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miércoles, 8 de septiembre de 2021

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada
a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para que traten de
 descifrar una enfermedad desconocida que la afectaba.

Treinta años después.
 
El 26 de octubre de 1994 recibí una carta de mi mamá. Sería la última. Luego ya no tendría fuerzas para sostener una lapicera.
 
“Lo que tengo no es alentador...”, denunció.
 
Continuó con un párrafo cargado de fe y abrazada a la esperanza de curarse de una enfermedad que desconocía: “creo en Dios, en la vida, y así encuentro las fuerzas para aceptar lo que me toque vivir. Estoy resignada, para cada cosa hay un tiempo y ese tiempo lo dispone Dios. Mi fe será mi salvación”.
 
En su convicción religiosa, sin embargo, se permitió dudar sobre si en un futuro incierto mantendría esa fortaleza: “necesito... serenidad y eso en mí hasta hoy es positivo, mañana no sé”.
 
También detecté entrelíneas una protesta contra la ironía de la vida. Sus fuerzas estaban flaqueando cuando se disponía a gozar de la cosecha de su siembra como le había sucedido a su mamá, la nona Antonia. “(debo) aminorar la marcha en todo... comprender que la vida tiene circunstancias buenas y malas... me toca vivir una crisis”.
 
En párrafos posteriores me pedía que visite a un especialista para que descifre su mal. Las piernas no le respondían, sus médicos no sabían qué padecía y los remedios no la aliviaban.
 
Munido de una copia de su historia clínica, radiografías, nombres de medicamentos y vitaminas visité al mejor neurólogo del Hospital Palmetto de Miami.
 
–Buen día, – saludé, mostrándole el historial –los médicos le dijeron que en este país tal vez sepan qué enfermedad tiene; allá se le quemaron los libros; y como aquí la medicina está más avanz...
 
El neurólogo no me dejó terminar. Frunció el ceño con incredulidad. Leyó la primera página y ojeó las demás a la ligera como si no necesitara leer más. Segundos después, tan largos como un invierno, me dio el veredicto.
 
–¿Quién le dijo que los médicos no saben?, ¡claro que saben!, mire aquí. Dice ELA. Su madre tiene Lou Gehrig. Le quedan dos años de vida.
 
Sentí un retorcijón en el pecho como si alguien me agarrara el corazón y lo retorciera como trapo de piso. Quise agarrar al médico y partirle la cara. No tenía derecho a darme la sentencia como si fuera una simple dirección para encontrar una calle. Salí del hospital atolondrado. No pude ir a trabajar. Preferí volver a casa y cobijarme en mi esposa. Llamé desconsolado a mi hermano. Todavía aturdido, busqué coraje para enfrentar a mi papá. Tenía que decirle que el diagnóstico siempre lo había tenido frente a sus ojos, escrito como una escueta receta de cocina.
 
Llamé a mi papá. Acusé a los médicos de todos los males sobre la Tierra: malvados, farsantes, fenicios. Mi papá no se tragó los rodeos y fue directo al grano.
 
–¿Qué te dijeron?
–Papi, sus médicos saben lo que tiene. No entiende por qué no te dijeron. Aquí son directos, no van con vueltas.
–¡¿Qué tiene?! Solo tiene las piernas dormidas.
–Es una enfermedad degenerativa del sistema nervioso. No tiene cura.
–¿Pero no le pueden dar remedios, un tratamiento?
–No me entendés. No tiene cura. Se llama ELA, hablá con los médicos. Lo escribieron, está en el tercer párrafo. Preguntales por qué no te dijeron.
–¡Qué se yo!, tal vez porque no es grave.
–Papi, es grave, creeme, a mami le quedan dos años de vida – le dije y dejé caer las palabras hacia el final para que no las escuchara.
 
El silencio del otro lado de la línea me perforó los tímpanos.
 
–¿Papi, me escuchaste?, ¿hola? Hablá con los médicos. ¿Qué vas a hacer?
–Yo se lo diré a mami – dijo con entereza. Hizo una pausa para agregar algo, pero no pudo.
 
No sé cómo, dónde o cuándo se lo anunciaría a mi mamá. No pregunté ni quise saber. Imaginé mil escenarios. Cómo contarle a quien creía que sus virtudes y razonamientos le alcanzarían para superar un simple entumecimiento de piernas. “Sabemos -decía ella en su carta- que en la vida hay siempre dificultades y esfuerzos que superar, habrá que usar las armas necesarias o bien templarse para ir recuperando energías...”.
 
En aquellos meses busqué desesperado información sobre la enfermedad. Hospitales, universidades y laboratorios seguían investigando sin éxito la cura para la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) o “enfermedad de Lou Gehrig” en honor al famoso beisbolista que la sufrió. Los ensayos clínicos eran escasos e inciertos y reservados solo para estadounidenses.
 
Mi mamá murió cinco años después, en 1999, a los 70 años. El ELA le había consumido cada signo vital de su cuerpo, aunque no su claridad mental que mantuvo hasta el último aliento. Eligió irse un 10 de abril, el mismo día que su mamá lo había hecho treinta y un años antes. Hasta el final, con un movimiento de ojos le ordenaba a mi papá que llamara a Miami o Madrid para saludar a sus nietos en los cumpleaños. Todo en su vida era importante, incluso los pequeños detalles.
 
Falleció bajo los cuidados intensos de mi papá. En su carta, ya con las fuerzas flacas, enaltecía aquellos cuidados y al amor de su vida: “papi me ayuda mucho, hace de enfermero, cocinero, cadete. Muy rico por dentro, esto me tonifica”. Mi papá decidió acompañarla años después, el 14 de octubre de 2012, cerrando otro ciclo generacional que se había iniciado muchos siglos antes con los Trotti y los Trossero en los alrededores de Castellazzo Bormida y de Pinerolo en el Piamonte italiano.
 
Por muchos años deambulé retobado contra la ironía de la vida. No podía entender cómo una persona tan enérgica y de fe irreductible podía apagarse perdiendo la vida a cuentagotas por cinco años. Dudé muchas veces si en el martirio de sus últimos días, postrada, inerte y casi sin aliento, habría perdido la fe atrapada en aquel “mañana no sé” o si mantuvo su credo: “mi fe será mi salvación”.
 
Años después, más tranquilo, volví a enfrentarme al ELA cuando murió el reconocido científico Stephen Hawking en marzo de 2018. Para entonces la enfermedad seguía sin cura, pero era más conocida debido a que las estrellas de Hollywood se arrojaban baldes de agua helada sobre la cabeza para despertar conciencia.
 
Confieso que con Hawking siempre me sentí más compasivo con sus sufrimientos que deslumbrado por sus descubrimientos científicos. Nunca estuve muy atento a sus predicciones celestiales sobre si la Humanidad se extinguirá en 600 años, si Dios fue quien apretó el botón del Big Bang o si lograse conciliar la relatividad de Einstein con la energía cuántica de los agujeros negros.
 
A pesar de que vivieron en universos tan distantes como distintos, comprobé que Hawking y mi mamá estaban hermanados por sus penurias y también por sus ansias de encontrarle sentido a la existencia. Él, desde la complejidad científica y, ella, desde la simpleza terrenal de la fe creían que debe existir vida o una razón detrás de las estrellas.
 
En esa búsqueda por caminos muy diferentes, llegaron a la misma conclusión: los misterios del Universo son apreciables y comprensibles desde el mundo que cada día construimos.
 
Hawking resolvió ese enigma tras décadas de observación. Reveló su descubrimiento a través de una frase concluyente cargada de rigurosidad científica: “el Universo no sería gran cosa si no fuera hogar de la gente a la que amas”.
 
Mi mamá llegó a la misma conclusión sin necesidad de grandes telescopios para bucear entre las galaxias. Aprendió esa máxima en la experiencia de su pequeño y humilde universo, el Bar Nueva Pompeya. Siempre lo consideró el hogar de la gente que amaba y el que “me regaló propósito y felicidad para vivir”.  
 
La revelación de Hawking me ayudó a darle mayor dimensión al descubrimiento de mi mamá. También me sirvió para sentir y descubrir que, con el tiempo, la pérdida física de las personas y cosas que se aman se transforman en energía y presencia espiritual perpetua.
 
Así pude y puedo sentir que mi mamá y su bar siguen viviendo. Resplandecen en un campo de estrellas idéntico al mar de flores de alfalfa en el que ella chapoteaba de chica en Clucellas.
 
En esa nueva constelación vive, sin tiempo ni espacio, aferrada a todos sus amores, a los personajes del bar, sus antepasados, sus parientes, su esposo, sus hijos, sus nueras, sus nietos y sus descendientes del futuro.
 
El bar de mi mamá late y titila allá arriba en el profundo infinito y, también, en el vasto universo de mi memoria.

Otros párrafos de su carta en la que entendía que lo "que tengo no es alentador"
y donde destacaba su fe y sus temores, así como los cuidados intensos de mi papá.


lunes, 16 de agosto de 2021

Nació la esquina entre dos fiestas de Comunión

La Primera Comunión de mi hermano en 1961. Él frente a su torta, yo casi detrás poniendo un brazo sobre su hombro y otro sobre mi amigo René González, mi mamá ami derecha con las otras tres chaperonas y varios de los chicos del barrio que llegaron a tiempo para la foto.

La idea de mis padres de comprar la esquina de Iturraspe y Perú nació en la fiesta de Primera Comunión de mi hermano en 1961 y tomó fuerza a partir de la mía en 1965.
 
Antes no se les había cruzado por la cabeza comprar nada. Habían llegado a San Francisco desde el campo con “una mano atrás y otra adelante”, como luego repetiría orgullosa mi mamá. En los primeros cuatro años debieron adaptarse a la vida de la ciudad, agrandar la familia, convertir la despensa en bar y ahorrar para la mejor escuela privada.
 
La Comunión de Gerardo la celebramos el 24 de setiembre de 1961. Participaron cuarenta y nueve amigos del barrio. Algunos no llegaron a tiempo para la fotografía, por lo que quedaron como ausentes de la historia.
 
Mi mamá tendría mucho trabajo para atender al “tropel bullanguero”, como llamaba a los chicos del barrio, así que pidió ayuda a sus amigas, la Anita González y la Negra Ronconi, y a Gisella, hija de su hermana Clorinda, que llegó dispuesta “para apoyar en lo que haga falta”. Entre las cuatro se turnaron para preparar triples de jamón y queso y repulgar empanadas con la carbonada que sacaron de una receta de la libretita azul de mi mamá. También adornaron la mesa con rosas y calas, sirvieron porciones de la torta inmaculada de tres pisos y cuidaron que nadie se lastime. Días antes habían repartido los sobres con la invitación a puño y letra de mi mamá: “Jesús no olvides mi Primera Comunión que será luz, esperanza y amor”.
 
Cuando todos los chicos salimos a los empujones a jugar bajo la advertencia de “no corran que van a traspirar toda la ropa”, las cuatro chaperonas tomaron un respiro para cuchichear. Sin quererlo, dieron a luz la idea de comprar la esquina.
 
–¡Qué te pasa Tota!, te noto desganada – le advirtió la Negra Ronconi a mi mamá.
–Tanto trabajo te pasó factura, siempre pasa eso. Estos mocosos dan un trabajo bárbaro – se adelantó a responder la Anita González.
–No es nada – dijo mi mamá.
–¿Te peleaste con el tío? – preguntó mi prima Gisella.
–Para nada ¿de dónde sacaste eso?
–Algo te pasa, no nos vas a dejar así – retrucó la Anita González.
–Para eso estamos las amigas Tota. ¿Qué te pasa? – preguntó la Negra Ronconi.
–Me pongo triste de bronca – lanzó mi mamá con los ojos vidriosos –los chicos crecen y no estoy segura si hicimos bien en traerlos aquí. No veo futuro. Tal vez era mejor quedarnos en Eustolia.
–Ay Tota de nuevo con eso, por favor. Sin ustedes este barrio sería otro – dijo la Negra Ronconi con la intención de contenerle las lágrimas.
–Es como que nos falta algo. Siento un vacío – se sinceró mi mamá.
–¡Por qué no compran la esquina! – dijo la Anita González de sopetón.
 
A mi mamá se le iluminaron los ojos como si le hubiesen dado la fórmula para ganar el gordo de Navidad, sin embargo, minimizó la idea porque le pareció tan alta como subir el Aconcagua.
 
–Imposible, recién ahora estamos respirando un poco.
–Pidan un préstamo – agregó la Negra Ronconi –lo bueno, Tota, es tener algo en mente por lo que luchar.
–Sos tan buena para la cocina que de repente te ponés a cocinar para fuera y te ganás unos pesitos extra.
–¿Más trabajo? Ni loca Gisella. Ya no doy a basta.
–Cheee, que el Livio ponga un poco más el lomo. Dejame contarle a Ángel, de repente inventan algo y ponen juntos un negocito, una sodería o algo así – remató la Anita González.
 
La charla se cortó abrupta cuando todos los chicos entramos transpirados y con los perfumes mezclados. Correr a la mancha y al patrón de la vereda demandaba más naranja Crush y Bidú Cola.
 
A las tres de la madrugada mi mamá se despertó de golpe como si la hubiese sacudido el reloj despertador. Tenía en la cabeza el eco de la charla con sus amigas y, entre ceja y ceja, la idea de comprar la esquina. Desvelada y contenta pensó en despertar a mi papá. Prefirió esperar hasta los mates en el desayuno. “Se pondrá loco de contento cuando le cuente”, pensó. A oscuras escribió en la libretita verde de sus resoluciones: “comprar la esquina, ¡Gracias querida señora de la Nueva Pompeya!”.
 
Le cebó los mates con sonrisa de oreja a oreja y mi papá, experto en leerla, disparó: “¡qué bichito te picó tan temprano!”. Mi mamá floreó la charla del día anterior, dio rodeos para crear suspenso y clavó la frase en el aire para recibir una ovación de pie: “compremos la esquina”. Mi papá la miró desconcertado y respondió con un latigazo de domador de circo con chasquido final: “dejate de pavadas, ¡ni en pedo!”.
 
La respuesta hubiera tenido que dejarla de cama, pero pensó que ella había reaccionado de la misma forma cuando su amiga lo sugirió. Siguió cebando mates como si nada, contenta de que ya había plantado la semillita porque mi papá también solía despertarse de noche con cosas a las que durante el día no les prestaba atención. Además, estaba tranquila, había escrito el objetivo en la libretita verde y sería solo cuestión de esperar. “Tarde o temprano los objetivos escritos se materializan solos”, había aprendido de su papá.
 
Dicho y hecho. Poco tiempo después, mi papá empujó la compra de la esquina como idea propia en cada charla con sus amigos y en las reuniones familiares.
 
Mis nonos, los papás de
mi mamá, José y Antonia.
El 10 de setiembre de 1963 llegó la gran celebración de las Bodas de Oro de los papás de mi mamá, los nonos José y Antonia en Plaza Clucellas. Llegaron los once hijos e hijas y los primos éramos una chorrera de más de ochocientos. La torta de cinco pisos, más alta y gorda que la humilde de 1913, fue centro de conversación. Estaba adornada por un número 50 de azúcar en la cúspide y en la circunferencia de la base se leía la plegaria “Jesús bendecid a nuestros hijos, nietos y seres queridos”.
 
Mis padres usaron la muletilla de “la torta grande como una casa” para contar su deseo de comprar casa propia en cada charla. De todos recibieron la misma reacción: “¡¿entonces ya no vuelven a Eustolia?!”. Creo que aquella expresión fue la que inspiró a la Real Academia para autorizar el uso de signos de afirmación e interrogación en la misma oración.
 
Por varios años ese tipo de charlas les sirvió para afirmar su objetivo en forma inconsciente. Hasta que la semilla empezó a germinar con fuerza en mi Primera Comunión el 9 de octubre de 1965. En esos días, sin previo aviso, el viejo Pons había disparado un anuncio clasificado letal en el diario, ofertando la esquina al mejor postor. Al principio, mi mamá sintió el clasificado como un cuchillo sin filo y oxidado perforándole el corazón, pero, días después, se convirtió en su mejor motivación para alcanzar el objetivo. Recortó el rezo de mi estampita “Jesús conserva mi alma blanca como la hostia que hoy recibo”, y lo juntó con las oraciones de Gerardo y mis nonos. Pensó que la triple oración llegaría más alto y que la esquina no se le escaparía. Pegó la plegaria en dos páginas en mariposa en la libretita amarilla de sus intimidades y, al pie, escribió con fe y esperanza: “Dios querido, ayúdanos a comprar la esquina”.
 
A la mañana siguiente me engominó, me echó perfume de pies a cabeza y me ordenó que la siguiera: “vamos, hay que sacarte la foto de Comunión”.
 
Llegamos a la casa de óptica y fotografía de Bucco y Curiotto en el centro y tuvimos que hacer cola por media cuadra. El negocio estaba atestado de padres y chicos, se celebraban comuniones en muchas escuelas.
 
–Por fin alguien bien peinado – exclamó la señora Dorita Curiotto que revisaba la fila con peine en mano para que todos los chicos llegaran prolijos al estudio de su marido –¿cuántos hijos tiene?
–Dos, uno mayorcito y este, el Nenucho. ¿Se acuerda que su esposo le sacó un retrato cuando cumplió un año?
–Saca a tantos chicos... ¿Va por la nena?
–No creo, todo cuesta tanto. ¿Y usted cuantos tiene?
–Una nena por ahora – respondió y llamó a su hija que apareció con una vincha blanca y el pelo lacio hasta la cintura abrazada a una muñeca tan grande como ella –Pilín vení a saludar a la señora.
–¡Qué lindo nombre!, y es tan linda y coqueta con ese pomponcito – dijo mi mamá tocándole la naricita –nunca escuché ese nombre.
–Es sobrenombre. Se llama Graciela y como era la más gurrumina de la familia su nona María le puso Pilín y así quedó.
–Igual que a él – dijo mi mamá –al cuete le pusimos Ricardo. Yo lo llamo Nenucho, su hermano y mi esposo le dicen Nenito y los chicos en la escuela le dicen Kaiá.
 
Después de posar de mil maneras para don José Curiotto, le pedí a mi mamá que me compre una lupa que en la vidriera cacareaba: “La leyenda de Sherlock Holmes comenzó con esta lupa”. Mi mamá movió la cabeza en desaprobación y luego dudó: “¿seguro que querés esto de regalo de Comunión?”.
 
Al regresar del centro nos detuvimos de Burmeister Lamberghini. Los discos eran otra de sus debilidades como las recetas de cocina. Quería comprar “Amor” de Edye Gorme y el Trío los Panchos que la enloquecía cada tarde por Radio Nacional. La vendedora puso el disco y un minuto después mi mamá, todavía meneándose y con los ojos cerrados, me dijo: “qué sorpresita que le vamos a dar a tu padre”. Yo era el sorprendido, estábamos en octubre y mi mamá compraba como Niño Dios en Navidad.
 
Cuando mi papá llegó de la oficina, mi mamá hizo mímica mientras la Gorme cantaba a todo volumen Piel Canela. Con un tenedor lo hincó en el pecho a saltitos mientras modulaba los labios con la letra de fondo: “me importas tú y tú y tú y sooooooolamente tú.... y naaaaaaaadie más que tú”. A mi papá le gustó el jueguito y quiso apretarla a su lado. Ella pegó un corcoveo hacia atrás y con pasitos rápidos y rítmicos le prometió “… cuaaaaando vuuuueeeelva a tu ladooooo…”.
 
Mi mamá movió la púa al surco de Media Vuelta y ejerció todas sus dotes teatrales al estilo Niní Marshall. Mientras la Gorme gritaba por los parlantes “te vas porque yo quiero que te vayas”, se tiró un mechón sobre la frente, se subió la pollera a medio muslo por arriba de la rodilla y mostrando escote con aire de Brigitte Bardot gesticuló para que mi papá se pusiera de pie. Apenas lo hizo, lo empujó de nuevo contra el asiento y le cantó “a la hora que yo quiera te detengo” con una señal de pare como agente de tránsito. A esa altura mi papá se estaba babeando como un perro ante un trozo de bofe e intentó meter mano debajo de la pollera. “Ay ay ay, qué fácil que son los hombres, un poco de corcoveos y ya piensan mal”, dijo entre carcajadas mi mamá. “Ponete a comer, se acabó la fiesta”.
 
Después de almorzar se recostaron acaramelados en los silloncitos con una copa de vino blanco. Repasaron unos temas viejos de Luis Aguilé y agotaron al pobre Frank Sinatra que les cantó como veinte veces Only the Lonely. Mientras tanto, mi hermano miraba todo por un agujerito en el puño como le había enseñado Borgarello para captar luces y sombras y yo, lupa en mano, me puse a investigar como Sherlock Holmes el misterio que me tenía a maltraer desde hacía años: una manchita oscura sobre el vestido de novia de mi mamá y una clarita sobre el traje oscuro de mi papá.
 
–Mami, mami. Vení, mirá lo que tenés aquí.
–Por Dios, salí de ahí porca vaca. Andate al patio con esa lupa.
 
No entendí porque se había molestado que investigara la foto de su casamiento. Esa siesta paré la oreja detrás de la puerta del dormitorio y descubrí con el oído lo que no había podido captar a simple vista por tantos años.
 
–El Nenucho descubrió los cascarudos en la foto de casamiento. Acordate que son los bichos que traen mala suerte. Le trajeron un montón de pestes y maldiciones a los egipcios.
–Pero vieja seguís obsesionada por esa boludez. Siempre con tus supersticiones. Son unos bichitos nada más, dejá de joder.
–¡Qué te hacés ahora!, ¿yo soy la supersticiosa?, vos sos el que crees en los ovnis y frunciste el traste como nadie cuando se nos apareció la luz mala en Eustolia.
 
Al día siguiente comprobé que mi mamá tenía razón. Los cascarudos traían mala suerte.
 
Mi papá le pidió repasar los ahorros del pasado y calcular los de futuro. Quería saber cuándo podrían ir del viejo Pons a hacerle la “oferta irresistible”, es decir, pagar un sobreprecio para ganarle a otros contendientes. Cuando tocó el turno de revisar las cuentas por cobrar en la libretita roja del fiado, mi papá notó que mi mamá saltaba algunas páginas más a propósito que por descuidada.
 
Se la arrebató de un zarpazo.
 
–Devolvémela – gritó sorprendida.
–¡No me jodas! ¡¿Todo esto te deben?! – dijo mi papá después de un paneo rápido por más de cien páginas –¡aquí todos chupan gratis!
–¡No es para tanto!
–Cómo que no es para tanto. Por favor Tota, manejás este negocio como si fuera la Casa del Niño o el Cotolengo don Orione. Dejale la caridad a los demás.
–Claro, ahora yo tengo la culpa. Me dejaste sola en este loquero.
–No me cambies de tema. Me fui a trabajar afuera porque queríamos tener otro ingreso. Pero ahora me doy cuenta que soy el único que trae un mango a esta casa.
–No te mandes la parte. ¿Quién creés que compra la comida, la ropa, que mantiene la casa y paga los Maristas? Todo salen de estas – dijo mi mamá agitándole sus manos a la altura de la cara.
–Ese no es el punto. Si hubieras fiado menos o cobrado la mitad de lo que te deben ya tendríamos la esquina hace rato.
–Ya les voy a cobrar.
–¡¿A estos tres?!, ¡haceme el favor! – dijo mi papá señalando los nombres de tres clientes que ya habían muerto, –si me fijo bien seguro que tenés más fiado en el cementerio que en la calle. ¡Sos un desastre!, ¡estamos fundidos!
–Fundidos las pelotas, dejá de exagerar – retrucó mi mamá.
 
Mi papá estampó la libreta roja sobre la mesa, pegó un portazo y enfiló hacia el cine Mayo. La cartelera anunciaba “El Dorado” de John Wayne con promesa de muchos tiros y líos a rabiar. No sintió un solo tiro ni leyó los subtítulos, pero se tranquilizó. Ir al cine lo distraía y lo sedaba tanto como el olor a azúcar quemado.
 
Volvió sereno antes de que terminara la película. Mi mamá lo esperó con unas conciliadoras milanesas a caballo con papas al horno. Y con una sonrisa de oreja a oreja y una pizca de ironía, le soltó una oración antes de que pruebe un bocado: “¿Fundidos?, sentate y agarrate. Te tengo una sorpresa”.

Mis primos en las Bodas de Oro de mis nonos. Estoy a la derecha, el más gurrumino, al lado de mi
hermano. En el centro, los más pequeños son mis primos Raúl y Marta Trossero.

Mi Primera Comunión en 1965 en la escual de los Hermanos Maristas. Yo en primer plano a la izq.
con mis amigos Eduardo Felizia y Genesio.



 





jueves, 22 de julio de 2021

"Gracias Antonio" y la cocina de tangos

Un óleo de mi hermano del comedor de nuestras casa desde la
perspectiva de su estudio de pintura en nuestro dormitorio. Esta, una de mis pinturas
favoritas de aquella época, es parte de la colección privada del Arq. Oscar Cornaglia, en San Francisco, Argentina, amigo íntimo de Gerardo. Ambos trenzaron amistad
mientras aprendían el oficio con el gran maestro Miguel Pablo Borgarello.


Así como la cocina era el corazón del hogar y bastión de mi mamá, el living comedor era el epicentro de la casa y donde mi papá se sentía a sus anchas. Siempre estaba acompañado por “mis grandes amores”, como llamaba a Gigliola Cinquetti y Edye Gorme, y por sus amigos íntimos, Carlitos y Frank, que no necesitaban apellido de presentación y de quienes se vanagloriaba tener todos sus discos.
 
Un domingo por la tarde, inspirado por una nueva goleada de River, mi papá trató de componer un tango para homenajear a Vivaldi en la introducción de “Las cuatro estaciones”, el libro de recetas de mi mamá. No pudo porque para escribir tangos necesitaba cierta decepción o sufrimiento. Le salieron, en cambio, unas pareadas a las que tituló “Gracias Antonio”.
 
Cuatro estaciones palpitan en mi pecho
Recetas y violines deambulan sin techo
 
Manjares y sinfonías con igual destino
Dios gracias por enseñarnos el camino
 
De floral primavera a invierno pelado
Otoño mostaza, verano aterciopelado
 
Ritmos y acopios serán para mi amado
Gracias Antonio por haberme inspirado
 
–¡Es demasiado Livio! Me da vergüenza. Comparás mis comidas con las sinfonías – le dijo incómoda.
–La poesía empareja las cosas Tota. Acordate que “lo mismo un burro que un gran profesor” – le contestó riéndose –no te comparo, el punto
es que al final y salvando distancias, los dos hacen lo mismo.
–No entiendo.
–Los dos crean. Y cuando creas algo cobra vida propia, así sean poesías o recetas.
–¡Qué lindo! – dijo mi mamá poco convencida.
–¿Lo vas a usar?
–¡Por supuesto! No te olvides de los tangos para cada capítulo.
–Pará la mano che. Esto no es hacer albóndigas.
 
Además del living comedor y la cocina, la casa estaba compuesta por dos dormitorios, un baño y un saloncito multiuso que pusieron en alquiler en varias temporadas con el fin de engordar los ahorros para comprar la esquina. Había servido como depósito de la distribuidora de Leche Prima, hogar del Elso y la Quiqui Boasso, verdulería del Luisito Delgado y sala de velorio para cuando a la Dora, su esposa y nuestra niñera, le faltaron ahorros para el sepelio de su papá.
 
Los muebles sabían a art decó. En el comedor había un aparador blanco de puertitas rosadas y una mesa cajonera donde se guardaban chucherías, camuflada bajo un mantel de hule celeste con diseño de frutas. Estaba rodeada por seis sillas de colores en par, rojas, azules y verdes. Al costado, en el living, dos silloncitos de cuerina gris abrazaban a un Phillips, uno de los primeros televisores en la ciudad al que mi mamá culpaba por habernos “robado la felicidad”.
 
De espalda a los silloncitos se erigía el enorme ventanal con una cortina de dibujos arabescos parecidos a los de las Fabulandia. Absorbía todos los colores del patio con unos tonos pasteles que mi hermano atrapaba en lienzos y papeles. Gerardo pintaba en el comedor y en su estudio en el dormitorio desde donde llenaba de vida a sus naturalezas muertas.
 
En las noches que la brisa no entraba, salíamos a buscarla a la vereda debajo de las estrellas. Convertíamos en telescopio un agujerito en el medio del puño y pasábamos horas buscando meteoritos, satélites y observando como Venus, la Cruz del Sur y las Tres Marías patinaban por el cielo. “Tengo fe que veremos un plato volador”, prometió mi papá una noche entusiasmado por las historias de marcianos que Fabio Zerpa narraba por radio en “Más allá de la cuarta dimensión”.
 
Además de observatorio familiar, la vereda también servía de estación meteorológica. Mi papá pronosticaba tiempo seco si la Luna vestía anillos y chubascos del sur si los chirridos de los grillos se volvían insoportables.
 
Rendidos y asombrados ante tanta inmensidad, mi mamá aprovechaba para meter la púa con sus lecciones de fe.
 
–Viejo. ¿Creés que hay algo allá arriba?
–Zerpa dice que – respondió mi papá sin poder terminar la frase.
–No hablo de platos voladores ni boludeces Livio. Te pregunto si crees en Dios. ¡Todo es tan grande que no entiendo por qué no te da cosa!
–¡Qué decís! Claro que me da cosa. Creo en Dios o en una energía superior que creó todo. Pero es muy distinto a creer que después de morir nos vamos al cielo, si es que por ahí va tu pregunta.
–¡No te puedo creer!, ¡cómo no creés en nada!
–A ver. Explicame. Si te acostás a dormir perdés el conocimiento, te desenchufás, es como que te morís, ¿verdad? Bueno, hacé de cuenta que la muerte es eso. Te dormís para siempre y no sentís nada.
–¡Ni vos entendés la estupidez que decís! Cómo vas a creer que Dios hizo todo esto, nos creó inteligentes y nos va a dejar tirados.
–A ver. Demostrámelo. ¿Acaso viste alguna vez a un muerto caminando? ¿Alguien vino del más allá y te dijo cómo es? Te morís y chau pichu, todo desaparece. No somos nada.
–No te puedo creer. No crees en el cielo y crees en los marcianos, ¡haceme el favor! Nuestras almas van al cielo. Es así y punto.
–No te confundas. Eso del cielo y el infierno es un invento de los curas para que nos portemos bien, nada más. No hay nada después. Cero.
–¡Por favor! – chilló mi mamá.
–¡Por favor las pelotas! – respondió enérgico mi papá como siempre lo hacía cada vez que lo acusaban de hereje por renegar del cielo o del purgatorio.
 
Mi mamá largó un suspiro de resignación y pensó que esa noche redoblaría sus rezos para que Dios le regale más fe a mi papá. El suspiro de mi papá fue más terrenal. Quiso quedarse un rato más debajo de las estrellas porque le producía tanto placer como el chisporroteo que producía la lluvia sobre las chapas del techo y el sonido arrullador del ventilador de pie en siestas pegajosas.
 
–No te olvides lo que prometiste – le recordó mi mamá con tono seco y sin mirarlo cuando entraron al dormitorio.
–¡Qué te pasa! ¿De qué hablás?
–Nada. No me pasa nada. Me prometiste unos tangos para los capítulos.
–¡No jodas!, parecés Roberto Matosas como presionás. Escribir no es como boludear en la cocina.
–Sí claro, ¡por qué no cocinás vos!
–¡No jodas!
 
Esa noche mi mamá se acostó disgustada y no rezó por él, quiso castigarlo. Mi papá no pudo pegar un ojo. No porque pensara en resolver el tema de la vida después de la muerte como hubiese querido mi mamá, sino porque no quería estar enojado y que se le arruine el fin de semana. Ese sábado se levantó dos horas antes del amanecer dispuesto a arreglar el problema. Calentó la pava y se sentó en la mesa del comedor lapicera en mano.
 
Cuatro minutos antes de las seis de la madrugada, cuando creyó que había terminado su trabajo de mecánico del fin de semana, entró en el dormitorio en son de paz y con oficio de reloj despertador.
 
–Despertate. Escuchá – zarandeó a mi mamá extendiéndole un mate.
–¡¿Qué?! – reaccionó ella con los ojos pegados y malhumorada.
–Tengo el subtítulo y las estrofas.
–¡Cómo! Anoche me sacaste carpiendo.
–¿Querés escuchar o no?
_Soy toda oídos – reculó mi mamá.
–Al título le saqué el artículo para que no parezca copiado del longplay de Vivaldi. Y este es el subtítulo, aquí va, ta ta ta tan...
–Dejá el suspenso para otro día – apuró mi mamá más despabilada.
– “Sal y azúcar para cada día del año”.
 
Mi mamá lo miró como preguntándole “¿eso es todo?”. Tanto alboroto por algo tan insulso pensó. Sintió ganas de vengarse como la vez que mi papá le tiró el título por la borda en ese mismo dormitorio. Se mordió la lengua para evitar que se prolongue el berrinche de la noche anterior. Prefirió ser prudente.
 
–No entiendo.
–¿Todavía estás dormida o qué? – le tomó el pelo mi papá –usé sal y azúcar para evitar que digas recetas en la tapa porque es obvio, es un libro de cocina. También para que sigas homenajeando a tu mamá con aquello de salado y dulzón, bla bla bla y el resto es en alusión a tu papá. Alcanzar las cosas paso a paso, ¿te suena?
–Mmmm... más o menos.
–Siempre decís que la Hans y muchas mujeres odian pensar en cocinar. Bueno, vos les das la respuesta, una receta para cada día del año.
–¡Ni loca! No voy a escribir trescientas recetas.
–Es sentido figurado salame. Tenés que encontrar una fórmula. De repente hacés treinta recetas por capítulo y explicás que las deben repetir los otros dos meses de cada estación.
–No es mala idea, – dijo mi mamá y leyó en voz alta –“Cuatro estaciones: sal y azúcar para cada día del año”, vos sabés que me gusta, aún más, me reencanta. ¡Me saliste inteligente carajo!
 
A sabiendas que a mi mamá rara vez se le escapaban cumpleaños, aniversarios o promesas, mi papá se preparó para lo que vendría.
 
–¿Y los tangos?
–¡Qué hacés Matosas! Sabía que vendrías con los tapones de punta. Aquí van.
–¿En serio? ¿Ya los tenés?
–Escribí unas milongas para primavera verano y unos tangos para otoño invierno. Después las terminaré. ¡Escuchá! Esta es la primera estrofa para primavera y se llama “Libretita azul”.
 
Libretita azul rebosante de poesía
Versos y cantos para el alma mía
Ansío hallar en ti recetas de amor
Tal bella primavera abrir una flor
 
–¿Te gustó?
 
Mi mamá lo miró embelesada y se le escaparon dos chorros de lágrimas como si hubiera cortado un millón de cebollas. Mi papá se envalentonó con la aprobación implícita. Impostó la voz al estilo Tita Merello en “Se dice de mí” y cantó con la misma candencia de la Merello los primeros versos de una milonga corta y sustanciosa, “Sal y Azúcar”, que destinó al capítulo del verano.
 
Carita celestial
De azúcar y sal
Escríbeme poesías
Aquí en el umbral
Estrellas de verano
Titilan en mi mano
Recitame poemas
Cantalos en piano
Pizcas en el infinito
Terroncito del cielo
Ambas son chispas
Prenden mi deseo
 
Mi mamá se derritió sobre las sábanas. Sin poder hablar, le hizo señas para que leyera más lento. Quería paladear cada verso. Él parecía como que estaba tirando fuegos artificiales y se exaltaba más y más tras cada explosión, tras cada rima. Cuando se le destrabó la garganta, mi mamá intentó crear una pausa.
 
–¿Cuándo escribiste todo esto?
–Esta mañana. Mejor dicho, hace semanas que vengo cocinando a fuego lento, pero esta mañana les pegué un sacudón. Primero trabajé los tangos porque estaba con algo de bronca y cuando me salieron y me puse contento, enseguidita seguí con las milongas.
–Siempre te inspirás como Discépolo en esa mesa. ¡Es tu cocina de tangos!
 
Eufórico por la definición que le sonó a un gol de media cancha, mi papá encaró de nuevo.
 
–¿Lista?, aquí va un tango para abrir el capítulo del otoño. Se llama “Aroma en fuga” en honor al reclamo de la Hans a la que casi le destrozás el matrimonio con tus olores de cocina – dijo echándose a reír.
–Dale. Léelo lento por favor.
 
Mi papá aspiró, frunció la ceña y se entonó para cantar hablando como el Polaco Goyeneche.
 
Rejas abiertas
Aroma en fuga
Visitaste barrios
Enamoraste amos
Inspiraste otoños
Regresa a tu arrabal
Ventana de par en par
Te lo ordeno
Perfume perdido
Soy tu único destino
Siempre seré tu nido
Mi amor, amor mío
 
Mi mamá enloqueció. También se exaltó y volcó el mate sobre la cama. Sintió fuegos artificiales en todo el cuerpo y se dejó llevar. No trató ni quiso detener a mi papá, además era imposible. Mi papá notó el gesto de aprobación y siguió a todo trapo sin puntos ni comas.
 
–Aquí va la primera estrofa del tango que habla de vos y tus secretos de la cocina como dicen los clientes y se llama “El toque de la Tota” y es para el capítulo del invierno – y casi sin terminar la frase por la euforia alcanzó a tragar una bocanada que le permitió zambullirse de nuevo en la lectura.
 
Mano prodigiosa de mil secretos
Revela tus toques más concretos  
Regálame recetas y toda la magia
Codicia el invierno tu bella gracia
 
A esta altura mi mamá parecía las Cataratas del Iguazú y no sabía si eran sus lágrimas o el mate los que habían empapado el colchón. Mi papá era un río caudaloso e iba por más, se quería sacar todo de adentro y ganarse un sábado glorioso. Pensó que si el domingo acertaba la polla con sus pálpitos sería un fin de semana de campeón como en 1957.
 
–¡No tengo palabras Livio!
–Espera que ahora te dejaré muda para siempre – fanfarroneó –para el quinto capítulo o para el epílogo te escribí el postre, una milonga arrabalera como para poner la frutilla sobre la torta. Y como es el postre la llamé “Dulce espera”. Acá va la primera estrofa. M’s tarde te la termino.
 
Te espero entre ollas y sartenes
Como a golondrinas en andenes 
No son platillos para cualquiera
Solo serán para tu dulce espera
 
Mi mamá quedó con la cabeza dando vueltas pensando que no le sería fácil igualar con sus recetas tanta hermosura. Se apreció gratificada, pero, al mismo tiempo, se sintió chiquitita e insignificante como cuando miraba las estrellas. De nuevo le pidió a mi papá que caliente la pava y que traiga pastelitos de membrillo. Quería desayunar en la cama, se sentía tan diva como la Merello. Aprovechó a releer los versos y los posó sobre su pecho para sentirlos más cerca. Sintió ganas de comer el papel. Ya despuntaba el sábado. Deseó que el momento se congelara en el tiempo.
 
Días después, mientras todavía caminaba sobre las nubes extasiada por tanta poesía y creyendo que ya tenía todos los ingredientes para cocinar el libro, un fuerte cortocircuito la sacudió. Estaba detrás del mostrador del bar lavando copas como un día cualquiera cuando el Zorrino entró apresurado y sin mediar saludo le dio una noticia seca: “murió el Manya”.
 
Mi mamá sintió como si le hubieran metido una mano en las tripas y tirado de golpe hacia afuera. La invadió un vaho rancio, pegó tres arcadas y se agarró del mostrador para no caerse. Estaba esperando que en cualquier momento le anunciaran el desenlace, pero nunca imaginó que le pegaría tan fuerte. Pidió a todos los clientes que se vayan. Sobre la puerta pegó un cartelito con letra temblorosa: “cerrado por duelo”.
 
El bar permaneció cerrado esa tarde y al día siguiente. Sintió que era lo menos que podía hacer para honrar a su querido mandadero. Pensó que su duelo sería prolongado. Vestiría de negro un par de días y no se permitiría alegrías por largo rato ni mucho menos escribir recetas o pensar en el libro.

Otra de las naturalezas muertas llena de vida que pintó Gerardo en aquellos años
cuando tomaba clases con el maestro Miguel Pablo Borgarello.


jueves, 24 de junio de 2021

Bendito y maldito anónimo


Me senté en la mesa de granito del patio con la libreta de calificaciones de la escuela. Mis notas eran malas. Estaba seguro de que mi papá no me la iba a firmar. La última vez lo había hecho por lástima y fue tajante: “si no mejorás, chau escuela, de patitas a trabajar con tu mamá en el bar”.
 
Sentí pánico. No quería perder a mis amigos ni los recreos para jugar a la pelota. La garganta se me cerró y tragar aire fue tan difícil como chupar un mate con la bombilla tapada. Me largué a llorar, no quería vivir más. Pensé en treparme al paredón de Vietnam y estrellarme de cabeza contra el piso.
 
Mi mamá apareció de golpe. Escondí la libreta para que no viera las notas, pero ni siquiera me advirtió a su lado. Quedó mirando fijo en dirección a la pajarera. En sus manos tenía un papelito doblado por la mitad y también se largó a llorar. No lloraba de miedo como yo, sino de rabia.
 
–¿Qué te pasa mami?
–Nada – me respondió aspirando un sorbo largo de aire y sorprendiéndose de que estuviera a su lado.
–¿Por qué llorás?
–Por nada Nenuchín, por nada – me contestó, expulsando hasta la última gota de aliento.
 
Pocas veces la había visto llorar. Me resultaba raro que siempre lo hiciera con ese misterioso papelito en la mano y en el mismo lugar. La dura mesa de granito parece que tenía propiedades extrañas, reflejaba el sol como espejo, rebotaba la lluvia, pero era una esponja a la hora de absorber lágrimas y penas.  
 
Mi mamá venía bajoneada desde la noche anterior. Había discutido con mi papá en la cena hasta que los gritos inundaron la casa.
 
–No tenés vergüenza. Me hiciste quedar como una cornuda y una estúpida.
–¿De qué estás hablando? ¡Estás loca! – reaccionó desprevenido mi papá.
–Está todo aquí – le reprochó con el papelito en la mano.
–¿De qué estás hablando? ¡¿Ese es el maldito anónimo?!
–Ya no aguanto más. No tenés perdón de Dios – respondió, blandiéndole el papelito con una marca del Zorro ante sus narices.
 
Mi papá se lo arrebató y con un paneo relámpago trató de leer en cuatro segundos unas diez líneas que mi mamá se las recitaba de memoria como si fuera el Padre Nuestro desde hace más de mil años. Nervioso y temblando de bronca no pudo descifrar todos los renglones sobre el papel arrugado y envejecido salpicado con manchas de tinta fuente. Detectó errores de ortografía, palabras en piamontés y parecía escrito como si una persona diestra hubiera usado la zurda para no delatarse. Le saltó a la vista “ojo con la otra” y una firma a las apuradas cayéndose del papel: “Tu ángel y protectora”.
 
Le devolvió el papel a mi mamá y también se desquitó chantándole la marca del Zorro en la cara.
 
–¿Quién te mandó esto? Le crees a cualquiera. Seguro que fue alguna de tus amiguitas, celosa de que vinimos a San Francisco.
–No desvíes la conversación. No puedo vivir así. ¿Con quién me estás engañando?
–¿Sos o te hacés? Te hablan del pasado y me atacas cinco años después.
–¿Con quién me pusiste los cuernos?
–Estás de remate. Jamás te traicioné.
 
Mi mamá guardó el papelito pensando que lo necesitaría para librar otros rounds en el futuro. Lo escondió dentro de su libretita amarillo limón entre estampitas de vírgenes, alabanzas y papelitos sueltos con sus vergüenzas y mortificaciones más profundas.
 
Supe de la existencia de la libretita una vez que se la olvidó sobre la mesita de luz adonde me envió a buscar una estampita. Estaba abierta y cuando me dispuse a abrir el anónimo, entró como una tromba y me sacó rajando. Muchas veces en sus peleas se refería a ese anónimo como uno de los detonantes por los que debieron abandonar Eustolia. Aunque lo había traído de allá, por alguna estrategia decía que el cartero se lo había entregado poco después de afincarse en San Francisco.
 
La primera vez que lo leyó vomitó hasta el alma y cuando lo quiso releer ya no pudo porque las manos le temblaban como hojas de eucaliptos en tormenta del sur. Luego, llegó a un punto que ya no sabía si lo leía cuando estaba celosa o si se ponía celosa de tanto leerlo. Por muchos años había repasado y clasificado mentalmente a todas sus amigas, primas y vecinas para saber si eran “la otra”. Nunca pudo descubrir a la sospechosa. Eso la atormentaba todavía más, porque siempre confiaba en su instinto, se sabía detallista y se creía el mejor de los sabuesos.
 
También se devanó los sesos tratando de descifrar a la autora del papelito. La quería enfrentar para preguntarle por “la otra”. También para pegarle un palazo por la cabeza por haberla mortificado por tanto tiempo. Muchas veces llegó a pensar que hubiera sido mejor pasar por estúpida a saberse cornuda.
 
Un día, sintiéndose ultrajada como trapo de piso y de que el anónimo la persiguiera como su sombra, se desahogó con mi prima Griselda.
 
–Tía por favor – trató de consolarla –es un anónimo. Si fuera tu ángel y protectora te hubiera dado el nombre y chau pichu.
–No me deja vivir. ¿Quién será?
–¿La otra o la que te escribió?
–La que mandó el anónimo Griselda, si llego a ella me dirá quién es la otra.
–Tía, olvidate, es mentira. Seguro que alguien te quiso hacer un mal de ojo y como no supo, te escribió el anónimo para joderte la cabeza.
–¿Vos creés?
_¡Qué se yo! De repente fue tu cuñada.
–Callate que lo pensé. Nunca me quiso, siempre me celó por su hermano.
–Enfrentala. Andá y preguntale. No te mortifiques más. Tirá ese bendito papelito. No podés vivir así toda tu vida.
 
Decidida a enfrentar a quien creía había redactado el anónimo, esa noche diseñó un plan infalible para que mi papá la lleve ante la presunta autora del anónimo: vacío a la plancha con vino tinto, pan tostado con mantequilla de ajo como para voltear a un rinoceronte y puré de batata con aceite de oliva. De fondo, dejó que Gigliola Cinquetti cante hasta hartarse y puso seis cucharadas soperas de azúcar derritiéndose a fuego lento sobre una sartén.
 
–Llevame a hablar con tu hermana – soltó mi mamá con miedo a que mi papá saltara como resorte –quiero saber de una vez por todas si ella me mandó el anónimo.
–¿Cuándo? – la sorprendió mi papá medio anestesiado por el efecto del ajo y porque el aroma del azúcar quemado le demolía todas sus defensas.
–¡Mañana mismo! – enfatizó mi mamá para no dejar escapar el envión, dibujando una sonrisa tan amplia como las vidrieras de las Grandes Tiendas Excelsior.
 
Le daba miedo tener que enfrentar a mi tía, pero quería resolver el misterio. Necesitaba la verdad.
 
Recorrieron los cincuenta kilómetros hasta la casa de mi tía Rosita en el campo en Eustolia sin dirigirse una sola palabra, cada uno enfrentando a sus propios miedos. No sabían cómo reaccionaría mi tía, quien había heredado el carácter duro de su mamá, la nona Chinta. Lo más probable era que negara a rajatabla la acusación y dejara el futuro tan incierto como el pasado. Mi papá seguiría siendo sospechoso toda su vida y mi mamá, víctima y fiscal al mismo tiempo, deambularía hasta en la eternidad con sus cuernos a cuestas.
 
–¡Qué sorpresa! – los recibió mi tía con sonrisa de oreja a oreja, aunque al segundo la desdibujó –¡qué cara de velorio que traen! ¡Qué pasó!
–La Tota quiere preguntarte algo – rompió mi papá, tratando de alejarse del problema.
–Pasemos y nos tomamos unos mates – dijo mi tía con cara más adusta, tratando de adivinar por donde vendrían los tiros.
–Rosita, no quiero ir con rodeos – empezó mi mamá mirando hacia el piso –pero me tengo que sacar una espina que tengo clavada en el pecho.
–¿De qué espina me hablás Tota?
–Siento que nunca me quisiste. Que te robé a tu hermano.
_Pero Tota... es verdad que siempre fui muy sobreprotectora de mi hermanito, pero no es que no te quiera. Con el tiempo entendí que lo mejor para ustedes era irse a la ciudad. Eso ya pasó.
–Sí, pero yo hablo de esto – dijo mi mamá y tiró el papelito que flameó hasta caer patas arriba sobre la mesa.
 
Mi tía abrió los ojos grandes como lechuza, mi papá miró para arriba encomendándose a todos los santos y mi mamá puso cara de “esta no te las esperabas”. Mi tía se puso los lentes, levantó las cejas como hacían todos los Trotti y leyó por unos segundos tan interminables como los que tardaba John Wayne de morir desangrado al final de las películas.
 
–¿De dónde sacaste esto Tota? – dijo exultante mi tía como si hubiera encontrado un diamante.
–Me has herido mucho todo este tiempo – expresó mi mamá a la espera de que mi tía confiese.
–Esto no es tuyo. Nunca te lo mandé. ¡Devolvémelo!
–No te hagas. Me lo dejaste sobre el mostrador. Te puedo perdonar, pero no que hayas jugado conmigo tratándome de estúpida por tantos años. Al menos decime quien es la otra.
 
En ese momento fue mi papá el que se sintió estúpido. Le reclamó a mi mamá por haberle mentido. Recién ahí supo que el anónimo no lo había recibido en San Francisco sino años antes en Eustolia.
 
–Tota. Me mentiste siempre. Yo era soltero en esa época.
–Da lo mismo. Me engañaste aquí o en San Francisco o en la Quiaca. Ese no es el punto. Lo que no tolero es que me hayan plantado tanta cizaña con este maldito anónimo. Así que mejor callate.
–Rosita, dejate de rodeos y confesá la verdad – prosiguió mi mamá volteando hacia mi tía.
–Tota. ¡Entendé por Dios! No te lo dejé sobre el mostrador. Lo perdí.
–¡¿Cómo que los perdiste?!
–Sí, lo perdí y anduve desesperada un montón de años buscando este bendito anónimo para que no lo viera mi mamá.
–¡Qué tiene que ver la nona Chinta en todo esto!
–Ese anónimo se lo dejaron debajo de la puerta a mi mamá y lo agarré antes de que lo viera. Parece que mi papá tuvo algo por ahí.
–¡¿Me estás jodiendo!?
–Lo agarré porque si mi mamá se enteraba era capaz de molerlo a escobazos.
–¡No puede ser! – dijo mi mamá mostrándose preocupada por la nona, aunque por dentro celebraba como si se hubiese quitado la soga del cuello.
–Fijate Tota. Este papel es más viejo que la escarapela, hasta tiene palabras en piamontés y ustedes los jóvenes ya ni hablan el piamontés.
 
Mi mamá quedó abstraída. En diez segundos pensó todo lo que había llorado y las veces que se había hartado sobre la mesa de granito con sandías enteras y bizcochitos a la grasa para consolar su angustia. Mi papá se desinfló sobre la silla como si hubiera tragado dos tarros de cloroformo y pegó un bostezo sonriente que se le vio hasta el esófago.
 
–¡Qué tal! Al final no soy una cornuda, pero me siento la estúpida más grande del planeta.
–Ves que yo tenía razón – dijo la tía Rosita y los tres se descomprimieron a carcajadas limpias.
 
Mi mamá le tomó las manos a mi papá, le chantó un beso y sintió una sensación rara en todo el cuerpo. Pensó que sería bueno detener el auto debajo de los paraísos antes de regresar a San Francisco.
 
Cuando ella primereó para salir, mi papá se dio vuelta hacia mi tía y le disparó un tiro con una pistola imaginaria como cuando de chicos jugaban a los cowboys. Sopló el caño y gesticuló un “gracias” silencioso más grande que una hectárea.
 
Después de parar debajo de los paraísos, llegaron a casa y nos preparamos como siempre ocurría tras cada reconciliación. Fuimos con nuestras mejores ropas a la pizzería Colón a festejar con pizza, pebetes y panchitos.
 
Volvimos medio apurados. Mi papá la venía manoteando debajo de la pollera y mi mamá se defendía con un “no seas loco, te ven los vecinos”.
 
Cuando llegamos a casa, mi papá dijo que se debían despertar temprano y volaron hacia el dormitorio. Notándolo muy contento me apresuré antes de que cierre la puerta. Le alcancé mi libreta de calificaciones. Sabía que en ese estado de contentura firmaría cualquier cosa.

–A ver, dame. ¿Qué es esto?
–La libreta papi.
–Las notas están buenas?
–Sí papi.
–Tomá Nenucho. Firmado. Andate a dormir que ya es tarde.

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...