Mostrando entradas con la etiqueta Tota Trotti. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tota Trotti. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de septiembre de 2021

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada
a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para que traten de
 descifrar una enfermedad desconocida que la afectaba.

Treinta años después.
 
El 26 de octubre de 1994 recibí una carta de mi mamá. Sería la última. Luego ya no tendría fuerzas para sostener una lapicera.
 
“Lo que tengo no es alentador...”, denunció.
 
Continuó con un párrafo cargado de fe y abrazada a la esperanza de curarse de una enfermedad que desconocía: “creo en Dios, en la vida, y así encuentro las fuerzas para aceptar lo que me toque vivir. Estoy resignada, para cada cosa hay un tiempo y ese tiempo lo dispone Dios. Mi fe será mi salvación”.
 
En su convicción religiosa, sin embargo, se permitió dudar sobre si en un futuro incierto mantendría esa fortaleza: “necesito... serenidad y eso en mí hasta hoy es positivo, mañana no sé”.
 
También detecté entrelíneas una protesta contra la ironía de la vida. Sus fuerzas estaban flaqueando cuando se disponía a gozar de la cosecha de su siembra como le había sucedido a su mamá, la nona Antonia. “(debo) aminorar la marcha en todo... comprender que la vida tiene circunstancias buenas y malas... me toca vivir una crisis”.
 
En párrafos posteriores me pedía que visite a un especialista para que descifre su mal. Las piernas no le respondían, sus médicos no sabían qué padecía y los remedios no la aliviaban.
 
Munido de una copia de su historia clínica, radiografías, nombres de medicamentos y vitaminas visité al mejor neurólogo del Hospital Palmetto de Miami.
 
–Buen día, – saludé, mostrándole el historial –los médicos le dijeron que en este país tal vez sepan qué enfermedad tiene; allá se le quemaron los libros; y como aquí la medicina está más avanz...
 
El neurólogo no me dejó terminar. Frunció el ceño con incredulidad. Leyó la primera página y ojeó las demás a la ligera como si no necesitara leer más. Segundos después, tan largos como un invierno, me dio el veredicto.
 
–¿Quién le dijo que los médicos no saben?, ¡claro que saben!, mire aquí. Dice ELA. Su madre tiene Lou Gehrig. Le quedan dos años de vida.
 
Sentí un retorcijón en el pecho como si alguien me agarrara el corazón y lo retorciera como trapo de piso. Quise agarrar al médico y partirle la cara. No tenía derecho a darme la sentencia como si fuera una simple dirección para encontrar una calle. Salí del hospital atolondrado. No pude ir a trabajar. Preferí volver a casa y cobijarme en mi esposa. Llamé desconsolado a mi hermano. Todavía aturdido, busqué coraje para enfrentar a mi papá. Tenía que decirle que el diagnóstico siempre lo había tenido frente a sus ojos, escrito como una escueta receta de cocina.
 
Llamé a mi papá. Acusé a los médicos de todos los males sobre la Tierra: malvados, farsantes, fenicios. Mi papá no se tragó los rodeos y fue directo al grano.
 
–¿Qué te dijeron?
–Papi, sus médicos saben lo que tiene. No entiende por qué no te dijeron. Aquí son directos, no van con vueltas.
–¡¿Qué tiene?! Solo tiene las piernas dormidas.
–Es una enfermedad degenerativa del sistema nervioso. No tiene cura.
–¿Pero no le pueden dar remedios, un tratamiento?
–No me entendés. No tiene cura. Se llama ELA, hablá con los médicos. Lo escribieron, está en el tercer párrafo. Preguntales por qué no te dijeron.
–¡Qué se yo!, tal vez porque no es grave.
–Papi, es grave, creeme, a mami le quedan dos años de vida – le dije y dejé caer las palabras hacia el final para que no las escuchara.
 
El silencio del otro lado de la línea me perforó los tímpanos.
 
–¿Papi, me escuchaste?, ¿hola? Hablá con los médicos. ¿Qué vas a hacer?
–Yo se lo diré a mami – dijo con entereza. Hizo una pausa para agregar algo, pero no pudo.
 
No sé cómo, dónde o cuándo se lo anunciaría a mi mamá. No pregunté ni quise saber. Imaginé mil escenarios. Cómo contarle a quien creía que sus virtudes y razonamientos le alcanzarían para superar un simple entumecimiento de piernas. “Sabemos -decía ella en su carta- que en la vida hay siempre dificultades y esfuerzos que superar, habrá que usar las armas necesarias o bien templarse para ir recuperando energías...”.
 
En aquellos meses busqué desesperado información sobre la enfermedad. Hospitales, universidades y laboratorios seguían investigando sin éxito la cura para la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) o “enfermedad de Lou Gehrig” en honor al famoso beisbolista que la sufrió. Los ensayos clínicos eran escasos e inciertos y reservados solo para estadounidenses.
 
Mi mamá murió cinco años después, en 1999, a los 70 años. El ELA le había consumido cada signo vital de su cuerpo, aunque no su claridad mental que mantuvo hasta el último aliento. Eligió irse un 10 de abril, el mismo día que su mamá lo había hecho treinta y un años antes. Hasta el final, con un movimiento de ojos le ordenaba a mi papá que llamara a Miami o Madrid para saludar a sus nietos en los cumpleaños. Todo en su vida era importante, incluso los pequeños detalles.
 
Falleció bajo los cuidados intensos de mi papá. En su carta, ya con las fuerzas flacas, enaltecía aquellos cuidados y al amor de su vida: “papi me ayuda mucho, hace de enfermero, cocinero, cadete. Muy rico por dentro, esto me tonifica”. Mi papá decidió acompañarla años después, el 14 de octubre de 2012, cerrando otro ciclo generacional que se había iniciado muchos siglos antes con los Trotti y los Trossero en los alrededores de Castellazzo Bormida y de Pinerolo en el Piamonte italiano.
 
Por muchos años deambulé retobado contra la ironía de la vida. No podía entender cómo una persona tan enérgica y de fe irreductible podía apagarse perdiendo la vida a cuentagotas por cinco años. Dudé muchas veces si en el martirio de sus últimos días, postrada, inerte y casi sin aliento, habría perdido la fe atrapada en aquel “mañana no sé” o si mantuvo su credo: “mi fe será mi salvación”.
 
Años después, más tranquilo, volví a enfrentarme al ELA cuando murió el reconocido científico Stephen Hawking en marzo de 2018. Para entonces la enfermedad seguía sin cura, pero era más conocida debido a que las estrellas de Hollywood se arrojaban baldes de agua helada sobre la cabeza para despertar conciencia.
 
Confieso que con Hawking siempre me sentí más compasivo con sus sufrimientos que deslumbrado por sus descubrimientos científicos. Nunca estuve muy atento a sus predicciones celestiales sobre si la Humanidad se extinguirá en 600 años, si Dios fue quien apretó el botón del Big Bang o si lograse conciliar la relatividad de Einstein con la energía cuántica de los agujeros negros.
 
A pesar de que vivieron en universos tan distantes como distintos, comprobé que Hawking y mi mamá estaban hermanados por sus penurias y también por sus ansias de encontrarle sentido a la existencia. Él, desde la complejidad científica y, ella, desde la simpleza terrenal de la fe creían que debe existir vida o una razón detrás de las estrellas.
 
En esa búsqueda por caminos muy diferentes, llegaron a la misma conclusión: los misterios del Universo son apreciables y comprensibles desde el mundo que cada día construimos.
 
Hawking resolvió ese enigma tras décadas de observación. Reveló su descubrimiento a través de una frase concluyente cargada de rigurosidad científica: “el Universo no sería gran cosa si no fuera hogar de la gente a la que amas”.
 
Mi mamá llegó a la misma conclusión sin necesidad de grandes telescopios para bucear entre las galaxias. Aprendió esa máxima en la experiencia de su pequeño y humilde universo, el Bar Nueva Pompeya. Siempre lo consideró el hogar de la gente que amaba y el que “me regaló propósito y felicidad para vivir”.  
 
La revelación de Hawking me ayudó a darle mayor dimensión al descubrimiento de mi mamá. También me sirvió para sentir y descubrir que, con el tiempo, la pérdida física de las personas y cosas que se aman se transforman en energía y presencia espiritual perpetua.
 
Así pude y puedo sentir que mi mamá y su bar siguen viviendo. Resplandecen en un campo de estrellas idéntico al mar de flores de alfalfa en el que ella chapoteaba de chica en Clucellas.
 
En esa nueva constelación vive, sin tiempo ni espacio, aferrada a todos sus amores, a los personajes del bar, sus antepasados, sus parientes, su esposo, sus hijos, sus nueras, sus nietos y sus descendientes del futuro.
 
El bar de mi mamá late y titila allá arriba en el profundo infinito y, también, en el vasto universo de mi memoria.

Otros párrafos de su carta en la que entendía que lo "que tengo no es alentador"
y donde destacaba su fe y sus temores, así como los cuidados intensos de mi papá.


miércoles, 1 de septiembre de 2021

Esquina comprada, milonga terminada, ¿y la felicidad?

 
Mi mamá, en la única foto de ella en su universo, el Bar Nueva Pompeya

Mi papá pegó un pique de media cuadra. Llegó jadeante a golpearle la puerta al viejo Pons. Pensó en las mil veces que había golpeado sin ganas para pagar el alquiler. Esta vez golpeó altivo y con ritmo, con la seguridad que le daban los bolsillos llenos.
 
–¿Trae el alquiler, Trotti? – preguntó Pons.
–No. Vengo a comprar la esquina.
–Le repito lo de siempre. No quiero ni puedo financiarle.
–Por eso vine. Hoy compro de contado, – dijo mi papá y le alcanzó un cheque doblado que sacó del bolsillo de la camisa.
_¿Y esto? – miró sorprendido Pons –¡¿Se equivocó?!, ¿me está pagando de más?
–Pa que ni lo piense. Lleve a su esposa unos días de vacaciones.
–Entre Trotti, no sea cosa que me arrepienta.
–No se confunda, don. El que se puede arrepentir soy yo – dijo con un gesto fanfarrón, y satisfecho de que había funcionado su estrategia de pagar con sobreprecio.
–¿Firmamos el boleto de compraventa?
–Por mí firmemos la escritura.
–Tranquilo, Trotti, por ahora es suficiente con el boleto. Escriba los nombres como deben figurar en los documentos.
 
Mi papá escribió: “Livio Benito Trotti y Ondina Esther Trossero de Trotti”.
 
–¿Por fin me va a decir quién le quería comprar la esquina?
–Acuérdese del refrán Trotti, “se dice el pecado, pero no el pecador”.
–¿Era verdad o me estuvo negociando todo el tiempo?
–Déjese de pavadas. Celebremos que la esquina ya es suya – dijo Pons y lo invitó a festejar con una copita de grappa.
–¿No me va a decir quién le quería comprar?
–No suelta el hueso, ¿eh?, disfrute. Ya tienen esquina propia.
 
Mi papá estampó la firma. Tomó la grappa de un sorbo y salió disparado. Tuvo la sensación de que los pies no le tocaban el suelo como cuando de chico volaba en los sueños sobre la escuelita de Eustolia.
 
Se abrazó con mi mamá entre lágrimas. Se sintieron los dueños de la Tierra. “Te acordás cuando cocinabas en la cocinita a leña en Eustolia”, le susurró mi papá, un recuerdo íntimo y retórico con el que solían medir su progreso. Mi mamá se acordó cuando invocaba a San Marcos por la esquina convencida de alcanzar su sueño: “todo lo que pidan en oración, crean que ya lo han conseguido y lo recibirán”.
 
Mi papá, más terrenal, sintió urgencia por terminar y rejuvenecer la milonga sobre la esquina. Esa noche agregó, tachó y acortó versos. “Dejala así. Cada vez que la tocás la empeorás”, le rogó mi mamá. Se tranquilizó cuando él puso los ojos raros, como mirándose hacia adentro. Supo que vendría una mejor versión.
 
–Tota. Ya la tengo. Mirá.
–Yo dejaría solo al Pompeya como lugar. Merece ser único.
–¿Entonces te parece doncellas en vez de Clucellas? – preguntó mi papá sin vacilar.
–Sí, pero también pondría el título al revés, primero a la esquina, luego la pebeta. Me parece más poético y misterioso.
–¿Algo más?, pensé que solo eras buena para las recetas de cocina – dijo mi papá con sonriente ironía y, enseguida, le leyó la nueva milonga.
 
“Esquina mía, pebeta hermosa”
 
“Esquina mía
Arrabalera y esquiva
Déjate atrapar
Sigues muy altiva
 
No te pongas celosa
Tota es mi esposa
Brillo de luciérnaga
Quimera amorosa
 
Será mi empeño
Perseguirte en sueños
Relaja tus bríos
Seré tu fiel dueño
 
Ámame papusa
Desnúdate fogosa
Esquina mía
Pebeta hermosa
 
Mar de vinos y estrellas
Como guapas doncellas
Siempre vivirán
En mi eterno Pompeya”.
 
Mi mamá se derritió. Le fascinó saberse retratada y eterna junto al Pompeya y a su querida esquina. Apreció que todo había cobrado más vida; las plantas se veían más verdes, el cielo más azul. Y cuando estaba en medio del trance, mi papá la despabiló con un pedido terrenal y urgente.
 
–Pensemos en los festejos.
–¿Qué festejos, Livio? No me asustes.
–Tantos años con esto... Hagamos un asado para todo el mundo.
–¡Pará un poco! Tendré que trabajar como una loca.
–Despreocupate. Le decimos al Zorrino. Le va a encantar.
 
La invitación para el sábado rezaba: “canilla libre y asado a reventar”. El Zorrino llevó a la carnicería una lista tan larga como su martingala con los números soñados de la quiniela. Tenía que asar para más de cien comensales. Compró con yapa anticipando que muchos vecinos “no van a querer perderse la festichola”.
 
La lista incluyó cien chorizos, cincuenta morcillas, treinta ristras de costillas, diez vacíos, nueve metros de chinchulines, tres kilos de mollejas y un lechón mediano. Mi mamá se ocuparía de las tortas borrachas y de los arrollados con dulce de leche. Mi papá del tinto Valderrobles y del blanco San Felipe.
 
Para ahorrar espacio en el patio, el Zorrino fue tan creativo que mi papá le vaticinó: “te van a venir a buscar los ingenieros de la NASA”. Puso tres parrillas una arriba de otra como un sándwich triple de miga separadas por cuatro ladrillos. En la más cercana al fuego puso a dorar el lechoncito, en la del medio encajó los chorizos y chinchulines y en la superior puso los costillares y vacíos “a fuego muy lento”.
 
La fiesta fue para libro de historia. Engulleron hasta el último milímetro de chinchulines. Las parrillas quedaron arrasadas como maizal tras una plaga de langostas. Después del postre mi mamá abrió dieciocho frascos de uvas moscatel en grappa. No sé si fueron esos efluvios o los de Valderrobles y del santo Felipe, pero nadie quedó sin cantar. Cantaron todo. Desde “Cambalache” a la “Guantanamera”, pasando por “Mambrú se fue a la guerra”, hasta “Arrorró mi niño” y “Zapatito de charol, botellita de licor”. Un colado simpático, que no tenía idea qué se festejaba, gritó un “viva los novios” a todo pulmón. No importó el desliz, mi papá tomó a mi mamá de la cintura y le chantó un beso de película entre medio de chiflidos, vítores e insinuaciones de que se vayan a festejar a otro lado. Terminaron con una genuflexión y llenos de aplausos. Mi papá estaba colorado como un tomate, ni de sol ni de vergüenza, de puro Valderrobles nomás.
 
La fiesta se durmió a las siete de la tarde. Mi mamá había pagado a unos changarines para la limpieza. Todo quedó con olor a Kreolina y Pino Luz.
 
El domingo fue distinto. Mis papás tenían los hombros cansados, además de chuchos de frío y calores intermitentes como si estuvieran entre la Antártida y el Amazonas. “No creo que sea algo que comimos”, dijo mi mamá, “¡se nos cayó la adrenalina!”. Quedaron toda la tarde aplastados, lentos y entredormidos con los ojos semiabiertos.
 
El lunes mi mamá se levantó con un sentimiento tan vacío como habían quedado sus latas de leche Nido. Todo le parecía sin contraste, como si tuviera la neblina dentro de los ojos; a las plantas las apreció de un verde gastado y al cielo de un gris desganado.
 
–No estoy feliz Livio. Me engañé todo el tiempo – dijo mi mamá y se largó a llorar antes del primer mate en el dormitorio.
–¡Cómo podés decir eso! Ahora que compramos la esquina. Hacía años que la querías. Mirá todo lo que tenés.
–Cerrá la puerta. No quiero que los chicos me vean así.
 
Él la abrazó. Ella lo apartó.
 
Abrió el bar sin ganas. No estaba cansada, pero se sentía sin fuerzas. Todos los clientes la felicitaban y ella disimulaba con muecas que hubieran necesitado algo de dientes para que fueran sonrisas. Estaba desahuciada. Ni siquiera tuvo fuerzas para arengarse con las plegarias de su libretita amarilla como solía hacer cuando no encontraba sentido a nada. Había anhelado comprar la esquina para alcanzar la felicidad, pero sentía que la felicidad la esquivaba.
 
Mi papá se sintió enjaulado en la oficina. Quería regresar a casa para consolar a mi mamá, pero los minutos tardaban como si tuvieran diez mil segundos. Pretendía asumir el papel del más fuerte en la pareja; quería saber el porqué del apagón.
 
–Qué te pasa, Tota. ¿Ya no me querés?
–Pero Livio, ¿por qué siempre vos? El tema soy yo. Me siento aplastada. Me pasó una aplanadora por arriba.
–Se nos cayó la adrenalina.
–Eso fue ayer. Hoy es distinto. Es más profundo.
–¡No jodas, Tota! ¿Te pasa algo conmigo?
–Pero no.
–No te entiendo. Acabamos de comprar la esquina. Es lo que más querías en la vida y pensé...
–Ni yo me entiendo, creeme, – lo interrumpió –no pienses estupideces, Livio. No me hagas caso.
 
Durmieron la siesta a duras penas. Cuando mi papá se cambió para ir a la oficina, mi mamá le pidió que se quede. No quería quedarse sola y necesitaba consuelo.
 
–Quiero ser feliz Livio. Pensé que tener la esquina era alcanzar la felicidad. Pero no es así. Tendrían que enseñar sobre felicidad en la escuela. Debería haber una clínica donde entrés y al rato salgas curada y llena de felicidad. ¡Qué se yo!, que te den unas pastillitas.
–Están los psicólogos, psiquiatras.
–No es lo mismo, Livio. Son doctores. Lo mío es otra cosa, quiero encontrarle sentido...
–Tota – la interrumpió –tenés trabajo, sos fuerte como un toro, tenés la esquina, tenés chicos buenos, te respetan en el bar, tenés todo. Tenés que estar muy agradecida.
–Me pregunto si no hubiese sido mejor nacer un poco más arriba. Empezamos muy de abajo, desde el fondo. Más fondo no podía haber. Ahora resulta que estamos contentos porque tenemos esta esquina medio destartalada y yo atiendo un bar de morondanga. ¿No pensás que somos poca cosa? Mi mamá trabajó toda su vida criando once hijos y mirá como le paga la vida. Está postrada, justo cuando debería estar feliz cosechando todo lo que sembró. Tengo miedo.
 
Después de desahogarse, lo miró a mi papá por más respuestas. Él tendría que bucear muy de dentro de sí y no estaba seguro si las encontraría. Empezó tímido.
 
–Tota, hay gente peor que nosotros, incluso los de arriba. Muchos aparentan ser felices, tienen mucho y algunos heredaron negocios y cosas, pero tienen otros problemas. Se sienten esclavos de haber nacido con el culo en la harina. No tienen libertad para hacer lo que quieren. Todo el mundo lleva su circo a cuestas. El otro día se suicidó la abogada de la otra esquina. ¡Tenía de todo!
–Livio, no me entendés. No me importa la otra gente, somos nosotros. No sé cómo explicarme. Vos la tenés fácil. Tu felicidad está con tus tangos, con River, tocando la flauta, discutiendo con tus amigos de política, haciendo chistes...
–Yo sé, te entiendo – la interrumpió –te digo que vos tenés mucho también. Muchos quisieran tener lo que vos tenés, más bien ser como vos. No se trata de tener, Tota, sino de ser.
 
Mi mamá cambió la mirada. Se sintió reconfortada que la reconocieran. Mi papá notó que sus respuestas eran buenas y caían como bálsamo. Buceó por más.
 
–Las cosas personales como las mías te ponen contento, Tota, pero, tampoco sé si eso me hace o te hacen más feliz. Creo que la felicidad es más fácil encontrarla cuando hacés cosas por los demás y los demás te sienten útil. Vos hacés mucho. Vas a los velorios y al Hogar de Ancianos a consolar gente, le llevás comida a los enfermos y rezás por ellos en la gruta de la Virgen, alabás a Dios en tu libretita amarilla, muchos clientes te tienen como paño de lágrimas, te desvivís por atender a los parientes, estás criando a los chicos – hizo una pausa para crear suspenso y remató –y ¡me tenés que aguantar a mí!
 
Mi mamá se descomprimió con una carcajada. Sintió que le estaban acariciando el alma.
 
–En fin, Tota – dijo mi papá envalentonado en busca de hilvanar un cierre de película como final de tango, –tenés que reconocer que hacés mucho por los demás y, además, tenés que reconocer que sos muy agradecida a Dios. Creo que ahí ya tenés gran parte de la felicidad ganada. No muchos tienen eso. Tenés que reconocer lo mucho que hacés y quien sos. ¡Te exigís mucho!, pará un poco y mirate desde afuera, desde la vereda de enfrente como si fueras otra persona. Creeme que te va a gustar mucho lo que vas a ver.
 
A mi mamá se le nubló la vista, pero igual lo traspasó con la mirada. Él también sintió que sus propias palabras lo desafiaban a cruzar la calle y a mirarse a sí mismo a la distancia.
 
A la mañana siguiente, mi mamá se sentó en la mesa de granito del patio. Miró hacia la jaula. Advirtió que los pájaros, pese a estar enjaulados, revoloteaban libres y contentos de rama en rama como buscando algo, pero despreocupados por hallarlo. “¿Será que la felicidad siempre hay que buscarla, pero hay que despreocuparse en encontrarla?”, se preguntó en voz baja. Se imaginó a la felicidad como una escalera infinita, un camino sin destino, llena de peldaños u objetivos que debía trepar sin reparar en el resultado.
 
Le gustó lo que pensó. Quiso escribirlo en alguna de sus libretitas, pero no encajaba ni en la verde ni en la amarilla. Decidió abrir otra que forró en papel dorado, a la que reservaría para anotar sus aprendizajes. Entendió que para ser feliz era importante tener muchos peldaños que trepar, algunos de corto alcance y otros para toda la vida. Y que todos deberían estar aunados por un objetivo común o el propósito de la vida.
 
Escribió setenta y tres peldaños nuevos en la libretita verde, desde construir una nueva casa, viajar a Europa y pintar el salón del bar, hasta visitar el Hogar de Ancianos una vez a la semana, apartarse de los pecados capitales y ser generosa y buscar siempre ser mejor persona, frase última que subrayó tres veces con la intención de transformarla en su propósito. “Es una escalera para toda la vida”, dijo en voz baja y trató de memorizar un par de objetivos para cumplirlos pronto. Luego tomó la libretita amarilla y escribió decidida apretando más de la cuenta la lapicera contra el papel: “Gracias Dios mío por todo lo que me das y todo lo que soy”.
 
Ya era tarde. Doce clientes revoloteaban inquietos en la vereda. Abrió el bar con ganas y sintió que su amiga, la Virgen de la Nueva Pompeya, la llenaba de gracia desde arriba del dintel.
 
Los ojos de mi mamá brillaban como centellas y su sonrisa hipnotizante atrapó todas las miradas. Hubiera sido redundante que agregue su saludo habitual de “buenos días”.
 
Sintió que el bar no era un lugar común y corriente o de morondanga como se había atrevido a definirlo en sus momentos más oscuros. Era un mundo único, lleno de vida y de escaleras infinitas, de personajes e historias, de alegrías y angustias, de confesiones y sueños.
 
Sintió que el Bar Nueva Pompeya era su universo, un espacio significativo para alcanzar su propósito y seguir trepando su escalera con determinación y alegría. “¡Cómo no sentirme feliz!”, afirmó en voz alta para que todos la escuchen.

lunes, 16 de agosto de 2021

Nació la esquina entre dos fiestas de Comunión

La Primera Comunión de mi hermano en 1961. Él frente a su torta, yo casi detrás poniendo un brazo sobre su hombro y otro sobre mi amigo René González, mi mamá ami derecha con las otras tres chaperonas y varios de los chicos del barrio que llegaron a tiempo para la foto.

La idea de mis padres de comprar la esquina de Iturraspe y Perú nació en la fiesta de Primera Comunión de mi hermano en 1961 y tomó fuerza a partir de la mía en 1965.
 
Antes no se les había cruzado por la cabeza comprar nada. Habían llegado a San Francisco desde el campo con “una mano atrás y otra adelante”, como luego repetiría orgullosa mi mamá. En los primeros cuatro años debieron adaptarse a la vida de la ciudad, agrandar la familia, convertir la despensa en bar y ahorrar para la mejor escuela privada.
 
La Comunión de Gerardo la celebramos el 24 de setiembre de 1961. Participaron cuarenta y nueve amigos del barrio. Algunos no llegaron a tiempo para la fotografía, por lo que quedaron como ausentes de la historia.
 
Mi mamá tendría mucho trabajo para atender al “tropel bullanguero”, como llamaba a los chicos del barrio, así que pidió ayuda a sus amigas, la Anita González y la Negra Ronconi, y a Gisella, hija de su hermana Clorinda, que llegó dispuesta “para apoyar en lo que haga falta”. Entre las cuatro se turnaron para preparar triples de jamón y queso y repulgar empanadas con la carbonada que sacaron de una receta de la libretita azul de mi mamá. También adornaron la mesa con rosas y calas, sirvieron porciones de la torta inmaculada de tres pisos y cuidaron que nadie se lastime. Días antes habían repartido los sobres con la invitación a puño y letra de mi mamá: “Jesús no olvides mi Primera Comunión que será luz, esperanza y amor”.
 
Cuando todos los chicos salimos a los empujones a jugar bajo la advertencia de “no corran que van a traspirar toda la ropa”, las cuatro chaperonas tomaron un respiro para cuchichear. Sin quererlo, dieron a luz la idea de comprar la esquina.
 
–¡Qué te pasa Tota!, te noto desganada – le advirtió la Negra Ronconi a mi mamá.
–Tanto trabajo te pasó factura, siempre pasa eso. Estos mocosos dan un trabajo bárbaro – se adelantó a responder la Anita González.
–No es nada – dijo mi mamá.
–¿Te peleaste con el tío? – preguntó mi prima Gisella.
–Para nada ¿de dónde sacaste eso?
–Algo te pasa, no nos vas a dejar así – retrucó la Anita González.
–Para eso estamos las amigas Tota. ¿Qué te pasa? – preguntó la Negra Ronconi.
–Me pongo triste de bronca – lanzó mi mamá con los ojos vidriosos –los chicos crecen y no estoy segura si hicimos bien en traerlos aquí. No veo futuro. Tal vez era mejor quedarnos en Eustolia.
–Ay Tota de nuevo con eso, por favor. Sin ustedes este barrio sería otro – dijo la Negra Ronconi con la intención de contenerle las lágrimas.
–Es como que nos falta algo. Siento un vacío – se sinceró mi mamá.
–¡Por qué no compran la esquina! – dijo la Anita González de sopetón.
 
A mi mamá se le iluminaron los ojos como si le hubiesen dado la fórmula para ganar el gordo de Navidad, sin embargo, minimizó la idea porque le pareció tan alta como subir el Aconcagua.
 
–Imposible, recién ahora estamos respirando un poco.
–Pidan un préstamo – agregó la Negra Ronconi –lo bueno, Tota, es tener algo en mente por lo que luchar.
–Sos tan buena para la cocina que de repente te ponés a cocinar para fuera y te ganás unos pesitos extra.
–¿Más trabajo? Ni loca Gisella. Ya no doy a basta.
–Cheee, que el Livio ponga un poco más el lomo. Dejame contarle a Ángel, de repente inventan algo y ponen juntos un negocito, una sodería o algo así – remató la Anita González.
 
La charla se cortó abrupta cuando todos los chicos entramos transpirados y con los perfumes mezclados. Correr a la mancha y al patrón de la vereda demandaba más naranja Crush y Bidú Cola.
 
A las tres de la madrugada mi mamá se despertó de golpe como si la hubiese sacudido el reloj despertador. Tenía en la cabeza el eco de la charla con sus amigas y, entre ceja y ceja, la idea de comprar la esquina. Desvelada y contenta pensó en despertar a mi papá. Prefirió esperar hasta los mates en el desayuno. “Se pondrá loco de contento cuando le cuente”, pensó. A oscuras escribió en la libretita verde de sus resoluciones: “comprar la esquina, ¡Gracias querida señora de la Nueva Pompeya!”.
 
Le cebó los mates con sonrisa de oreja a oreja y mi papá, experto en leerla, disparó: “¡qué bichito te picó tan temprano!”. Mi mamá floreó la charla del día anterior, dio rodeos para crear suspenso y clavó la frase en el aire para recibir una ovación de pie: “compremos la esquina”. Mi papá la miró desconcertado y respondió con un latigazo de domador de circo con chasquido final: “dejate de pavadas, ¡ni en pedo!”.
 
La respuesta hubiera tenido que dejarla de cama, pero pensó que ella había reaccionado de la misma forma cuando su amiga lo sugirió. Siguió cebando mates como si nada, contenta de que ya había plantado la semillita porque mi papá también solía despertarse de noche con cosas a las que durante el día no les prestaba atención. Además, estaba tranquila, había escrito el objetivo en la libretita verde y sería solo cuestión de esperar. “Tarde o temprano los objetivos escritos se materializan solos”, había aprendido de su papá.
 
Dicho y hecho. Poco tiempo después, mi papá empujó la compra de la esquina como idea propia en cada charla con sus amigos y en las reuniones familiares.
 
Mis nonos, los papás de
mi mamá, José y Antonia.
El 10 de setiembre de 1963 llegó la gran celebración de las Bodas de Oro de los papás de mi mamá, los nonos José y Antonia en Plaza Clucellas. Llegaron los once hijos e hijas y los primos éramos una chorrera de más de ochocientos. La torta de cinco pisos, más alta y gorda que la humilde de 1913, fue centro de conversación. Estaba adornada por un número 50 de azúcar en la cúspide y en la circunferencia de la base se leía la plegaria “Jesús bendecid a nuestros hijos, nietos y seres queridos”.
 
Mis padres usaron la muletilla de “la torta grande como una casa” para contar su deseo de comprar casa propia en cada charla. De todos recibieron la misma reacción: “¡¿entonces ya no vuelven a Eustolia?!”. Creo que aquella expresión fue la que inspiró a la Real Academia para autorizar el uso de signos de afirmación e interrogación en la misma oración.
 
Por varios años ese tipo de charlas les sirvió para afirmar su objetivo en forma inconsciente. Hasta que la semilla empezó a germinar con fuerza en mi Primera Comunión el 9 de octubre de 1965. En esos días, sin previo aviso, el viejo Pons había disparado un anuncio clasificado letal en el diario, ofertando la esquina al mejor postor. Al principio, mi mamá sintió el clasificado como un cuchillo sin filo y oxidado perforándole el corazón, pero, días después, se convirtió en su mejor motivación para alcanzar el objetivo. Recortó el rezo de mi estampita “Jesús conserva mi alma blanca como la hostia que hoy recibo”, y lo juntó con las oraciones de Gerardo y mis nonos. Pensó que la triple oración llegaría más alto y que la esquina no se le escaparía. Pegó la plegaria en dos páginas en mariposa en la libretita amarilla de sus intimidades y, al pie, escribió con fe y esperanza: “Dios querido, ayúdanos a comprar la esquina”.
 
A la mañana siguiente me engominó, me echó perfume de pies a cabeza y me ordenó que la siguiera: “vamos, hay que sacarte la foto de Comunión”.
 
Llegamos a la casa de óptica y fotografía de Bucco y Curiotto en el centro y tuvimos que hacer cola por media cuadra. El negocio estaba atestado de padres y chicos, se celebraban comuniones en muchas escuelas.
 
–Por fin alguien bien peinado – exclamó la señora Dorita Curiotto que revisaba la fila con peine en mano para que todos los chicos llegaran prolijos al estudio de su marido –¿cuántos hijos tiene?
–Dos, uno mayorcito y este, el Nenucho. ¿Se acuerda que su esposo le sacó un retrato cuando cumplió un año?
–Saca a tantos chicos... ¿Va por la nena?
–No creo, todo cuesta tanto. ¿Y usted cuantos tiene?
–Una nena por ahora – respondió y llamó a su hija que apareció con una vincha blanca y el pelo lacio hasta la cintura abrazada a una muñeca tan grande como ella –Pilín vení a saludar a la señora.
–¡Qué lindo nombre!, y es tan linda y coqueta con ese pomponcito – dijo mi mamá tocándole la naricita –nunca escuché ese nombre.
–Es sobrenombre. Se llama Graciela y como era la más gurrumina de la familia su nona María le puso Pilín y así quedó.
–Igual que a él – dijo mi mamá –al cuete le pusimos Ricardo. Yo lo llamo Nenucho, su hermano y mi esposo le dicen Nenito y los chicos en la escuela le dicen Kaiá.
 
Después de posar de mil maneras para don José Curiotto, le pedí a mi mamá que me compre una lupa que en la vidriera cacareaba: “La leyenda de Sherlock Holmes comenzó con esta lupa”. Mi mamá movió la cabeza en desaprobación y luego dudó: “¿seguro que querés esto de regalo de Comunión?”.
 
Al regresar del centro nos detuvimos de Burmeister Lamberghini. Los discos eran otra de sus debilidades como las recetas de cocina. Quería comprar “Amor” de Edye Gorme y el Trío los Panchos que la enloquecía cada tarde por Radio Nacional. La vendedora puso el disco y un minuto después mi mamá, todavía meneándose y con los ojos cerrados, me dijo: “qué sorpresita que le vamos a dar a tu padre”. Yo era el sorprendido, estábamos en octubre y mi mamá compraba como Niño Dios en Navidad.
 
Cuando mi papá llegó de la oficina, mi mamá hizo mímica mientras la Gorme cantaba a todo volumen Piel Canela. Con un tenedor lo hincó en el pecho a saltitos mientras modulaba los labios con la letra de fondo: “me importas tú y tú y tú y sooooooolamente tú.... y naaaaaaaadie más que tú”. A mi papá le gustó el jueguito y quiso apretarla a su lado. Ella pegó un corcoveo hacia atrás y con pasitos rápidos y rítmicos le prometió “… cuaaaaando vuuuueeeelva a tu ladooooo…”.
 
Mi mamá movió la púa al surco de Media Vuelta y ejerció todas sus dotes teatrales al estilo Niní Marshall. Mientras la Gorme gritaba por los parlantes “te vas porque yo quiero que te vayas”, se tiró un mechón sobre la frente, se subió la pollera a medio muslo por arriba de la rodilla y mostrando escote con aire de Brigitte Bardot gesticuló para que mi papá se pusiera de pie. Apenas lo hizo, lo empujó de nuevo contra el asiento y le cantó “a la hora que yo quiera te detengo” con una señal de pare como agente de tránsito. A esa altura mi papá se estaba babeando como un perro ante un trozo de bofe e intentó meter mano debajo de la pollera. “Ay ay ay, qué fácil que son los hombres, un poco de corcoveos y ya piensan mal”, dijo entre carcajadas mi mamá. “Ponete a comer, se acabó la fiesta”.
 
Después de almorzar se recostaron acaramelados en los silloncitos con una copa de vino blanco. Repasaron unos temas viejos de Luis Aguilé y agotaron al pobre Frank Sinatra que les cantó como veinte veces Only the Lonely. Mientras tanto, mi hermano miraba todo por un agujerito en el puño como le había enseñado Borgarello para captar luces y sombras y yo, lupa en mano, me puse a investigar como Sherlock Holmes el misterio que me tenía a maltraer desde hacía años: una manchita oscura sobre el vestido de novia de mi mamá y una clarita sobre el traje oscuro de mi papá.
 
–Mami, mami. Vení, mirá lo que tenés aquí.
–Por Dios, salí de ahí porca vaca. Andate al patio con esa lupa.
 
No entendí porque se había molestado que investigara la foto de su casamiento. Esa siesta paré la oreja detrás de la puerta del dormitorio y descubrí con el oído lo que no había podido captar a simple vista por tantos años.
 
–El Nenucho descubrió los cascarudos en la foto de casamiento. Acordate que son los bichos que traen mala suerte. Le trajeron un montón de pestes y maldiciones a los egipcios.
–Pero vieja seguís obsesionada por esa boludez. Siempre con tus supersticiones. Son unos bichitos nada más, dejá de joder.
–¡Qué te hacés ahora!, ¿yo soy la supersticiosa?, vos sos el que crees en los ovnis y frunciste el traste como nadie cuando se nos apareció la luz mala en Eustolia.
 
Al día siguiente comprobé que mi mamá tenía razón. Los cascarudos traían mala suerte.
 
Mi papá le pidió repasar los ahorros del pasado y calcular los de futuro. Quería saber cuándo podrían ir del viejo Pons a hacerle la “oferta irresistible”, es decir, pagar un sobreprecio para ganarle a otros contendientes. Cuando tocó el turno de revisar las cuentas por cobrar en la libretita roja del fiado, mi papá notó que mi mamá saltaba algunas páginas más a propósito que por descuidada.
 
Se la arrebató de un zarpazo.
 
–Devolvémela – gritó sorprendida.
–¡No me jodas! ¡¿Todo esto te deben?! – dijo mi papá después de un paneo rápido por más de cien páginas –¡aquí todos chupan gratis!
–¡No es para tanto!
–Cómo que no es para tanto. Por favor Tota, manejás este negocio como si fuera la Casa del Niño o el Cotolengo don Orione. Dejale la caridad a los demás.
–Claro, ahora yo tengo la culpa. Me dejaste sola en este loquero.
–No me cambies de tema. Me fui a trabajar afuera porque queríamos tener otro ingreso. Pero ahora me doy cuenta que soy el único que trae un mango a esta casa.
–No te mandes la parte. ¿Quién creés que compra la comida, la ropa, que mantiene la casa y paga los Maristas? Todo salen de estas – dijo mi mamá agitándole sus manos a la altura de la cara.
–Ese no es el punto. Si hubieras fiado menos o cobrado la mitad de lo que te deben ya tendríamos la esquina hace rato.
–Ya les voy a cobrar.
–¡¿A estos tres?!, ¡haceme el favor! – dijo mi papá señalando los nombres de tres clientes que ya habían muerto, –si me fijo bien seguro que tenés más fiado en el cementerio que en la calle. ¡Sos un desastre!, ¡estamos fundidos!
–Fundidos las pelotas, dejá de exagerar – retrucó mi mamá.
 
Mi papá estampó la libreta roja sobre la mesa, pegó un portazo y enfiló hacia el cine Mayo. La cartelera anunciaba “El Dorado” de John Wayne con promesa de muchos tiros y líos a rabiar. No sintió un solo tiro ni leyó los subtítulos, pero se tranquilizó. Ir al cine lo distraía y lo sedaba tanto como el olor a azúcar quemado.
 
Volvió sereno antes de que terminara la película. Mi mamá lo esperó con unas conciliadoras milanesas a caballo con papas al horno. Y con una sonrisa de oreja a oreja y una pizca de ironía, le soltó una oración antes de que pruebe un bocado: “¿Fundidos?, sentate y agarrate. Te tengo una sorpresa”.

Mis primos en las Bodas de Oro de mis nonos. Estoy a la derecha, el más gurrumino, al lado de mi
hermano. En el centro, los más pequeños son mis primos Raúl y Marta Trossero.

Mi Primera Comunión en 1965 en la escual de los Hermanos Maristas. Yo en primer plano a la izq.
con mis amigos Eduardo Felizia y Genesio.



 





lunes, 2 de agosto de 2021

Los pies azules y el rincón del Manya

Un retrato de mi mamá en carbonilla realizado por mi hermano Gerardo

La vida en nuestros dormitorios era diferente según fuera de día o de noche.
 
Durante el día había mucha vitalidad. Mi hermano practicaba con sus pinceles, mi papá escuchaba relatos de países lejanos en la radio de onda corta y mi mamá aplicaba sus destrezas de medicina casera. Se apoyaba con un botiquín lleno de ventosas para succionar los espasmos de espalda, dientes de ajo para espantar los parásitos y un ramillete de yuyitos serranos que le ayudaban a tirar el cuerito para curar los empachos. Todo formaba una mezcolanza de olores agridulces que se acentuaba con el perfume de la cera de los pisos que religiosamente se enceraban cada quince días y con la fragancia a tomate fresco y papa cruda para aliviar las quemaduras de sol.
 
Sobre la biblioteca descansaban dos coloridas pelotas inflables de alguna playa que todavía no habíamos visitado y dos pilas de libros. Una era de mi hermano con libros de arte de Rembrandt y de Miguel Pablo Borgarello y otra contenía los de “lectura obligatoria” como mi mamá definía a “Mi Platero y yo” y “Narciso y Goldmundo”.
 
La noche era otro cantar. De por sí los dormitorios eran oscuros en contraste con el luminoso living comedor. Un par de claraboyas no atrapaban luz suficiente y los muebles de estilo provenzal y los pisos de madera color tierra mojada hacían que todo pareciera tan denso y tétrico como una selva enmarañada en medio de la noche.
 
Apenas mi hermano apagaba el velador me hacía una bolita debajo de las cobijas para que no me vieran los espíritus de todos los muertos de la familia y no me encontraran los fantasmas que vivían debajo de mi cama o caminaban como gatos por los techos.
 
Una de esas noches sin luna, un chillido desgarrador como de chancho antes de que lo degollaran en el matadero nos arrancó de la cama. Provenía de la puerta que conectaba con el dormitorio de mis padres.
 
–Tota despertate – dijo mi papá abrazándola.
–No estoy dormida. Soltame.
–¡¿De nuevo soñaste con él?!
_No soñé. Me sacó las frazadas – dijo mi mamá, refregándose los pies azules por el frío y pidiéndole que le preste la bolsita de agua caliente.
–Por favor Tota, el pobre Manya hace meses que se murió.
–Me amenazó mil veces. Me repetía que volvería para asustarme: “cuando me muera le vuá a tirar las patas por abajo la frazada”. ¡Qué viejo jodido! – dijo mi mamá deslizándose las manos por los brazos para quitarse la piel de gallina.
–Bah bah, haceme el favor. Lo quisiste más que a tu papá. Mirá si va a querer asustarte.
–El Manya quiere que me acuerde él, te aseguro.
–Dejate de pavadas. Nadie vuelve del más allá.
–Livio, los espíritus existen. Acordate del Tito y del Juancín – dijo convencida, aludiendo a cuentos de familia de cuando los muertos les hablaban a los vivos.
 
Mi tío Tito contaba que la nona Antonia, su mamá, le había enviado una señal antes de morir. Cuando le anunciaron que ella estaba muy grave, viajó en tren de Tucumán a Clucellas para despedirla. Por la mañana, lo despertaron con unos golpes secos en la puerta de su camarote. Abrió y no vio a nadie. Miró la hora. Eran las 7:10 de la mañana. Cuando llegó a Clucellas le dijeron que la nona había pegado su último suspiro a las 7:10 clavadas. “Se acordó de mí, es la mejor herencia que me dejó”, repetía con orgullo.
 
Similar mensaje recibió mi primo Juancín en el bar de Eustolia. Su hermana Norma, de 17 años, decidió que la simple operación de amígdalas se la debía practicar el “médico más churro de María Juana”. El día de la operación, Juancín estaba atendiendo detrás del mostrador cuando de pronto sintió que desde atrás le pegaron una cachetada en la frente. Se dio vuelta para defenderse, pero solo encontró la estantería llena de botellas. Eran las 11:15 de la mañana, la hora exacta en que mi prima murió por un exceso de anestesia.
 
Aquellas historias a las que se le sumaron el grito de mi mamá y el temor a que el Manya me saque también a mí la frazada de los pies agrandaron mi repertorio de miedos. Sin embargo, lo que más aterraba eran los recuerdos de los velorios de la familia. Tenía pegado en la punta de la nariz el olor a velas mezclado con el perfume de jazmines y el de la soldadura con la que sellaban los cajones. Me impresionaba pensar en los pedestales plateados de los que colgaban las coronas igualitos a los del castillo de Drácula. También recordar el murmullo del rezo del Rosario me paraba los pelos de la nuca, sobre todo, porque me veía abriéndome paso entre mis tías para llegar a primera fila. Desde ahí, miraba fijo a los orificios de la nariz para ver si era verdad que el alma se escapaba del cuerpo unos segundos antes de que cerraran el ataúd.
 
Con el tiempo los miedos no desaparecieron como pensaba, pero logré controlarlos. Trataba de dormirme antes de que mi hermano apagara la luz o me destapaba a propósito para que mi mamá viniera a taparme en medio de la oscuridad. Las noches que mejor dormí fue cuando mi mamá ordenó dejar “todas las luces prendidas” tras no perderse ni un solo episodio de Narciso Ibáñez Menta en “El hombre que volvió de la muerte”.
 
El rincón del Manya
 
Aquella mañana del chillido y los pies azules, mi mamá se levantó resuelta a rendirle más honores al Manya.
 
–Se lo merece pobre viejo.
–Se lo merece o lo querés hacer para que no se te aparezca de nuevo a tirarte la frazada por las patas – soltó mi papá a las carcajadas.
–No seas desalmado – dijo mi mamá sonriente y sorprendida de que le deschavaran su doble objetivo.
 
Esa mañana creyó que el Manya le seguía enviando señales. El primer cliente que entró al bar fue un miembro del Concejo Deliberante de la ciudad. Miró para arriba y se sorprendió de pensar con los mismos términos futboleros que el Manya: “a este le voy a meter un gol de emboquillada”.
 
–¿Conoció al Manya Luna? – le preguntó al concejal mientras le servía una caña Legui.
–Por supuesto. De chico mi papá me llevaba a verlo todos los sábados. Metía unos golazos bárbaros.
–Usted que sabe mucho de la ciudad, ¿no cree que se le pueda rendir un homenaje?
–Buena idea. ¿Qué tipo de homenaje?
–No sé. ¿Usted qué cree? – le preguntó mi mamá con la intención de que el concejal empuje el homenaje como idea propia.
–¿Una buena placa en el cementerio? – trató de adivinar el concejal.
–Eso es más para la familia. Necesitamos algo más. ¿No le parece ponerle el nombre de Manya Luna a esta calle?
–¿Cuál calle? ¡¿La Iturraspe?! – preguntó el concejal desconcertado.
–Sí, o la Perú.
 
El concejal hizo una pausa y tomó un sorbo de caña antes de contestar. No estaba seguro si era una broma o si mi mamá hablaba en serio. En todo caso, eligió las palabras correctas para no ofender.
 
–Con todo respeto doña. Se puede pensar en algo, pero no van a sacar el nombre del fundador de la ciudad o tampoco el del tercer país que liberó San Martín, ni siquiera para poner el nombre de Carlos Gardel.
 
Mi mamá sintió que le habían sacado limpiamente la pelota de los pies. Entendió el argumento y pensó que había exagerado, pero como no le gustaba darse por vencida, esa noche lanzó otra ofensiva contra mi papá. Primero le contó lo desahuciada que había quedado con la respuesta del concejal y terminó tirándose con los tapones de punta.
 
–Livio, ayudame a escribir una carta.
–¿Para quién?
–Para el intendente.
–¡Te hacés o estás chiflada!, si querés te hago una para el presidente también – bromeó mi papá.
–¡¿Qué?! No puedo porque soy mujer, porque atiendo un bar, porque no soy un político. Vos también, ¡por favor!
 –Pará, pará. No te embales – dijo mi papá y por temor a una trifulca, reaccionó como ella hubiese querido –contame. ¿Qué querés ponerle?
–Decile que entiendo que no se puede nombrar una calle y bla bla y bla lo que vos ya sabés. Agregale que le dejo vía libre a la municipalidad para que elijan ellos el mejor homenaje. De repente se embalan, quien te dice.
–Dejámelo a mí – dijo mi papá y se puso a escribir de cabeza como si estuviera creando tangos y milongas para el libro de recetas de mi mamá.
 
Después de contar en siete frases largas la historia del Manya, remató la carta con dos párrafos que creyó que cerraban con moño: “Este homenaje podría ser la primera historia de un museo de la ciudad donde queden registrados los aportes y las vidas de los ciudadanos emblemáticos, no solo los importantes, sino también los más populares y queridos”.
 
“Sr. Intendente esto ayudará a la salud emocional de todos ya que la felicidad no solo se alcanza con trabajo y con obras públicas, sino también por incentivar a la gente a ser buenas personas como lo era este gran hombre. Que la bocacalle de Iturraspe y Perú se llame Manya Luna o plantar un jacarandá en su nombre en el Parque Cincuentenario puede ser un buen homenaje. Imagínese un árbol por cada buen ciudadano que muere, en pocos años San Francisco será la ciudad más verde y bella de todo el país”.
 
Entusiasmado le leyó la carta a mi mamá. Ella miró para arriba para saborear mejor cada palabra y se le encendieron los ojitos. Le pidió agregar un párrafo como “broche de oro”.
 
–Ponele algo así como “no podemos permitir que solo los políticos se puedan hacer estatuas a sí mismos. Ya tenemos demasiados ídolos con pie de barro”.
–Tota por favor. ¡¿Te crees de la oposición o qué?! Lo estás invitando a tirar la carta a la basura. Tenés que ser diplomática.
–Diplomática las pelotas, que arreglen las calles y además el agua sale con gusto a cloro. ¡No me digas que te achicaste!
–Para nada, pero no mezcles las cosas. Estás pidiendo un homenaje y lo estás espantando al pobre tipo. Lo pones a la defensiva al pedo. Mirá si te contesta “doña, y usted que lo quiere tanto porque no se deja de joder y cambia el nombre al bar, en vez de Bar Nueva Pompeya que se llame Bar Manya Luna”.
–Siempre el mismo hereje vos. Con lo que nos ayudó la Virgen. ¿Cómo se te ocurre?
–Yo no fui. Fue el intendente – contestó mi papá a puras carcajadas.
 
Mi mamá se sintió atrapada, sin salida. Le pidió a mi papá que no lleve la carta hasta nuevo aviso: “ya se me ocurrirá algo”. Pensó que debía hacer algo más por el Manya. Especuló que no era suficiente haber escrito una receta de cocina en su honor, “El feliz otoño de la vida”, y haber cerrado el bar dos días por duelo.
 
Dio vueltas y vueltas con el tema en la cabeza hasta que se dio cuenta que el próximo homenaje había estado por largo rato frente a sus narices. Acomodó la silla del Manya en un rincón entre la pared y el mostrador principal donde él se sentaba a degustar su copa de Viejo Viñedo. Y por lo bajo dijo la frase que esa mañana repitió como disco rayado a los treinta y siete clientes que entraron antes del mediodía: “no puede sentarse ahí, ese es el rincón del Manya”.
 
Tiempo después y con la ayuda de mis maestros en la escuela le escribí una poesía al Manya. Sentí que debía sumarme a todos los honores que se le rendían en la familia, desde los de mi mamá hasta los de mi papá y mi hermano con sus múltiples retratos con los que inmortalizó al Manya como si se tratara del prócer más querido de la historia.
 
No me resultó fácil escribir una poesía ya que mis notas en Lenguaje eran tan bajas como en Matemáticas. Los primeros versos me salieron desparejos, sin rima ni ritmo, y con más sílabas que un libro a las que mi maestro tachó sin piedad. Muchos coscorrones más adelante terminé de escribir una poesía métrica con versos octosílabos como el mejor aprendiz de Bécquer. Di vueltas varios días en busca del título, hasta que mi maestro, el hermano Antonio, tras una ardua indagatoria, logró sacarme el título con tirabuzón. Titulé con la frase que lo llamaba al Manya cada vez que quería que me pateara penales o me corra por el patio: “¡Che Manya”!
 
Te fuiste sin vacilar               
Al cielo fuiste a emigrar                 
Abandonaste el Pompeya             
Te extrañamos en el bar
 
Recordaré tus deseos
Extrañaré tus consejos
Detrás mío en el Pompeya
Alma en busca de sosiegos
 
Sombrerito arrabalero
Refugio en el limonero
Indómito en el Pompeya
Compadrito y aventurero
 
Te pretenderán honrar
Quieres tu propio lugar
Tu rincón en el Pompeya
Jamás podrán olvidar
 
Cuando terminé de leérsela a mi mamá, se puso a llorar como cuando mi papá le leyó los tangos y milongas de “Cuatro estaciones”. Aunque no le salió palabra alguna, interpreté un “gracias Nenuchín” por el fuerte abrazo con el casi me rompe las costillas.
 
Esa noche aliviada y habiéndole contado los detalles de todos los honores propios y ajenos a mi papá, sintió que iría por más, todavía quería meter un gol de media cancha para quedar satisfecha del todo.
 
–Livio, tengo el mejor homenaje para el Manya.
–¿Qué se te ocurrió ahora? A ver, contame – dijo mi papá con cierto resquemor y un suspiro prolongado.
–Tenemos que apurarnos.
–¿Apurarnos para qué?
–El Manya tiene un miedo bárbaro que nos tengamos que ir de esta esquina. Aquí tiene su lugar en este mundo, tiene su rincón.
–Explicate mejor – dijo mi papá desconcertado.
–Tenemos que comprar esta esquina, tenemos que apurarnos antes que la compre otro – dijo mi mamá decidida.
 
Mi papá sacudió la cabeza para los costados en señal de incredulidad y se echó a reír con ganas. Disfrutaba que ella, como siempre, lo envolviera con sus mañas con tal de salirse con la suya.

Uno de los primeros bocetos que hizo mi hermano
Gerardo del Manya Luna, antes de retratarlo de mil formas


EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...