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miércoles, 1 de septiembre de 2021

Esquina comprada, milonga terminada, ¿y la felicidad?

 
Mi mamá, en la única foto de ella en su universo, el Bar Nueva Pompeya

Mi papá pegó un pique de media cuadra. Llegó jadeante a golpearle la puerta al viejo Pons. Pensó en las mil veces que había golpeado sin ganas para pagar el alquiler. Esta vez golpeó altivo y con ritmo, con la seguridad que le daban los bolsillos llenos.
 
–¿Trae el alquiler, Trotti? – preguntó Pons.
–No. Vengo a comprar la esquina.
–Le repito lo de siempre. No quiero ni puedo financiarle.
–Por eso vine. Hoy compro de contado, – dijo mi papá y le alcanzó un cheque doblado que sacó del bolsillo de la camisa.
_¿Y esto? – miró sorprendido Pons –¡¿Se equivocó?!, ¿me está pagando de más?
–Pa que ni lo piense. Lleve a su esposa unos días de vacaciones.
–Entre Trotti, no sea cosa que me arrepienta.
–No se confunda, don. El que se puede arrepentir soy yo – dijo con un gesto fanfarrón, y satisfecho de que había funcionado su estrategia de pagar con sobreprecio.
–¿Firmamos el boleto de compraventa?
–Por mí firmemos la escritura.
–Tranquilo, Trotti, por ahora es suficiente con el boleto. Escriba los nombres como deben figurar en los documentos.
 
Mi papá escribió: “Livio Benito Trotti y Ondina Esther Trossero de Trotti”.
 
–¿Por fin me va a decir quién le quería comprar la esquina?
–Acuérdese del refrán Trotti, “se dice el pecado, pero no el pecador”.
–¿Era verdad o me estuvo negociando todo el tiempo?
–Déjese de pavadas. Celebremos que la esquina ya es suya – dijo Pons y lo invitó a festejar con una copita de grappa.
–¿No me va a decir quién le quería comprar?
–No suelta el hueso, ¿eh?, disfrute. Ya tienen esquina propia.
 
Mi papá estampó la firma. Tomó la grappa de un sorbo y salió disparado. Tuvo la sensación de que los pies no le tocaban el suelo como cuando de chico volaba en los sueños sobre la escuelita de Eustolia.
 
Se abrazó con mi mamá entre lágrimas. Se sintieron los dueños de la Tierra. “Te acordás cuando cocinabas en la cocinita a leña en Eustolia”, le susurró mi papá, un recuerdo íntimo y retórico con el que solían medir su progreso. Mi mamá se acordó cuando invocaba a San Marcos por la esquina convencida de alcanzar su sueño: “todo lo que pidan en oración, crean que ya lo han conseguido y lo recibirán”.
 
Mi papá, más terrenal, sintió urgencia por terminar y rejuvenecer la milonga sobre la esquina. Esa noche agregó, tachó y acortó versos. “Dejala así. Cada vez que la tocás la empeorás”, le rogó mi mamá. Se tranquilizó cuando él puso los ojos raros, como mirándose hacia adentro. Supo que vendría una mejor versión.
 
–Tota. Ya la tengo. Mirá.
–Yo dejaría solo al Pompeya como lugar. Merece ser único.
–¿Entonces te parece doncellas en vez de Clucellas? – preguntó mi papá sin vacilar.
–Sí, pero también pondría el título al revés, primero a la esquina, luego la pebeta. Me parece más poético y misterioso.
–¿Algo más?, pensé que solo eras buena para las recetas de cocina – dijo mi papá con sonriente ironía y, enseguida, le leyó la nueva milonga.
 
“Esquina mía, pebeta hermosa”
 
“Esquina mía
Arrabalera y esquiva
Déjate atrapar
Sigues muy altiva
 
No te pongas celosa
Tota es mi esposa
Brillo de luciérnaga
Quimera amorosa
 
Será mi empeño
Perseguirte en sueños
Relaja tus bríos
Seré tu fiel dueño
 
Ámame papusa
Desnúdate fogosa
Esquina mía
Pebeta hermosa
 
Mar de vinos y estrellas
Como guapas doncellas
Siempre vivirán
En mi eterno Pompeya”.
 
Mi mamá se derritió. Le fascinó saberse retratada y eterna junto al Pompeya y a su querida esquina. Apreció que todo había cobrado más vida; las plantas se veían más verdes, el cielo más azul. Y cuando estaba en medio del trance, mi papá la despabiló con un pedido terrenal y urgente.
 
–Pensemos en los festejos.
–¿Qué festejos, Livio? No me asustes.
–Tantos años con esto... Hagamos un asado para todo el mundo.
–¡Pará un poco! Tendré que trabajar como una loca.
–Despreocupate. Le decimos al Zorrino. Le va a encantar.
 
La invitación para el sábado rezaba: “canilla libre y asado a reventar”. El Zorrino llevó a la carnicería una lista tan larga como su martingala con los números soñados de la quiniela. Tenía que asar para más de cien comensales. Compró con yapa anticipando que muchos vecinos “no van a querer perderse la festichola”.
 
La lista incluyó cien chorizos, cincuenta morcillas, treinta ristras de costillas, diez vacíos, nueve metros de chinchulines, tres kilos de mollejas y un lechón mediano. Mi mamá se ocuparía de las tortas borrachas y de los arrollados con dulce de leche. Mi papá del tinto Valderrobles y del blanco San Felipe.
 
Para ahorrar espacio en el patio, el Zorrino fue tan creativo que mi papá le vaticinó: “te van a venir a buscar los ingenieros de la NASA”. Puso tres parrillas una arriba de otra como un sándwich triple de miga separadas por cuatro ladrillos. En la más cercana al fuego puso a dorar el lechoncito, en la del medio encajó los chorizos y chinchulines y en la superior puso los costillares y vacíos “a fuego muy lento”.
 
La fiesta fue para libro de historia. Engulleron hasta el último milímetro de chinchulines. Las parrillas quedaron arrasadas como maizal tras una plaga de langostas. Después del postre mi mamá abrió dieciocho frascos de uvas moscatel en grappa. No sé si fueron esos efluvios o los de Valderrobles y del santo Felipe, pero nadie quedó sin cantar. Cantaron todo. Desde “Cambalache” a la “Guantanamera”, pasando por “Mambrú se fue a la guerra”, hasta “Arrorró mi niño” y “Zapatito de charol, botellita de licor”. Un colado simpático, que no tenía idea qué se festejaba, gritó un “viva los novios” a todo pulmón. No importó el desliz, mi papá tomó a mi mamá de la cintura y le chantó un beso de película entre medio de chiflidos, vítores e insinuaciones de que se vayan a festejar a otro lado. Terminaron con una genuflexión y llenos de aplausos. Mi papá estaba colorado como un tomate, ni de sol ni de vergüenza, de puro Valderrobles nomás.
 
La fiesta se durmió a las siete de la tarde. Mi mamá había pagado a unos changarines para la limpieza. Todo quedó con olor a Kreolina y Pino Luz.
 
El domingo fue distinto. Mis papás tenían los hombros cansados, además de chuchos de frío y calores intermitentes como si estuvieran entre la Antártida y el Amazonas. “No creo que sea algo que comimos”, dijo mi mamá, “¡se nos cayó la adrenalina!”. Quedaron toda la tarde aplastados, lentos y entredormidos con los ojos semiabiertos.
 
El lunes mi mamá se levantó con un sentimiento tan vacío como habían quedado sus latas de leche Nido. Todo le parecía sin contraste, como si tuviera la neblina dentro de los ojos; a las plantas las apreció de un verde gastado y al cielo de un gris desganado.
 
–No estoy feliz Livio. Me engañé todo el tiempo – dijo mi mamá y se largó a llorar antes del primer mate en el dormitorio.
–¡Cómo podés decir eso! Ahora que compramos la esquina. Hacía años que la querías. Mirá todo lo que tenés.
–Cerrá la puerta. No quiero que los chicos me vean así.
 
Él la abrazó. Ella lo apartó.
 
Abrió el bar sin ganas. No estaba cansada, pero se sentía sin fuerzas. Todos los clientes la felicitaban y ella disimulaba con muecas que hubieran necesitado algo de dientes para que fueran sonrisas. Estaba desahuciada. Ni siquiera tuvo fuerzas para arengarse con las plegarias de su libretita amarilla como solía hacer cuando no encontraba sentido a nada. Había anhelado comprar la esquina para alcanzar la felicidad, pero sentía que la felicidad la esquivaba.
 
Mi papá se sintió enjaulado en la oficina. Quería regresar a casa para consolar a mi mamá, pero los minutos tardaban como si tuvieran diez mil segundos. Pretendía asumir el papel del más fuerte en la pareja; quería saber el porqué del apagón.
 
–Qué te pasa, Tota. ¿Ya no me querés?
–Pero Livio, ¿por qué siempre vos? El tema soy yo. Me siento aplastada. Me pasó una aplanadora por arriba.
–Se nos cayó la adrenalina.
–Eso fue ayer. Hoy es distinto. Es más profundo.
–¡No jodas, Tota! ¿Te pasa algo conmigo?
–Pero no.
–No te entiendo. Acabamos de comprar la esquina. Es lo que más querías en la vida y pensé...
–Ni yo me entiendo, creeme, – lo interrumpió –no pienses estupideces, Livio. No me hagas caso.
 
Durmieron la siesta a duras penas. Cuando mi papá se cambió para ir a la oficina, mi mamá le pidió que se quede. No quería quedarse sola y necesitaba consuelo.
 
–Quiero ser feliz Livio. Pensé que tener la esquina era alcanzar la felicidad. Pero no es así. Tendrían que enseñar sobre felicidad en la escuela. Debería haber una clínica donde entrés y al rato salgas curada y llena de felicidad. ¡Qué se yo!, que te den unas pastillitas.
–Están los psicólogos, psiquiatras.
–No es lo mismo, Livio. Son doctores. Lo mío es otra cosa, quiero encontrarle sentido...
–Tota – la interrumpió –tenés trabajo, sos fuerte como un toro, tenés la esquina, tenés chicos buenos, te respetan en el bar, tenés todo. Tenés que estar muy agradecida.
–Me pregunto si no hubiese sido mejor nacer un poco más arriba. Empezamos muy de abajo, desde el fondo. Más fondo no podía haber. Ahora resulta que estamos contentos porque tenemos esta esquina medio destartalada y yo atiendo un bar de morondanga. ¿No pensás que somos poca cosa? Mi mamá trabajó toda su vida criando once hijos y mirá como le paga la vida. Está postrada, justo cuando debería estar feliz cosechando todo lo que sembró. Tengo miedo.
 
Después de desahogarse, lo miró a mi papá por más respuestas. Él tendría que bucear muy de dentro de sí y no estaba seguro si las encontraría. Empezó tímido.
 
–Tota, hay gente peor que nosotros, incluso los de arriba. Muchos aparentan ser felices, tienen mucho y algunos heredaron negocios y cosas, pero tienen otros problemas. Se sienten esclavos de haber nacido con el culo en la harina. No tienen libertad para hacer lo que quieren. Todo el mundo lleva su circo a cuestas. El otro día se suicidó la abogada de la otra esquina. ¡Tenía de todo!
–Livio, no me entendés. No me importa la otra gente, somos nosotros. No sé cómo explicarme. Vos la tenés fácil. Tu felicidad está con tus tangos, con River, tocando la flauta, discutiendo con tus amigos de política, haciendo chistes...
–Yo sé, te entiendo – la interrumpió –te digo que vos tenés mucho también. Muchos quisieran tener lo que vos tenés, más bien ser como vos. No se trata de tener, Tota, sino de ser.
 
Mi mamá cambió la mirada. Se sintió reconfortada que la reconocieran. Mi papá notó que sus respuestas eran buenas y caían como bálsamo. Buceó por más.
 
–Las cosas personales como las mías te ponen contento, Tota, pero, tampoco sé si eso me hace o te hacen más feliz. Creo que la felicidad es más fácil encontrarla cuando hacés cosas por los demás y los demás te sienten útil. Vos hacés mucho. Vas a los velorios y al Hogar de Ancianos a consolar gente, le llevás comida a los enfermos y rezás por ellos en la gruta de la Virgen, alabás a Dios en tu libretita amarilla, muchos clientes te tienen como paño de lágrimas, te desvivís por atender a los parientes, estás criando a los chicos – hizo una pausa para crear suspenso y remató –y ¡me tenés que aguantar a mí!
 
Mi mamá se descomprimió con una carcajada. Sintió que le estaban acariciando el alma.
 
–En fin, Tota – dijo mi papá envalentonado en busca de hilvanar un cierre de película como final de tango, –tenés que reconocer que hacés mucho por los demás y, además, tenés que reconocer que sos muy agradecida a Dios. Creo que ahí ya tenés gran parte de la felicidad ganada. No muchos tienen eso. Tenés que reconocer lo mucho que hacés y quien sos. ¡Te exigís mucho!, pará un poco y mirate desde afuera, desde la vereda de enfrente como si fueras otra persona. Creeme que te va a gustar mucho lo que vas a ver.
 
A mi mamá se le nubló la vista, pero igual lo traspasó con la mirada. Él también sintió que sus propias palabras lo desafiaban a cruzar la calle y a mirarse a sí mismo a la distancia.
 
A la mañana siguiente, mi mamá se sentó en la mesa de granito del patio. Miró hacia la jaula. Advirtió que los pájaros, pese a estar enjaulados, revoloteaban libres y contentos de rama en rama como buscando algo, pero despreocupados por hallarlo. “¿Será que la felicidad siempre hay que buscarla, pero hay que despreocuparse en encontrarla?”, se preguntó en voz baja. Se imaginó a la felicidad como una escalera infinita, un camino sin destino, llena de peldaños u objetivos que debía trepar sin reparar en el resultado.
 
Le gustó lo que pensó. Quiso escribirlo en alguna de sus libretitas, pero no encajaba ni en la verde ni en la amarilla. Decidió abrir otra que forró en papel dorado, a la que reservaría para anotar sus aprendizajes. Entendió que para ser feliz era importante tener muchos peldaños que trepar, algunos de corto alcance y otros para toda la vida. Y que todos deberían estar aunados por un objetivo común o el propósito de la vida.
 
Escribió setenta y tres peldaños nuevos en la libretita verde, desde construir una nueva casa, viajar a Europa y pintar el salón del bar, hasta visitar el Hogar de Ancianos una vez a la semana, apartarse de los pecados capitales y ser generosa y buscar siempre ser mejor persona, frase última que subrayó tres veces con la intención de transformarla en su propósito. “Es una escalera para toda la vida”, dijo en voz baja y trató de memorizar un par de objetivos para cumplirlos pronto. Luego tomó la libretita amarilla y escribió decidida apretando más de la cuenta la lapicera contra el papel: “Gracias Dios mío por todo lo que me das y todo lo que soy”.
 
Ya era tarde. Doce clientes revoloteaban inquietos en la vereda. Abrió el bar con ganas y sintió que su amiga, la Virgen de la Nueva Pompeya, la llenaba de gracia desde arriba del dintel.
 
Los ojos de mi mamá brillaban como centellas y su sonrisa hipnotizante atrapó todas las miradas. Hubiera sido redundante que agregue su saludo habitual de “buenos días”.
 
Sintió que el bar no era un lugar común y corriente o de morondanga como se había atrevido a definirlo en sus momentos más oscuros. Era un mundo único, lleno de vida y de escaleras infinitas, de personajes e historias, de alegrías y angustias, de confesiones y sueños.
 
Sintió que el Bar Nueva Pompeya era su universo, un espacio significativo para alcanzar su propósito y seguir trepando su escalera con determinación y alegría. “¡Cómo no sentirme feliz!”, afirmó en voz alta para que todos la escuchen.

lunes, 16 de agosto de 2021

Nació la esquina entre dos fiestas de Comunión

La Primera Comunión de mi hermano en 1961. Él frente a su torta, yo casi detrás poniendo un brazo sobre su hombro y otro sobre mi amigo René González, mi mamá ami derecha con las otras tres chaperonas y varios de los chicos del barrio que llegaron a tiempo para la foto.

La idea de mis padres de comprar la esquina de Iturraspe y Perú nació en la fiesta de Primera Comunión de mi hermano en 1961 y tomó fuerza a partir de la mía en 1965.
 
Antes no se les había cruzado por la cabeza comprar nada. Habían llegado a San Francisco desde el campo con “una mano atrás y otra adelante”, como luego repetiría orgullosa mi mamá. En los primeros cuatro años debieron adaptarse a la vida de la ciudad, agrandar la familia, convertir la despensa en bar y ahorrar para la mejor escuela privada.
 
La Comunión de Gerardo la celebramos el 24 de setiembre de 1961. Participaron cuarenta y nueve amigos del barrio. Algunos no llegaron a tiempo para la fotografía, por lo que quedaron como ausentes de la historia.
 
Mi mamá tendría mucho trabajo para atender al “tropel bullanguero”, como llamaba a los chicos del barrio, así que pidió ayuda a sus amigas, la Anita González y la Negra Ronconi, y a Gisella, hija de su hermana Clorinda, que llegó dispuesta “para apoyar en lo que haga falta”. Entre las cuatro se turnaron para preparar triples de jamón y queso y repulgar empanadas con la carbonada que sacaron de una receta de la libretita azul de mi mamá. También adornaron la mesa con rosas y calas, sirvieron porciones de la torta inmaculada de tres pisos y cuidaron que nadie se lastime. Días antes habían repartido los sobres con la invitación a puño y letra de mi mamá: “Jesús no olvides mi Primera Comunión que será luz, esperanza y amor”.
 
Cuando todos los chicos salimos a los empujones a jugar bajo la advertencia de “no corran que van a traspirar toda la ropa”, las cuatro chaperonas tomaron un respiro para cuchichear. Sin quererlo, dieron a luz la idea de comprar la esquina.
 
–¡Qué te pasa Tota!, te noto desganada – le advirtió la Negra Ronconi a mi mamá.
–Tanto trabajo te pasó factura, siempre pasa eso. Estos mocosos dan un trabajo bárbaro – se adelantó a responder la Anita González.
–No es nada – dijo mi mamá.
–¿Te peleaste con el tío? – preguntó mi prima Gisella.
–Para nada ¿de dónde sacaste eso?
–Algo te pasa, no nos vas a dejar así – retrucó la Anita González.
–Para eso estamos las amigas Tota. ¿Qué te pasa? – preguntó la Negra Ronconi.
–Me pongo triste de bronca – lanzó mi mamá con los ojos vidriosos –los chicos crecen y no estoy segura si hicimos bien en traerlos aquí. No veo futuro. Tal vez era mejor quedarnos en Eustolia.
–Ay Tota de nuevo con eso, por favor. Sin ustedes este barrio sería otro – dijo la Negra Ronconi con la intención de contenerle las lágrimas.
–Es como que nos falta algo. Siento un vacío – se sinceró mi mamá.
–¡Por qué no compran la esquina! – dijo la Anita González de sopetón.
 
A mi mamá se le iluminaron los ojos como si le hubiesen dado la fórmula para ganar el gordo de Navidad, sin embargo, minimizó la idea porque le pareció tan alta como subir el Aconcagua.
 
–Imposible, recién ahora estamos respirando un poco.
–Pidan un préstamo – agregó la Negra Ronconi –lo bueno, Tota, es tener algo en mente por lo que luchar.
–Sos tan buena para la cocina que de repente te ponés a cocinar para fuera y te ganás unos pesitos extra.
–¿Más trabajo? Ni loca Gisella. Ya no doy a basta.
–Cheee, que el Livio ponga un poco más el lomo. Dejame contarle a Ángel, de repente inventan algo y ponen juntos un negocito, una sodería o algo así – remató la Anita González.
 
La charla se cortó abrupta cuando todos los chicos entramos transpirados y con los perfumes mezclados. Correr a la mancha y al patrón de la vereda demandaba más naranja Crush y Bidú Cola.
 
A las tres de la madrugada mi mamá se despertó de golpe como si la hubiese sacudido el reloj despertador. Tenía en la cabeza el eco de la charla con sus amigas y, entre ceja y ceja, la idea de comprar la esquina. Desvelada y contenta pensó en despertar a mi papá. Prefirió esperar hasta los mates en el desayuno. “Se pondrá loco de contento cuando le cuente”, pensó. A oscuras escribió en la libretita verde de sus resoluciones: “comprar la esquina, ¡Gracias querida señora de la Nueva Pompeya!”.
 
Le cebó los mates con sonrisa de oreja a oreja y mi papá, experto en leerla, disparó: “¡qué bichito te picó tan temprano!”. Mi mamá floreó la charla del día anterior, dio rodeos para crear suspenso y clavó la frase en el aire para recibir una ovación de pie: “compremos la esquina”. Mi papá la miró desconcertado y respondió con un latigazo de domador de circo con chasquido final: “dejate de pavadas, ¡ni en pedo!”.
 
La respuesta hubiera tenido que dejarla de cama, pero pensó que ella había reaccionado de la misma forma cuando su amiga lo sugirió. Siguió cebando mates como si nada, contenta de que ya había plantado la semillita porque mi papá también solía despertarse de noche con cosas a las que durante el día no les prestaba atención. Además, estaba tranquila, había escrito el objetivo en la libretita verde y sería solo cuestión de esperar. “Tarde o temprano los objetivos escritos se materializan solos”, había aprendido de su papá.
 
Dicho y hecho. Poco tiempo después, mi papá empujó la compra de la esquina como idea propia en cada charla con sus amigos y en las reuniones familiares.
 
Mis nonos, los papás de
mi mamá, José y Antonia.
El 10 de setiembre de 1963 llegó la gran celebración de las Bodas de Oro de los papás de mi mamá, los nonos José y Antonia en Plaza Clucellas. Llegaron los once hijos e hijas y los primos éramos una chorrera de más de ochocientos. La torta de cinco pisos, más alta y gorda que la humilde de 1913, fue centro de conversación. Estaba adornada por un número 50 de azúcar en la cúspide y en la circunferencia de la base se leía la plegaria “Jesús bendecid a nuestros hijos, nietos y seres queridos”.
 
Mis padres usaron la muletilla de “la torta grande como una casa” para contar su deseo de comprar casa propia en cada charla. De todos recibieron la misma reacción: “¡¿entonces ya no vuelven a Eustolia?!”. Creo que aquella expresión fue la que inspiró a la Real Academia para autorizar el uso de signos de afirmación e interrogación en la misma oración.
 
Por varios años ese tipo de charlas les sirvió para afirmar su objetivo en forma inconsciente. Hasta que la semilla empezó a germinar con fuerza en mi Primera Comunión el 9 de octubre de 1965. En esos días, sin previo aviso, el viejo Pons había disparado un anuncio clasificado letal en el diario, ofertando la esquina al mejor postor. Al principio, mi mamá sintió el clasificado como un cuchillo sin filo y oxidado perforándole el corazón, pero, días después, se convirtió en su mejor motivación para alcanzar el objetivo. Recortó el rezo de mi estampita “Jesús conserva mi alma blanca como la hostia que hoy recibo”, y lo juntó con las oraciones de Gerardo y mis nonos. Pensó que la triple oración llegaría más alto y que la esquina no se le escaparía. Pegó la plegaria en dos páginas en mariposa en la libretita amarilla de sus intimidades y, al pie, escribió con fe y esperanza: “Dios querido, ayúdanos a comprar la esquina”.
 
A la mañana siguiente me engominó, me echó perfume de pies a cabeza y me ordenó que la siguiera: “vamos, hay que sacarte la foto de Comunión”.
 
Llegamos a la casa de óptica y fotografía de Bucco y Curiotto en el centro y tuvimos que hacer cola por media cuadra. El negocio estaba atestado de padres y chicos, se celebraban comuniones en muchas escuelas.
 
–Por fin alguien bien peinado – exclamó la señora Dorita Curiotto que revisaba la fila con peine en mano para que todos los chicos llegaran prolijos al estudio de su marido –¿cuántos hijos tiene?
–Dos, uno mayorcito y este, el Nenucho. ¿Se acuerda que su esposo le sacó un retrato cuando cumplió un año?
–Saca a tantos chicos... ¿Va por la nena?
–No creo, todo cuesta tanto. ¿Y usted cuantos tiene?
–Una nena por ahora – respondió y llamó a su hija que apareció con una vincha blanca y el pelo lacio hasta la cintura abrazada a una muñeca tan grande como ella –Pilín vení a saludar a la señora.
–¡Qué lindo nombre!, y es tan linda y coqueta con ese pomponcito – dijo mi mamá tocándole la naricita –nunca escuché ese nombre.
–Es sobrenombre. Se llama Graciela y como era la más gurrumina de la familia su nona María le puso Pilín y así quedó.
–Igual que a él – dijo mi mamá –al cuete le pusimos Ricardo. Yo lo llamo Nenucho, su hermano y mi esposo le dicen Nenito y los chicos en la escuela le dicen Kaiá.
 
Después de posar de mil maneras para don José Curiotto, le pedí a mi mamá que me compre una lupa que en la vidriera cacareaba: “La leyenda de Sherlock Holmes comenzó con esta lupa”. Mi mamá movió la cabeza en desaprobación y luego dudó: “¿seguro que querés esto de regalo de Comunión?”.
 
Al regresar del centro nos detuvimos de Burmeister Lamberghini. Los discos eran otra de sus debilidades como las recetas de cocina. Quería comprar “Amor” de Edye Gorme y el Trío los Panchos que la enloquecía cada tarde por Radio Nacional. La vendedora puso el disco y un minuto después mi mamá, todavía meneándose y con los ojos cerrados, me dijo: “qué sorpresita que le vamos a dar a tu padre”. Yo era el sorprendido, estábamos en octubre y mi mamá compraba como Niño Dios en Navidad.
 
Cuando mi papá llegó de la oficina, mi mamá hizo mímica mientras la Gorme cantaba a todo volumen Piel Canela. Con un tenedor lo hincó en el pecho a saltitos mientras modulaba los labios con la letra de fondo: “me importas tú y tú y tú y sooooooolamente tú.... y naaaaaaaadie más que tú”. A mi papá le gustó el jueguito y quiso apretarla a su lado. Ella pegó un corcoveo hacia atrás y con pasitos rápidos y rítmicos le prometió “… cuaaaaando vuuuueeeelva a tu ladooooo…”.
 
Mi mamá movió la púa al surco de Media Vuelta y ejerció todas sus dotes teatrales al estilo Niní Marshall. Mientras la Gorme gritaba por los parlantes “te vas porque yo quiero que te vayas”, se tiró un mechón sobre la frente, se subió la pollera a medio muslo por arriba de la rodilla y mostrando escote con aire de Brigitte Bardot gesticuló para que mi papá se pusiera de pie. Apenas lo hizo, lo empujó de nuevo contra el asiento y le cantó “a la hora que yo quiera te detengo” con una señal de pare como agente de tránsito. A esa altura mi papá se estaba babeando como un perro ante un trozo de bofe e intentó meter mano debajo de la pollera. “Ay ay ay, qué fácil que son los hombres, un poco de corcoveos y ya piensan mal”, dijo entre carcajadas mi mamá. “Ponete a comer, se acabó la fiesta”.
 
Después de almorzar se recostaron acaramelados en los silloncitos con una copa de vino blanco. Repasaron unos temas viejos de Luis Aguilé y agotaron al pobre Frank Sinatra que les cantó como veinte veces Only the Lonely. Mientras tanto, mi hermano miraba todo por un agujerito en el puño como le había enseñado Borgarello para captar luces y sombras y yo, lupa en mano, me puse a investigar como Sherlock Holmes el misterio que me tenía a maltraer desde hacía años: una manchita oscura sobre el vestido de novia de mi mamá y una clarita sobre el traje oscuro de mi papá.
 
–Mami, mami. Vení, mirá lo que tenés aquí.
–Por Dios, salí de ahí porca vaca. Andate al patio con esa lupa.
 
No entendí porque se había molestado que investigara la foto de su casamiento. Esa siesta paré la oreja detrás de la puerta del dormitorio y descubrí con el oído lo que no había podido captar a simple vista por tantos años.
 
–El Nenucho descubrió los cascarudos en la foto de casamiento. Acordate que son los bichos que traen mala suerte. Le trajeron un montón de pestes y maldiciones a los egipcios.
–Pero vieja seguís obsesionada por esa boludez. Siempre con tus supersticiones. Son unos bichitos nada más, dejá de joder.
–¡Qué te hacés ahora!, ¿yo soy la supersticiosa?, vos sos el que crees en los ovnis y frunciste el traste como nadie cuando se nos apareció la luz mala en Eustolia.
 
Al día siguiente comprobé que mi mamá tenía razón. Los cascarudos traían mala suerte.
 
Mi papá le pidió repasar los ahorros del pasado y calcular los de futuro. Quería saber cuándo podrían ir del viejo Pons a hacerle la “oferta irresistible”, es decir, pagar un sobreprecio para ganarle a otros contendientes. Cuando tocó el turno de revisar las cuentas por cobrar en la libretita roja del fiado, mi papá notó que mi mamá saltaba algunas páginas más a propósito que por descuidada.
 
Se la arrebató de un zarpazo.
 
–Devolvémela – gritó sorprendida.
–¡No me jodas! ¡¿Todo esto te deben?! – dijo mi papá después de un paneo rápido por más de cien páginas –¡aquí todos chupan gratis!
–¡No es para tanto!
–Cómo que no es para tanto. Por favor Tota, manejás este negocio como si fuera la Casa del Niño o el Cotolengo don Orione. Dejale la caridad a los demás.
–Claro, ahora yo tengo la culpa. Me dejaste sola en este loquero.
–No me cambies de tema. Me fui a trabajar afuera porque queríamos tener otro ingreso. Pero ahora me doy cuenta que soy el único que trae un mango a esta casa.
–No te mandes la parte. ¿Quién creés que compra la comida, la ropa, que mantiene la casa y paga los Maristas? Todo salen de estas – dijo mi mamá agitándole sus manos a la altura de la cara.
–Ese no es el punto. Si hubieras fiado menos o cobrado la mitad de lo que te deben ya tendríamos la esquina hace rato.
–Ya les voy a cobrar.
–¡¿A estos tres?!, ¡haceme el favor! – dijo mi papá señalando los nombres de tres clientes que ya habían muerto, –si me fijo bien seguro que tenés más fiado en el cementerio que en la calle. ¡Sos un desastre!, ¡estamos fundidos!
–Fundidos las pelotas, dejá de exagerar – retrucó mi mamá.
 
Mi papá estampó la libreta roja sobre la mesa, pegó un portazo y enfiló hacia el cine Mayo. La cartelera anunciaba “El Dorado” de John Wayne con promesa de muchos tiros y líos a rabiar. No sintió un solo tiro ni leyó los subtítulos, pero se tranquilizó. Ir al cine lo distraía y lo sedaba tanto como el olor a azúcar quemado.
 
Volvió sereno antes de que terminara la película. Mi mamá lo esperó con unas conciliadoras milanesas a caballo con papas al horno. Y con una sonrisa de oreja a oreja y una pizca de ironía, le soltó una oración antes de que pruebe un bocado: “¿Fundidos?, sentate y agarrate. Te tengo una sorpresa”.

Mis primos en las Bodas de Oro de mis nonos. Estoy a la derecha, el más gurrumino, al lado de mi
hermano. En el centro, los más pequeños son mis primos Raúl y Marta Trossero.

Mi Primera Comunión en 1965 en la escual de los Hermanos Maristas. Yo en primer plano a la izq.
con mis amigos Eduardo Felizia y Genesio.



 





jueves, 22 de julio de 2021

"Gracias Antonio" y la cocina de tangos

Un óleo de mi hermano del comedor de nuestras casa desde la
perspectiva de su estudio de pintura en nuestro dormitorio. Esta, una de mis pinturas
favoritas de aquella época, es parte de la colección privada del Arq. Oscar Cornaglia, en San Francisco, Argentina, amigo íntimo de Gerardo. Ambos trenzaron amistad
mientras aprendían el oficio con el gran maestro Miguel Pablo Borgarello.


Así como la cocina era el corazón del hogar y bastión de mi mamá, el living comedor era el epicentro de la casa y donde mi papá se sentía a sus anchas. Siempre estaba acompañado por “mis grandes amores”, como llamaba a Gigliola Cinquetti y Edye Gorme, y por sus amigos íntimos, Carlitos y Frank, que no necesitaban apellido de presentación y de quienes se vanagloriaba tener todos sus discos.
 
Un domingo por la tarde, inspirado por una nueva goleada de River, mi papá trató de componer un tango para homenajear a Vivaldi en la introducción de “Las cuatro estaciones”, el libro de recetas de mi mamá. No pudo porque para escribir tangos necesitaba cierta decepción o sufrimiento. Le salieron, en cambio, unas pareadas a las que tituló “Gracias Antonio”.
 
Cuatro estaciones palpitan en mi pecho
Recetas y violines deambulan sin techo
 
Manjares y sinfonías con igual destino
Dios gracias por enseñarnos el camino
 
De floral primavera a invierno pelado
Otoño mostaza, verano aterciopelado
 
Ritmos y acopios serán para mi amado
Gracias Antonio por haberme inspirado
 
–¡Es demasiado Livio! Me da vergüenza. Comparás mis comidas con las sinfonías – le dijo incómoda.
–La poesía empareja las cosas Tota. Acordate que “lo mismo un burro que un gran profesor” – le contestó riéndose –no te comparo, el punto
es que al final y salvando distancias, los dos hacen lo mismo.
–No entiendo.
–Los dos crean. Y cuando creas algo cobra vida propia, así sean poesías o recetas.
–¡Qué lindo! – dijo mi mamá poco convencida.
–¿Lo vas a usar?
–¡Por supuesto! No te olvides de los tangos para cada capítulo.
–Pará la mano che. Esto no es hacer albóndigas.
 
Además del living comedor y la cocina, la casa estaba compuesta por dos dormitorios, un baño y un saloncito multiuso que pusieron en alquiler en varias temporadas con el fin de engordar los ahorros para comprar la esquina. Había servido como depósito de la distribuidora de Leche Prima, hogar del Elso y la Quiqui Boasso, verdulería del Luisito Delgado y sala de velorio para cuando a la Dora, su esposa y nuestra niñera, le faltaron ahorros para el sepelio de su papá.
 
Los muebles sabían a art decó. En el comedor había un aparador blanco de puertitas rosadas y una mesa cajonera donde se guardaban chucherías, camuflada bajo un mantel de hule celeste con diseño de frutas. Estaba rodeada por seis sillas de colores en par, rojas, azules y verdes. Al costado, en el living, dos silloncitos de cuerina gris abrazaban a un Phillips, uno de los primeros televisores en la ciudad al que mi mamá culpaba por habernos “robado la felicidad”.
 
De espalda a los silloncitos se erigía el enorme ventanal con una cortina de dibujos arabescos parecidos a los de las Fabulandia. Absorbía todos los colores del patio con unos tonos pasteles que mi hermano atrapaba en lienzos y papeles. Gerardo pintaba en el comedor y en su estudio en el dormitorio desde donde llenaba de vida a sus naturalezas muertas.
 
En las noches que la brisa no entraba, salíamos a buscarla a la vereda debajo de las estrellas. Convertíamos en telescopio un agujerito en el medio del puño y pasábamos horas buscando meteoritos, satélites y observando como Venus, la Cruz del Sur y las Tres Marías patinaban por el cielo. “Tengo fe que veremos un plato volador”, prometió mi papá una noche entusiasmado por las historias de marcianos que Fabio Zerpa narraba por radio en “Más allá de la cuarta dimensión”.
 
Además de observatorio familiar, la vereda también servía de estación meteorológica. Mi papá pronosticaba tiempo seco si la Luna vestía anillos y chubascos del sur si los chirridos de los grillos se volvían insoportables.
 
Rendidos y asombrados ante tanta inmensidad, mi mamá aprovechaba para meter la púa con sus lecciones de fe.
 
–Viejo. ¿Creés que hay algo allá arriba?
–Zerpa dice que – respondió mi papá sin poder terminar la frase.
–No hablo de platos voladores ni boludeces Livio. Te pregunto si crees en Dios. ¡Todo es tan grande que no entiendo por qué no te da cosa!
–¡Qué decís! Claro que me da cosa. Creo en Dios o en una energía superior que creó todo. Pero es muy distinto a creer que después de morir nos vamos al cielo, si es que por ahí va tu pregunta.
–¡No te puedo creer!, ¡cómo no creés en nada!
–A ver. Explicame. Si te acostás a dormir perdés el conocimiento, te desenchufás, es como que te morís, ¿verdad? Bueno, hacé de cuenta que la muerte es eso. Te dormís para siempre y no sentís nada.
–¡Ni vos entendés la estupidez que decís! Cómo vas a creer que Dios hizo todo esto, nos creó inteligentes y nos va a dejar tirados.
–A ver. Demostrámelo. ¿Acaso viste alguna vez a un muerto caminando? ¿Alguien vino del más allá y te dijo cómo es? Te morís y chau pichu, todo desaparece. No somos nada.
–No te puedo creer. No crees en el cielo y crees en los marcianos, ¡haceme el favor! Nuestras almas van al cielo. Es así y punto.
–No te confundas. Eso del cielo y el infierno es un invento de los curas para que nos portemos bien, nada más. No hay nada después. Cero.
–¡Por favor! – chilló mi mamá.
–¡Por favor las pelotas! – respondió enérgico mi papá como siempre lo hacía cada vez que lo acusaban de hereje por renegar del cielo o del purgatorio.
 
Mi mamá largó un suspiro de resignación y pensó que esa noche redoblaría sus rezos para que Dios le regale más fe a mi papá. El suspiro de mi papá fue más terrenal. Quiso quedarse un rato más debajo de las estrellas porque le producía tanto placer como el chisporroteo que producía la lluvia sobre las chapas del techo y el sonido arrullador del ventilador de pie en siestas pegajosas.
 
–No te olvides lo que prometiste – le recordó mi mamá con tono seco y sin mirarlo cuando entraron al dormitorio.
–¡Qué te pasa! ¿De qué hablás?
–Nada. No me pasa nada. Me prometiste unos tangos para los capítulos.
–¡No jodas!, parecés Roberto Matosas como presionás. Escribir no es como boludear en la cocina.
–Sí claro, ¡por qué no cocinás vos!
–¡No jodas!
 
Esa noche mi mamá se acostó disgustada y no rezó por él, quiso castigarlo. Mi papá no pudo pegar un ojo. No porque pensara en resolver el tema de la vida después de la muerte como hubiese querido mi mamá, sino porque no quería estar enojado y que se le arruine el fin de semana. Ese sábado se levantó dos horas antes del amanecer dispuesto a arreglar el problema. Calentó la pava y se sentó en la mesa del comedor lapicera en mano.
 
Cuatro minutos antes de las seis de la madrugada, cuando creyó que había terminado su trabajo de mecánico del fin de semana, entró en el dormitorio en son de paz y con oficio de reloj despertador.
 
–Despertate. Escuchá – zarandeó a mi mamá extendiéndole un mate.
–¡¿Qué?! – reaccionó ella con los ojos pegados y malhumorada.
–Tengo el subtítulo y las estrofas.
–¡Cómo! Anoche me sacaste carpiendo.
–¿Querés escuchar o no?
_Soy toda oídos – reculó mi mamá.
–Al título le saqué el artículo para que no parezca copiado del longplay de Vivaldi. Y este es el subtítulo, aquí va, ta ta ta tan...
–Dejá el suspenso para otro día – apuró mi mamá más despabilada.
– “Sal y azúcar para cada día del año”.
 
Mi mamá lo miró como preguntándole “¿eso es todo?”. Tanto alboroto por algo tan insulso pensó. Sintió ganas de vengarse como la vez que mi papá le tiró el título por la borda en ese mismo dormitorio. Se mordió la lengua para evitar que se prolongue el berrinche de la noche anterior. Prefirió ser prudente.
 
–No entiendo.
–¿Todavía estás dormida o qué? – le tomó el pelo mi papá –usé sal y azúcar para evitar que digas recetas en la tapa porque es obvio, es un libro de cocina. También para que sigas homenajeando a tu mamá con aquello de salado y dulzón, bla bla bla y el resto es en alusión a tu papá. Alcanzar las cosas paso a paso, ¿te suena?
–Mmmm... más o menos.
–Siempre decís que la Hans y muchas mujeres odian pensar en cocinar. Bueno, vos les das la respuesta, una receta para cada día del año.
–¡Ni loca! No voy a escribir trescientas recetas.
–Es sentido figurado salame. Tenés que encontrar una fórmula. De repente hacés treinta recetas por capítulo y explicás que las deben repetir los otros dos meses de cada estación.
–No es mala idea, – dijo mi mamá y leyó en voz alta –“Cuatro estaciones: sal y azúcar para cada día del año”, vos sabés que me gusta, aún más, me reencanta. ¡Me saliste inteligente carajo!
 
A sabiendas que a mi mamá rara vez se le escapaban cumpleaños, aniversarios o promesas, mi papá se preparó para lo que vendría.
 
–¿Y los tangos?
–¡Qué hacés Matosas! Sabía que vendrías con los tapones de punta. Aquí van.
–¿En serio? ¿Ya los tenés?
–Escribí unas milongas para primavera verano y unos tangos para otoño invierno. Después las terminaré. ¡Escuchá! Esta es la primera estrofa para primavera y se llama “Libretita azul”.
 
Libretita azul rebosante de poesía
Versos y cantos para el alma mía
Ansío hallar en ti recetas de amor
Tal bella primavera abrir una flor
 
–¿Te gustó?
 
Mi mamá lo miró embelesada y se le escaparon dos chorros de lágrimas como si hubiera cortado un millón de cebollas. Mi papá se envalentonó con la aprobación implícita. Impostó la voz al estilo Tita Merello en “Se dice de mí” y cantó con la misma candencia de la Merello los primeros versos de una milonga corta y sustanciosa, “Sal y Azúcar”, que destinó al capítulo del verano.
 
Carita celestial
De azúcar y sal
Escríbeme poesías
Aquí en el umbral
Estrellas de verano
Titilan en mi mano
Recitame poemas
Cantalos en piano
Pizcas en el infinito
Terroncito del cielo
Ambas son chispas
Prenden mi deseo
 
Mi mamá se derritió sobre las sábanas. Sin poder hablar, le hizo señas para que leyera más lento. Quería paladear cada verso. Él parecía como que estaba tirando fuegos artificiales y se exaltaba más y más tras cada explosión, tras cada rima. Cuando se le destrabó la garganta, mi mamá intentó crear una pausa.
 
–¿Cuándo escribiste todo esto?
–Esta mañana. Mejor dicho, hace semanas que vengo cocinando a fuego lento, pero esta mañana les pegué un sacudón. Primero trabajé los tangos porque estaba con algo de bronca y cuando me salieron y me puse contento, enseguidita seguí con las milongas.
–Siempre te inspirás como Discépolo en esa mesa. ¡Es tu cocina de tangos!
 
Eufórico por la definición que le sonó a un gol de media cancha, mi papá encaró de nuevo.
 
–¿Lista?, aquí va un tango para abrir el capítulo del otoño. Se llama “Aroma en fuga” en honor al reclamo de la Hans a la que casi le destrozás el matrimonio con tus olores de cocina – dijo echándose a reír.
–Dale. Léelo lento por favor.
 
Mi papá aspiró, frunció la ceña y se entonó para cantar hablando como el Polaco Goyeneche.
 
Rejas abiertas
Aroma en fuga
Visitaste barrios
Enamoraste amos
Inspiraste otoños
Regresa a tu arrabal
Ventana de par en par
Te lo ordeno
Perfume perdido
Soy tu único destino
Siempre seré tu nido
Mi amor, amor mío
 
Mi mamá enloqueció. También se exaltó y volcó el mate sobre la cama. Sintió fuegos artificiales en todo el cuerpo y se dejó llevar. No trató ni quiso detener a mi papá, además era imposible. Mi papá notó el gesto de aprobación y siguió a todo trapo sin puntos ni comas.
 
–Aquí va la primera estrofa del tango que habla de vos y tus secretos de la cocina como dicen los clientes y se llama “El toque de la Tota” y es para el capítulo del invierno – y casi sin terminar la frase por la euforia alcanzó a tragar una bocanada que le permitió zambullirse de nuevo en la lectura.
 
Mano prodigiosa de mil secretos
Revela tus toques más concretos  
Regálame recetas y toda la magia
Codicia el invierno tu bella gracia
 
A esta altura mi mamá parecía las Cataratas del Iguazú y no sabía si eran sus lágrimas o el mate los que habían empapado el colchón. Mi papá era un río caudaloso e iba por más, se quería sacar todo de adentro y ganarse un sábado glorioso. Pensó que si el domingo acertaba la polla con sus pálpitos sería un fin de semana de campeón como en 1957.
 
–¡No tengo palabras Livio!
–Espera que ahora te dejaré muda para siempre – fanfarroneó –para el quinto capítulo o para el epílogo te escribí el postre, una milonga arrabalera como para poner la frutilla sobre la torta. Y como es el postre la llamé “Dulce espera”. Acá va la primera estrofa. M’s tarde te la termino.
 
Te espero entre ollas y sartenes
Como a golondrinas en andenes 
No son platillos para cualquiera
Solo serán para tu dulce espera
 
Mi mamá quedó con la cabeza dando vueltas pensando que no le sería fácil igualar con sus recetas tanta hermosura. Se apreció gratificada, pero, al mismo tiempo, se sintió chiquitita e insignificante como cuando miraba las estrellas. De nuevo le pidió a mi papá que caliente la pava y que traiga pastelitos de membrillo. Quería desayunar en la cama, se sentía tan diva como la Merello. Aprovechó a releer los versos y los posó sobre su pecho para sentirlos más cerca. Sintió ganas de comer el papel. Ya despuntaba el sábado. Deseó que el momento se congelara en el tiempo.
 
Días después, mientras todavía caminaba sobre las nubes extasiada por tanta poesía y creyendo que ya tenía todos los ingredientes para cocinar el libro, un fuerte cortocircuito la sacudió. Estaba detrás del mostrador del bar lavando copas como un día cualquiera cuando el Zorrino entró apresurado y sin mediar saludo le dio una noticia seca: “murió el Manya”.
 
Mi mamá sintió como si le hubieran metido una mano en las tripas y tirado de golpe hacia afuera. La invadió un vaho rancio, pegó tres arcadas y se agarró del mostrador para no caerse. Estaba esperando que en cualquier momento le anunciaran el desenlace, pero nunca imaginó que le pegaría tan fuerte. Pidió a todos los clientes que se vayan. Sobre la puerta pegó un cartelito con letra temblorosa: “cerrado por duelo”.
 
El bar permaneció cerrado esa tarde y al día siguiente. Sintió que era lo menos que podía hacer para honrar a su querido mandadero. Pensó que su duelo sería prolongado. Vestiría de negro un par de días y no se permitiría alegrías por largo rato ni mucho menos escribir recetas o pensar en el libro.

Otra de las naturalezas muertas llena de vida que pintó Gerardo en aquellos años
cuando tomaba clases con el maestro Miguel Pablo Borgarello.


EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...