco de la charla con sus amigas y, entre ceja y ceja, la idea de comprar la esquina. Desvelada y contenta pensó en despertar a mi papá. Prefirió esperar hasta los mates en el desayuno. “Se pondrá loco de contento cuando le cuente”, pensó. A oscuras escribió en la libretita verde de sus resoluciones: “comprar la esquina, ¡Gracias querida señora de la Nueva Pompeya!”.
 
Le cebó los mates con sonrisa de oreja a oreja y mi papá, experto en leerla, disparó: “¡qué bichito te picó tan temprano!”. Mi mamá floreó la charla del día anterior, dio rodeos para crear suspenso y clavó la frase en el aire para recibir una ovación de pie: “compremos la esquina”. Mi papá la miró desconcertado y respondió con un latigazo de domador de circo con chasquido final: “dejate de pavadas, ¡ni en pedo!”.
 
La respuesta hubiera tenido que dejarla de cama, pero pensó que ella había reaccionado de la misma forma cuando su amiga lo sugirió. Siguió cebando mates como si nada, contenta de que ya había plantado la semillita porque mi papá también solía despertarse de noche con cosas a las que durante el día no les prestaba atención. Además, estaba tranquila, había escrito el objetivo en la libretita verde y sería solo cuestión de esperar. “Tarde o temprano los objetivos escritos se materializan solos”, había aprendido de su papá.
 
Dicho y hecho. Poco tiempo después, mi papá empujó la compra de la esquina como idea propia en cada charla con sus amigos y en las reuniones familiares.
 
Mis nonos, los papás de
mi mamá, José y Antonia.
El 10 de setiembre de 1963 llegó la gran celebración de las Bodas de Oro de los papás de mi mamá, los nonos José y Antonia en Plaza Clucellas. Llegaron los once hijos e hijas y los primos éramos una chorrera de más de ochocientos. La torta de cinco pisos, más alta y gorda que la humilde de 1913, fue centro de conversación. Estaba adornada por un número 50 de azúcar en la cúspide y en la circunferencia de la base se leía la plegaria “Jesús bendecid a nuestros hijos, nietos y seres queridos”.
 
Mis padres usaron la muletilla de “la torta grande como una casa” para contar su deseo de comprar casa propia en cada charla. De todos recibieron la misma reacción: “¡¿entonces ya no vuelven a Eustolia?!”. Creo que aquella expresión fue la que inspiró a la Real Academia para autorizar el uso de signos de afirmación e interrogación en la misma oración.
 
Por varios años ese tipo de charlas les sirvió para afirmar su objetivo en forma inconsciente. Hasta que la semilla empezó a germinar con fuerza en mi Primera Comunión el 9 de octubre de 1965. En esos días, sin previo aviso, el viejo Pons había disparado un anuncio clasificado letal en el diario, ofertando la esquina al mejor postor. Al principio, mi mamá sintió el clasificado como un cuchillo sin filo y oxidado perforándole el corazón, pero, días después, se convirtió en su mejor motivación para alcanzar el objetivo. Recortó el rezo de mi estampita “Jesús conserva mi alma blanca como la hostia que hoy recibo”, y lo juntó con las oraciones de Gerardo y mis nonos. Pensó que la triple oración llegaría más alto y que la esquina no se le escaparía. Pegó la plegaria en dos páginas en mariposa en la libretita amarilla de sus intimidades y, al pie, escribió con fe y esperanza: “Dios querido, ayúdanos a comprar la esquina”.
 
A la mañana siguiente me engominó, me echó perfume de pies a cabeza y me ordenó que la siguiera: “vamos, hay que sacarte la foto de Comunión”.
 
Llegamos a la casa de óptica y fotografía de Bucco y Curiotto en el centro y tuvimos que hacer cola por media cuadra. El negocio estaba atestado de padres y chicos, se celebraban comuniones en muchas escuelas.
 
–Por fin alguien bien peinado – exclamó la señora Dorita Curiotto que revisaba la fila con peine en mano para que todos los chicos llegaran prolijos al estudio de su marido –¿cuántos hijos tiene?
–Dos, uno mayorcito y este, el Nenucho. ¿Se acuerda que su esposo le sacó un retrato cuando cumplió un año?
–Saca a tantos chicos... ¿Va por la nena?
–No creo, todo cuesta tanto. ¿Y usted cuantos tiene?
–Una nena por ahora – respondió y llamó a su hija que apareció con una vincha blanca y el pelo lacio hasta la cintura abrazada a una muñeca tan grande como ella –Pilín vení a saludar a la señora.
–¡Qué lindo nombre!, y es tan linda y coqueta con ese pomponcito – dijo mi mamá tocándole la naricita –nunca escuché ese nombre.
–Es sobrenombre. Se llama Graciela y como era la más gurrumina de la familia su nona María le puso Pilín y así quedó.
–Igual que a él – dijo mi mamá –al cuete le pusimos Ricardo. Yo lo llamo Nenucho, su hermano y mi esposo le dicen Nenito y los chicos en la escuela le dicen Kaiá.
 
Después de posar de mil maneras para don José Curiotto, le pedí a mi mamá que me compre una lupa que en la vidriera cacareaba: “La leyenda de Sherlock Holmes comenzó con esta lupa”. Mi mamá movió la cabeza en desaprobación y luego dudó: “¿seguro que querés esto de regalo de Comunión?”.
 
Al regresar del centro nos detuvimos de Burmeister Lamberghini. Los discos eran otra de sus debilidades como las recetas de cocina. Quería comprar “Amor” de Edye Gorme y el Trío los Panchos que la enloquecía cada tarde por Radio Nacional. La vendedora puso el disco y un minuto después mi mamá, todavía meneándose y con los ojos cerrados, me dijo: “qué sorpresita que le vamos a dar a tu padre”. Yo era el sorprendido, estábamos en octubre y mi mamá compraba como Niño Dios en Navidad.
 
Cuando mi papá llegó de la oficina, mi mamá hizo mímica mientras la Gorme cantaba a todo volumen Piel Canela. Con un tenedor lo hincó en el pecho a saltitos mientras modulaba los labios con la letra de fondo: “me importas tú y tú y tú y sooooooolamente tú.... y naaaaaaaadie más que tú”. A mi papá le gustó el jueguito y quiso apretarla a su lado. Ella pegó un corcoveo hacia atrás y con pasitos rápidos y rítmicos le prometió “… cuaaaaando vuuuueeeelva a tu ladooooo…”.
 
Mi mamá movió la púa al surco de Media Vuelta y ejerció todas sus dotes teatrales al estilo Niní Marshall. Mientras la Gorme gritaba por los parlantes “te vas porque yo quiero que te vayas”, se tiró un mechón sobre la frente, se subió la pollera a medio muslo por arriba de la rodilla y mostrando escote con aire de Brigitte Bardot gesticuló para que mi papá se pusiera de pie. Apenas lo hizo, lo empujó de nuevo contra el asiento y le cantó “a la hora que yo quiera te detengo” con una señal de pare como agente de tránsito. A esa altura mi papá se estaba babeando como un perro ante un trozo de bofe e intentó meter mano debajo de la pollera. “Ay ay ay, qué fácil que son los hombres, un poco de corcoveos y ya piensan mal”, dijo entre carcajadas mi mamá. “Ponete a comer, se acabó la fiesta”.
 
Después de almorzar se recostaron acaramelados en los silloncitos con una copa de vino blanco. Repasaron unos temas viejos de Luis Aguilé y agotaron al pobre Frank Sinatra que les cantó como veinte veces Only the Lonely. Mientras tanto, mi hermano miraba todo por un agujerito en el puño como le había enseñado Borgarello para captar luces y sombras y yo, lupa en mano, me puse a investigar como Sherlock Holmes el misterio que me tenía a maltraer desde hacía años: una manchita oscura sobre el vestido de novia de mi mamá y una clarita sobre el traje oscuro de mi papá.
 
–Mami, mami. Vení, mirá lo que tenés aquí.
–Por Dios, salí de ahí porca vaca. Andate al patio con esa lupa.
 
No entendí porque se había molestado que investigara la foto de su casamiento. Esa siesta paré la oreja detrás de la puerta del dormitorio y descubrí con el oído lo que no había podido captar a simple vista por tantos años.
 
–El Nenucho descubrió los cascarudos en la foto de casamiento. Acordate que son los bichos que traen mala suerte. Le trajeron un montón de pestes y maldiciones a los egipcios.
–Pero vieja seguís obsesionada por esa boludez. Siempre con tus supersticiones. Son unos bichitos nada más, dejá de joder.
–¡Qué te hacés ahora!, ¿yo soy la supersticiosa?, vos sos el que crees en los ovnis y frunciste el traste como nadie cuando se nos apareció la luz mala en Eustolia.
 
Al día siguiente comprobé que mi mamá tenía razón. Los cascarudos traían mala suerte.
 
Mi papá le pidió repasar los ahorros del pasado y calcular los de futuro. Quería saber cuándo podrían ir del viejo Pons a hacerle la “oferta irresistible”, es decir, pagar un sobreprecio para ganarle a otros contendientes. Cuando tocó el turno de revisar las cuentas por cobrar en la libretita roja del fiado, mi papá notó que mi mamá saltaba algunas páginas más a propósito que por descuidada.
 
Se la arrebató de un zarpazo.
 
–Devolvémela – gritó sorprendida.
–¡No me jodas! ¡¿Todo esto te deben?! – dijo mi papá después de un paneo rápido por más de cien páginas –¡aquí todos chupan gratis!
–¡No es para tanto!
–Cómo que no es para tanto. Por favor Tota, manejás este negocio como si fuera la Casa del Niño o el Cotolengo don Orione. Dejale la caridad a los demás.
–Claro, ahora yo tengo la culpa. Me dejaste sola en este loquero.
–No me cambies de tema. Me fui a trabajar afuera porque queríamos tener otro ingreso. Pero ahora me doy cuenta que soy el único que trae un mango a esta casa.
–No te mandes la parte. ¿Quién creés que compra la comida, la ropa, que mantiene la casa y paga los Maristas? Todo salen de estas – dijo mi mamá agitándole sus manos a la altura de la cara.
–Ese no es el punto. Si hubieras fiado menos o cobrado la mitad de lo que te deben ya tendríamos la esquina hace rato.
–Ya les voy a cobrar.
–¡¿A estos tres?!, ¡haceme el favor! – dijo mi papá señalando los nombres de tres clientes que ya habían muerto, –si me fijo bien seguro que tenés más fiado en el cementerio que en la calle. ¡Sos un desastre!, ¡estamos fundidos!
–Fundidos las pelotas, dejá de exagerar – retrucó mi mamá.
 
Mi papá estampó la libreta roja sobre la mesa, pegó un portazo y enfiló hacia el cine Mayo. La cartelera anunciaba “El Dorado” de John Wayne con promesa de muchos tiros y líos a rabiar. No sintió un solo tiro ni leyó los subtítulos, pero se tranquilizó. Ir al cine lo distraía y lo sedaba tanto como el olor a azúcar quemado.
 
Volvió sereno antes de que terminara la película. Mi mamá lo esperó con unas conciliadoras milanesas a caballo con papas al horno. Y con una sonrisa de oreja a oreja y una pizca de ironía, le soltó una oración antes de que pruebe un bocado: “¿Fundidos?, sentate y agarrate. Te tengo una sorpresa”.

Mis primos en las Bodas de Oro de mis nonos. Estoy a la derecha, el más gurrumino, al lado de mi
hermano. En el centro, los más pequeños son mis primos Raúl y Marta Trossero.

Mi Primera Comunión en 1965 en la escual de los Hermanos Maristas. Yo en primer plano a la izq.
con mis amigos Eduardo Felizia y Genesio.



 





jueves, 6 de mayo de 2021

Los (casi) tres asesinatos

A pesar de la advertencia de mi papá, mi mamá le permitió a Galera dormir en el patio. Quería saber de primera mano si Galera iría a descargar camiones al molino o si enfilaría hacia el sanatorio para vengar la muerte de su hermana.
 
Ansiosa, no durmió en toda la noche. Se levantó a las seis de la mañana. Se cebó unos mates y relojeó la piecita de los cachivaches hasta que Galera se levantó y salió a la calle. No fue en dirección al molino, sino hacia el sanatorio. Temió lo peor. Lo siguió a diez pasos de distancia, ataviada con pañuelo y antejos oscuros al estilo Shirley MacLain. Recordó la sentencia de mi papá. Si Galera mataba al doctor, sería cómplice por permitirle dormir en el patio y tomar vino hasta la madrugada. El corazón se le disparó a todo galope y sintió que la adrenalina le brotaba por los poros. Toda la escena le parecía una película de suspenso. Tenía miedo, pero estaba fascinada por ser parte del reparto.
 
Sucedió lo que temía que sucedería. Galera entró al sanatorio. Ella apuró el paso, se mezcló entra la gente y se sentó en la sala de espera, escondiéndose detrás de una Radiolandia. Pispeó y no escuchó lo que decía Galera, pero por el movimiento de labios advirtió que le pidió a la recepcionista que llame al médico. El médico apareció y se dieron la mano con cara de pocos amigos. Mi mamá quiso parar la película y denunciar todo lo que estaba pasando antes de que Galera cometiera el crimen, pero la adrenalina y el miedo al ridículo la paralizaron.
 
El médico tomó a Galera del brazo y se metieron en el consultorio. Mi mamá cerró los ojos y esperó por el ruido seco de los disparos. Pensó que serían dos, uno para matarlo y el otro para rematarlo. Imaginó a Galera salir corriendo bañado en sangre. Tras seis minutos de silencio, Galera salió como una tromba. No hubo disparos. Mi mamá pensó que habría usado un cuchillo. Temerosa, con pasos cortos y pocas ganas de avanzar, se acercó al consultorio. Sospechó que el médico estaría tendido boca arriba sobre su silla con el cuchillo clavado y un geiser de sangre emanando de su pecho.
 
El corazón le palpitaba a mil por hora. Se visualizó en el calabozo, con reflectores derritiéndole el maquillaje y dándole explicaciones al detective sobre por qué no había hecho nada para frenar el asesinato. Llegó frente al consultorio y por la rendija entre la puerta y el marco vio al médico vivito y coleando. El corazón se le desaceleró de golpe como cuando de chica el caballo frenó en seco y voló por arriba de las crines quedando colgada de las riendas.
 
–Buen día doña Tota – la saludó el doctor.
–¿Cómo sabe mi nombre? – respondió mi mamá sorprendida.
–¿No me diga que no se acuerda? Yo le arreglé el brazo que se quebró Gerardo cuando se cayó del árbol. Creo que así se llama el mayor, ¿no?
–Ay disculpe, que tonta. Claro. Sí, sí, Gerardo.
–Y otra vez le cosí la pierna al más chico con trece puntos. Acuérdese que vino con todos sus amiguitos que lo traían del cine Mayo, con la pierna abierta como una flor.
–Sí, sí, el Nenucho.
–¡Qué le pasa! la noto alterada. ¿No me diga que trae de nuevo a uno de los chicos?
–No doctor, es que uno de mis clientes no se sentía bien y le dije que venga a verlo. ¿Vino? – le preguntó disimulando toda la película en su cabeza.
–Sí, un tal Galera. Pobre hombre. Sabe que está con una crisis de nervios ¿verdad? Su hermana murió en la sala de operaciones.
–¿No lo amenazó a usted? Supe que estaba furioso y anduvo diciendo por ahí que quería matar al médico.
–¡Que puedo hacer yo doña Tota! Si quiere matar al médico va a tener que viajar hasta Córdoba.
 
Mi mamá lo miró desconcertada. ¿Acaso con mi papá se habían pasado toda una película al divino botón?
 
–Pobre hombre – atinó a decir mi mamá.
–No se haga problema. Se va a relajar bastante, le di unas pastillitas como para dormir a un elefante.
 
De regreso hacia el bar, mi mamá se sintió tonta y se juró que jamás iba a juzgar a alguien sin tener todas las evidencias. “Más estúpida no puedo ser, pobre Galera”, pensó. Al llegar vio a Galera bostezando a la espera de que abriera las puertas.
 
–¿Cómo está Galera? Qué sorpresa verlo tan temprano. ¿Ya hizo la changa?
–No. Fui al médico porque no me siento bien.
–Yo sé. Lamento mucho lo que le pasó. Váyase y descanse. No tome nada, porque no le harán efecto los remedios.
–¿Qué remedios? – le preguntó Galera sorprendido.
 
En ese instante llegó el Zorrino y mi mamá sintió que la había salvado de explicar alguna excusa con la que se podrían embarrar aún más.
 
Galera y el Zorrino pidieron lo de costumbre, medio litro con soda, aunque agregaron una naranja Crush. Mi mamá no entendió para quién. Galera sirvió el vaso de Crush y lo miraron fijo hasta que se disiparon las burbujitas. “Es en honor a mi hermana, ella era lo único que tomaba, así que está sentada con nosotros”.
 
Mi mamá se sintió desalmada. Pensó que Galera también tenía sentimientos, no era tan mala persona como creía.
 
El superclásico



Llegó el domingo del superclásico con vaticinios opuestos según mi papá o Godino. Sentirse bien o mal ese día y el resto de la semana dependía del resultado. Mi mamá rezaba para que fuera un empate y así todos los ánimos quedarían neutralizados “para que el negocio no sufra”.
 
Mi papá se levantó antes que el sol. Tomó tres cafés y diez mates lavados sin respirar. Sintonizó varias emisoras de Córdoba y Buenos Aires. Lustró la pelota de fútbol de mi hermano con una cáscara de banana. Leyó el diario, anotó los precios de la publicidad sobre las motos Gilera que vendía Cotani, el Kaiser Bergantín y el Carabella de Volpe y Vaudagna, las bicicletas de Casa Tornati, los cartuchos del 12 de Casa Curtino, los pianos de Burmeister Lamberghini y las cámaras de fotografía de Bucco y Curiotto. Comparó precios con los avisos clasificados de artículos usados y buscó los números de la lotería de Casa Alemani. Esperó que mi mamá se levantara y le cebó mates. Horas después de gastar tiempo, llegó la hora de sintonizar Radio Splendid.
 
Empezó el partido y el pecho le vibraba como una paloma mensajera.
Los primeros minutos fueron de estudio y bostezos, hasta que, a los 14 minutos, Echegaray le pasó mal la pelota a Carrizo, Valentím se la robó en el área y Carrizo no tuvo más alternativa que hacerle penal. Valentím pateó y Fioravanti aturdió anunciando el gooooooolllllllll de Boca interminable y doloroso. “Este tiene la camiseta puesta ¡a mí no me jode!”, refunfuñó mi papá.
 
No esperó que terminara el primer tiempo y se fue a la calle. Mi hermano y yo quedamos escuchando y mi mamá seguía con la limpieza de los domingos. Mi papá volvió. Se fue de nuevo. Regresó. Tenía a Godino en la mira, su verdugo. “Me va a joder y a burlarse toda la semana”, pensó. Se fue a dar otra vuelta a la manzana.
 
A cinco minutos del final, el árbitro Nay Foinio sancionó penal para River y mi hermano salió disparado a la vereda para llamar a mi papá. Volvieron los dos agitados. Mi papá subió el volumen a todo trapo. Fioravanti estaba disfónico. Si River empataba salía campeón. Mi papá empezó a saltar como si fuera uno más de la barra brava y pidió que el penal lo pateara Delem. El brasileño acababa de salir campeón del mundo con Brasil en Chile ganándole tres a uno a Checoslovaquia y era garantía para que River se quede con el campeonato.
 
Roma se agazapaba y corría de costado entre palo y palo para poner nervioso a Delem. Fioravanti anunció que el brasileño tomó la pelota y la puso en el punto de penal. Mi papá sintió que tocaba el cielo. Delem tomó carrera, pateó a la derecha y Roma se estiró como una pantera y le dio nueva vida a Boca.
 
Fue el último grito de la tarde. Mi papá se la agarró contra la radio. La rebotó contra el piso como si fuera pelota de básquet y la fue pateando por todo el patio despidiendo válvulas por todos los rincones. Entró a su dormitorio y tiró un portazo. Cenamos sin él esa noche.
 
El lunes, como era de esperar, mi papá no apareció por la mesa de sus amigos. El jueves, con las heridas algo más cicatrizadas, permitió que se hiciera la “noche de amigos”. Godino, como también era de esperar, hizo alusión constante a la segunda posición de River en el campeonato. “Dénme un segundo y les cuento”, decía a cada rato y le pedía a mi mamá que le trajera una cerveza Río Segundo. Mi papá se las aguantó hasta que no pudo más: “ya no jodas maricón. Nos robaron el partido. Ese Roma parecía Américo Vespucio como se adelantó”.
 
Godino se le carcajeó en la cara y le hizo mueca de llorisqueo. Mi papá pegó un salto y alcanzó a agarrar un tenedor que blandió en el aire. Otra vez González salvó a Godino. Aferró a mi papá por la cintura, mientras mi papá extendía el torso y el tenedor como elástico hacia su presa: “La próxima vez que me jodas te mato y te juro que esta vez va en serio”, le gritó mi papá. “No pisás más por acá pedazo de cornudo”, sentenció.
 
El aire rico y espeso para servirlo en el plato
 

Mientras esperaba que las brasas lentas hicieran su trabajo, el Zorrino, el asador oficial del grupo de los changarines, tenía un pedido especial de mi mamá. Cada viernes le pedía
que pusiera dos matambres arrollados sobre las brasas. Debían estar casi extinguidas, para una cocción “pareja, prolongada y equilibrada”. Uno de los matambres lo guardaba para las visitas del fin de semana y el otro lo ofrendaba en retribución por la molestia.
 
Tras el primer bocado, el Zorrino y los demás trataban de descifrar la receta. Revoloteaban sus ojos y olfateaban las hierbas de las macetas para adivinar el menjunje que mi mamá no revelaba. El saborcito indescifrable despertaba charlas amigables y carcajadas por más que los chistes fueran malos.
 
–¿Doña Tota? – preguntaba el Zorrino a sabiendas de no recibir respuesta.
–Ni lo intente. ¿Acaso usted revelaría los números de la quiniela?
 
Un viernes la vecina Hans, mi ex nodriza y maestra particular, entró subrepticia por la puertita falsa.
 
–Doña Tota, discúlpeme que le diga, pero esto no puede seguir así – le soltó para sorpresa de todos en el patio.
 
Antes de que mi mamá atinara a defender los asados de los changarines que se extendías hasta la hora de la siesta, intuyendo que ese era el reclamo, la Hans le ganó de mano.
 
–No hago otra cosa que pelear con mi marido por culpa suya.
–Perdóneme – le alzó la voz mi mamá en contraataque –y yo que pito toco en este entierro.
–Mi marido se me queja continuamente que no sé hacer nada. Imagínese. Se siente bombardeado con los olores que vienen de su casa uno más rico que el otro.
 
Mi mamá se distendió de golpe como cuando vio vivo al médico de Galera. Se echó a reír orgullosa y, por dentro, bendijo que la Hans le haya piropeado su cocina enfrente de todo el mundo.
 
–Ay querida, qué susto me hizo pegar, cómo no empezó por ahí – le dijo, mientras le pidió al Zorrino que le corte la mitad del matambre del fin de semana.
–Doña Tota, le estoy hablando en serio. Mi marido dice que no sé cocinar. Todo lo que hago es desabrido. ¡No sé qué hacer! 
–No se haga problema. De ahora en más me aseguraré de cerrar un poco más la ventana de la cocina – respondió agraciada.
–Se lo juro. El otro día lo encontré en el medio del patio con la nariz apuntando para su patio y respirando hondo.
–No exagere. No es para tanto.
–¡No exagero! Estaba tan rico y espeso el aire que hasta a mí me dio ganas de cortar un poco de cielo y ponérselo en el plato.
–Ay gracias doña.
–Debería poner un restaurante o una rotisería. Se le llenaría todos los días.
 
La idea no le disgustó y se sorprendió que no se le haya ocurrido antes. Pensó que podría ser un buen atajo para comprar la esquina.
 
Desde aquella aparición milagrosa de la Hans, mi mamá la autorizó a pasar todos los días por casa. Le enseñaba algunas recetas que le permitía copiar de su libretita azul y le hacía anotar unos pocos “secretos mágicos” para que engatusara a su marido, un profesor de matemáticas, serio e intelectual, que necesitaba más alegrías en su vida.
 
Enteradas del chisme, muchas vecinas comenzaron a visitar seguido a mi mamá. Gozaba dando recetas y tuvo que pulir y reorganizar varias de sus libretitas azul en una sola. Se guardaba para ella algunos secretos y, vanidosa, se excusaba diciendo que, como a “todo lo dulce, a mis secretos los llevo grabados en el corazón”.
 
El crimen del aloé vera
 
Galera había aparecido después de varias semanas tras la muerte de su hermana. Nadie sabía muy bien por qué había desaparecido, si era por un duelo prolongado o porque intuía que mi mamá lo sospechaba responsable de haberle cortado varios gajos de las hierbas para la cocina.
 
–¡Quién mierda me rompió el aloé! – gritó desaforado el Manya Luna que también notó que a su planta para curar el reuma le habían cortado cuatro hojas de cuajo.
–Yo fui, viejo de mierda. ¡Quién te crees que sos! – le contestó Galera dándose por aludido, ante la mirada atónita de todos, extrañados por una reacción exagerada –y encima te la oriné.
 
Nadie entendió nada. Varias veces Galera se había deshecho en elogios porque el Manya le había recetado unas pociones que, por arte de magia, le habían aliviado el dolor de espalda por levantar bolsas de harina de más de treinta kilogramos.
 
El Manya, aparentando unas fuerzas que ya le eran esquivas, le arrebató el cuchillo al Zorrino y lo blandió en el aire como facón y destrezas pasadas. Cuando se agarró de la mesita para levantarse, puso su mano dentro de la fuente del asado crudo y salpicó con sangre a medio mundo, haciendo desastres en su propia camisa blanca a la que manchó de rojo como camiseta de River.
 
–Largá eso, viejo de mierda. Si te pongo una mano arriba te saco las tripas. Esa mierda de aloé no sirve para nada.
–Vení fanfarrón, te vua matar – le replicó el Manya ofendidísimo de que le hayan cuestionado en público su fama de “dotor”.
 
El bramido del Zorrino no se hizo esperar.
 
–¡Dejen de joder, carajo! Son bastante grandotes los dos. Galera haceme el favor de irte antes que llegue doña Tota y nos eche a todos. Estás armando un quilombo al pedo.
–Y vos ¿quién te crees que sos? – le levantó la voz Galera por primera vez.
 
El Zorrino miró al Manya, le hizo seña que se tranquilice y le pidió que le devuelva el cuchillo. A Galera ni lo miró, entendía que tenía licencia para estar irritado hasta que terminase de cumplir el duelo por su hermana.
 
Mi mamá, que siempre tenía las orejas paradas como radar de aeropuerto, salió lista para sosegar los ánimos. Apenas pisó el patio se encontró con una escena devastadora como la película que se había imaginado en el sanatorio entre Galera y el médico. El Manya blandía en su mano un cuchillo, el Zorrino intentaba quitárselo y Galera, también bañado en sangre, vociferaba insultos para todos los gustos.
 
–¡Noooooooooooooooo! – gritó mi mamá aterrada por otro crimen que no había podido evitar y de nuevo se pensó en el calabozo. La escena duró un par de segundos, lo suficiente para que las carcajadas inundaran el patio y mi mamá se diera cuenta y se rindiera tentada de la risa ante otro asesinato fallido.

jueves, 29 de abril de 2021

Jueves por la noche, asados y “cena de amigos”

Ilustración de mi hermano Gerardo sobre aquellas cenas de los jueves en 
el patio del bar Nueva Pompeya.


En el patio continuaban las diferencias que había en el bar entre quienes usaban apellidos y sobrenombres. Los changarines hacían sus asados al mediodía debajo del limonero, a pleno rayo del sol. Los amigos de la mesa de mi papá asaban los jueves en la “cena de amigos”, abrigados bajo la parra, para que el frío no baje por los hombros y cale hasta los huesos.
 
Raúl Daguero, proveedor de vinos, cervezas y gaseosas, quien le había regalado a mi mamá el cartel de naranja Crush que daba la bienvenida al bar Nueva Pompeya, tenía tres pasiones: pescar, asar y contar historias tan fascinantes como las del tío Tito. Viajaba todos los fines de semana al río Paraná. Traía dorados, sábalos y “cualquier bicho que anduviera nadando por ahí”. Los adobaba con anécdotas que pescaba por el río.
 
A diferencia de los changarines, no usaba carbón ni querosén, sino leña que prendía con papel y muchos insultos. Preparaba una “salsa Daguero” con moscato, cerveza, rayadura de limón y unas pizcas de condimentos secretos que canjeaba con mi mamá. “No le pongo mucho menjunje de doña Tota, porque si no ella se lleva todos mis aplausos”, repetía cada jueves.
 
Abría los pescados en mariposa, los sumergía en su salsa y envolvía en papel manteca para que “no se me escapen” de la parrilla. Prendía un sol de noche a querosén para potenciar una luz debilucha sobre la mesa de granito. Miraba fijo a las brasas y me contaba cuentos sobre yacarés, víboras y yaguaretés que venían flotando desde el Amazonas en camalotes tan grandes como camiones.
 
–¿Lo vio a Tarzán? –era mi querosén para encender sus historias.
–No Nenucho, esta vez no. Pero vi algo mucho mejor.
 
Me quedaba inmóvil junto a él, como en una matiné del cine Mayo, pero sin pantalla. Mi hermano, mientras tanto, desde un rincón observaba y practicaba dibujando sombras y siluetas como le enseñaba el tío Borgarello.
 
–Tuve que tirarme al agua para matar dos cocodrilos que se estaban comiendo mis dorados – relató con sus ojos clavados sobre la parrilla.
–¿Los mató?
–Sí Nenucho. Les encajé este cuchillo cuatro veces y les abrí las mandíbulas para que no me pudieran clavar esos colmillos draculientos.
–¿Lo mordieron?
–Ya me curé – contestó mostrándome el brazo –pero cuando los estaba acuchillando vi un resplandor que casi me deja ciego.
–¿Un submarino?
–Eran doce delfines, rojos como estas brasas, tirando de cadenas.
 
Miré fijo a las brasas incandescentes y vi un remolino azul como cuando miraba fijo hacia el sol. Vi los delfines. Tuve miedo de que terminara la historia, así que puse cara para que siguiera.
 
–Saqué la cabeza del agua y venía a todo vapor una luz más resplandeciente que el sol.
–¿Un barco?
–No, Nenucho. Era un camalote de oro, grande como una carroza de corso – me dijo mientras extendía los brazos hacia la parra –y enfrente había tres indios altos con plumas y collares de oro con unas cadenas de donde tiraban los delfines. Atrás de los indios estaban sentados seis leones de oro que tiraban fuego por la boca.
–¿Dónde iban?
–No sé Nenucho. La corriente los venía arrastrando río abajo. Salen a pasear por el rio cuando la luna está apagada, pero a veces se pierden.
–¿De dónde salen?
–De una ciudad perdida en la selva, allá arriba en el Amazonas, toda de oro.
–¿Fue con ellos?
–No, la ciudad es maldita. Los indios convierten en estatuas de oro a todos los exploradores y ladrones que quieren robar sus secretos.
–¿Entonces todos los leones son de oro? ¿Los puede usar el tío Tito en el circo?
–¡Qué buena idea Nenucho! En el próximo viaje en vez de matar cocodrilos voy a cazar leones de oro para tu tío. ¡Será el circo más famoso del mundo!
 
Tal vez las monedas de oro que nos había regalado el tío Tito las había traído de esa ciudad. “Le pediré que me lleve”, pensé. Las historias de Daguero terminaban cuando los pescados estaban a punto de saltar sobre la mesa y aparecían uno a uno los amigos de mi papá.
 
–Ustedes siempre a tiempo como relojitos ¿no? – les reclamó Daguero –hoy se van a chupar los dedos.
–Como siempre Raúl – reaccionó mi mamá, mientras abría la ventana de la cocina de par en par para que entren los sabores del patio.
 
Pasaron en fila india por la puertita falsa Godino, Bosio, el menor de los Ronconi, Galera, el Ángel González, el gordo Udrin, el Titi Gilli...
 
–Che, pará pará, ¿vos te equivocaste de horario? – dijo mi papá cuando advirtió que Galera se había colado –¿qué hacés por acá?
 
Galera estaba medio perdido, como angustiado, muy distinto al Galera de día, arrogante y malo. Mi papá me pidió que llamara a mi mamá.
 
Ella salió y se mostró confundida. Pensé que se armaría la gorda, ya lo había echado a Galera tres veces y le había advertido que a la cuarta se acabaría el Nueva Pompeya para él. Repentinamente cambió de cara y sonrió.
 
–Buenas noches Galera, ¡qué gusto de verlo a estas horas! ¿Qué lo trae por aquí?
–Nada doña Tota. Tengo que descargar camiones en el molino a las cuatro de la mañana. Tengo miedo de estar tarde. Estoy haciendo tiempo.
–Bienvenido entonces. Siéntese con los muchachos – respondió mi mamá, dejando a mi papá con los ojos tan abiertos como pescado.
 
“Y a esta que le pasó”, pensó mi papá, “quiere estar bien con Dios y con el diablo”. Se le acercó disimuladamente por una respuesta.
 
–¡Qué querés que haga! tiene algo debajo de la camisa, no pude ver si es un cuchillo o un revólver. Cuidate, que no haga una locura por Dios – le susurró mi mamá.
 
Aunque los pescados estaban listos para el ataque, Daguero no permitía pegar el primer bocado hasta después de contar una historia para “despertar la noche”.
 
Yo rezaba para que no lo hiciera, pero todos la esperaban. Relataba cuentos de muertos, espíritus y sobre la luz mala. Mi hermano era el único momento en que abandonaba sus lápices y yo miraba al piso, con miedo de ver que, de nuevo, las sombras caminaran solas y se treparan por las paredes.
 
Daguero narró: “Era una chica hermosa, con la cabellera roja como las brasas. Bailó toda la noche en los Bomberos con un chico de Josefina y en un descuido se manchó su inmaculado vestido blanco con Coca Cola. Él, muy galante, la acompañó hasta la casa. Le dio un beso y le dijo que la pasaría a buscar el próximo sábado. Perdidamente enamorado regresó a la semana siguiente y golpeó la puerta. “¿Está Cecilia?”, le preguntó a la mamá. La mujer rompió en llanto. Le dijo que Cecilia había muerto hace dos años. Él sintió como si lo atropellara un camión. No le creyó y se fue directo al cementerio con dos policías. Abrió el ca...”
 
Justo en ese instante la puertita falsa cobró vida con un estruendo tan fuerte y seco como si le hubiese caído una lluvia de meteoritos. Hasta los pescados sobre la mesa saltaron del susto y todos aspiraron profundo como si estuviesen por tirarse debajo del agua.
 
“!Qué lo parió! esto parece que lo patrocinó Pescadería el Julepe”, gritó mi papá con una carcajada contagiosa, con la que todos trataron de recobrar el aliento.
 
–Galera, ¿estás ahí? Galera – gritó alguien desde la vereda y golpeó con más intensidad.
 
Galera siguió mirando fijo hacia las brasas sin escuchar. Mi mamá descifró la voz y fue a abrir.
 
–Zorrino, ¿qué hace por aquí?
–Busco a Galera.
 
Fue la última frase que se escuchó. Cuchichearon por un minuto. El Zorrino se fue y mi mamá volvió sonriente. Le puso una mano a Galera sobre el hombro.
 
–Coma tranquilo. Le dije al Zorrino que esta noche puede dormir en la piecita de los cachivaches. Se levanta temprano y va al molino. Le daré un catre para que esté cómodo.
 
Mi papá se revolcaba por dentro. No entendía nada. Se acercó a mi mamá para saber que le había dicho el Zorrino, pero todos esperaban el remate de Daguero.
 
–Seguí Raúl. Los policías abrieron el cajón y... – dio el puntapié inicial Godino.
–Lo abrieron y el pobre muchacho vio que Cecilia estaba ahí adentro, muerta, enterrada viva, pero como si recién hubiera despertado. Tenía el vestido manchado y estaba sonriente con ganas de besarlo e irse al baile.
–Ay por favor, Daguero – le reclamó mi mamá –porque no se ponen a pelear con el fútbol, es más saludable que estas tonterías. Mire como está el Nenucho.
 
Yo seguía mirando fijo al piso con miedo que las sombras se dispararan. Mi hermano me había dicho que esos cuentos de Daguero eran falsos “son leyendas populares, no tengas miedo”.
 
–¡Qué hacés! ¡Estás loca vos! ¿Qué te dijo el Zorrino? – le dijo mi papá a mi mamá pidiéndole explicaciones, mientras le arrebataba el catre para Galera.
–Pobre tipo – le respondió mi mamá –esta tarde se le murió su hermana melliza. La estaban operando del apéndice y los médicos le pusieron mucha anestesia. Le dio una crisis de nervios, se perdió de la cabeza y se escapó. No lo encontraban por ningún lado hasta que al Zorrino se le ocurrió venir por aquí.
–Entonces es mentira la changa a las cuatro de la mañana.
–¡Qué se yo, Livio! El pobre está perdido.
–Pero, por favor, date cuenta, que perdido ni perdido. Tiene un arma. Debe querer ir al sanatorio para matar a los médicos. Y vamos a ser cómplices.
–¡Qué estás diciendo! ¡por favor!
–¡Por favor las pelotas! Si mata a alguien y está borracho, van a decir que nosotros somos los culpables. Y te recuerdo que yo ya pasé una noche en el calabozo.
–Pero Livio, no seas malo, el pobre hombre está destrozado.
–Inventate algo, pero este Galera ni muerto duerme aquí – sentenció mi papá.
 
Otro jueves de amigos
 
Un jueves Daguero llegó de mal humor, fracasado. No había podido pescar ni siquiera un bagre. No me quiso contar anécdotas del río ni “despertar la noche”. Los carniceros del barrio, González y Udrin, tomaron su posta y cocinaron.
 
Mi mamá sabía que además de vender carne que les mandaba el frigorífico, vendían otros productos que cazaban por los campos vecinos. Cuando ellos cocinaban prefería dejar cerrada la ventana de la cocina.
 
–Venga Tota – insistió González para que mi mamá saliera al patio –pruebe esta carne blanquita y crujiente. Si adivina se gana otro lechón – le dijo, recordándole la primera Navidad de mis padres en San Francisco en 1957, cuando ganaron en su carnicería una rifa con el número 79.
 
–Muy rico –dijo algo desconfiada –¿qué es? ¿perdiz? No, no, ¿conejo? Sí, sí, conejo.
–Frío, frío – replicó González sonriente.
–Liebre, entonces, sí, sí, liebre – dijo mirando hacia arriba y buscando que su paladar de experta le diera mayores pistas.
 
González se largó una carcajada y mi mamá se sintió en problemas.
 
–¡¿Qué me dio González!? – le dijo sin ganas de obtener la respuesta.
–Cola de igua...
 
González no terminó la frase y el chorro de mi mamá saltó un metro hasta estrellarse sobre su pecho, contra una camisa que todavía crujía almidonada.
 
Mi mamá dio un zanco marcha atrás y con tan mala suerte que pisó una bolsa de arpillera que el gordo Udrin tenía al lado de una sartén con aceite en ebullición. La bolsa tenía vida propia con unas protuberancias intermitentes como estrellitas de la Vía Láctea.
 
Mi mamá pegó otro tranco hacia el frente para llegar con vida a la puerta del comedor. En el intento tuvo peor suerte. Enganchó una pata de la parrilla y una ristra de chorizos voló por los aires. El gordo Udrin trató de barajarla y se fue de bruces contra el piso. González intentó sostenerlo, pero el peso de Udrin le ganó. También terminó de culo y despatarrado contra el piso. Galera se olvidó de su hermana y todos se doblaron en dos, se agarraban la panza, pero no le salían sonidos ni carcajadas, como en las películas de Chaplin.
 
Aquella noche escaseó la comida, pero las carcajadas siguieron hasta las tres de la mañana, potenciadas cada vez que algún vecino golpeaba la puerta reclamando silencio. Mi papá trajo cuatro frascos de uvas moscatel de postre. Tal vez el alcohol de las uvas incentivó la gresca que, como cada jueves, involucraba a mi papá y a Godino.
 
El domingo se jugaba el partido más importante de la historia de los super clásicos. River visitaba a Boca en la Bombonera. Los dos estaban punteros con 39 puntos, pero River le llevaba veinte goles de ventaja gracias a Luis Artime. A Boca no le alcanzaba el empate. Y quedaban dos partidos.
 
–¡¿Qué van a ganar ustedes?! – le chantó mi papá a Godino –tenemos un equipazo, los vamos a reventar – y de memoria le tiró la alineación –Carrizo, Saínz, Ditro, Varracka y Echegaray; Pando, Cap, Samari y Delem; Artime y Frojuelo.
–Ojo Livio, no estaría tan seguro. Mirá que juegan en la Bombonera. Ya los destruimos en el Monumental.
–Te juego que le ganamos 2 a 0. El que pierde paga la cena del jueves.
–Mirá que sos corajudo. No ganan desde el 57. Ya tienen la maldición arriba.
–Pero de qué hablás. Les metimos cinco campeonatos seguidos, solo les dejamos ganar en el 54.
–Nunca más ganaron nada, no jodas. El domingo quedarán de segundos como en el 54 – le gritó Godino del otro lado de la mesa.
–¡Qué tenés que levantar la voz! ¡maricón!
–Maricón tu abuela, pelotudo.
–¡Andá a cagar! – le reprochó mi papá tirándole un pedazo de pan.
 
Mi mamá revoleó los ojos y cerró la puerta del comedor. Sabía cómo terminaban los Boca - River.
 
–Calentito los panchos – se burló de mi papá –vas a ver que el domingo Roma ataja un penal y Valentim les llena la canasta.
–Andá a cagar. El que les va a llenar la canasta es el brasileño, pero Delem, no Valentim, boludo.
–Más boludo será tu abuela, pelotudo.
 
Mi papá saltó como un resorte. Estaba colorado, echaba humo y le apuntó a Godino con los puños. Godino se quedó en el molde. Ya había perdido otra noche de superclásico por dos manotazos a uno. Pero cuando mi papá trató de ir del otro lado de la mesa, González lo abrazó y empezó a cantar “dale River, dale River”. Mi papá trató de sacárselo de arriba para seguir hacia Godino. González lo apretó fuerte y le chantó un beso ruidoso sobre el cachete. Mi papá se empezó a reír y perdió las fuerzas: “Salí asqueroso”.
 
González era de San Lorenzo y neutro en las batallas por el superclásico. No quería que sucediera lo mismo que el año anterior cuando Valentim le encajó unos golazos inolvidables a River en el Monumental y mi papá, en represalia, suspendió las “cenas de amigos” por tres semanas, una por cada gol.
 
Continuará.

viernes, 9 de abril de 2021

Finalmente, milonga: "Pebeta hermosa, esquina mía".

 
Mis padres, Livio y Tota en su luna de miel en Mendoza, abril de 1953.

Vi a mi papá afligido y ansioso. Estaba sentado en la mesa de granito del patio, ensimismado, mirando fijo sin ver nada. Prendía un cigarrillo tras otro dejándolos a la mitad. El cuadro era preocupante, aunque también hermoso. Lamenté que no estuviera mi hermano para retratar el momento, unas bocanadas de humo que coloreaban todo de un grisáceo tornasolado, atravesadas por los rayos que pedían permiso entre las hojas de la parra.
 
Me senté junto a él sin decir nada. No me miró, pero me sintió a su lado; espantó el humo de mi cara. Noté que lo embargaba una sensación de angustia como si un elefante le hubiera pisado el pecho y sacado el aire. Si no hubiera tenido que guardar la compostura de padre, seguro que se hubiese largado a llorar como cuando la nona Chinta hizo bajar el colchón del Ford de don Godino y no lo dejó ir a San Francisco para estudiar de los Hermanos Maristas.
 
Mi mamá apareció rauda al rescate como el Llanero Solitario.
 
–Livio ¿querés un Gancia? –le preguntó disimulando que llegó adrede.
–No. Nada.
–Nenucho andá a buscarle una Coca Cola a papi.
–Te dije que no quiero nada.
–Nenucho, andá, buscala –porfió mi mamá, poniéndole una mano sobre el hombro y la otra sobre mi cabeza.
 
Noté que la Coca Cola era una excusa para quedarse a solas con él. Quería arrancarle unas palabras y descifrar su angustia. Mi papá no era de muchas palabras. Era peor cuando estaba afligido, se cerraba hermético. Mi mamá le reprochaba que, en su aflicción, él se flagelara, muchas veces por culpas que no le correspondían.
 
Fui a buscar la Coca Cola que a nadie le interesaba. Frené a medio camino y me escondí detrás de unos cajones vacíos para escuchar.
 
–Contame viejo. Contame que te pasa –le pidió mi mamá tratando de ayudarle a que desnudara sus penas.
–No puede ser que don Bry me haya negado el aumento que me venía prometiendo desde hace un año.
 
Mi mamá se alegró con la respuesta, rara vez, en ese estado, podía arrancarle un par de palabras.
 
–Pero... ¿eso es todo Livio? No podés estar así por algo tan simple.
–Encima me dijo que no me pagará el aguinaldo porque tuvo muchas pérdidas y la inflación se lo comió.
–¿Eso es todo? ¿Y por eso te hacés tanto drama?
 
Mi papá infló el pecho para empujar las palabras. Todavía tenía cara de fuerzas flacas y la autoestima por el suelo.
 
–¿Te parece poco? ¡Estoy harto! Nunca podremos llegar a tener esta puta esquina. Es una tortura.
 
Mi mamá se alegró aún más. Se trataba de una angustia pasajera, había tenido miedo de que fuera algo más profundo que no hubiera podido dominar. Pensó que el desconsuelo de mi papá por la esquina era pan comido, algo simple de resolver, no le implicaría una labor titánica como otras veces.
 
Le sacó el octavo cigarrillo de entre los labios y le apartó la mano del mentón. Notó que mi papá ya había cambiado el semblante; estaba más aliviado.
 
–Te entiendo –le dijo mi mamá–, pero no te aflijas. Acordate que después de cada tormenta sale el sol.
–Si.
–No me respondas sin pensar. Acordate. Si ponemos energía en lo que queremos, siempre al final lo tendremos.
–Fácil decirlo. Te quiero ver a vos trabajando todo el día como un burro y que no te valoren.
–Me lo vas a decir a mí, ¡por favor! –le reprochó–, lo que te quiero decir es que vos siempre te ponés pesimista y cantás esos tangos derrotados. No te podés caer por tan poco.
–No lo puedo evitar.
–Acordate. Con solo poner lo que querés en la mente, ella solita busca la manera de lograrlo.  
–¡Qué te pasa a vos! ¿Te convertiste en monje tibetano?
 
Mi mamá se rio y volvió a la carga.
 
–De lo que te hablo es que te olvides del trabajo y del sueldo... son instrumentos nada más. Lo más importante es apoderarte de la esquina en tu mente, como si ya fuera tuya.
–Pero no digas pavadas, Tota. Si no tenemos un mango cómo la vamos a comprar.
–No me entendés. Quiero decir que tenés que estar positivo y las cosas se darán solas. Dejá de torturarte ahora por cosas que no podés cambiar. Pensá que pronto tendremos la esquina o pensá que ya es tuya.
–Voy a buscar otro trabajo.
–Livio, buscá otro trabajo si querés, pero no dejes de enfocate en la esquina. Lo único que hay que pedirle a Dios es que nos dé salud, porque el resto viene por añadidura.
–Bueno, pero hay que tener un poco de suerte también. Era parte de tu fórmula del éxito ¿no? Jugabas a la quiniela como loca –le replicó en tono burlón.
–Sí yo sé –se rio mi mamá –una pizca de suerte nunca viene mal.
–No vamos a poder comprar esta esquina.
 –No entendiste nada de lo que te dije. Parece que estoy gastando pólvora en chimangos.
 
Mi papá dejó de escucharla. Clavó los ojos hacia adentro. Cada vez que estaba atormentado sentía unas ganas bárbaras de agarrar su armónica y escribir rimas de tango. Quiso seguir con aquel tango a medio hacer, el tango sobre la esquina. Abrió el cuaderno en el que garabateaba coplas y sones y quedó un rato largo mirando al espacio en blanco.
 
–Ya lo sé. Ya lo tengo – explotó con ojos vivaces ante la sorpresa de mi mamá.
–¿Qué bicho te picó ahora? – le preguntó, contenta de sentirlo que ya estaba metido en su mundo.
–Esquina querida. Ese va a ser el nombre del tango.
–¿Ves? Dale con el tango, pucha que sos pesimista. Me parece que a propósito te ponés mal para poder escribir esas cosas, no por nada tenés siempre ese cuaderno a mano cuando estás empacado como mula tuerta.
–¡Qué hablás! ¿A vos quién te entiende? No me dijiste que haga de cuenta que la esquina era nuestra, que le ponga energía mental. Y bueno, este tango es para atraparla, es para hacerla mía, es justamente lo que me estás pidiendo.
 
Mi mamá quedó tiesa, aunque contenta y relajada. Mi papá tenía razón. Al fin y al cabo, estaba atrapando a la esquina, pero con una fórmula distinta y más creativa que la de ella.
 
–No me gusta. Es muy obvio. No tiene poesía – prosiguió mi papá.
–¿Qué decís?
–Del título. Esquina querida.
–No es feo. Ponele otro entonces. Escribí lo que te falta y después le ponés el título. No te trabes.
–No es nada fácil, creeme.
–Yo sé. Pero hacé de cuenta que la esquina es una mina, ya vas a ver cómo te sale. A tantas le arrastraste el ala que a una más...
–Vieja no empecés, por favor –la cortó en seco.
 –Dale, aguantátela, hacé de cuenta que la esquina soy yo. Acordate como me apretujaste en la cocina de soltera. Me chantaste dos besos que me dejaste turulata y temblando. Parecías una ventosa, desgraciado.
 
Mi papá quedó de nuevo ensimismado, pero sus ojos denunciaban una actitud distinta. Estaba encendido. Prendió otro cigarrillo. Tachó el primer verso “penas que germinan a borbotones” porque le pareció muy cursi y no rimaba con los de las estrofas que había escrito tiempo atrás. Retachó el verso. Pensó que tenía que ser más optimista.
 
–Vamos, vamos carajo –se arengó en voz alta y se dijo para adentro: “tengo que soltarme y ser como la samba, como la Tota, más optimista y alegre como dice don Adalesio”.
 
Mi mamá sintió que la tormenta había pasado y se fue a la cocina. Abrió la ventana de par en par y pensó en remachar la escena para llegar hasta la raíz en caso de que quedara una pizca de angustia en mi papá. Puso ocho cucharaditas de azúcar sobre la sartén invocando la fórmula mágica que le había regalado su mamá, la nona Antonia: “lo salado mejora la digestión; pero lo dulzón ablanda el corazón”.
 
Mi papá miró atraído hacia la ventana e inhaló tan profundo que se robó todo el aroma de azúcar derretido que revoloteaba por el patio. Cerró los ojos y se dejó embriagar. De golpe y porrazo le sobrevino una epifanía aromática, un pensamiento punzante que le bailoteó entre las sienes: “nada de tango triste, tiene que ser una milonga alegre”.
 
Galán y compadrito. Mi 
papá en sus veinte.
Apretó la lapicera, tachó unos versos duros y despechados y se puso a escribir como un rayo. Escribió varios versos de corrido y los sintió buenos. Buscó la hoja con las estrofas anteriores y las limpió de penas. Le había costado horas escribirlas, pero ahora había logrado hacer lo nuevo y editar lo viejo en solo ciento cuarenta y tres segundos.
 
–Vieja, vení a escuchar. Escuchá a ver si te gusta – gritó en dirección a la cocina.
 
Mi mamá le respondió agarrada a los barrotes de la ventana de la cocina, creyéndose en el balcón de Romeo y Julieta.
 
–Leeme las estrofas anteriores, así engancho las nuevas.
 
Ya el sol se estaba apagando y una ventisca fresca invadía el patio. Yo salí del escondite y me acerqué como si me hubieran invitado. Mi papá se acomodó como maestro de sinfónica y usó la lapicera de batuta para acompasar sus versos.
 
–Esquina arrabalera y esquiva
Sos tan difícil mi querida
¡No me abandones!
Me siento a la deriva
 
Pebeta, no seas celosa
La Tota es mi esposa
Tú eres luz de mis noches
Mi soñada mariposa
 
–Me gusta cómo lo cambiaste. Seguí, seguí –le pidió mi mamá abriendo los ojos grandes como huevos fritos para escuchar mejor.
 
–Suave caricia aterciopelada
Te desnudas engañada
Acepta mis temores
No te finjas desdichada
 
Enamórame papusa mía
Ámame, no seas bravía
Pebeta hermosa, esquina mía
Pebeta hermosa, esquina mía
 
–¿Te gustó? Hasta le hice el estribillo, –le preguntó mi papá, anhelando suspiros de aprobación.
 
Mi mamá quedó aferrada a los barrotes con cara de Julieta y ganas de envenenarse de amor. Celó a la esquina, aunque al mismo tiempo se sintió inspiración. Supo que era la pebeta. Se le abrillantaron los ojos y se esforzó para que le salieran las palabras.
 
–Guauuuu. Te quedó hermoso el tango. ¿Qué nombre le vas a poner?
–No es un tango, es una milonga. Todavía me falta. No está terminada, pero ya la tengo, la siento – dijo entusiasmado mi papá.
 
Releyó las tres estrofas y el estribillo, tarareó unos acordes con la armónica y se convenció que el 2 x 4 del tango era muy duro para su letra. Estaba más seguro que nunca que debía ser una canción de amor y esperanza. Entonó un pedacito con la armónica, pero no pudo alejarse de los acordes de “Milonga sentimental” y de Homero Manzi. Pensó que debía ir de apoco, agregarle más ritmo de candombe para tocar con la armónica, algo de percusión y para que mi hermano lo acompañe con el piano. “Nada de violines ni bandoneón”, pensó.
 
Estaba desbordante y contento. Sintió que el proceso había sido doloroso, pero fructífero. Le había servido para descubrir la fórmula de un buen tango: “cuando las penas son profundas y aprietan el alma, la única forma de que no dejen cicatrices es escribir un tango”.
 
–¡No tengo dudas! para un buen tango, mejor hay que sufrir –sentenció mirando a mi mamá e incluyéndome en el paneo.
–Ahora estás más contento con esos retoques que le hiciste, ¿no?
–Siiiiii. Creo que cuando ves la luz al final del túnel, por más que quieras escribir un tango, al final te sale una milonga –fanfarroneó compadrito.
–¿Cuándo la vas a terminar?
–Cuando finalmente me lleve a la esquina a la cama, como a vos pebeta.
–Ay no seas loco – le respondió mi mamá clavándole una mirada empalagosa y, mirando hacia mi lado, me preguntó: “¿y vos Nenucho de qué te reís?”.
 
Mi papá agarró el cuaderno, pasó en limpio las estrofas, sorteó el estribillo entre ellas y dejó un espacio para un par de estrofas más.
 
–Me falta un sufrimiento más y listo el pollo –dijo riéndose– y ya tengo el título, así que espero que te guste porque en el título están mis dos amores, vos y la esquina –le dijo apuntándole con la lapicera.
 
Mi mamá sintió un chorrito y que se derretía como el azúcar sobre la sartén.
 
Mi papá prendió el último cigarrillo, casi era noche. Arriba de las estrofas escribió con letras mayúsculas: Milonga: “Pebeta hermosa, esquina mía” y, debajo, en minúsculas, “letra por Livio Benito Trotti”.

Retrato carbonilla de mi papá, dibujado por Gerardo, mi hermano. 

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...