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miércoles, 8 de septiembre de 2021

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada
a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para que traten de
 descifrar una enfermedad desconocida que la afectaba.

Treinta años después.
 
El 26 de octubre de 1994 recibí una carta de mi mamá. Sería la última. Luego ya no tendría fuerzas para sostener una lapicera.
 
“Lo que tengo no es alentador...”, denunció.
 
Continuó con un párrafo cargado de fe y abrazada a la esperanza de curarse de una enfermedad que desconocía: “creo en Dios, en la vida, y así encuentro las fuerzas para aceptar lo que me toque vivir. Estoy resignada, para cada cosa hay un tiempo y ese tiempo lo dispone Dios. Mi fe será mi salvación”.
 
En su convicción religiosa, sin embargo, se permitió dudar sobre si en un futuro incierto mantendría esa fortaleza: “necesito... serenidad y eso en mí hasta hoy es positivo, mañana no sé”.
 
También detecté entrelíneas una protesta contra la ironía de la vida. Sus fuerzas estaban flaqueando cuando se disponía a gozar de la cosecha de su siembra como le había sucedido a su mamá, la nona Antonia. “(debo) aminorar la marcha en todo... comprender que la vida tiene circunstancias buenas y malas... me toca vivir una crisis”.
 
En párrafos posteriores me pedía que visite a un especialista para que descifre su mal. Las piernas no le respondían, sus médicos no sabían qué padecía y los remedios no la aliviaban.
 
Munido de una copia de su historia clínica, radiografías, nombres de medicamentos y vitaminas visité al mejor neurólogo del Hospital Palmetto de Miami.
 
–Buen día, – saludé, mostrándole el historial –los médicos le dijeron que en este país tal vez sepan qué enfermedad tiene; allá se le quemaron los libros; y como aquí la medicina está más avanz...
 
El neurólogo no me dejó terminar. Frunció el ceño con incredulidad. Leyó la primera página y ojeó las demás a la ligera como si no necesitara leer más. Segundos después, tan largos como un invierno, me dio el veredicto.
 
–¿Quién le dijo que los médicos no saben?, ¡claro que saben!, mire aquí. Dice ELA. Su madre tiene Lou Gehrig. Le quedan dos años de vida.
 
Sentí un retorcijón en el pecho como si alguien me agarrara el corazón y lo retorciera como trapo de piso. Quise agarrar al médico y partirle la cara. No tenía derecho a darme la sentencia como si fuera una simple dirección para encontrar una calle. Salí del hospital atolondrado. No pude ir a trabajar. Preferí volver a casa y cobijarme en mi esposa. Llamé desconsolado a mi hermano. Todavía aturdido, busqué coraje para enfrentar a mi papá. Tenía que decirle que el diagnóstico siempre lo había tenido frente a sus ojos, escrito como una escueta receta de cocina.
 
Llamé a mi papá. Acusé a los médicos de todos los males sobre la Tierra: malvados, farsantes, fenicios. Mi papá no se tragó los rodeos y fue directo al grano.
 
–¿Qué te dijeron?
–Papi, sus médicos saben lo que tiene. No entiende por qué no te dijeron. Aquí son directos, no van con vueltas.
–¡¿Qué tiene?! Solo tiene las piernas dormidas.
–Es una enfermedad degenerativa del sistema nervioso. No tiene cura.
–¿Pero no le pueden dar remedios, un tratamiento?
–No me entendés. No tiene cura. Se llama ELA, hablá con los médicos. Lo escribieron, está en el tercer párrafo. Preguntales por qué no te dijeron.
–¡Qué se yo!, tal vez porque no es grave.
–Papi, es grave, creeme, a mami le quedan dos años de vida – le dije y dejé caer las palabras hacia el final para que no las escuchara.
 
El silencio del otro lado de la línea me perforó los tímpanos.
 
–¿Papi, me escuchaste?, ¿hola? Hablá con los médicos. ¿Qué vas a hacer?
–Yo se lo diré a mami – dijo con entereza. Hizo una pausa para agregar algo, pero no pudo.
 
No sé cómo, dónde o cuándo se lo anunciaría a mi mamá. No pregunté ni quise saber. Imaginé mil escenarios. Cómo contarle a quien creía que sus virtudes y razonamientos le alcanzarían para superar un simple entumecimiento de piernas. “Sabemos -decía ella en su carta- que en la vida hay siempre dificultades y esfuerzos que superar, habrá que usar las armas necesarias o bien templarse para ir recuperando energías...”.
 
En aquellos meses busqué desesperado información sobre la enfermedad. Hospitales, universidades y laboratorios seguían investigando sin éxito la cura para la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) o “enfermedad de Lou Gehrig” en honor al famoso beisbolista que la sufrió. Los ensayos clínicos eran escasos e inciertos y reservados solo para estadounidenses.
 
Mi mamá murió cinco años después, en 1999, a los 70 años. El ELA le había consumido cada signo vital de su cuerpo, aunque no su claridad mental que mantuvo hasta el último aliento. Eligió irse un 10 de abril, el mismo día que su mamá lo había hecho treinta y un años antes. Hasta el final, con un movimiento de ojos le ordenaba a mi papá que llamara a Miami o Madrid para saludar a sus nietos en los cumpleaños. Todo en su vida era importante, incluso los pequeños detalles.
 
Falleció bajo los cuidados intensos de mi papá. En su carta, ya con las fuerzas flacas, enaltecía aquellos cuidados y al amor de su vida: “papi me ayuda mucho, hace de enfermero, cocinero, cadete. Muy rico por dentro, esto me tonifica”. Mi papá decidió acompañarla años después, el 14 de octubre de 2012, cerrando otro ciclo generacional que se había iniciado muchos siglos antes con los Trotti y los Trossero en los alrededores de Castellazzo Bormida y de Pinerolo en el Piamonte italiano.
 
Por muchos años deambulé retobado contra la ironía de la vida. No podía entender cómo una persona tan enérgica y de fe irreductible podía apagarse perdiendo la vida a cuentagotas por cinco años. Dudé muchas veces si en el martirio de sus últimos días, postrada, inerte y casi sin aliento, habría perdido la fe atrapada en aquel “mañana no sé” o si mantuvo su credo: “mi fe será mi salvación”.
 
Años después, más tranquilo, volví a enfrentarme al ELA cuando murió el reconocido científico Stephen Hawking en marzo de 2018. Para entonces la enfermedad seguía sin cura, pero era más conocida debido a que las estrellas de Hollywood se arrojaban baldes de agua helada sobre la cabeza para despertar conciencia.
 
Confieso que con Hawking siempre me sentí más compasivo con sus sufrimientos que deslumbrado por sus descubrimientos científicos. Nunca estuve muy atento a sus predicciones celestiales sobre si la Humanidad se extinguirá en 600 años, si Dios fue quien apretó el botón del Big Bang o si lograse conciliar la relatividad de Einstein con la energía cuántica de los agujeros negros.
 
A pesar de que vivieron en universos tan distantes como distintos, comprobé que Hawking y mi mamá estaban hermanados por sus penurias y también por sus ansias de encontrarle sentido a la existencia. Él, desde la complejidad científica y, ella, desde la simpleza terrenal de la fe creían que debe existir vida o una razón detrás de las estrellas.
 
En esa búsqueda por caminos muy diferentes, llegaron a la misma conclusión: los misterios del Universo son apreciables y comprensibles desde el mundo que cada día construimos.
 
Hawking resolvió ese enigma tras décadas de observación. Reveló su descubrimiento a través de una frase concluyente cargada de rigurosidad científica: “el Universo no sería gran cosa si no fuera hogar de la gente a la que amas”.
 
Mi mamá llegó a la misma conclusión sin necesidad de grandes telescopios para bucear entre las galaxias. Aprendió esa máxima en la experiencia de su pequeño y humilde universo, el Bar Nueva Pompeya. Siempre lo consideró el hogar de la gente que amaba y el que “me regaló propósito y felicidad para vivir”.  
 
La revelación de Hawking me ayudó a darle mayor dimensión al descubrimiento de mi mamá. También me sirvió para sentir y descubrir que, con el tiempo, la pérdida física de las personas y cosas que se aman se transforman en energía y presencia espiritual perpetua.
 
Así pude y puedo sentir que mi mamá y su bar siguen viviendo. Resplandecen en un campo de estrellas idéntico al mar de flores de alfalfa en el que ella chapoteaba de chica en Clucellas.
 
En esa nueva constelación vive, sin tiempo ni espacio, aferrada a todos sus amores, a los personajes del bar, sus antepasados, sus parientes, su esposo, sus hijos, sus nueras, sus nietos y sus descendientes del futuro.
 
El bar de mi mamá late y titila allá arriba en el profundo infinito y, también, en el vasto universo de mi memoria.

Otros párrafos de su carta en la que entendía que lo "que tengo no es alentador"
y donde destacaba su fe y sus temores, así como los cuidados intensos de mi papá.


lunes, 23 de agosto de 2021

Ahorros en latas de leche Nido y créditos hormiga

 
Retrato que me hizo mi hermano Gerardo; papel que mi papá encontró a mano
para planificar la financiera con el tío Tito  

–¡¿De qué estás hablando Tota?!
–¡¿No me entendiste, Livio?!, agarrate fuerte, te tengo la sorpresa de tu vida.
 
Él la miró desconcertado. Ella fue a la cocina. Sacó tres latas de leche en polvo Nido escondidas en un rincón de la alacena inferior. Las tiró sobre la mesa del comedor. Rebotaron en cámara lenta con ruido liviano.
 
–Tomá. Acá tenés.
–¿Para qué tanta leche? – preguntó confundido mi papá.
–Abrilas. No es leche.
 
Mi papá hizo palanca con el cuchillo en la ranura de una de las tapas. Reculó como si hubiera visto una cobra bailando fuera de la canasta. Miró sin creer lo que veía. Las tres latas estaban atiborradas de billetes abollados.
 
–¡¿Sorprendido?! – preguntó mi mamá con suficiencia –¿todavía crees que estamos fundidos?
–¿De dónde miércoles sacaste esto? ¡¿Ganaste la quiniela?! – ametralló mi papá.
–Desde la Comunión de Gerardo que vengo guardando todos los días billetito tras billetito. ¡Son tuyos!
–¿Por qué no me dijiste antes?
–Porque es un ahorro. Si te decía, seguro que lo hubiéramos gastado en cualquier cosa.
_Hubiésemos podido ir de vacaciones. Hace tres años que ni siquiera vamos a Mar Chiquita.
–Justamente por eso. No quise ser despilfarradora como la cigarra. Me prometí que sería como una hormiguita.
–¿Y eso?
–Lo aprendí de tanto que les leí a los chicos la fábula de Jean de la Fontaine. Tenía ganas de que llegara este día para ver los frutos de hormiga.
 
Mi papá quedó encandilado mirando dentro de las latas. “Cuánto hay... ¿ya contaste?”, preguntó. Sin esperar respuesta volcó los billetes sobre la mesa. “Contemos”, ordenó.
 
Veintisiete minutos después, mis papás, mi hermano y yo logramos alisar y apilar los setecientos veintinueve billetes en tres fajos de distinta denominación. Mi papá sumó la plata y la agregó mentalmente a los ahorros en Banco Nación. “Todavía nos falta un poco para llegar a la esquina. No importa, me darán un préstamo de taquito”.
 
Semanas después, mi papá estaba en la oficina y recibió una llamada del Banco Nación. Reconoció la voz. Creyó que le anunciarían que el préstamo estaba autorizado. Cambió el semblante cuando escuchó la misma mala noticia que le dieron el día anterior desde el Banco Provincia de Córdoba. Los bancos habían suspendido las líneas de crédito hasta nuevo aviso debido a los vaivenes erráticos de la política.
 
No podía creer que sucediera lo de siempre, que le faltara tan poco y que la esquina se alejara tanto. Pensó que la mala noticia mataría a mi mamá. Debía encontrar otra fórmula para comprar la esquina.
 
–Livio que te pasa. Te noto preocupado.
–Nada, cosas del trabajo.
–Dale, contame.
–No seas cargosa. Nada.
–Te conozco. Contame.
 
Cuando mi mamá dio media vuelta dispuesta a derretir un poco de azúcar, mi papá la sorprendió.
 
–Voy a abrir un banco.
–Sí yo abriré un bar en la Luna – respondió ella filosa y sarcástica.
_Te lo digo en serio.
–¿De qué estás hablando? Eso no se hace así porque sí.
–Bueno no será un banco con cuatro paredes, sino el concepto.
–¡¿Qué concepto?!
–Voy a prestar a los necesitados.
–Disfrazalo como quieras, vas a ir en cana. No quiero un usurero al lado mío. ¡Con todo lo que criticaste a los usureros, válgame, Dios!, ya te tragaste una noche en el calabozo.
–Aclaremos. La quiniela no fue culpa mía, no sé si nos entendemos – dijo mi papá con ironía, –lo hago para ayudar a otros.
–Sí claro. Yo también ayudo a los borrachos vendiéndoles vino.
–Los bancos no dan bola Tota, solo te dan plata si tenés plata. Y para que mierda querés plata si tenés plata. Son unos sinvergüenzas.
–No juegues a ser Robin Hood. Esperá que todo mejore y van a empezar a dar créditos de nuevo. Falta poquito.
–No tenemos tiempo Tota. Le voy a hablar a tu hermano.
–¿A Octavio?
–No, al Tito. Siempre anda buscando en qué invertir. De paso le hacemos un favor para que no pierda tanto en el casino.
 
Mi papá jugó esa ficha a sabiendas que el tío Tito era la debilidad de mi mamá. Ella también cedió para no desmotivarlo. Hacía rato que mi papá daba vueltas en busca de un emprendimiento que fuera más exitoso que la polla de fútbol, la fábrica de soda y el criadero de canarios.
 
–¿Se lo adelantaste? – le preguntó mi mamá al recordarle que el tío Tito llegaría a San Francisco a buscar un lote para instalar el Ringling Brothers.
–Todavía debo ver unas cositas. Quiero contarle todo con precisión de relojero, así agarra de una.
 
Mi papá sabía que mi tío no comía gato por liebre. Su idea era demostrarle que la financiera era un negocio que respondía a la necesidad de la gente y que tendría un ángulo humano. Proyectó una encuesta. Escribió a mano varias preguntas que copió con papel carbónico y las repartió entre los clientes del bar y en su oficina.
 
1) ¿Algún banco rechazó darle un préstamo?
2) ¿Está dispuesto a pagar un interés más alto con tal de conseguir dinero de inmediato y sin trámites?
3) ¿Se compromete a pagar a término y firmar pagarés?
Y en la cuarta sección de la encuesta, preguntó: A qué actividad destinará el dinero:
a)    Reparaciones en la casa.
b)   Pago de deudas.
c)     Compra de muebles o electrodomésticos.
d)   Adquisición de un vehículo.
 
El resultado fue mejor del esperado. Recibió treinta y siete respuestas de cuarenta. El cien por ciento contestó positivo a las tres primeras preguntas. En la cuarta, los encuestados agregaron a puño y letra datos curiosos: “para irme de vacaciones”, “pagar una escuela privada” y “comprarme la Gilera de mis sueños”.
 
–Tito, estos resultados hablan por sí solos. Hay mucha gente desesperada por un poco de plata. Los bancos no dan bola. Tenemos una gran oportunidad.
–Parece que sí. Pero, ojo, también hay que pensar en los riesgos.
–No te hagas problemas Tito, la gente pagará. Prestaremos solo a conocidos y de confianza. Serán créditos de poca monta, créditos hormiga.
–Siempre fuiste muy optimista, Livio. No será fácil.
–Tranquilo. Todo va a ir bien.
 
Los dos comenzaron a hacer cálculos, soñar con un futuro próspero y hasta lanzaron nombres para el emprendimiento. “Banco de la Virgen de Nueva Pompeya”, sugirió mi tío en honor a la capilla en Plaza Clucellas a la que iba de chico con mi mamá. Mi mamá, que cebaba mates a la distancia, asintió con emoción.
 
“Dejame demostrarte con estos números”, dijo mi papá. Estaba tan acelerado que escribió sobre el primer papel que encontró a mano, un retrato que me había dibujado mi hermano y en el que quedé crucificado para la posteridad como el autor intelectual del negocio. Mi papá escribió un 2.000.000 en el lado superior izquierdo de mi perfil.
 
–Se te fue el avión, Livio. Bajalo a uno. Acordate que no tocaremos lo que vamos a generar. A fin de año veremos si ponemos más capital.
 
Mi papá tachó el 2.000.000 y escribió 1.000.000, cantidad que subrayó dos veces para sellar el acuerdo.
 
–Livio, yo pongo el sesenta por ciento del capital inicial y vos el resto.
–Dejá de joder, Tito. El trato siempre fue que vamos mita y mita.
–Tendrás que administrar todo vos solo. Es justo que yo ponga más.
 
Mi papá prosiguió con la lapicera más rápida que una bala. Prestarían un monto hormiga de ciento veinticinco mil por mes al doce punto cinco de interés. Especuló que la ganancia mensual sería de quince mil seiscientos pesos y se le abrillantaron los ojos. El capital acumulado más los intereses le ayudarían a generar diecisiete mil seiscientos por mes en el segundo año y diecinueve mil ochocientos por mes el tercer año. Dejó de calcular después del séptimo año, no porque pensara que cerraría la financiera, sino porque “se me acabó el espacio en el papel”, dijo y se echó a reír. Se rio un poco por la ocurrencia y otro celebrando de antemano lo rico que sería.
 
–Eso es en el mejor escenario, Livio. Acordate que tenemos que estar preparados para los riesgos.
–Descuidate, tengo todo bajo control, hasta un abogado listo para ejecutar al que no pague y que no se corte la cadena. El negocio es redondo, Tito.
–Acordate que los bancos prestan la plata de la gente. Nosotros prestaremos la nuestra. Además, sabemos que esto no es muy santo que digamos y hay que prestar mucha atención.
–Ya sé Tito, me lo dijiste un montón de veces. Y yo te repito lo mismo: tranquilo todo va a salir bien.
 
Mi papá había alistado el primer millón para repartirlo en créditos hormiga. Irradiaba más optimismo que una sala de terapia intensiva vacía.
 
Al mediodía del primer día hábil del “Banco de la Virgen de Nueva Pompeya”, un señor en la otra orilla del bar le chistó para que se le acerque. Le susurró e imploró que le preste dinero para atender la salud de su esposa. “Es cosa de vida o muerte don Livio”, le dijo con cejas de urgencia y esperando compasión.
 
Mi papá desconfió. No lo reconocía y darle dinero era contrario a la política que le había prometido a mi tío: “prestaremos solo a gente conocida y de confianza”. Pero el entusiasmo por tener el primer cliente pudo más que él. Le dijo que regresara por la tardecita. Debía preparar los pagarés para la firma.
 
–¿Tenés problemas? – le preguntaron al unísono sus amigos el flaco Bosio y el Elso Godino con curiosidad cuando volvió a su mesa.
–Para nada. ¿Por qué?
–Reconocí al tipo. Su foto salió en el diario cuando se descubrió un fraude millonario en el hospital – dijo el flaco Bosio.
–¿Creen que soy tonto? ¡Nadie me va a joder! Todo el mundo me firmará pagarés, sino se los paso al abogado y listo el pollo – justificó mi papá.
–¡No salame! – le dijo el Elso Godino –no entendiste. No te va a joder con la guita, te va a joder porque te va a mandar en cana. ¡Ese tipo es uno de los jefes de la policía!
 
Mi papá quedó blanco como un papel, mareado y con la vista perdida. Imágenes de su noche en el calabozo y de mi mamá advirtiéndole que terminaría como usurero en la cárcel le rebotaron dentro del cráneo.
 
En aquella siesta no pegó un ojo. Trató de recordar a cada encuestado, pero no sospechó de nadie como delator. “Estoy frito”, pensó. No quiso decirle nada a mi mamá y menos a mi tío. Primero quería resolver el intríngulis.
 
El tipo regresó a las siete de la tarde en punto. Mi papá sacó una excusa de la galera que ni él mismo había imaginado hasta ese momento. Los nervios le jugaron una mala pasada. Las frases le salieron rápidas, pero desconectadas como tiros de una ametralladora atascada.
 
–Lamento su esposa. Mi patrón es muy generoso. Siempre ayuda a todo el mundo. Esta vez no puede. Me dijo que le diga. Vuelva el mes que viene. Que vaya directamente. A verlo a él. Esta es su dirección.
–Tranquilo don Livio. Tranquilo, no necesito esa dirección – le dijo el tipo e hizo una pausa poniéndole una mano sobre el hombro –no se haga problema, iré al banco. Es el único lugar donde debe ir la gente a pedir dinero. De lo contrario terminaré preso.
 
Mi papá entendió el mensaje. Quedó embalsamado en el medio del salón como si estuviera frente a un paredón de fusilamiento. Sintió que no controlaba el temblequeo de los dedos de las manos que le vibraban como colibrí chupando una flor. Pensó que todos los sueños de volverse rico como banquero se le estaban esfumando por la puerta detrás del policía. “¡Qué ingenuo!, ¡qué boludo que soy!”, se azotó a sí mismo.
 
Fue a la oficina a llamar por teléfono a mi tío para cerrar el banco antes de abrirlo y, de nuevo, las frases le salieron como ametralladora atascada: “Tito. Hasta aquí llegamos. Esto no es para mí. Estoy cagado. Dejémonos de joder. Mejor dediquémonos a otra cosa”.
 
Esa noche mi mamá estaba lista para derretir azúcar.
 
–No te preocupes mi amor. Por algo la Virgen hace las cosas que hace. Mejor que pase esto ahora a tener que lamentar en el futuro. El tipo es un mensajero.
–Pero qué mensajero, era el mismísimo carcelero – dijo mi papá y se rio de sí mismo.
 
Se puso serio enseguida y soltó una ráfaga apocalíptica.
 
–¿Sabés qué?, ya me cansé de lucharla. Estoy cansado Tota. Hasta aquí llegué. Tiro la toalla.
 
Mientras mi papá terminaba la cena con frases de fin del mundo y un flan bañado en azúcar quemada, mi hermano salió decidido del comedor.
 
Tomó los peones del juego de ajedrez sobre la biblioteca de nuestro dormitorio y los despanzurró en busca de las ocho monedas de oro que nos había regalado el tío Tito. Las puso en la bolsita de terciopelo original donde todavía guardaba el papel escrito con la fórmula mágica que nunca usamos. “El escondite más visible es el menos sospechoso”, se le ocurrió un día, prefiriendo esconder los peones a la vista de todos sin necesidad de ocultarlos en el patio o por el barrio.
 
Reapareció en el comedor y a una distancia de dos metros lanzó la bolsita al aire como tirando una ficha al juego del sapo. La bolsita cayó pesada sobre la mesa, con menos ruido que las latas de leche Nido de mi mamá, aunque con el mismo efecto reparador.
 
–Qué hacés Gerardo, hijito de Dios – advirtió mi mamá –casi me das en la cabeza. ¿Qué es esto?
–El tío Tito nos regaló esto hace años con la condición de dárselas ustedes en caso de que no puedan comprar la esquina – dijo mi hermano.
 
Mis papás lo miraron asombrados como si se tratara de la mismísima Virgen del Nueva Pompeya. No sabían si era una broma, una fantasía o un sueño.
 
Mi papá le ganó en rapidez a mi mamá. Abrió la bolsita y tiró el contenido sobre la mesa. Las monedas salieron corriendo por todos lados y brillaron con el mismo destello que sus anillos de casamiento.
 
Mi mamá se largó a llorar y exclamó: “el Tito no tiene nombre”. De golpe se vio a sí misma repasando sus objetivos y plegarias para comprar la esquina en sus libretitas verde y amarilla.
 
Mi papá se aguantó las lágrimas. Intentó hablar tres veces, pero el nudo en la garganta se lo impidió. Pensó que debía continuar la milonga que le había quedado trunca. Se acordó que convirtió el tango traumático, “Esquina esquiva”, en una milonga alegre y amorosa, “Pebeta hermosa, esquina mía”, comparando a la esquina con mi mamá. Sintió urgencia de terminarla.
 
–Ahora nos alcanza y nos sobra – dijo mi papá con la voz todavía quebrada –mañana mismo iré bien temprano del viejo Pons para comprarle la esquina.
–Te acompañamos, vamos juntos – respondió decidida mi mamá con los ojos todavía empapados.
 
Mi hermano y yo nos quedamos parados en silencio contemplando la escena. Estábamos contagiados de lágrimas. Nos sentimos como sentados en las butacas del cine Mayo viendo un final feliz. El muchachito que todos daban por muerto abría lentamente los ojos y, de nuevo, se llenaba de vida y esperanza.
 

 

jueves, 4 de marzo de 2021

Entre monstruos, el Piojo y la Pancha

Jamás pisaba la tapa del sótano del bar. Tomaba envión y el salto debía ser largo y bien calculado para llegar al patio. Al mínimo ruidito podía despertar a Barba Azul, a las brujas, a los lobos y monstruos de un solo ojo que convivían en las profundidades.

Ilustración de Barba Azul en las Fabulandia.
Con seña de enfermera burlona llamando a silencio, Galera me advertía que sea cuidadoso en el salto. “Cuidado Nenucho que los vas a despertar”. Se hacía pasar por un cliente regular, pero nunca dudé que disimulaba. Sabía que vivía ahí debajo y se codeaba con sus amigos, los secuestradores que retenían a Rapunzel, Aladino y Ali Baba.

Mientras mi mamá se distraía en su mesa hablando con las visitas, yo relojeaba la argolla de entrada al sótano por cualquier vibración que indicara movimiento. Aunque me tranquilizaba saber que los monstruos solo salían por las noches, estaba atento con mi oreja de estetoscopio para descifrar lo que cuchicheaban el día entero.

Mi mamá me leía las Fabulandia con la intención de “que abras la cabeza, hables bien y escribas mejor”. Yo prefería que me leyera porque las ilustraciones no describían lo más sabroso del cuento. Los dibujos mostraban a una reina hablando con un espejito, pero, en realidad, se trataba de una bruja asesina que intentaba matar a Blancanieves de mil y una formas, hasta que al final lo logró con una manzana envenenada.

–¡Nenucho! llegó esta de Barba Azul. ¡Dicen que es buenísima! –exclamó mi mamá mientras se acomodaba en su mesa lista para la lectura.
–Dale mami, dale contame.

Después de ojear y revisar las páginas en silencio, como siempre lo hacía previo a las nuevas lecturas, mi mamá reaccionó:
–¡Qué desastre!
–¿Por qué?
–Están locos si creen que escriben para chicos. ¡Por favor!
Cuando escuché “por favor”, temí lo de siempre, que quedara masticando y tragándose lo que pensaba. Insistí que me explicara.
–¿Pero por qué?
–Siempre nos pintan como brujas o detrás de algún príncipe carilindo. Este –dijo con el dedo posado sobre Barba Azul– es un maldito asesino que acuchilló a todas sus esposas y, encima, el tardado se deleita viendo como corre la sangre de las pobrecitas.
–Mami, no importa.
–Ni loca. Esto no es para vos. Aquí no se aprende nada ni hay moraleja que valga.

Yo insistía por los cuentos más siniestros, aunque tenía que estar atento porque varias veces pesqué a mi mamá azucarar y cambiar los finales. A Pulgarcito lo salvó de las fauces del ogro y la abuelita de Caperucita terminó jugando al ajedrez con el lobo. Además, por desgracia, le encantaba leerme las fábulas más aburridas, como las de la hormiga con la cigarra o la liebre con la tortuga “para que aprendas algo positivo”.

Un día mi mamá le pidió ayuda al Zorrino y a Galera para que sacaran del sótano unas botellas y damajuanas de vino tinto. El anuncio me paralizó. Me aferré como garrapata a su pollera y, mientras abrían la tapa, un hormigueo eléctrico me recorrió las pantorrillas de arriba abajo. Apreté fuerte los ojos hasta que vi estrellitas.

–Miralo al Nenucho, está como la Yiya con la cola entre las patas –me deschavó Galera.
–¡No sea ridículo! –le espetó mi mamá– levante y cállese por favor.
Sabedor de mis miedos, el Zorrino me meneó la cabeza hacia el fondo.
–Abrí los ojos. Estás conmigo. No tengas miedo.

Vi la escalera empinada perdiéndose en las profundidades y olí un vaho húmedo que me perforó la nariz. Poco a poco, el lugar se fue inundando de luz y me puse a escudriñar para encontrar la lámpara de Aladino y los tesoros de los 40 ladrones. También busqué la puerta del escondite de Barba Azul de la que a borbotones brotaba la sangre fresca de sus esposas degolladas. No descubrí nada; puro silencio y humedad. Ahí mismo supe que Galera había escondido todo detrás de las paredes corredizas del fondo.

–¿Ves?, aquí no hay nada –me trató de aliviar el Zorrino.
–¿Quién se anima a bajar? –preguntó mi mamá.
–Es demasiado empinada para mí –dijo Galera señalando a la escalera y tomándose la panza con las dos manos.
La forma y el tono en que preguntó mi mamá y el recule de Galera, acentuaron mis miedos.

El Zorrino aspiró una bocanada como para tirarse al agua y bajó. Minutos después que se estiraron como chicle, emergió transpirado y gateando por las escaleras.

–No me alcanzaron las manos para traerte tu premio Nenucho –me dijo con dos botellas de vino en cada mano.
–¿Qué premio? –pregunté entusiasmado.
–Un soldadito de plomo con una sola pierna –respondió–. Es que apenas me vio, salió corriendo entre las damajuanas.

Esta vez el hormigueo eléctrico fue más intenso. Me subió por las pantorrillas y no paró hasta la nuca y, de ahí, me golpeó fuerte detrás de las orejas con un zumbido de abeja asesina. Abracé la pollera y las piernas de mi mamá con fuerza. Levanté la vista y vi a la distancia a Galera lanzarme sus manos y retorciéndome el cuello. Lo miré fijo y en un instante sentí que le crecía una barba azulada.

El Piojo y la Pancha

Mi problema no era solo el sótano. Tampoco pasaba de noche por el patio, sabía que era el lugar favorito de las brujas y los lobos come chicos cuando salían de las profundidades. Se escondían detrás del limonero o se confundían entre las sombras de la parra en noches de luna brillosa. Cuando mis padres decidían cenar sobre la mesa de granito en el patio para comernos todo el fresco de la noche, mis pantorrillas mantenían un cosquilleo intermitente ante cada sombra que bailoteaba por ahí. También me ponía en guardia cuando veía que mi hermano paraba sus radares y clavaba la vista en algún rincón oscuro del patio.

A los únicos monstruos que no les tenía miedo era a King Kong y al águila de pico con gancho de pirata. Los imaginaba enormes como el limonero, pero en realidad eran como un chihuahua flaquito y una paloma mensajera bajo la lluvia. King Kong era la Pancha, una monita
de pelo dorado, antifaz negro y una cola interminable como bastón, con mango doblado de paraguas al final. El Piojo era un loro simpático y charlatán de uniforme verde tornasolado con copete celeste y amarillo en escalera, siempre peinado a la gomina, y con un toque de rojo y amarillo sobre las alas. La Pancha era de mi hermano y el Piojo de mi mamá. Los había traído el tío Tito de algún viaje que hizo por las selvas del Chaco y el Paraguay.

Cada primero de mes antes de que siquiera arranque el almanaque, mi mamá le solía cortar las alas al Piojo a tijeretazos limpios. El piojo chillaba despavorido con cierta exageración para denunciar a su abusadora a los cuatro vientos. Tratando de asegurarse que ya no podría volar, mi mamá lo ponía sobre el suelo y lo empujaba a pataditas para ver si despegaba. El Piojo carreteaba desplegando las alas sin suerte. Corría a todo trapo, pero no pasaba de medio metro hasta que se trastabillaba pisando sus propias patitas chuecas, con lo que cerraba su espectáculo con dos tumbas carnero involuntarias. Se apiadaba de sí mismo declamando un “pobrecito el Piojo” con la misma voz de mi mamá.

El Piojo era el centro de atención de la esquina. Plagiaba la voz de mi mamá en todo, excepto para las carcajadas, a las que lanzaba con el exacto tono de mi papá, incluso con una aspiración al final de cada risotada. Cuando mi mamá no estaba en el bar, el Piojo gritaba a todo pulmón “Toootaaa, geeente, Toootaaa, geeente” avisando que alguien traspasaba el umbral, como si se creyera el vigía que descubrió tierra desde la carabela de Colón.

A diferencia de las mañanas, cuando usaba de posadero la balanza sobre el mesón de granito, por las tardes, mi mamá lo trepaba a los fresnos sobre la Iturraspe. Camuflado entre las ramas, saludaba a medio mundo. “Hasta luego señor”, “chau señora”, “hola”, “buenas tardes” siempre adivinando si eran hombres o mujeres y si iban o venían. Quienes no lo advertían entre las ramas me devolvían el saludo algo desconfiados, al ver que la voz gruesa no se compadecía con mi contextura.

La Pancha usaba el alambre del tendedero como autopista entre la parra y el limonero. Se agarraba del alambre con la cola y quedaba en posición de murciélago con ojitos pedigüeños por más frutas y maníes. Apenas tenía el buche lleno, pegaba un salto y tomaba envión para abalanzarse entre las ramas de sus bosques. Un día dio tantas volteretas que se enganchó quedando a merced de un sol despiadado. Insolada y moribunda se salvó por un pelito, pero desde entonces no fue la misma: “está menos vivaracha y de genio corto”, decía mi mamá.

Las noches que el frío calaba hondo, la Pancha y el Piojo dormían apretaditos como bailarines de tango hasta que el sol se encendía. Se quedaban acurrucaditos e inmóviles en la parte superior del anillo de hierro que les servía de morada y que mi mamá entraba religiosamente al salón del bar todas las tardecitas. Solían despertarse malhumorados. La Pancha con algunos plumones de loro entre su pelambre y el Piojo mirando hacia el lado contrario para esquivar el mal aliento mañanero.

Una noche al cerrar el bar, justo cuando mi mamá se despedía con el tradicional “buenas noches mis chiquitos”, parece que hicieron cortocircuito, ya sea porque tenían calor o porque una pulga saltó de uno a otro sin previo aviso.

De la nada, la Pancha le dio un empujón sorpresivo al Piojo, arrojándolo a la parte inferior del pedestal. El Piojo, también de pocas pulgas, tratando de hacer equilibrio y no caerse, se prendió de la cola, pero aprovechó pensando que “esta es la mía”, para morder y torcer con ganas, como queriendo desenroscar un tornillo oxidado. La Pancha pegó un alarido como Tarzán y con los ojitos color Drácula, pegó una voltereta en el aire con tanta mala suerte para el Piojo que quedó colgada boca abajo con su cara al mismo nivel que el copete de su contrincante. Sin amagues previos, sacó una recta demoledora y remató con un gancho de izquierda como la de Ringo Bonavena. El Piojo terminó amamarrachado y abombado contra el piso, seguido por un camino de plumas que flotaron en el aire como el celofán de los Mejorales.

Con el copete todo despeinado se largó un “ja, ja, ja, ja, ja” contradictorio con la exacta voz de mi papá, y de inmediato repitió un acongojado “pobrecito el Piojo” con el tono de mi mamá. “Upalala” dijo cuando mi mamá le tiró la toalla ofreciéndole el dedo índice como sostén. Lo posó sobre su hombro y él, victimizándose a más no poder por la paliza, siguió coreando “pobrecito el Piojo, pobrecito el Piojo” por más de una hora. Desde entonces, el Piojo se juró que jamás volvería a dormir acurrucado con la Pancha por más fría que cayera la noche. “Que se vaya a dormir con las palomas, mona mala y desagradecida”, sentenció aquella noche.

–No seas porfiado, Nenucho, –me trataba de convencer Galera a quien le pedía que no siga diciendo que el Piojo era un pajarraco común y corriente.
–Piensa, entiende y habla mejor que usted –lo desafié.
–A ver si es cierto. Repití puta parió, puta parió. Repetí carajo –insistió Galera acercándosele al Piojo, empecinado con que fuera un loro normal, maleducado como el de los cuentos verdes.

Cuando mi mamá aparecía en escena, Galera se hacía el disimulado, pero ella, adivinando sus intenciones, lo amenazaba con el destierro, como al que lo había condenado aquella vez de la trifulca con los naipes.

–Cuidadito que no le ande enseñando sus cochinadas.
Apenas mi mamá se daba vuelta, Galera volvía a la carga.
–Puta parió, puta parió. Repetí pajarraco. Repetí carajo.

Cansado de sus burlas, de los sustos y por saberlo uno más de los ogros del sótano, un día, con la venia del Zorrino, le saqué la silla cuando se disponía a sentarse plácidamente para disfrutar de su medio litro con soda. Manoteó la botella y luego el aire, pero la gravedad pudo más. Rebotó contra el piso, la espalda se le fue para atrás y sus zapatos aparecieron a la altura de donde debía estar su cabeza. El Zorrino soltó una carcajada que subió de tono cuando un trac denunció que las costuras del pantalón se rajaron.
Galera buscó levantarse a duras penas y mientras el Zorrino le ofrecía y le quitaba la mano de ayuda, se concentró en mí. Me siguió con la mirada desencajada, igualita que la de los lobos del sótano.

–Si te agarro mocoso de porquería, te voy a encerrar en el só.... –me gritó, comiéndose las últimas sílabas tras la entrada de mi mamá al salón.
–¿Qué hace ahí Galera?
–Nada, tenía sueño, así que me eché una siesta.
Mi mamá se rio por la ocurrencia, pero enseguida apretó las cejas.
–No me tome el pelo, no se haga el vivo. Bien sabe quién pierde si se mete con el Nenuchín ¿no?

Con la amenaza de mi mamá como escudo, tomé carrera y salté la tapa del sótano dejando a todos los ogros atrás. Aterricé en el patio y noté que las uvas parecían manzanas y los limones brillaban como soles. El Piojo me lanzó una carcajada complaciente y los dos nos quedamos charlando, contentos y triunfantes.


jueves, 25 de febrero de 2021

La Virgen, el borracho y mi hermano el bautista

Apenas iniciada la jornada en el bar, mi mamá regalaba un primer “buenos díííaaasss” a sus personajes preferidos: a su mandadero el Manya Luna; al Piojo, su mascota parlanchina y a su “amiga más querida”, la Virgen del Rosario de Nueva Pompeya, quien controlaba todo lo que sucedía a sus pies.

Retrato del Manya Luna que
hizo mi hermano Gerardo. 

El Manya y el Piojo le reciprocaban un resonante “buenos días doña Tota”. En cambio, la Virgen, colgada en su trono sobre la puerta que daba al patio, le devolvía una sonrisa protectora asegurándole un día sin sobresaltos. También Ella, con la confianza de amiga íntima, le solía gastar algunas bromas. Un día que yo no aguantaba el dolor de una carie tan profunda como un aljibe, mi mamá alardeó con tener el remedio milagroso. Mientras me metía un pedacito de Geniol dentro del cráter, la miró fijo y le imploró con devoción: “Por favor virgencita querida, pasame el dolor a mí”.


¡Dicho y hecho! Al día siguiente amaneció con el cachete inflado y un pinchazo agudo que le bajaba desde la muela hasta la punta del dedo gordo del pie. Fue al salón del bar, saludó al Manya y al Piojo y cuando le estaba por tocar el turno a Ella, en vez del hola cómplice, le espetó malhumorada: “no era para tanto”. Yo vi cuando la Virgen le guiñó un ojo al Niño Jesús y a mi mamá salir rajando hacia el Emilio Cornaglia, el dentista del barrio.

Extirpado el dolor de raíz, contaba la anécdota todos los días para demostrar “todo lo que hace una madre por un hijo” y, sobre todo, para que se supiera que tenía línea directa con la Patrona del bar. “Después de lo que me hizo ya no le rezo, ahora la castigo yo”, recitaba jactanciosa, alardeando su amistad.

A los pies de la Virgen, la mesa de mi mamá también servía de pila bautismal. Mi hermano solía oficiar de Juan el Bautista chantándome nombres y sobrenombres a diestra y siniestra. Pocos días antes de que yo naciera, la discusión entre mis padres pasaba por Juan, Félix, Emilio o Mario. En caso de nena habían acordado Analía, pero la panza puntiaguda les obligaba a negociar un nombre de varón.

–Gerardo ¿qué nombre te gusta? –le preguntó mi mamá.
–Ricardo Elvio –soltó espontáneo mi hermano uniendo los primeros nombres de los hermanos Ronconi y convencido que vendría varón.
–Me encanta –asintió mi mamá– son distinguidos.


Mi hermano Gerardo en la vereda del bar.
Mi hermano también me apodó Nenucho. El sobrenombre lo ligué mientras gateaba entre sifones, cajones de alambre y botellones de cerveza, con el que me comenzaron a llamar mi mamá y sus clientes de más confianza, los changarines y los madrugadores. Otro apodo surgió el día de la muela. El Manya, con quien competíamos por la atención de mi mamá, soltó un despiadado “¡mirá el nenito, mirá cómo se hace el nenito ese grandulón!” cuando me vio llorisqueando, queriéndome acurrucar como mortadela entre mi mamá y el respaldar de su silla. Mi hermano que cazaba todo lo que revoloteaba, cazó el Nenito al vuelo y, a partir de allí, él y mi papá, además de los gauchos y chacareros, me llamaban de ese modo.


Yo, posando en la esquina.

Luego apareció el Kaiaio, el sobrenombre que prefirieron mis amigos y hasta los clientes de la mesa de mi papá. Yo todavía balbuceaba, pese a que mi mamá insistía con leerme las Fabulandia para que “aprendas a hablar bien”. Ni modo, a mí me salía “teño tido” por tengo frío, “dutasno” por durazno y el “estoy cansado” vaticinaba una pronta vomitada o que ensuciaría los pantaloncitos. Un día solté un “mami, mami... un kaiaio” cuando descubrí el caballo rampante de Facundo Quiroga en la etiqueta del vino Facundo. Gerardo el Bautista tomó de ahí el Kaiaio, apodo que luego sus amigos podaron y universalizaron como Kaiá.

El borracho

Para que no se enfadara la Virgen, mi mamá trataba de esconder o disimular algunos excesos de copas que detectaba en el acto. Los callados hablaban hasta por los codos, los charlatanes se ensimismaban, los tristes se reían a carcajadas y los graciosos llorisqueaban a moco tendido. Apenas notaba esos cambios de conducta, mi mamá cortaba los víveres y el paso hacia el bañito del patio, excusa para que no pasaran debajo de la Virgen. Y con un rápido e imperceptible movimiento de ojos hacia la salida, le pedía al Manya “empújelo pa’ fuera”. Apenas leíamos la sentencia, con mi hermano salíamos disparados para contar cuántos zigzags harían la víctima y su bicicleta antes de llegar a la próxima esquina.

Solo un borracho estaba permitido en el bar. Lo había traído mi tío Tito una vez que viajó con el Ringling Brothers a Mendoza. Mi mamá le buscó el mejor lugar, pero tuvo la astucia de ponerlo del otro lado de la heladera para que la Virgen no lo viera. La alcancía de yeso de cuarenta centímetros de alto posaba estoica y a sus anchas sobre la estantería principal entre botellas de ajenjo Alhambra, ginebra Llave, anís Ocho Hermanos y Ferroquina. El borracho estaba abrazado a un tronco en cuya base se leía: “A Mendoza fui y así volví. Viva el vino tinto”. El Manya lo llamaba “mi compadre de copas” y estaba seguro de que si hablara podría delatar a los ladronzuelos que se dieron el banquete de salamines y a quienes plantaron los papelitos de la quiniela.


Pintura en acrílico que
 hice años después
sobre el borracho de yeso.

Al lado de la estantería que patroneaba el borracho de yeso, una vitrina con puertas corredizas de vidrio guardaba los mejores menjunjes de mi mamá. Frascos y botellones rebosantes de aceitunas, mondongo con perejil y verduras agrias de todos los colores con los que acompañaba vasos generosos de Gancia, Cynar y Cinzano. Ahí también reposaba la libreta azul cargada de recetas que muchos clientes se lamían por descifrar. No estaban satisfechos con un par mezquino de recetas para las fiestas patrias y religiosas que ella les regalaba. Querían saber todos los secretos de aquella libreta que, al abrirla, despedía los mejores aromas de la cocina. Si en la roja del fiado estaba su vida, en esta azul estaba su alma, por eso la tituló con el consejo que su mamá, la nona Antonia, le había regalado para que tenga un matrimonio feliz: “Lo salado mejora la digestión; pero lo dulzón ablanda el corazón”.


La vitrina estaba con llave. Era la segunda línea de seguridad por si fallaba la Virgen. No tenía miedo de que alguien le robara sus menudencias, aunque prefería cerciorarse de que yo no volviera por Mejorales, unas pastillitas con sabor áspero a frutilla que devoré a montones un día que me escapé de una siesta pegajosa.

“¡Pero, Madona Santa!” exclamó mi mamá con los ojos fuera de órbita como cuando la sorprendieron los policías. “¿Cuántos comiste?” me preguntó alarmada, cerrando de golpe la vitrina mientras algunas bolsitas de celofán revoloteaban por el aire. Debo haber tragado muchos porque intentó ponerme los dedos en la garganta y le pidió a mi papá correr al Sanatorio Argentino. “Son para chicos” le dijo mi papá evitando el fastidio de salir disparado. Mi mamá quedó intranquila. Me siguió observando todo el día como bacteria bajo microscopio y le pidió al Zorrino que consulte con su curandera.

–La mejor pócima para este tipo de intoxicación es un vaso de leche calentito y a la cama –le respondió el Zorrino cuando regresó a la tardecita con el mensaje.

Mi mamá lo miró escéptica como cuando descubrió el agujerito en la puerta de entrada. Intuyó que el Zorrino ni siquiera le había preguntado a la curandera y que inventó el consejo para ligar un medio litro con soda.

–¡Por favor! ¿Me cree pavota? –le recriminó mi mamá–, eso lo sabe hasta un nene de un año. Si sigue así lo va a alcanzar a Galera. ¡Pero por favor!

Frente a la heladera que dividía al borracho de la Virgen, estaba el mesón de granito, donde descansaba la cortadora de fiambres y la balanza roja que el Piojo usaba de aposento. Ante ese mostrador recibí una lección para siempre. Mi mamá estaba ofreciendo una Leche Prima a un cliente casual y bien vestido que no reconocí entre el repertorio de personajes. 

“Tengo sabor a chocolate, vainilla, frutilla o...”, y justo cuando adiviné que el cuarto sabor sería el de moca, me adelanté y ofrecí de lo más campante e inocente: “... de moco también”.

El brazo de mi mamá hizo un swing perfecto que fue tomando envión a mil por hora. Me estampó un cachetadón estilo King Kong dejándome grabado cuatro dedos y el anillo de compromiso sobre el cachete. El sopapo no me dolió tanto como la socarrona mirada que me dio el tipo por haberme ganado por nocaut. Quedé inmóvil, no chisté y mientras el sarpullido me quemaba hasta las orejas y el alma, sentí un chorrito calentito que me bajó por la pantorrilla. Rajé al patio con la cola entre las patas y cuando levanté la vista hacia la Virgen también la vi enojada, aunque alcancé a recordarle aquel lamento de mi mamá: “no era para tanto”.  

Mi mamá no era muy pedagoga a la hora de enseñar valores, pero sí pragmática y eficiente. Cada vez que mis berrinches -o los de mi hermano- se hacían insoportables, me tironeaba del pelo o de la oreja, lo que más rápido manoteaba para evitar mi fuga. Me manejaba con unos golpes de muñeca para el lado contrario de donde iba mi cabeza, mientras yo trataba de acercármele en puntitas de pie para que el tironeo doliera menos. Con quebraditas de muñeca, unas para acá y otras para allá, me iba dirigiendo hacia el patio hasta llegar ante la “cámara de tortura”: una canilla de bronce lustroso de la que brotaba una catarata como la del Iguazú, pero helada. Segundos después del chapuzón, mi pataleta comenzaba a amainar y terminaba con una carcajada incontrolable. “¡¿Viste cómo se te pasa el berrinche?! Ahora de penitencia al rincón y a pensar en lo que hiciste”.

El agua helada era suficiente, pero la estrategia del rincón creo que la había copiado de sus padres que debieron hacer malabares para mantener a raya a sus once hijos. Mi mamá contaba que una vez tuvo que esquivar una pera que le tiró el nono José ante una respuesta irrespetuosa. La pera pegó contra una puerta y explotó como granada repartiendo esquirlas pegajosas por todos los rincones del comedor. “Así nos criaron a nosotros” solía contar, demostrando que sus métodos eran menos bruscos que los del nono.

La pera, el plantón, el agua fría y aquel cachetadón de película que me siguió doliendo por años, eran fiel evidencia de cómo la disciplina se venía trasmitiendo desde generaciones pasadas. También había un “¡miren que voy para allá!”, grito preferido con el que mi mamá trataba de terminar las frecuentes guerras campales en la que nos enfrascábamos con mi hermano a la hora de la siesta.

Solíamos jugar a tirarnos cascotes a la distancia, ejercicio con el que mi hermano medía como iban creciendo mis fuerzas. Una mañana me lanzó uno que no puede esquivar. El chichón se infló como el Everest y entré al bar abombado y zigzagueante como las bicicletas de los borrachines.

–¡Qué pasó! ¡qué pasó! hijito de Dios, ¡qué pasó! –gritó mi mamá reventando los tímpanos a medio mundo.
–Gerardo me tiró un cascote –respondí, culpando a mi hermano por el Everest y por un montón de cosas más.

Mi hermano salió rajando y mi papá detrás de él. Lo alcanzó a media cuadra rumbo al Molino Tampieri. Mi hermano no se entregaría fácil, pero mi papá lo atrajo con el mismo ardid que usó para arrebatarle el revólver 38 al Hugo Quichi en aquella despedida de solteros: “Vení para acá o llamo a la policía”.
A la siesta, ya recompuesto del mareo y contento porque mi hermano tenía la cola colorada y sarpullida, tuve que seguir defendiéndome.

–No te tiré a propósito –me recriminó con rabia.
–Ya sé.
–¿Entonces por qué me acusaste?, ¡mariquita! ─me dijo comiéndose las palabras para que no lo escucharan desde el dormitorio contiguo.
–¡Qué te importa! más mariquita sos vos.

Mi hermano brincó de su cama listo para abalanzarse sobre mí, pero, gracias a Dios, las tablas crujientes del piso me salvaron como campanita en ring de boxeo.

─¡Porca miseria! ¡Duerman! –gritó mi mamá desde su dormitorio afinando la voz para que la orden taladre más convincente─. ¡Miren que voy para allá!

Me acurruqué debajo de las cobijas y mi hermano, así como todo, absolutamente todo, quedó paralizado.


jueves, 21 de enero de 2021

Los madrugadores


Estudio y dibujo de mi hermano Gerardo, sobre 
don Scarafía sentado ante el mesón de granito

El “Nueva Pompeya” era un bar para hombres, por eso mi mamá se esforzaba por imponer respeto y autoridad. El mostrador principal tenía ese objetivo. Lo hizo fabricar a medida en una carpintería del barrio. Era treinta centímetros más alto que las mesas y casi tres metros de largo, omnipresente como altar de parroquia. Estaba hecho de madera de pino pintado con barniz oscuro y, sobre el frente, destacaban unos ribetes blancos en altorrelieve que brillaban hasta con las luces apagadas. En la parte superior, la masilla de las uniones estaba reseca creándose una rendija por donde se entreveía una lata vacía de dulce de batata llena de chucherías, la que luego quedaría marcada a fuego en la historia del bar.

Guarnecida detrás de su bastión, a medida que los lugareños traspasaban el umbral de entrada, mi mamá los iba clasificando mentalmente entre los cuatro grupos principales de clientes para alistar rápido vasos y bebidas. Con mirada penetrante tipo rayos X detectaba humores, si fueran a pedir fiado o pagarían al contado y si alguien venía entonado desde otros bares. Según su radiografía, mi mamá retribuía los buenos días con sonrisa amplia en aprecio y gratitud o mostraba un gesto fingido y agrio con los dientes apretados.

Quedaba fuera de sí cuando reaparecía un deudor moroso tratando de pasar desapercibido entre la muchedumbre. ¡Pobre! A partir de ahí la víctima se sometía a su propia vía crucis. Mi mamá no lo saludaba, bajaba la vista con desprecio, aspiraba hondo, tomaba envión y cuando llegaba a la mesa, bramaba contra la víctima desinflándose de a puchito: “¡pague lo que me debe o esta tarde le enviaré la cuenta a su mujer!”.

El moroso quedaba atontado, boquiabierto y con la copa vacía. Mi mamá pegaba media vuelta e iba soltando por lo bajito una frase en tono suficientemente alto para que todos la escuchen de advertencia: “encima me toma de tonta... conozco mejor el paño que cualquiera... así que mejor que no venga más”.

Uno de los muchos retratos que
Gerardo hizo del Manya Luna.

El Manya Luna, su mandadero personal, la miraba de reojo esperando un guiño de complicidad en caso de que la escena haya sido puro teatro para intimidar. Si mi mamá no devolvía el guiño, el Manya intuía que esa tarde, factura en mano, tendría que visitar a la mujer del desdichado. La fórmula era exitosa, la mayoría de los clientes regresaba la misma tarde a pagar. Solo tres nombres quedaron tachados en la libreta roja o “borrados de la faz de la Tierra” según mi mamá.

 El bar abría a las 7:45 de la mañana en punto. Los primeros en entrar eran “los madrugadores”, mote que se ganaron por tempraneros como si hubiesen dormido en el umbral la noche anterior. Luego, en procesión religiosa, llegaban los chacareros y gauchos de la Feria Gilli, los changarines, algunos clientes ocasionales y, por último, los oficinistas de la mesa de mi papá que “cerraban la puerta” pasadas las 12:30 del mediodía.

Los madrugadores no se sentaban en las mesas como los demás. Preferían apiñarse ante el mostrador principal o ante el secundario, un mesón con tapa de granito. Eran de andar y hablar pausado, de arrugas profundas, manos algo atrofiadas por la artritis y ojos encajados entre párpados caídos y bolsas prominentes. Sus rostros cansados y con gravedad exponían achaques de cuando habían sido ferroviarios, barrenderos, torneros o peones de fundición.

Estudios de retrato que hacía Gerardo de los
personajes del bar, como don Sarmiento, el
viejo Durán y don Ricardo, en ese orden.

El primerísimo en caer era el “buena gente” don Carballo. Segundos después el simpático de la risa fácil, don Gabino, seguido por los viejos Ñáñez, Córdoba y el flaco Chávez tan malvado y desgarbado que ni su sombra lo seguía. Luego don Ricardo que llegaba con su inseparable Chita, una perrita siempre preñada a la que le apretaba las tetillas como pomo de carnaval. Después asomaba don Sarmiento, con olor a Polyana 555 hasta tres cuadras a la redonda, apodado el sapo, aunque se pareciera a una tortuga. Por último, don Scarafía, “don dulzón”, alias ganado por flirtear con mi mamá cada mañana con unos caramelos de nuez que ella guardaba para Gerardo y para mí.

La “adquisición” más nueva del grupo era el viejo Durán que por edad y flaquezas había sido “transferido” desde el “equipo de los changarines”, como bromeaba el Manya en términos futbolísticos. El más popular era don Carnero, el vendedor de esperanzas o levantador de quiniela a quien le daban la bienvenida en todos los grupos y a cualquier hora. Pero nadie superaba en fama al Manya. Era el personaje más retratado por Gerardo y el más querido de todos. Y aunque era más terco que una mula y con mil mañas, mi mamá lo adoraba y atendía como a un abuelo propio. Lo tenía entronizado en un pedestal de prócer y él, sabiéndose el héroe, explotaba sus privilegios hasta para quedarse a “cabecear” dentro del bar a la hora de la siesta.

 Los madrugadores no usaban sus primeros nombres, se les reconocía por sus apellidos y por el don preferencial en deferencia a la experiencia acumulada con el que los bautizaba mi mamá. Cuando se iban, ella los despedía con el mismo chiste de marca registrada: “mucho don, mucho don, pero a ver si algún día me traen un don Juan”.

Dependiendo de la estación y del clima, los madrugadores degustaban todo tipo de grapas, Nebuse, Cubana sello Rojo, fernets, ajenjos o el popular chirimisco, mezcla de moscato con Amargo Obrero; y los que luego partían hacia un juego de bochas en el campito preferían una Bidú Cola “para no perder de vista el bochín”. Elegían armar sus cigarrillos con tabaco Mariposa, suelto y negro, porque además de barato, raspaba con placer la garganta.

Con los demás grupos compartían temas comunes de charlas sobre fútbol, política y quiniela, y tenían un código implícito y sagrado: no podían hablar de sus familias. Tampoco podían proferir insultos, algo que censuraba a rajatabla mi mamá cuando lo advertía. Cada grupo también se distinguía por temas propios y porque se expresaban en tiempos verbales diferentes.

Los oficinistas hablaban en futuro: sobre sus planes para ir de vacaciones, los nuevos modelos de autos y las promesas cumplidas o incumplidas del presidente Arturo Illia. Los changarines se expresaban en presente: sobre los nuevos cargamentos en el Molino Tampieri, la leña que habría que entrar en las panaderías de la zona y sobre quien compraría el asado para el medio día. Los gauchos y chacareros dialogaban en pasado reciente: sobre los destrozos causados por la última tormenta y si la aftosa había diezmado el ganado. Y los madrugadores conversaban en pasado pluscuamperfecto: sobre recuerdos de infancia, noviazgos pretéritos y que antes, todo, absolutamente todo, había sido mejor.

Estudios que Gerardo hacía en forma
permanente de los personajes en el bar.
Apoyados al mostrador o con silla arrimada, los madrugadores pedían consejos sobre pociones y raciones o simplemente confesaban sus desdichas. Copa tras copa, esperaban que los consejos del Manya y mi mamá aplacaran desde dolores en las articulaciones o calmaran penas y frustraciones, especialmente los lunes por la mañana cuando todos se libraban del aburrimiento de los fines de semana o por la desazón de no haber tenido mejor pálpito para la polla.

 

─¡Cómo me duele esta rodilla! Me tiene podrido –se quejó Gabino mirando a mi mamá, a la espera de una respuesta que lo alivie.

 ─No se olvide que la edad no miente, debería agradecerle a Santa Lucía la salud que tiene. Sería mejor roble si se quita veinte kilos de encima ─le respondió mi mamá, haciéndole una seña por lo bajo al Manya para que se incorpore a la conversación.

 El Manya se prendió.

 ─Don Gabino, agarre cáscaras de cuatro limones verdes, las corta en pedacitos chiquitos, los mezcla con dos cucharadas de aceite de girasol, lo mete todo en una bolsita de plástico y se la ata a la pierna. Y por tres días en el desayuno coma un poco de cebolla cruda machacada con un diente de ajo. ¡Y después me cuenta!

Las recetas del Manya nunca eran aromáticas, tampoco buenas para el buen aliento. Nadie sabía si se mandaba la parte, si era curandero, brujo o inventaba todo, como algunos sospechaban por la sonrisita socarrona y picaresca con la que terminaba cada explicación de sus recetas. Otros ponían en duda si se trataba de curación milagrosa o puro placebo, pero lo cierto es que cada dos por tres se ligaba unos vinos en gratitud por curar y aliviar desde gripe, reuma y migrañas, hasta estreñimiento, impotencia sexual y mal de ojo.

La receta a don Gabino fue inusual. Hasta mi mamá quedó sorprendida y desconfiada: “¿en una bolsita de plástico atada a la pierna”? a este que bicho lo picó”, pensó. Es que el Manya solía recetar solo dos tipos de remedios, uno viscoso y otro en polvito, ambos para tomar, a los que preparaba con los mismos ingredientes. Sus menjunjes llevaban hojas secas trituradas de laurel, orégano y perejil; polvo de vainilla y nuez moscada molida; ajo machacado y tostado al sol; una pizca de cacao Nesquik mezclado con unos chorritos a ojo de Coca Cola y vino tinto, y unas gotas de su infaltable líquido ámbar, “mi secreto mejor guardado”, que cargaba en una petaca que había sido de whisky. Si la pócima era en polvito, se olvidaba de la coca y el vino, pero igualmente le encajaba dos gotas de secreto.

El Manya y mi mamá se complementaban bien. Mientras él repartía pociones, ella daba consejos de cocina, recetas que “sanan el alma” como promocionaba don Gabino. Las fórmulas de ella tenían que ver con la medida, la combinación y el equilibrio entre los ingredientes, las especias y el tiempo de cocción. Ante el ruego de la clientela, para cada fiesta patria o religiosa, así fuera el 25 de Mayo o el 9 de Julio, Semana Santa o el Día de los Muertos, mi mamá regalaba unas recetas escritas a puño y letra en prolija caligrafía. Las recetas más veneradas eran el locro, las empanadas con pasas de uva y la pastafrola con dulce de membrillo para las fiestas patrias y la bagna cauda, bacalao a la cacerola, canelones de choclo y alfajorcitos de maicena para las fiestas religiosas. Lo más notable de sus recetas era una nota al pie de las indicaciones para cocinar: una ristra de números sueltos sin explicación, una especie de mensaje subliminal para que todos puedan probar suerte en la quiniela.

Un día de pocas pulgas, previo a un Jueves Santo, mi mamá paró en seco a don Carnero después que la reprochó: “doña Tota, no debería llamarle guacho al Nenucho, porque me imagino que sabe quién fue el padre, ¿verdad?”. ¡Para qué! Ofendidísima y colorada como tomate maduro, le contestó con un latigazo: “yo sé quién es el padre y sobre todo la madre que lo parió, gordo salchichón”. Mientras lo decía, se iba dando cuenta que se estaba sobrepasando con el apodo despectivo, pero no pudo frenarse y soltó hasta la última letra.

Se hizo un silencio sepulcral en el salón, no tanto por el insulto como por el hecho de haberle desenmascarado a don Carnero su gordura que, avergonzado, ocultaba bajo unas camisas anchas e impecablemente planchadas que usaba fuera del pantalón. Todos simularon reanudar sus conversaciones, pero pusieron la oreja de reojo para captar la reacción de la víctima.

Don Carnero no reaccionó, bajó la vista a sabiendas que la respuesta de mi mamá había sido un ajuste de cuentas que tarde o temprano llegaría. Se había enterado de que, en la intimidad de la mesa familiar y por los chismes que flotaban en el bar como el aroma a vino, mi mamá lo acusaba de ser el culpable de que mi papá haya dormido una noche en el calabozo.

Mi mamá quedó con una sensación encontrada de enojo, arrepentimiento y de disfrute al mismo tiempo. Recién se pudo zafar de ella el Domingo de Resurrección cuando fue a buscar perdones a la Cristo Rey. “No sé lo que me pasó. Nunca insulto a nadie y además él tiene razón, no puedo llamar guachos a mis hijos”, se confesó ante el cura. Rezar dos rosarios completos seguidos le parecieron un castigo excesivo, pero lo aceptó con entereza.

El castigo y el perdón no evitaron que mi mamá tomara represalia. Desde aquella Pascua, le quitó a don Carnero su don preferencial y lo empezó a llamar por su apellido a secas. Igualmente, le permitió seguir levantando quiniela, aunque Carnero ya no gozó del respeto de antes.

El Zorrino, ubicado de frente hacia la entrada con el catálogo “Los números soñados de la quiniela”, solía servirle de campana a Carnero, por lo que le retribuía el favor con una jugada gratuita cada día. El Zorrino le hacía una seña levantando las cejas tipo As de espadas como en el truco cada vez que entraba un desconocido sospechoso de ser policía de civil. Carnero, que también conocía a los “policías compinches”, tenía unas milésimas de segundos para decidir si se tragaba los papelitos o si seguía levantando quiniela como si nada.

Un viernes casi al mediodía cuando las apuestas estaban desorbitadas, el Zorrino le hizo una seña exagerada a Carnero como que algún policía había traspasado el umbral. Presintiéndose detrás de las rejas, Carnero se metió un puñado gigante de papelitos en la boca y sin masticar una sola vez pegó un trago de ojos cerrados que le arañó la garganta. Atragantado, con los ojos salientes y con arcadas intermitentes, se comenzó a doblar como contorsionista de circo. Galera, desternillándose a carcajada limpia, se apiadó de Carnero y trató de levantarlo por la espalda, aunque solo pudo darle unas fuertes palmadas porque sus brazos no alcanzaron para abrazarle toda la circunferencia. Unos vasos de agua más tarde, Carnero ya recompuesto, pero todavía echando humo, volteó hacia el Zorrino: “¡hijo de tu madre! Se te acabó la quiniela”.

La frase cayó como bálsamo para mitigar el susto de la asfixia y certificar que Carnero estaba bien. Pero en menos de un segundo, todos se desahogaron con unas carcajadas tan fuertes como rugido del Vesubio en erupción que retumbaron en toda la cuadra.

Próximo capítulo: Una noche en el calabozo

 

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...