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lunes, 2 de agosto de 2021

Los pies azules y el rincón del Manya

Un retrato de mi mamá en carbonilla realizado por mi hermano Gerardo

La vida en nuestros dormitorios era diferente según fuera de día o de noche.
 
Durante el día había mucha vitalidad. Mi hermano practicaba con sus pinceles, mi papá escuchaba relatos de países lejanos en la radio de onda corta y mi mamá aplicaba sus destrezas de medicina casera. Se apoyaba con un botiquín lleno de ventosas para succionar los espasmos de espalda, dientes de ajo para espantar los parásitos y un ramillete de yuyitos serranos que le ayudaban a tirar el cuerito para curar los empachos. Todo formaba una mezcolanza de olores agridulces que se acentuaba con el perfume de la cera de los pisos que religiosamente se enceraban cada quince días y con la fragancia a tomate fresco y papa cruda para aliviar las quemaduras de sol.
 
Sobre la biblioteca descansaban dos coloridas pelotas inflables de alguna playa que todavía no habíamos visitado y dos pilas de libros. Una era de mi hermano con libros de arte de Rembrandt y de Miguel Pablo Borgarello y otra contenía los de “lectura obligatoria” como mi mamá definía a “Mi Platero y yo” y “Narciso y Goldmundo”.
 
La noche era otro cantar. De por sí los dormitorios eran oscuros en contraste con el luminoso living comedor. Un par de claraboyas no atrapaban luz suficiente y los muebles de estilo provenzal y los pisos de madera color tierra mojada hacían que todo pareciera tan denso y tétrico como una selva enmarañada en medio de la noche.
 
Apenas mi hermano apagaba el velador me hacía una bolita debajo de las cobijas para que no me vieran los espíritus de todos los muertos de la familia y no me encontraran los fantasmas que vivían debajo de mi cama o caminaban como gatos por los techos.
 
Una de esas noches sin luna, un chillido desgarrador como de chancho antes de que lo degollaran en el matadero nos arrancó de la cama. Provenía de la puerta que conectaba con el dormitorio de mis padres.
 
–Tota despertate dijo mi papá abrazándola.
–No estoy dormida. Soltame.
–¡¿De nuevo soñaste con él?!
_No soñé. Me sacó las frazadas – dijo mi mamá, refregándose los pies azules por el frío y pidiéndole que le preste la bolsita de agua caliente.
–Por favor Tota, el pobre Manya hace meses que se murió.
–Me amenazó mil veces. Me repetía que volvería para asustarme: “cuando me muera le vuá a tirar las patas por abajo la frazada”. ¡Qué viejo jodido! – dijo mi mamá deslizándose las manos por los brazos para quitarse la piel de gallina.
–Bah bah, haceme el favor. Lo quisiste más que a tu papá. Mirá si va a querer asustarte.
–El Manya quiere que me acuerde él, te aseguro.
–Dejate de pavadas. Nadie vuelve del más allá.
–Livio, los espíritus existen. Acordate del Tito y del Juancín – dijo convencida, aludiendo a cuentos de familia de cuando los muertos les hablaban a los vivos.
 
Mi tío Tito contaba que la nona Antonia, su mamá, le había enviado una señal antes de morir. Cuando le anunciaron que ella estaba muy grave, viajó en tren de Tucumán a Clucellas para despedirla. Por la mañana, lo despertaron con unos golpes secos en la puerta de su camarote. Abrió y no vio a nadie. Miró la hora. Eran las 7:10 de la mañana. Cuando llegó a Clucellas le dijeron que la nona había pegado su último suspiro a las 7:10 clavadas. “Se acordó de mí, es la mejor herencia que me dejó”, repetía con orgullo.
 
Similar mensaje recibió mi primo Juancín en el bar de Eustolia. Su hermana Norma, de 17 años, decidió que la simple operación de amígdalas se la debía practicar el “médico más churro de María Juana”. El día de la operación, Juancín estaba atendiendo detrás del mostrador cuando de pronto sintió que desde atrás le pegaron una cachetada en la frente. Se dio vuelta para defenderse, pero solo encontró la estantería llena de botellas. Eran las 11:15 de la mañana, la hora exacta en que mi prima murió por un exceso de anestesia.
 
Aquellas historias a las que se le sumaron el grito de mi mamá y el temor a que el Manya me saque también a mí la frazada de los pies agrandaron mi repertorio de miedos. Sin embargo, lo que más aterraba eran los recuerdos de los velorios de la familia. Tenía pegado en la punta de la nariz el olor a velas mezclado con el perfume de jazmines y el de la soldadura con la que sellaban los cajones. Me impresionaba pensar en los pedestales plateados de los que colgaban las coronas igualitos a los del castillo de Drácula. También recordar el murmullo del rezo del Rosario me paraba los pelos de la nuca, sobre todo, porque me veía abriéndome paso entre mis tías para llegar a primera fila. Desde ahí, miraba fijo a los orificios de la nariz para ver si era verdad que el alma se escapaba del cuerpo unos segundos antes de que cerraran el ataúd.
 
Con el tiempo los miedos no desaparecieron como pensaba, pero logré controlarlos. Trataba de dormirme antes de que mi hermano apagara la luz o me destapaba a propósito para que mi mamá viniera a taparme en medio de la oscuridad. Las noches que mejor dormí fue cuando mi mamá ordenó dejar “todas las luces prendidas” tras no perderse ni un solo episodio de Narciso Ibáñez Menta en “El hombre que volvió de la muerte”.
 
El rincón del Manya
 
Aquella mañana del chillido y los pies azules, mi mamá se levantó resuelta a rendirle más honores al Manya.
 
–Se lo merece pobre viejo.
–Se lo merece o lo querés hacer para que no se te aparezca de nuevo a tirarte la frazada por las patas – soltó mi papá a las carcajadas.
–No seas desalmado – dijo mi mamá sonriente y sorprendida de que le deschavaran su doble objetivo.
 
Esa mañana creyó que el Manya le seguía enviando señales. El primer cliente que entró al bar fue un miembro del Concejo Deliberante de la ciudad. Miró para arriba y se sorprendió de pensar con los mismos términos futboleros que el Manya: “a este le voy a meter un gol de emboquillada”.
 
–¿Conoció al Manya Luna? – le preguntó al concejal mientras le servía una caña Legui.
–Por supuesto. De chico mi papá me llevaba a verlo todos los sábados. Metía unos golazos bárbaros.
–Usted que sabe mucho de la ciudad, ¿no cree que se le pueda rendir un homenaje?
–Buena idea. ¿Qué tipo de homenaje?
–No sé. ¿Usted qué cree? – le preguntó mi mamá con la intención de que el concejal empuje el homenaje como idea propia.
–¿Una buena placa en el cementerio? – trató de adivinar el concejal.
–Eso es más para la familia. Necesitamos algo más. ¿No le parece ponerle el nombre de Manya Luna a esta calle?
–¿Cuál calle? ¡¿La Iturraspe?! – preguntó el concejal desconcertado.
–Sí, o la Perú.
 
El concejal hizo una pausa y tomó un sorbo de caña antes de contestar. No estaba seguro si era una broma o si mi mamá hablaba en serio. En todo caso, eligió las palabras correctas para no ofender.
 
–Con todo respeto doña. Se puede pensar en algo, pero no van a sacar el nombre del fundador de la ciudad o tampoco el del tercer país que liberó San Martín, ni siquiera para poner el nombre de Carlos Gardel.
 
Mi mamá sintió que le habían sacado limpiamente la pelota de los pies. Entendió el argumento y pensó que había exagerado, pero como no le gustaba darse por vencida, esa noche lanzó otra ofensiva contra mi papá. Primero le contó lo desahuciada que había quedado con la respuesta del concejal y terminó tirándose con los tapones de punta.
 
–Livio, ayudame a escribir una carta.
–¿Para quién?
–Para el intendente.
–¡Te hacés o estás chiflada!, si querés te hago una para el presidente también – bromeó mi papá.
–¡¿Qué?! No puedo porque soy mujer, porque atiendo un bar, porque no soy un político. Vos también, ¡por favor!
 –Pará, pará. No te embales – dijo mi papá y por temor a una trifulca, reaccionó como ella hubiese querido –contame. ¿Qué querés ponerle?
–Decile que entiendo que no se puede nombrar una calle y bla bla y bla lo que vos ya sabés. Agregale que le dejo vía libre a la municipalidad para que elijan ellos el mejor homenaje. De repente se embalan, quien te dice.
–Dejámelo a mí – dijo mi papá y se puso a escribir de cabeza como si estuviera creando tangos y milongas para el libro de recetas de mi mamá.
 
Después de contar en siete frases largas la historia del Manya, remató la carta con dos párrafos que creyó que cerraban con moño: “Este homenaje podría ser la primera historia de un museo de la ciudad donde queden registrados los aportes y las vidas de los ciudadanos emblemáticos, no solo los importantes, sino también los más populares y queridos”.
 
“Sr. Intendente esto ayudará a la salud emocional de todos ya que la felicidad no solo se alcanza con trabajo y con obras públicas, sino también por incentivar a la gente a ser buenas personas como lo era este gran hombre. Que la bocacalle de Iturraspe y Perú se llame Manya Luna o plantar un jacarandá en su nombre en el Parque Cincuentenario puede ser un buen homenaje. Imagínese un árbol por cada buen ciudadano que muere, en pocos años San Francisco será la ciudad más verde y bella de todo el país”.
 
Entusiasmado le leyó la carta a mi mamá. Ella miró para arriba para saborear mejor cada palabra y se le encendieron los ojitos. Le pidió agregar un párrafo como “broche de oro”.
 
–Ponele algo así como “no podemos permitir que solo los políticos se puedan hacer estatuas a sí mismos. Ya tenemos demasiados ídolos con pie de barro”.
–Tota por favor. ¡¿Te crees de la oposición o qué?! Lo estás invitando a tirar la carta a la basura. Tenés que ser diplomática.
–Diplomática las pelotas, que arreglen las calles y además el agua sale con gusto a cloro. ¡No me digas que te achicaste!
–Para nada, pero no mezcles las cosas. Estás pidiendo un homenaje y lo estás espantando al pobre tipo. Lo pones a la defensiva al pedo. Mirá si te contesta “doña, y usted que lo quiere tanto porque no se deja de joder y cambia el nombre al bar, en vez de Bar Nueva Pompeya que se llame Bar Manya Luna”.
–Siempre el mismo hereje vos. Con lo que nos ayudó la Virgen. ¿Cómo se te ocurre?
–Yo no fui. Fue el intendente – contestó mi papá a puras carcajadas.
 
Mi mamá se sintió atrapada, sin salida. Le pidió a mi papá que no lleve la carta hasta nuevo aviso: “ya se me ocurrirá algo”. Pensó que debía hacer algo más por el Manya. Especuló que no era suficiente haber escrito una receta de cocina en su honor, “El feliz otoño de la vida”, y haber cerrado el bar dos días por duelo.
 
Dio vueltas y vueltas con el tema en la cabeza hasta que se dio cuenta que el próximo homenaje había estado por largo rato frente a sus narices. Acomodó la silla del Manya en un rincón entre la pared y el mostrador principal donde él se sentaba a degustar su copa de Viejo Viñedo. Y por lo bajo dijo la frase que esa mañana repitió como disco rayado a los treinta y siete clientes que entraron antes del mediodía: “no puede sentarse ahí, ese es el rincón del Manya”.
 
Tiempo después y con la ayuda de mis maestros en la escuela le escribí una poesía al Manya. Sentí que debía sumarme a todos los honores que se le rendían en la familia, desde los de mi mamá hasta los de mi papá y mi hermano con sus múltiples retratos con los que inmortalizó al Manya como si se tratara del prócer más querido de la historia.
 
No me resultó fácil escribir una poesía ya que mis notas en Lenguaje eran tan bajas como en Matemáticas. Los primeros versos me salieron desparejos, sin rima ni ritmo, y con más sílabas que un libro a las que mi maestro tachó sin piedad. Muchos coscorrones más adelante terminé de escribir una poesía métrica con versos octosílabos como el mejor aprendiz de Bécquer. Di vueltas varios días en busca del título, hasta que mi maestro, el hermano Antonio, tras una ardua indagatoria, logró sacarme el título con tirabuzón. Titulé con la frase que lo llamaba al Manya cada vez que quería que me pateara penales o me corra por el patio: “¡Che Manya”!
 
Te fuiste sin vacilar               
Al cielo fuiste a emigrar                 
Abandonaste el Pompeya             
Te extrañamos en el bar
 
Recordaré tus deseos
Extrañaré tus consejos
Detrás mío en el Pompeya
Alma en busca de sosiegos
 
Sombrerito arrabalero
Refugio en el limonero
Indómito en el Pompeya
Compadrito y aventurero
 
Te pretenderán honrar
Quieres tu propio lugar
Tu rincón en el Pompeya
Jamás podrán olvidar
 
Cuando terminé de leérsela a mi mamá, se puso a llorar como cuando mi papá le leyó los tangos y milongas de “Cuatro estaciones”. Aunque no le salió palabra alguna, interpreté un “gracias Nenuchín” por el fuerte abrazo con el casi me rompe las costillas.
 
Esa noche aliviada y habiéndole contado los detalles de todos los honores propios y ajenos a mi papá, sintió que iría por más, todavía quería meter un gol de media cancha para quedar satisfecha del todo.
 
–Livio, tengo el mejor homenaje para el Manya.
–¿Qué se te ocurrió ahora? A ver, contame – dijo mi papá con cierto resquemor y un suspiro prolongado.
–Tenemos que apurarnos.
–¿Apurarnos para qué?
–El Manya tiene un miedo bárbaro que nos tengamos que ir de esta esquina. Aquí tiene su lugar en este mundo, tiene su rincón.
–Explicate mejor – dijo mi papá desconcertado.
–Tenemos que comprar esta esquina, tenemos que apurarnos antes que la compre otro – dijo mi mamá decidida.
 
Mi papá sacudió la cabeza para los costados en señal de incredulidad y se echó a reír con ganas. Disfrutaba que ella, como siempre, lo envolviera con sus mañas con tal de salirse con la suya.

Uno de los primeros bocetos que hizo mi hermano
Gerardo del Manya Luna, antes de retratarlo de mil formas


jueves, 21 de enero de 2021

Los madrugadores


Estudio y dibujo de mi hermano Gerardo, sobre 
don Scarafía sentado ante el mesón de granito

El “Nueva Pompeya” era un bar para hombres, por eso mi mamá se esforzaba por imponer respeto y autoridad. El mostrador principal tenía ese objetivo. Lo hizo fabricar a medida en una carpintería del barrio. Era treinta centímetros más alto que las mesas y casi tres metros de largo, omnipresente como altar de parroquia. Estaba hecho de madera de pino pintado con barniz oscuro y, sobre el frente, destacaban unos ribetes blancos en altorrelieve que brillaban hasta con las luces apagadas. En la parte superior, la masilla de las uniones estaba reseca creándose una rendija por donde se entreveía una lata vacía de dulce de batata llena de chucherías, la que luego quedaría marcada a fuego en la historia del bar.

Guarnecida detrás de su bastión, a medida que los lugareños traspasaban el umbral de entrada, mi mamá los iba clasificando mentalmente entre los cuatro grupos principales de clientes para alistar rápido vasos y bebidas. Con mirada penetrante tipo rayos X detectaba humores, si fueran a pedir fiado o pagarían al contado y si alguien venía entonado desde otros bares. Según su radiografía, mi mamá retribuía los buenos días con sonrisa amplia en aprecio y gratitud o mostraba un gesto fingido y agrio con los dientes apretados.

Quedaba fuera de sí cuando reaparecía un deudor moroso tratando de pasar desapercibido entre la muchedumbre. ¡Pobre! A partir de ahí la víctima se sometía a su propia vía crucis. Mi mamá no lo saludaba, bajaba la vista con desprecio, aspiraba hondo, tomaba envión y cuando llegaba a la mesa, bramaba contra la víctima desinflándose de a puchito: “¡pague lo que me debe o esta tarde le enviaré la cuenta a su mujer!”.

El moroso quedaba atontado, boquiabierto y con la copa vacía. Mi mamá pegaba media vuelta e iba soltando por lo bajito una frase en tono suficientemente alto para que todos la escuchen de advertencia: “encima me toma de tonta... conozco mejor el paño que cualquiera... así que mejor que no venga más”.

Uno de los muchos retratos que
Gerardo hizo del Manya Luna.

El Manya Luna, su mandadero personal, la miraba de reojo esperando un guiño de complicidad en caso de que la escena haya sido puro teatro para intimidar. Si mi mamá no devolvía el guiño, el Manya intuía que esa tarde, factura en mano, tendría que visitar a la mujer del desdichado. La fórmula era exitosa, la mayoría de los clientes regresaba la misma tarde a pagar. Solo tres nombres quedaron tachados en la libreta roja o “borrados de la faz de la Tierra” según mi mamá.

 El bar abría a las 7:45 de la mañana en punto. Los primeros en entrar eran “los madrugadores”, mote que se ganaron por tempraneros como si hubiesen dormido en el umbral la noche anterior. Luego, en procesión religiosa, llegaban los chacareros y gauchos de la Feria Gilli, los changarines, algunos clientes ocasionales y, por último, los oficinistas de la mesa de mi papá que “cerraban la puerta” pasadas las 12:30 del mediodía.

Los madrugadores no se sentaban en las mesas como los demás. Preferían apiñarse ante el mostrador principal o ante el secundario, un mesón con tapa de granito. Eran de andar y hablar pausado, de arrugas profundas, manos algo atrofiadas por la artritis y ojos encajados entre párpados caídos y bolsas prominentes. Sus rostros cansados y con gravedad exponían achaques de cuando habían sido ferroviarios, barrenderos, torneros o peones de fundición.

Estudios de retrato que hacía Gerardo de los
personajes del bar, como don Sarmiento, el
viejo Durán y don Ricardo, en ese orden.

El primerísimo en caer era el “buena gente” don Carballo. Segundos después el simpático de la risa fácil, don Gabino, seguido por los viejos Ñáñez, Córdoba y el flaco Chávez tan malvado y desgarbado que ni su sombra lo seguía. Luego don Ricardo que llegaba con su inseparable Chita, una perrita siempre preñada a la que le apretaba las tetillas como pomo de carnaval. Después asomaba don Sarmiento, con olor a Polyana 555 hasta tres cuadras a la redonda, apodado el sapo, aunque se pareciera a una tortuga. Por último, don Scarafía, “don dulzón”, alias ganado por flirtear con mi mamá cada mañana con unos caramelos de nuez que ella guardaba para Gerardo y para mí.

La “adquisición” más nueva del grupo era el viejo Durán que por edad y flaquezas había sido “transferido” desde el “equipo de los changarines”, como bromeaba el Manya en términos futbolísticos. El más popular era don Carnero, el vendedor de esperanzas o levantador de quiniela a quien le daban la bienvenida en todos los grupos y a cualquier hora. Pero nadie superaba en fama al Manya. Era el personaje más retratado por Gerardo y el más querido de todos. Y aunque era más terco que una mula y con mil mañas, mi mamá lo adoraba y atendía como a un abuelo propio. Lo tenía entronizado en un pedestal de prócer y él, sabiéndose el héroe, explotaba sus privilegios hasta para quedarse a “cabecear” dentro del bar a la hora de la siesta.

 Los madrugadores no usaban sus primeros nombres, se les reconocía por sus apellidos y por el don preferencial en deferencia a la experiencia acumulada con el que los bautizaba mi mamá. Cuando se iban, ella los despedía con el mismo chiste de marca registrada: “mucho don, mucho don, pero a ver si algún día me traen un don Juan”.

Dependiendo de la estación y del clima, los madrugadores degustaban todo tipo de grapas, Nebuse, Cubana sello Rojo, fernets, ajenjos o el popular chirimisco, mezcla de moscato con Amargo Obrero; y los que luego partían hacia un juego de bochas en el campito preferían una Bidú Cola “para no perder de vista el bochín”. Elegían armar sus cigarrillos con tabaco Mariposa, suelto y negro, porque además de barato, raspaba con placer la garganta.

Con los demás grupos compartían temas comunes de charlas sobre fútbol, política y quiniela, y tenían un código implícito y sagrado: no podían hablar de sus familias. Tampoco podían proferir insultos, algo que censuraba a rajatabla mi mamá cuando lo advertía. Cada grupo también se distinguía por temas propios y porque se expresaban en tiempos verbales diferentes.

Los oficinistas hablaban en futuro: sobre sus planes para ir de vacaciones, los nuevos modelos de autos y las promesas cumplidas o incumplidas del presidente Arturo Illia. Los changarines se expresaban en presente: sobre los nuevos cargamentos en el Molino Tampieri, la leña que habría que entrar en las panaderías de la zona y sobre quien compraría el asado para el medio día. Los gauchos y chacareros dialogaban en pasado reciente: sobre los destrozos causados por la última tormenta y si la aftosa había diezmado el ganado. Y los madrugadores conversaban en pasado pluscuamperfecto: sobre recuerdos de infancia, noviazgos pretéritos y que antes, todo, absolutamente todo, había sido mejor.

Estudios que Gerardo hacía en forma
permanente de los personajes en el bar.
Apoyados al mostrador o con silla arrimada, los madrugadores pedían consejos sobre pociones y raciones o simplemente confesaban sus desdichas. Copa tras copa, esperaban que los consejos del Manya y mi mamá aplacaran desde dolores en las articulaciones o calmaran penas y frustraciones, especialmente los lunes por la mañana cuando todos se libraban del aburrimiento de los fines de semana o por la desazón de no haber tenido mejor pálpito para la polla.

 

¡Cómo me duele esta rodilla! Me tiene podrido –se quejó Gabino mirando a mi mamá, a la espera de una respuesta que lo alivie.

 No se olvide que la edad no miente, debería agradecerle a Santa Lucía la salud que tiene. Sería mejor roble si se quita veinte kilos de encima le respondió mi mamá, haciéndole una seña por lo bajo al Manya para que se incorpore a la conversación.

 El Manya se prendió.

 Don Gabino, agarre cáscaras de cuatro limones verdes, las corta en pedacitos chiquitos, los mezcla con dos cucharadas de aceite de girasol, lo mete todo en una bolsita de plástico y se la ata a la pierna. Y por tres días en el desayuno coma un poco de cebolla cruda machacada con un diente de ajo. ¡Y después me cuenta!

Las recetas del Manya nunca eran aromáticas, tampoco buenas para el buen aliento. Nadie sabía si se mandaba la parte, si era curandero, brujo o inventaba todo, como algunos sospechaban por la sonrisita socarrona y picaresca con la que terminaba cada explicación de sus recetas. Otros ponían en duda si se trataba de curación milagrosa o puro placebo, pero lo cierto es que cada dos por tres se ligaba unos vinos en gratitud por curar y aliviar desde gripe, reuma y migrañas, hasta estreñimiento, impotencia sexual y mal de ojo.

La receta a don Gabino fue inusual. Hasta mi mamá quedó sorprendida y desconfiada: “¿en una bolsita de plástico atada a la pierna”? a este que bicho lo picó”, pensó. Es que el Manya solía recetar solo dos tipos de remedios, uno viscoso y otro en polvito, ambos para tomar, a los que preparaba con los mismos ingredientes. Sus menjunjes llevaban hojas secas trituradas de laurel, orégano y perejil; polvo de vainilla y nuez moscada molida; ajo machacado y tostado al sol; una pizca de cacao Nesquik mezclado con unos chorritos a ojo de Coca Cola y vino tinto, y unas gotas de su infaltable líquido ámbar, “mi secreto mejor guardado”, que cargaba en una petaca que había sido de whisky. Si la pócima era en polvito, se olvidaba de la coca y el vino, pero igualmente le encajaba dos gotas de secreto.

El Manya y mi mamá se complementaban bien. Mientras él repartía pociones, ella daba consejos de cocina, recetas que “sanan el alma” como promocionaba don Gabino. Las fórmulas de ella tenían que ver con la medida, la combinación y el equilibrio entre los ingredientes, las especias y el tiempo de cocción. Ante el ruego de la clientela, para cada fiesta patria o religiosa, así fuera el 25 de Mayo o el 9 de Julio, Semana Santa o el Día de los Muertos, mi mamá regalaba unas recetas escritas a puño y letra en prolija caligrafía. Las recetas más veneradas eran el locro, las empanadas con pasas de uva y la pastafrola con dulce de membrillo para las fiestas patrias y la bagna cauda, bacalao a la cacerola, canelones de choclo y alfajorcitos de maicena para las fiestas religiosas. Lo más notable de sus recetas era una nota al pie de las indicaciones para cocinar: una ristra de números sueltos sin explicación, una especie de mensaje subliminal para que todos puedan probar suerte en la quiniela.

Un día de pocas pulgas, previo a un Jueves Santo, mi mamá paró en seco a don Carnero después que la reprochó: “doña Tota, no debería llamarle guacho al Nenucho, porque me imagino que sabe quién fue el padre, ¿verdad?”. ¡Para qué! Ofendidísima y colorada como tomate maduro, le contestó con un latigazo: “yo sé quién es el padre y sobre todo la madre que lo parió, gordo salchichón”. Mientras lo decía, se iba dando cuenta que se estaba sobrepasando con el apodo despectivo, pero no pudo frenarse y soltó hasta la última letra.

Se hizo un silencio sepulcral en el salón, no tanto por el insulto como por el hecho de haberle desenmascarado a don Carnero su gordura que, avergonzado, ocultaba bajo unas camisas anchas e impecablemente planchadas que usaba fuera del pantalón. Todos simularon reanudar sus conversaciones, pero pusieron la oreja de reojo para captar la reacción de la víctima.

Don Carnero no reaccionó, bajó la vista a sabiendas que la respuesta de mi mamá había sido un ajuste de cuentas que tarde o temprano llegaría. Se había enterado de que, en la intimidad de la mesa familiar y por los chismes que flotaban en el bar como el aroma a vino, mi mamá lo acusaba de ser el culpable de que mi papá haya dormido una noche en el calabozo.

Mi mamá quedó con una sensación encontrada de enojo, arrepentimiento y de disfrute al mismo tiempo. Recién se pudo zafar de ella el Domingo de Resurrección cuando fue a buscar perdones a la Cristo Rey. “No sé lo que me pasó. Nunca insulto a nadie y además él tiene razón, no puedo llamar guachos a mis hijos”, se confesó ante el cura. Rezar dos rosarios completos seguidos le parecieron un castigo excesivo, pero lo aceptó con entereza.

El castigo y el perdón no evitaron que mi mamá tomara represalia. Desde aquella Pascua, le quitó a don Carnero su don preferencial y lo empezó a llamar por su apellido a secas. Igualmente, le permitió seguir levantando quiniela, aunque Carnero ya no gozó del respeto de antes.

El Zorrino, ubicado de frente hacia la entrada con el catálogo “Los números soñados de la quiniela”, solía servirle de campana a Carnero, por lo que le retribuía el favor con una jugada gratuita cada día. El Zorrino le hacía una seña levantando las cejas tipo As de espadas como en el truco cada vez que entraba un desconocido sospechoso de ser policía de civil. Carnero, que también conocía a los “policías compinches”, tenía unas milésimas de segundos para decidir si se tragaba los papelitos o si seguía levantando quiniela como si nada.

Un viernes casi al mediodía cuando las apuestas estaban desorbitadas, el Zorrino le hizo una seña exagerada a Carnero como que algún policía había traspasado el umbral. Presintiéndose detrás de las rejas, Carnero se metió un puñado gigante de papelitos en la boca y sin masticar una sola vez pegó un trago de ojos cerrados que le arañó la garganta. Atragantado, con los ojos salientes y con arcadas intermitentes, se comenzó a doblar como contorsionista de circo. Galera, desternillándose a carcajada limpia, se apiadó de Carnero y trató de levantarlo por la espalda, aunque solo pudo darle unas fuertes palmadas porque sus brazos no alcanzaron para abrazarle toda la circunferencia. Unos vasos de agua más tarde, Carnero ya recompuesto, pero todavía echando humo, volteó hacia el Zorrino: “¡hijo de tu madre! Se te acabó la quiniela”.

La frase cayó como bálsamo para mitigar el susto de la asfixia y certificar que Carnero estaba bien. Pero en menos de un segundo, todos se desahogaron con unas carcajadas tan fuertes como rugido del Vesubio en erupción que retumbaron en toda la cuadra.

Próximo capítulo: Una noche en el calabozo

 

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...