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miércoles, 8 de septiembre de 2021

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada
a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para que traten de
 descifrar una enfermedad desconocida que la afectaba.

Treinta años después.
 
El 26 de octubre de 1994 recibí una carta de mi mamá. Sería la última. Luego ya no tendría fuerzas para sostener una lapicera.
 
“Lo que tengo no es alentador...”, denunció.
 
Continuó con un párrafo cargado de fe y abrazada a la esperanza de curarse de una enfermedad que desconocía: “creo en Dios, en la vida, y así encuentro las fuerzas para aceptar lo que me toque vivir. Estoy resignada, para cada cosa hay un tiempo y ese tiempo lo dispone Dios. Mi fe será mi salvación”.
 
En su convicción religiosa, sin embargo, se permitió dudar sobre si en un futuro incierto mantendría esa fortaleza: “necesito... serenidad y eso en mí hasta hoy es positivo, mañana no sé”.
 
También detecté entrelíneas una protesta contra la ironía de la vida. Sus fuerzas estaban flaqueando cuando se disponía a gozar de la cosecha de su siembra como le había sucedido a su mamá, la nona Antonia. “(debo) aminorar la marcha en todo... comprender que la vida tiene circunstancias buenas y malas... me toca vivir una crisis”.
 
En párrafos posteriores me pedía que visite a un especialista para que descifre su mal. Las piernas no le respondían, sus médicos no sabían qué padecía y los remedios no la aliviaban.
 
Munido de una copia de su historia clínica, radiografías, nombres de medicamentos y vitaminas visité al mejor neurólogo del Hospital Palmetto de Miami.
 
–Buen día, – saludé, mostrándole el historial –los médicos le dijeron que en este país tal vez sepan qué enfermedad tiene; allá se le quemaron los libros; y como aquí la medicina está más avanz...
 
El neurólogo no me dejó terminar. Frunció el ceño con incredulidad. Leyó la primera página y ojeó las demás a la ligera como si no necesitara leer más. Segundos después, tan largos como un invierno, me dio el veredicto.
 
–¿Quién le dijo que los médicos no saben?, ¡claro que saben!, mire aquí. Dice ELA. Su madre tiene Lou Gehrig. Le quedan dos años de vida.
 
Sentí un retorcijón en el pecho como si alguien me agarrara el corazón y lo retorciera como trapo de piso. Quise agarrar al médico y partirle la cara. No tenía derecho a darme la sentencia como si fuera una simple dirección para encontrar una calle. Salí del hospital atolondrado. No pude ir a trabajar. Preferí volver a casa y cobijarme en mi esposa. Llamé desconsolado a mi hermano. Todavía aturdido, busqué coraje para enfrentar a mi papá. Tenía que decirle que el diagnóstico siempre lo había tenido frente a sus ojos, escrito como una escueta receta de cocina.
 
Llamé a mi papá. Acusé a los médicos de todos los males sobre la Tierra: malvados, farsantes, fenicios. Mi papá no se tragó los rodeos y fue directo al grano.
 
–¿Qué te dijeron?
–Papi, sus médicos saben lo que tiene. No entiende por qué no te dijeron. Aquí son directos, no van con vueltas.
–¡¿Qué tiene?! Solo tiene las piernas dormidas.
–Es una enfermedad degenerativa del sistema nervioso. No tiene cura.
–¿Pero no le pueden dar remedios, un tratamiento?
–No me entendés. No tiene cura. Se llama ELA, hablá con los médicos. Lo escribieron, está en el tercer párrafo. Preguntales por qué no te dijeron.
–¡Qué se yo!, tal vez porque no es grave.
–Papi, es grave, creeme, a mami le quedan dos años de vida – le dije y dejé caer las palabras hacia el final para que no las escuchara.
 
El silencio del otro lado de la línea me perforó los tímpanos.
 
–¿Papi, me escuchaste?, ¿hola? Hablá con los médicos. ¿Qué vas a hacer?
–Yo se lo diré a mami – dijo con entereza. Hizo una pausa para agregar algo, pero no pudo.
 
No sé cómo, dónde o cuándo se lo anunciaría a mi mamá. No pregunté ni quise saber. Imaginé mil escenarios. Cómo contarle a quien creía que sus virtudes y razonamientos le alcanzarían para superar un simple entumecimiento de piernas. “Sabemos -decía ella en su carta- que en la vida hay siempre dificultades y esfuerzos que superar, habrá que usar las armas necesarias o bien templarse para ir recuperando energías...”.
 
En aquellos meses busqué desesperado información sobre la enfermedad. Hospitales, universidades y laboratorios seguían investigando sin éxito la cura para la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) o “enfermedad de Lou Gehrig” en honor al famoso beisbolista que la sufrió. Los ensayos clínicos eran escasos e inciertos y reservados solo para estadounidenses.
 
Mi mamá murió cinco años después, en 1999, a los 70 años. El ELA le había consumido cada signo vital de su cuerpo, aunque no su claridad mental que mantuvo hasta el último aliento. Eligió irse un 10 de abril, el mismo día que su mamá lo había hecho treinta y un años antes. Hasta el final, con un movimiento de ojos le ordenaba a mi papá que llamara a Miami o Madrid para saludar a sus nietos en los cumpleaños. Todo en su vida era importante, incluso los pequeños detalles.
 
Falleció bajo los cuidados intensos de mi papá. En su carta, ya con las fuerzas flacas, enaltecía aquellos cuidados y al amor de su vida: “papi me ayuda mucho, hace de enfermero, cocinero, cadete. Muy rico por dentro, esto me tonifica”. Mi papá decidió acompañarla años después, el 14 de octubre de 2012, cerrando otro ciclo generacional que se había iniciado muchos siglos antes con los Trotti y los Trossero en los alrededores de Castellazzo Bormida y de Pinerolo en el Piamonte italiano.
 
Por muchos años deambulé retobado contra la ironía de la vida. No podía entender cómo una persona tan enérgica y de fe irreductible podía apagarse perdiendo la vida a cuentagotas por cinco años. Dudé muchas veces si en el martirio de sus últimos días, postrada, inerte y casi sin aliento, habría perdido la fe atrapada en aquel “mañana no sé” o si mantuvo su credo: “mi fe será mi salvación”.
 
Años después, más tranquilo, volví a enfrentarme al ELA cuando murió el reconocido científico Stephen Hawking en marzo de 2018. Para entonces la enfermedad seguía sin cura, pero era más conocida debido a que las estrellas de Hollywood se arrojaban baldes de agua helada sobre la cabeza para despertar conciencia.
 
Confieso que con Hawking siempre me sentí más compasivo con sus sufrimientos que deslumbrado por sus descubrimientos científicos. Nunca estuve muy atento a sus predicciones celestiales sobre si la Humanidad se extinguirá en 600 años, si Dios fue quien apretó el botón del Big Bang o si lograse conciliar la relatividad de Einstein con la energía cuántica de los agujeros negros.
 
A pesar de que vivieron en universos tan distantes como distintos, comprobé que Hawking y mi mamá estaban hermanados por sus penurias y también por sus ansias de encontrarle sentido a la existencia. Él, desde la complejidad científica y, ella, desde la simpleza terrenal de la fe creían que debe existir vida o una razón detrás de las estrellas.
 
En esa búsqueda por caminos muy diferentes, llegaron a la misma conclusión: los misterios del Universo son apreciables y comprensibles desde el mundo que cada día construimos.
 
Hawking resolvió ese enigma tras décadas de observación. Reveló su descubrimiento a través de una frase concluyente cargada de rigurosidad científica: “el Universo no sería gran cosa si no fuera hogar de la gente a la que amas”.
 
Mi mamá llegó a la misma conclusión sin necesidad de grandes telescopios para bucear entre las galaxias. Aprendió esa máxima en la experiencia de su pequeño y humilde universo, el Bar Nueva Pompeya. Siempre lo consideró el hogar de la gente que amaba y el que “me regaló propósito y felicidad para vivir”.  
 
La revelación de Hawking me ayudó a darle mayor dimensión al descubrimiento de mi mamá. También me sirvió para sentir y descubrir que, con el tiempo, la pérdida física de las personas y cosas que se aman se transforman en energía y presencia espiritual perpetua.
 
Así pude y puedo sentir que mi mamá y su bar siguen viviendo. Resplandecen en un campo de estrellas idéntico al mar de flores de alfalfa en el que ella chapoteaba de chica en Clucellas.
 
En esa nueva constelación vive, sin tiempo ni espacio, aferrada a todos sus amores, a los personajes del bar, sus antepasados, sus parientes, su esposo, sus hijos, sus nueras, sus nietos y sus descendientes del futuro.
 
El bar de mi mamá late y titila allá arriba en el profundo infinito y, también, en el vasto universo de mi memoria.

Otros párrafos de su carta en la que entendía que lo "que tengo no es alentador"
y donde destacaba su fe y sus temores, así como los cuidados intensos de mi papá.


miércoles, 1 de septiembre de 2021

Esquina comprada, milonga terminada, ¿y la felicidad?

 
Mi mamá, en la única foto de ella en su universo, el Bar Nueva Pompeya

Mi papá pegó un pique de media cuadra. Llegó jadeante a golpearle la puerta al viejo Pons. Pensó en las mil veces que había golpeado sin ganas para pagar el alquiler. Esta vez golpeó altivo y con ritmo, con la seguridad que le daban los bolsillos llenos.
 
–¿Trae el alquiler, Trotti? – preguntó Pons.
–No. Vengo a comprar la esquina.
–Le repito lo de siempre. No quiero ni puedo financiarle.
–Por eso vine. Hoy compro de contado, – dijo mi papá y le alcanzó un cheque doblado que sacó del bolsillo de la camisa.
_¿Y esto? – miró sorprendido Pons –¡¿Se equivocó?!, ¿me está pagando de más?
–Pa que ni lo piense. Lleve a su esposa unos días de vacaciones.
–Entre Trotti, no sea cosa que me arrepienta.
–No se confunda, don. El que se puede arrepentir soy yo – dijo con un gesto fanfarrón, y satisfecho de que había funcionado su estrategia de pagar con sobreprecio.
–¿Firmamos el boleto de compraventa?
–Por mí firmemos la escritura.
–Tranquilo, Trotti, por ahora es suficiente con el boleto. Escriba los nombres como deben figurar en los documentos.
 
Mi papá escribió: “Livio Benito Trotti y Ondina Esther Trossero de Trotti”.
 
–¿Por fin me va a decir quién le quería comprar la esquina?
–Acuérdese del refrán Trotti, “se dice el pecado, pero no el pecador”.
–¿Era verdad o me estuvo negociando todo el tiempo?
–Déjese de pavadas. Celebremos que la esquina ya es suya – dijo Pons y lo invitó a festejar con una copita de grappa.
–¿No me va a decir quién le quería comprar?
–No suelta el hueso, ¿eh?, disfrute. Ya tienen esquina propia.
 
Mi papá estampó la firma. Tomó la grappa de un sorbo y salió disparado. Tuvo la sensación de que los pies no le tocaban el suelo como cuando de chico volaba en los sueños sobre la escuelita de Eustolia.
 
Se abrazó con mi mamá entre lágrimas. Se sintieron los dueños de la Tierra. “Te acordás cuando cocinabas en la cocinita a leña en Eustolia”, le susurró mi papá, un recuerdo íntimo y retórico con el que solían medir su progreso. Mi mamá se acordó cuando invocaba a San Marcos por la esquina convencida de alcanzar su sueño: “todo lo que pidan en oración, crean que ya lo han conseguido y lo recibirán”.
 
Mi papá, más terrenal, sintió urgencia por terminar y rejuvenecer la milonga sobre la esquina. Esa noche agregó, tachó y acortó versos. “Dejala así. Cada vez que la tocás la empeorás”, le rogó mi mamá. Se tranquilizó cuando él puso los ojos raros, como mirándose hacia adentro. Supo que vendría una mejor versión.
 
–Tota. Ya la tengo. Mirá.
–Yo dejaría solo al Pompeya como lugar. Merece ser único.
–¿Entonces te parece doncellas en vez de Clucellas? – preguntó mi papá sin vacilar.
–Sí, pero también pondría el título al revés, primero a la esquina, luego la pebeta. Me parece más poético y misterioso.
–¿Algo más?, pensé que solo eras buena para las recetas de cocina – dijo mi papá con sonriente ironía y, enseguida, le leyó la nueva milonga.
 
“Esquina mía, pebeta hermosa”
 
“Esquina mía
Arrabalera y esquiva
Déjate atrapar
Sigues muy altiva
 
No te pongas celosa
Tota es mi esposa
Brillo de luciérnaga
Quimera amorosa
 
Será mi empeño
Perseguirte en sueños
Relaja tus bríos
Seré tu fiel dueño
 
Ámame papusa
Desnúdate fogosa
Esquina mía
Pebeta hermosa
 
Mar de vinos y estrellas
Como guapas doncellas
Siempre vivirán
En mi eterno Pompeya”.
 
Mi mamá se derritió. Le fascinó saberse retratada y eterna junto al Pompeya y a su querida esquina. Apreció que todo había cobrado más vida; las plantas se veían más verdes, el cielo más azul. Y cuando estaba en medio del trance, mi papá la despabiló con un pedido terrenal y urgente.
 
–Pensemos en los festejos.
–¿Qué festejos, Livio? No me asustes.
–Tantos años con esto... Hagamos un asado para todo el mundo.
–¡Pará un poco! Tendré que trabajar como una loca.
–Despreocupate. Le decimos al Zorrino. Le va a encantar.
 
La invitación para el sábado rezaba: “canilla libre y asado a reventar”. El Zorrino llevó a la carnicería una lista tan larga como su martingala con los números soñados de la quiniela. Tenía que asar para más de cien comensales. Compró con yapa anticipando que muchos vecinos “no van a querer perderse la festichola”.
 
La lista incluyó cien chorizos, cincuenta morcillas, treinta ristras de costillas, diez vacíos, nueve metros de chinchulines, tres kilos de mollejas y un lechón mediano. Mi mamá se ocuparía de las tortas borrachas y de los arrollados con dulce de leche. Mi papá del tinto Valderrobles y del blanco San Felipe.
 
Para ahorrar espacio en el patio, el Zorrino fue tan creativo que mi papá le vaticinó: “te van a venir a buscar los ingenieros de la NASA”. Puso tres parrillas una arriba de otra como un sándwich triple de miga separadas por cuatro ladrillos. En la más cercana al fuego puso a dorar el lechoncito, en la del medio encajó los chorizos y chinchulines y en la superior puso los costillares y vacíos “a fuego muy lento”.
 
La fiesta fue para libro de historia. Engulleron hasta el último milímetro de chinchulines. Las parrillas quedaron arrasadas como maizal tras una plaga de langostas. Después del postre mi mamá abrió dieciocho frascos de uvas moscatel en grappa. No sé si fueron esos efluvios o los de Valderrobles y del santo Felipe, pero nadie quedó sin cantar. Cantaron todo. Desde “Cambalache” a la “Guantanamera”, pasando por “Mambrú se fue a la guerra”, hasta “Arrorró mi niño” y “Zapatito de charol, botellita de licor”. Un colado simpático, que no tenía idea qué se festejaba, gritó un “viva los novios” a todo pulmón. No importó el desliz, mi papá tomó a mi mamá de la cintura y le chantó un beso de película entre medio de chiflidos, vítores e insinuaciones de que se vayan a festejar a otro lado. Terminaron con una genuflexión y llenos de aplausos. Mi papá estaba colorado como un tomate, ni de sol ni de vergüenza, de puro Valderrobles nomás.
 
La fiesta se durmió a las siete de la tarde. Mi mamá había pagado a unos changarines para la limpieza. Todo quedó con olor a Kreolina y Pino Luz.
 
El domingo fue distinto. Mis papás tenían los hombros cansados, además de chuchos de frío y calores intermitentes como si estuvieran entre la Antártida y el Amazonas. “No creo que sea algo que comimos”, dijo mi mamá, “¡se nos cayó la adrenalina!”. Quedaron toda la tarde aplastados, lentos y entredormidos con los ojos semiabiertos.
 
El lunes mi mamá se levantó con un sentimiento tan vacío como habían quedado sus latas de leche Nido. Todo le parecía sin contraste, como si tuviera la neblina dentro de los ojos; a las plantas las apreció de un verde gastado y al cielo de un gris desganado.
 
–No estoy feliz Livio. Me engañé todo el tiempo – dijo mi mamá y se largó a llorar antes del primer mate en el dormitorio.
–¡Cómo podés decir eso! Ahora que compramos la esquina. Hacía años que la querías. Mirá todo lo que tenés.
–Cerrá la puerta. No quiero que los chicos me vean así.
 
Él la abrazó. Ella lo apartó.
 
Abrió el bar sin ganas. No estaba cansada, pero se sentía sin fuerzas. Todos los clientes la felicitaban y ella disimulaba con muecas que hubieran necesitado algo de dientes para que fueran sonrisas. Estaba desahuciada. Ni siquiera tuvo fuerzas para arengarse con las plegarias de su libretita amarilla como solía hacer cuando no encontraba sentido a nada. Había anhelado comprar la esquina para alcanzar la felicidad, pero sentía que la felicidad la esquivaba.
 
Mi papá se sintió enjaulado en la oficina. Quería regresar a casa para consolar a mi mamá, pero los minutos tardaban como si tuvieran diez mil segundos. Pretendía asumir el papel del más fuerte en la pareja; quería saber el porqué del apagón.
 
–Qué te pasa, Tota. ¿Ya no me querés?
–Pero Livio, ¿por qué siempre vos? El tema soy yo. Me siento aplastada. Me pasó una aplanadora por arriba.
–Se nos cayó la adrenalina.
–Eso fue ayer. Hoy es distinto. Es más profundo.
–¡No jodas, Tota! ¿Te pasa algo conmigo?
–Pero no.
–No te entiendo. Acabamos de comprar la esquina. Es lo que más querías en la vida y pensé...
–Ni yo me entiendo, creeme, – lo interrumpió –no pienses estupideces, Livio. No me hagas caso.
 
Durmieron la siesta a duras penas. Cuando mi papá se cambió para ir a la oficina, mi mamá le pidió que se quede. No quería quedarse sola y necesitaba consuelo.
 
–Quiero ser feliz Livio. Pensé que tener la esquina era alcanzar la felicidad. Pero no es así. Tendrían que enseñar sobre felicidad en la escuela. Debería haber una clínica donde entrés y al rato salgas curada y llena de felicidad. ¡Qué se yo!, que te den unas pastillitas.
–Están los psicólogos, psiquiatras.
–No es lo mismo, Livio. Son doctores. Lo mío es otra cosa, quiero encontrarle sentido...
–Tota – la interrumpió –tenés trabajo, sos fuerte como un toro, tenés la esquina, tenés chicos buenos, te respetan en el bar, tenés todo. Tenés que estar muy agradecida.
–Me pregunto si no hubiese sido mejor nacer un poco más arriba. Empezamos muy de abajo, desde el fondo. Más fondo no podía haber. Ahora resulta que estamos contentos porque tenemos esta esquina medio destartalada y yo atiendo un bar de morondanga. ¿No pensás que somos poca cosa? Mi mamá trabajó toda su vida criando once hijos y mirá como le paga la vida. Está postrada, justo cuando debería estar feliz cosechando todo lo que sembró. Tengo miedo.
 
Después de desahogarse, lo miró a mi papá por más respuestas. Él tendría que bucear muy de dentro de sí y no estaba seguro si las encontraría. Empezó tímido.
 
–Tota, hay gente peor que nosotros, incluso los de arriba. Muchos aparentan ser felices, tienen mucho y algunos heredaron negocios y cosas, pero tienen otros problemas. Se sienten esclavos de haber nacido con el culo en la harina. No tienen libertad para hacer lo que quieren. Todo el mundo lleva su circo a cuestas. El otro día se suicidó la abogada de la otra esquina. ¡Tenía de todo!
–Livio, no me entendés. No me importa la otra gente, somos nosotros. No sé cómo explicarme. Vos la tenés fácil. Tu felicidad está con tus tangos, con River, tocando la flauta, discutiendo con tus amigos de política, haciendo chistes...
–Yo sé, te entiendo – la interrumpió –te digo que vos tenés mucho también. Muchos quisieran tener lo que vos tenés, más bien ser como vos. No se trata de tener, Tota, sino de ser.
 
Mi mamá cambió la mirada. Se sintió reconfortada que la reconocieran. Mi papá notó que sus respuestas eran buenas y caían como bálsamo. Buceó por más.
 
–Las cosas personales como las mías te ponen contento, Tota, pero, tampoco sé si eso me hace o te hacen más feliz. Creo que la felicidad es más fácil encontrarla cuando hacés cosas por los demás y los demás te sienten útil. Vos hacés mucho. Vas a los velorios y al Hogar de Ancianos a consolar gente, le llevás comida a los enfermos y rezás por ellos en la gruta de la Virgen, alabás a Dios en tu libretita amarilla, muchos clientes te tienen como paño de lágrimas, te desvivís por atender a los parientes, estás criando a los chicos – hizo una pausa para crear suspenso y remató –y ¡me tenés que aguantar a mí!
 
Mi mamá se descomprimió con una carcajada. Sintió que le estaban acariciando el alma.
 
–En fin, Tota – dijo mi papá envalentonado en busca de hilvanar un cierre de película como final de tango, –tenés que reconocer que hacés mucho por los demás y, además, tenés que reconocer que sos muy agradecida a Dios. Creo que ahí ya tenés gran parte de la felicidad ganada. No muchos tienen eso. Tenés que reconocer lo mucho que hacés y quien sos. ¡Te exigís mucho!, pará un poco y mirate desde afuera, desde la vereda de enfrente como si fueras otra persona. Creeme que te va a gustar mucho lo que vas a ver.
 
A mi mamá se le nubló la vista, pero igual lo traspasó con la mirada. Él también sintió que sus propias palabras lo desafiaban a cruzar la calle y a mirarse a sí mismo a la distancia.
 
A la mañana siguiente, mi mamá se sentó en la mesa de granito del patio. Miró hacia la jaula. Advirtió que los pájaros, pese a estar enjaulados, revoloteaban libres y contentos de rama en rama como buscando algo, pero despreocupados por hallarlo. “¿Será que la felicidad siempre hay que buscarla, pero hay que despreocuparse en encontrarla?”, se preguntó en voz baja. Se imaginó a la felicidad como una escalera infinita, un camino sin destino, llena de peldaños u objetivos que debía trepar sin reparar en el resultado.
 
Le gustó lo que pensó. Quiso escribirlo en alguna de sus libretitas, pero no encajaba ni en la verde ni en la amarilla. Decidió abrir otra que forró en papel dorado, a la que reservaría para anotar sus aprendizajes. Entendió que para ser feliz era importante tener muchos peldaños que trepar, algunos de corto alcance y otros para toda la vida. Y que todos deberían estar aunados por un objetivo común o el propósito de la vida.
 
Escribió setenta y tres peldaños nuevos en la libretita verde, desde construir una nueva casa, viajar a Europa y pintar el salón del bar, hasta visitar el Hogar de Ancianos una vez a la semana, apartarse de los pecados capitales y ser generosa y buscar siempre ser mejor persona, frase última que subrayó tres veces con la intención de transformarla en su propósito. “Es una escalera para toda la vida”, dijo en voz baja y trató de memorizar un par de objetivos para cumplirlos pronto. Luego tomó la libretita amarilla y escribió decidida apretando más de la cuenta la lapicera contra el papel: “Gracias Dios mío por todo lo que me das y todo lo que soy”.
 
Ya era tarde. Doce clientes revoloteaban inquietos en la vereda. Abrió el bar con ganas y sintió que su amiga, la Virgen de la Nueva Pompeya, la llenaba de gracia desde arriba del dintel.
 
Los ojos de mi mamá brillaban como centellas y su sonrisa hipnotizante atrapó todas las miradas. Hubiera sido redundante que agregue su saludo habitual de “buenos días”.
 
Sintió que el bar no era un lugar común y corriente o de morondanga como se había atrevido a definirlo en sus momentos más oscuros. Era un mundo único, lleno de vida y de escaleras infinitas, de personajes e historias, de alegrías y angustias, de confesiones y sueños.
 
Sintió que el Bar Nueva Pompeya era su universo, un espacio significativo para alcanzar su propósito y seguir trepando su escalera con determinación y alegría. “¡Cómo no sentirme feliz!”, afirmó en voz alta para que todos la escuchen.

lunes, 23 de agosto de 2021

Ahorros en latas de leche Nido y créditos hormiga

 
Retrato que me hizo mi hermano Gerardo; papel que mi papá encontró a mano
para planificar la financiera con el tío Tito  

–¡¿De qué estás hablando Tota?!
–¡¿No me entendiste, Livio?!, agarrate fuerte, te tengo la sorpresa de tu vida.
 
Él la miró desconcertado. Ella fue a la cocina. Sacó tres latas de leche en polvo Nido escondidas en un rincón de la alacena inferior. Las tiró sobre la mesa del comedor. Rebotaron en cámara lenta con ruido liviano.
 
–Tomá. Acá tenés.
–¿Para qué tanta leche? – preguntó confundido mi papá.
–Abrilas. No es leche.
 
Mi papá hizo palanca con el cuchillo en la ranura de una de las tapas. Reculó como si hubiera visto una cobra bailando fuera de la canasta. Miró sin creer lo que veía. Las tres latas estaban atiborradas de billetes abollados.
 
–¡¿Sorprendido?! – preguntó mi mamá con suficiencia –¿todavía crees que estamos fundidos?
–¿De dónde miércoles sacaste esto? ¡¿Ganaste la quiniela?! – ametralló mi papá.
–Desde la Comunión de Gerardo que vengo guardando todos los días billetito tras billetito. ¡Son tuyos!
–¿Por qué no me dijiste antes?
–Porque es un ahorro. Si te decía, seguro que lo hubiéramos gastado en cualquier cosa.
_Hubiésemos podido ir de vacaciones. Hace tres años que ni siquiera vamos a Mar Chiquita.
–Justamente por eso. No quise ser despilfarradora como la cigarra. Me prometí que sería como una hormiguita.
–¿Y eso?
–Lo aprendí de tanto que les leí a los chicos la fábula de Jean de la Fontaine. Tenía ganas de que llegara este día para ver los frutos de hormiga.
 
Mi papá quedó encandilado mirando dentro de las latas. “Cuánto hay... ¿ya contaste?”, preguntó. Sin esperar respuesta volcó los billetes sobre la mesa. “Contemos”, ordenó.
 
Veintisiete minutos después, mis papás, mi hermano y yo logramos alisar y apilar los setecientos veintinueve billetes en tres fajos de distinta denominación. Mi papá sumó la plata y la agregó mentalmente a los ahorros en Banco Nación. “Todavía nos falta un poco para llegar a la esquina. No importa, me darán un préstamo de taquito”.
 
Semanas después, mi papá estaba en la oficina y recibió una llamada del Banco Nación. Reconoció la voz. Creyó que le anunciarían que el préstamo estaba autorizado. Cambió el semblante cuando escuchó la misma mala noticia que le dieron el día anterior desde el Banco Provincia de Córdoba. Los bancos habían suspendido las líneas de crédito hasta nuevo aviso debido a los vaivenes erráticos de la política.
 
No podía creer que sucediera lo de siempre, que le faltara tan poco y que la esquina se alejara tanto. Pensó que la mala noticia mataría a mi mamá. Debía encontrar otra fórmula para comprar la esquina.
 
–Livio que te pasa. Te noto preocupado.
–Nada, cosas del trabajo.
–Dale, contame.
–No seas cargosa. Nada.
–Te conozco. Contame.
 
Cuando mi mamá dio media vuelta dispuesta a derretir un poco de azúcar, mi papá la sorprendió.
 
–Voy a abrir un banco.
–Sí yo abriré un bar en la Luna – respondió ella filosa y sarcástica.
_Te lo digo en serio.
–¿De qué estás hablando? Eso no se hace así porque sí.
–Bueno no será un banco con cuatro paredes, sino el concepto.
–¡¿Qué concepto?!
–Voy a prestar a los necesitados.
–Disfrazalo como quieras, vas a ir en cana. No quiero un usurero al lado mío. ¡Con todo lo que criticaste a los usureros, válgame, Dios!, ya te tragaste una noche en el calabozo.
–Aclaremos. La quiniela no fue culpa mía, no sé si nos entendemos – dijo mi papá con ironía, –lo hago para ayudar a otros.
–Sí claro. Yo también ayudo a los borrachos vendiéndoles vino.
–Los bancos no dan bola Tota, solo te dan plata si tenés plata. Y para que mierda querés plata si tenés plata. Son unos sinvergüenzas.
–No juegues a ser Robin Hood. Esperá que todo mejore y van a empezar a dar créditos de nuevo. Falta poquito.
–No tenemos tiempo Tota. Le voy a hablar a tu hermano.
–¿A Octavio?
–No, al Tito. Siempre anda buscando en qué invertir. De paso le hacemos un favor para que no pierda tanto en el casino.
 
Mi papá jugó esa ficha a sabiendas que el tío Tito era la debilidad de mi mamá. Ella también cedió para no desmotivarlo. Hacía rato que mi papá daba vueltas en busca de un emprendimiento que fuera más exitoso que la polla de fútbol, la fábrica de soda y el criadero de canarios.
 
–¿Se lo adelantaste? – le preguntó mi mamá al recordarle que el tío Tito llegaría a San Francisco a buscar un lote para instalar el Ringling Brothers.
–Todavía debo ver unas cositas. Quiero contarle todo con precisión de relojero, así agarra de una.
 
Mi papá sabía que mi tío no comía gato por liebre. Su idea era demostrarle que la financiera era un negocio que respondía a la necesidad de la gente y que tendría un ángulo humano. Proyectó una encuesta. Escribió a mano varias preguntas que copió con papel carbónico y las repartió entre los clientes del bar y en su oficina.
 
1) ¿Algún banco rechazó darle un préstamo?
2) ¿Está dispuesto a pagar un interés más alto con tal de conseguir dinero de inmediato y sin trámites?
3) ¿Se compromete a pagar a término y firmar pagarés?
Y en la cuarta sección de la encuesta, preguntó: A qué actividad destinará el dinero:
a)    Reparaciones en la casa.
b)   Pago de deudas.
c)     Compra de muebles o electrodomésticos.
d)   Adquisición de un vehículo.
 
El resultado fue mejor del esperado. Recibió treinta y siete respuestas de cuarenta. El cien por ciento contestó positivo a las tres primeras preguntas. En la cuarta, los encuestados agregaron a puño y letra datos curiosos: “para irme de vacaciones”, “pagar una escuela privada” y “comprarme la Gilera de mis sueños”.
 
–Tito, estos resultados hablan por sí solos. Hay mucha gente desesperada por un poco de plata. Los bancos no dan bola. Tenemos una gran oportunidad.
–Parece que sí. Pero, ojo, también hay que pensar en los riesgos.
–No te hagas problemas Tito, la gente pagará. Prestaremos solo a conocidos y de confianza. Serán créditos de poca monta, créditos hormiga.
–Siempre fuiste muy optimista, Livio. No será fácil.
–Tranquilo. Todo va a ir bien.
 
Los dos comenzaron a hacer cálculos, soñar con un futuro próspero y hasta lanzaron nombres para el emprendimiento. “Banco de la Virgen de Nueva Pompeya”, sugirió mi tío en honor a la capilla en Plaza Clucellas a la que iba de chico con mi mamá. Mi mamá, que cebaba mates a la distancia, asintió con emoción.
 
“Dejame demostrarte con estos números”, dijo mi papá. Estaba tan acelerado que escribió sobre el primer papel que encontró a mano, un retrato que me había dibujado mi hermano y en el que quedé crucificado para la posteridad como el autor intelectual del negocio. Mi papá escribió un 2.000.000 en el lado superior izquierdo de mi perfil.
 
–Se te fue el avión, Livio. Bajalo a uno. Acordate que no tocaremos lo que vamos a generar. A fin de año veremos si ponemos más capital.
 
Mi papá tachó el 2.000.000 y escribió 1.000.000, cantidad que subrayó dos veces para sellar el acuerdo.
 
–Livio, yo pongo el sesenta por ciento del capital inicial y vos el resto.
–Dejá de joder, Tito. El trato siempre fue que vamos mita y mita.
–Tendrás que administrar todo vos solo. Es justo que yo ponga más.
 
Mi papá prosiguió con la lapicera más rápida que una bala. Prestarían un monto hormiga de ciento veinticinco mil por mes al doce punto cinco de interés. Especuló que la ganancia mensual sería de quince mil seiscientos pesos y se le abrillantaron los ojos. El capital acumulado más los intereses le ayudarían a generar diecisiete mil seiscientos por mes en el segundo año y diecinueve mil ochocientos por mes el tercer año. Dejó de calcular después del séptimo año, no porque pensara que cerraría la financiera, sino porque “se me acabó el espacio en el papel”, dijo y se echó a reír. Se rio un poco por la ocurrencia y otro celebrando de antemano lo rico que sería.
 
–Eso es en el mejor escenario, Livio. Acordate que tenemos que estar preparados para los riesgos.
–Descuidate, tengo todo bajo control, hasta un abogado listo para ejecutar al que no pague y que no se corte la cadena. El negocio es redondo, Tito.
–Acordate que los bancos prestan la plata de la gente. Nosotros prestaremos la nuestra. Además, sabemos que esto no es muy santo que digamos y hay que prestar mucha atención.
–Ya sé Tito, me lo dijiste un montón de veces. Y yo te repito lo mismo: tranquilo todo va a salir bien.
 
Mi papá había alistado el primer millón para repartirlo en créditos hormiga. Irradiaba más optimismo que una sala de terapia intensiva vacía.
 
Al mediodía del primer día hábil del “Banco de la Virgen de Nueva Pompeya”, un señor en la otra orilla del bar le chistó para que se le acerque. Le susurró e imploró que le preste dinero para atender la salud de su esposa. “Es cosa de vida o muerte don Livio”, le dijo con cejas de urgencia y esperando compasión.
 
Mi papá desconfió. No lo reconocía y darle dinero era contrario a la política que le había prometido a mi tío: “prestaremos solo a gente conocida y de confianza”. Pero el entusiasmo por tener el primer cliente pudo más que él. Le dijo que regresara por la tardecita. Debía preparar los pagarés para la firma.
 
–¿Tenés problemas? – le preguntaron al unísono sus amigos el flaco Bosio y el Elso Godino con curiosidad cuando volvió a su mesa.
–Para nada. ¿Por qué?
–Reconocí al tipo. Su foto salió en el diario cuando se descubrió un fraude millonario en el hospital – dijo el flaco Bosio.
–¿Creen que soy tonto? ¡Nadie me va a joder! Todo el mundo me firmará pagarés, sino se los paso al abogado y listo el pollo – justificó mi papá.
–¡No salame! – le dijo el Elso Godino –no entendiste. No te va a joder con la guita, te va a joder porque te va a mandar en cana. ¡Ese tipo es uno de los jefes de la policía!
 
Mi papá quedó blanco como un papel, mareado y con la vista perdida. Imágenes de su noche en el calabozo y de mi mamá advirtiéndole que terminaría como usurero en la cárcel le rebotaron dentro del cráneo.
 
En aquella siesta no pegó un ojo. Trató de recordar a cada encuestado, pero no sospechó de nadie como delator. “Estoy frito”, pensó. No quiso decirle nada a mi mamá y menos a mi tío. Primero quería resolver el intríngulis.
 
El tipo regresó a las siete de la tarde en punto. Mi papá sacó una excusa de la galera que ni él mismo había imaginado hasta ese momento. Los nervios le jugaron una mala pasada. Las frases le salieron rápidas, pero desconectadas como tiros de una ametralladora atascada.
 
–Lamento su esposa. Mi patrón es muy generoso. Siempre ayuda a todo el mundo. Esta vez no puede. Me dijo que le diga. Vuelva el mes que viene. Que vaya directamente. A verlo a él. Esta es su dirección.
–Tranquilo don Livio. Tranquilo, no necesito esa dirección – le dijo el tipo e hizo una pausa poniéndole una mano sobre el hombro –no se haga problema, iré al banco. Es el único lugar donde debe ir la gente a pedir dinero. De lo contrario terminaré preso.
 
Mi papá entendió el mensaje. Quedó embalsamado en el medio del salón como si estuviera frente a un paredón de fusilamiento. Sintió que no controlaba el temblequeo de los dedos de las manos que le vibraban como colibrí chupando una flor. Pensó que todos los sueños de volverse rico como banquero se le estaban esfumando por la puerta detrás del policía. “¡Qué ingenuo!, ¡qué boludo que soy!”, se azotó a sí mismo.
 
Fue a la oficina a llamar por teléfono a mi tío para cerrar el banco antes de abrirlo y, de nuevo, las frases le salieron como ametralladora atascada: “Tito. Hasta aquí llegamos. Esto no es para mí. Estoy cagado. Dejémonos de joder. Mejor dediquémonos a otra cosa”.
 
Esa noche mi mamá estaba lista para derretir azúcar.
 
–No te preocupes mi amor. Por algo la Virgen hace las cosas que hace. Mejor que pase esto ahora a tener que lamentar en el futuro. El tipo es un mensajero.
–Pero qué mensajero, era el mismísimo carcelero – dijo mi papá y se rio de sí mismo.
 
Se puso serio enseguida y soltó una ráfaga apocalíptica.
 
–¿Sabés qué?, ya me cansé de lucharla. Estoy cansado Tota. Hasta aquí llegué. Tiro la toalla.
 
Mientras mi papá terminaba la cena con frases de fin del mundo y un flan bañado en azúcar quemada, mi hermano salió decidido del comedor.
 
Tomó los peones del juego de ajedrez sobre la biblioteca de nuestro dormitorio y los despanzurró en busca de las ocho monedas de oro que nos había regalado el tío Tito. Las puso en la bolsita de terciopelo original donde todavía guardaba el papel escrito con la fórmula mágica que nunca usamos. “El escondite más visible es el menos sospechoso”, se le ocurrió un día, prefiriendo esconder los peones a la vista de todos sin necesidad de ocultarlos en el patio o por el barrio.
 
Reapareció en el comedor y a una distancia de dos metros lanzó la bolsita al aire como tirando una ficha al juego del sapo. La bolsita cayó pesada sobre la mesa, con menos ruido que las latas de leche Nido de mi mamá, aunque con el mismo efecto reparador.
 
–Qué hacés Gerardo, hijito de Dios – advirtió mi mamá –casi me das en la cabeza. ¿Qué es esto?
–El tío Tito nos regaló esto hace años con la condición de dárselas ustedes en caso de que no puedan comprar la esquina – dijo mi hermano.
 
Mis papás lo miraron asombrados como si se tratara de la mismísima Virgen del Nueva Pompeya. No sabían si era una broma, una fantasía o un sueño.
 
Mi papá le ganó en rapidez a mi mamá. Abrió la bolsita y tiró el contenido sobre la mesa. Las monedas salieron corriendo por todos lados y brillaron con el mismo destello que sus anillos de casamiento.
 
Mi mamá se largó a llorar y exclamó: “el Tito no tiene nombre”. De golpe se vio a sí misma repasando sus objetivos y plegarias para comprar la esquina en sus libretitas verde y amarilla.
 
Mi papá se aguantó las lágrimas. Intentó hablar tres veces, pero el nudo en la garganta se lo impidió. Pensó que debía continuar la milonga que le había quedado trunca. Se acordó que convirtió el tango traumático, “Esquina esquiva”, en una milonga alegre y amorosa, “Pebeta hermosa, esquina mía”, comparando a la esquina con mi mamá. Sintió urgencia de terminarla.
 
–Ahora nos alcanza y nos sobra – dijo mi papá con la voz todavía quebrada –mañana mismo iré bien temprano del viejo Pons para comprarle la esquina.
–Te acompañamos, vamos juntos – respondió decidida mi mamá con los ojos todavía empapados.
 
Mi hermano y yo nos quedamos parados en silencio contemplando la escena. Estábamos contagiados de lágrimas. Nos sentimos como sentados en las butacas del cine Mayo viendo un final feliz. El muchachito que todos daban por muerto abría lentamente los ojos y, de nuevo, se llenaba de vida y esperanza.
 

 

jueves, 22 de julio de 2021

"Gracias Antonio" y la cocina de tangos

Un óleo de mi hermano del comedor de nuestras casa desde la
perspectiva de su estudio de pintura en nuestro dormitorio. Esta, una de mis pinturas
favoritas de aquella época, es parte de la colección privada del Arq. Oscar Cornaglia, en San Francisco, Argentina, amigo íntimo de Gerardo. Ambos trenzaron amistad
mientras aprendían el oficio con el gran maestro Miguel Pablo Borgarello.


Así como la cocina era el corazón del hogar y bastión de mi mamá, el living comedor era el epicentro de la casa y donde mi papá se sentía a sus anchas. Siempre estaba acompañado por “mis grandes amores”, como llamaba a Gigliola Cinquetti y Edye Gorme, y por sus amigos íntimos, Carlitos y Frank, que no necesitaban apellido de presentación y de quienes se vanagloriaba tener todos sus discos.
 
Un domingo por la tarde, inspirado por una nueva goleada de River, mi papá trató de componer un tango para homenajear a Vivaldi en la introducción de “Las cuatro estaciones”, el libro de recetas de mi mamá. No pudo porque para escribir tangos necesitaba cierta decepción o sufrimiento. Le salieron, en cambio, unas pareadas a las que tituló “Gracias Antonio”.
 
Cuatro estaciones palpitan en mi pecho
Recetas y violines deambulan sin techo
 
Manjares y sinfonías con igual destino
Dios gracias por enseñarnos el camino
 
De floral primavera a invierno pelado
Otoño mostaza, verano aterciopelado
 
Ritmos y acopios serán para mi amado
Gracias Antonio por haberme inspirado
 
–¡Es demasiado Livio! Me da vergüenza. Comparás mis comidas con las sinfonías – le dijo incómoda.
–La poesía empareja las cosas Tota. Acordate que “lo mismo un burro que un gran profesor” – le contestó riéndose –no te comparo, el punto
es que al final y salvando distancias, los dos hacen lo mismo.
–No entiendo.
–Los dos crean. Y cuando creas algo cobra vida propia, así sean poesías o recetas.
–¡Qué lindo! – dijo mi mamá poco convencida.
–¿Lo vas a usar?
–¡Por supuesto! No te olvides de los tangos para cada capítulo.
–Pará la mano che. Esto no es hacer albóndigas.
 
Además del living comedor y la cocina, la casa estaba compuesta por dos dormitorios, un baño y un saloncito multiuso que pusieron en alquiler en varias temporadas con el fin de engordar los ahorros para comprar la esquina. Había servido como depósito de la distribuidora de Leche Prima, hogar del Elso y la Quiqui Boasso, verdulería del Luisito Delgado y sala de velorio para cuando a la Dora, su esposa y nuestra niñera, le faltaron ahorros para el sepelio de su papá.
 
Los muebles sabían a art decó. En el comedor había un aparador blanco de puertitas rosadas y una mesa cajonera donde se guardaban chucherías, camuflada bajo un mantel de hule celeste con diseño de frutas. Estaba rodeada por seis sillas de colores en par, rojas, azules y verdes. Al costado, en el living, dos silloncitos de cuerina gris abrazaban a un Phillips, uno de los primeros televisores en la ciudad al que mi mamá culpaba por habernos “robado la felicidad”.
 
De espalda a los silloncitos se erigía el enorme ventanal con una cortina de dibujos arabescos parecidos a los de las Fabulandia. Absorbía todos los colores del patio con unos tonos pasteles que mi hermano atrapaba en lienzos y papeles. Gerardo pintaba en el comedor y en su estudio en el dormitorio desde donde llenaba de vida a sus naturalezas muertas.
 
En las noches que la brisa no entraba, salíamos a buscarla a la vereda debajo de las estrellas. Convertíamos en telescopio un agujerito en el medio del puño y pasábamos horas buscando meteoritos, satélites y observando como Venus, la Cruz del Sur y las Tres Marías patinaban por el cielo. “Tengo fe que veremos un plato volador”, prometió mi papá una noche entusiasmado por las historias de marcianos que Fabio Zerpa narraba por radio en “Más allá de la cuarta dimensión”.
 
Además de observatorio familiar, la vereda también servía de estación meteorológica. Mi papá pronosticaba tiempo seco si la Luna vestía anillos y chubascos del sur si los chirridos de los grillos se volvían insoportables.
 
Rendidos y asombrados ante tanta inmensidad, mi mamá aprovechaba para meter la púa con sus lecciones de fe.
 
–Viejo. ¿Creés que hay algo allá arriba?
–Zerpa dice que – respondió mi papá sin poder terminar la frase.
–No hablo de platos voladores ni boludeces Livio. Te pregunto si crees en Dios. ¡Todo es tan grande que no entiendo por qué no te da cosa!
–¡Qué decís! Claro que me da cosa. Creo en Dios o en una energía superior que creó todo. Pero es muy distinto a creer que después de morir nos vamos al cielo, si es que por ahí va tu pregunta.
–¡No te puedo creer!, ¡cómo no creés en nada!
–A ver. Explicame. Si te acostás a dormir perdés el conocimiento, te desenchufás, es como que te morís, ¿verdad? Bueno, hacé de cuenta que la muerte es eso. Te dormís para siempre y no sentís nada.
–¡Ni vos entendés la estupidez que decís! Cómo vas a creer que Dios hizo todo esto, nos creó inteligentes y nos va a dejar tirados.
–A ver. Demostrámelo. ¿Acaso viste alguna vez a un muerto caminando? ¿Alguien vino del más allá y te dijo cómo es? Te morís y chau pichu, todo desaparece. No somos nada.
–No te puedo creer. No crees en el cielo y crees en los marcianos, ¡haceme el favor! Nuestras almas van al cielo. Es así y punto.
–No te confundas. Eso del cielo y el infierno es un invento de los curas para que nos portemos bien, nada más. No hay nada después. Cero.
–¡Por favor! – chilló mi mamá.
–¡Por favor las pelotas! – respondió enérgico mi papá como siempre lo hacía cada vez que lo acusaban de hereje por renegar del cielo o del purgatorio.
 
Mi mamá largó un suspiro de resignación y pensó que esa noche redoblaría sus rezos para que Dios le regale más fe a mi papá. El suspiro de mi papá fue más terrenal. Quiso quedarse un rato más debajo de las estrellas porque le producía tanto placer como el chisporroteo que producía la lluvia sobre las chapas del techo y el sonido arrullador del ventilador de pie en siestas pegajosas.
 
–No te olvides lo que prometiste – le recordó mi mamá con tono seco y sin mirarlo cuando entraron al dormitorio.
–¡Qué te pasa! ¿De qué hablás?
–Nada. No me pasa nada. Me prometiste unos tangos para los capítulos.
–¡No jodas!, parecés Roberto Matosas como presionás. Escribir no es como boludear en la cocina.
–Sí claro, ¡por qué no cocinás vos!
–¡No jodas!
 
Esa noche mi mamá se acostó disgustada y no rezó por él, quiso castigarlo. Mi papá no pudo pegar un ojo. No porque pensara en resolver el tema de la vida después de la muerte como hubiese querido mi mamá, sino porque no quería estar enojado y que se le arruine el fin de semana. Ese sábado se levantó dos horas antes del amanecer dispuesto a arreglar el problema. Calentó la pava y se sentó en la mesa del comedor lapicera en mano.
 
Cuatro minutos antes de las seis de la madrugada, cuando creyó que había terminado su trabajo de mecánico del fin de semana, entró en el dormitorio en son de paz y con oficio de reloj despertador.
 
–Despertate. Escuchá – zarandeó a mi mamá extendiéndole un mate.
–¡¿Qué?! – reaccionó ella con los ojos pegados y malhumorada.
–Tengo el subtítulo y las estrofas.
–¡Cómo! Anoche me sacaste carpiendo.
–¿Querés escuchar o no?
_Soy toda oídos – reculó mi mamá.
–Al título le saqué el artículo para que no parezca copiado del longplay de Vivaldi. Y este es el subtítulo, aquí va, ta ta ta tan...
–Dejá el suspenso para otro día – apuró mi mamá más despabilada.
– “Sal y azúcar para cada día del año”.
 
Mi mamá lo miró como preguntándole “¿eso es todo?”. Tanto alboroto por algo tan insulso pensó. Sintió ganas de vengarse como la vez que mi papá le tiró el título por la borda en ese mismo dormitorio. Se mordió la lengua para evitar que se prolongue el berrinche de la noche anterior. Prefirió ser prudente.
 
–No entiendo.
–¿Todavía estás dormida o qué? – le tomó el pelo mi papá –usé sal y azúcar para evitar que digas recetas en la tapa porque es obvio, es un libro de cocina. También para que sigas homenajeando a tu mamá con aquello de salado y dulzón, bla bla bla y el resto es en alusión a tu papá. Alcanzar las cosas paso a paso, ¿te suena?
–Mmmm... más o menos.
–Siempre decís que la Hans y muchas mujeres odian pensar en cocinar. Bueno, vos les das la respuesta, una receta para cada día del año.
–¡Ni loca! No voy a escribir trescientas recetas.
–Es sentido figurado salame. Tenés que encontrar una fórmula. De repente hacés treinta recetas por capítulo y explicás que las deben repetir los otros dos meses de cada estación.
–No es mala idea, – dijo mi mamá y leyó en voz alta –“Cuatro estaciones: sal y azúcar para cada día del año”, vos sabés que me gusta, aún más, me reencanta. ¡Me saliste inteligente carajo!
 
A sabiendas que a mi mamá rara vez se le escapaban cumpleaños, aniversarios o promesas, mi papá se preparó para lo que vendría.
 
–¿Y los tangos?
–¡Qué hacés Matosas! Sabía que vendrías con los tapones de punta. Aquí van.
–¿En serio? ¿Ya los tenés?
–Escribí unas milongas para primavera verano y unos tangos para otoño invierno. Después las terminaré. ¡Escuchá! Esta es la primera estrofa para primavera y se llama “Libretita azul”.
 
Libretita azul rebosante de poesía
Versos y cantos para el alma mía
Ansío hallar en ti recetas de amor
Tal bella primavera abrir una flor
 
–¿Te gustó?
 
Mi mamá lo miró embelesada y se le escaparon dos chorros de lágrimas como si hubiera cortado un millón de cebollas. Mi papá se envalentonó con la aprobación implícita. Impostó la voz al estilo Tita Merello en “Se dice de mí” y cantó con la misma candencia de la Merello los primeros versos de una milonga corta y sustanciosa, “Sal y Azúcar”, que destinó al capítulo del verano.
 
Carita celestial
De azúcar y sal
Escríbeme poesías
Aquí en el umbral
Estrellas de verano
Titilan en mi mano
Recitame poemas
Cantalos en piano
Pizcas en el infinito
Terroncito del cielo
Ambas son chispas
Prenden mi deseo
 
Mi mamá se derritió sobre las sábanas. Sin poder hablar, le hizo señas para que leyera más lento. Quería paladear cada verso. Él parecía como que estaba tirando fuegos artificiales y se exaltaba más y más tras cada explosión, tras cada rima. Cuando se le destrabó la garganta, mi mamá intentó crear una pausa.
 
–¿Cuándo escribiste todo esto?
–Esta mañana. Mejor dicho, hace semanas que vengo cocinando a fuego lento, pero esta mañana les pegué un sacudón. Primero trabajé los tangos porque estaba con algo de bronca y cuando me salieron y me puse contento, enseguidita seguí con las milongas.
–Siempre te inspirás como Discépolo en esa mesa. ¡Es tu cocina de tangos!
 
Eufórico por la definición que le sonó a un gol de media cancha, mi papá encaró de nuevo.
 
–¿Lista?, aquí va un tango para abrir el capítulo del otoño. Se llama “Aroma en fuga” en honor al reclamo de la Hans a la que casi le destrozás el matrimonio con tus olores de cocina – dijo echándose a reír.
–Dale. Léelo lento por favor.
 
Mi papá aspiró, frunció la ceña y se entonó para cantar hablando como el Polaco Goyeneche.
 
Rejas abiertas
Aroma en fuga
Visitaste barrios
Enamoraste amos
Inspiraste otoños
Regresa a tu arrabal
Ventana de par en par
Te lo ordeno
Perfume perdido
Soy tu único destino
Siempre seré tu nido
Mi amor, amor mío
 
Mi mamá enloqueció. También se exaltó y volcó el mate sobre la cama. Sintió fuegos artificiales en todo el cuerpo y se dejó llevar. No trató ni quiso detener a mi papá, además era imposible. Mi papá notó el gesto de aprobación y siguió a todo trapo sin puntos ni comas.
 
–Aquí va la primera estrofa del tango que habla de vos y tus secretos de la cocina como dicen los clientes y se llama “El toque de la Tota” y es para el capítulo del invierno – y casi sin terminar la frase por la euforia alcanzó a tragar una bocanada que le permitió zambullirse de nuevo en la lectura.
 
Mano prodigiosa de mil secretos
Revela tus toques más concretos  
Regálame recetas y toda la magia
Codicia el invierno tu bella gracia
 
A esta altura mi mamá parecía las Cataratas del Iguazú y no sabía si eran sus lágrimas o el mate los que habían empapado el colchón. Mi papá era un río caudaloso e iba por más, se quería sacar todo de adentro y ganarse un sábado glorioso. Pensó que si el domingo acertaba la polla con sus pálpitos sería un fin de semana de campeón como en 1957.
 
–¡No tengo palabras Livio!
–Espera que ahora te dejaré muda para siempre – fanfarroneó –para el quinto capítulo o para el epílogo te escribí el postre, una milonga arrabalera como para poner la frutilla sobre la torta. Y como es el postre la llamé “Dulce espera”. Acá va la primera estrofa. M’s tarde te la termino.
 
Te espero entre ollas y sartenes
Como a golondrinas en andenes 
No son platillos para cualquiera
Solo serán para tu dulce espera
 
Mi mamá quedó con la cabeza dando vueltas pensando que no le sería fácil igualar con sus recetas tanta hermosura. Se apreció gratificada, pero, al mismo tiempo, se sintió chiquitita e insignificante como cuando miraba las estrellas. De nuevo le pidió a mi papá que caliente la pava y que traiga pastelitos de membrillo. Quería desayunar en la cama, se sentía tan diva como la Merello. Aprovechó a releer los versos y los posó sobre su pecho para sentirlos más cerca. Sintió ganas de comer el papel. Ya despuntaba el sábado. Deseó que el momento se congelara en el tiempo.
 
Días después, mientras todavía caminaba sobre las nubes extasiada por tanta poesía y creyendo que ya tenía todos los ingredientes para cocinar el libro, un fuerte cortocircuito la sacudió. Estaba detrás del mostrador del bar lavando copas como un día cualquiera cuando el Zorrino entró apresurado y sin mediar saludo le dio una noticia seca: “murió el Manya”.
 
Mi mamá sintió como si le hubieran metido una mano en las tripas y tirado de golpe hacia afuera. La invadió un vaho rancio, pegó tres arcadas y se agarró del mostrador para no caerse. Estaba esperando que en cualquier momento le anunciaran el desenlace, pero nunca imaginó que le pegaría tan fuerte. Pidió a todos los clientes que se vayan. Sobre la puerta pegó un cartelito con letra temblorosa: “cerrado por duelo”.
 
El bar permaneció cerrado esa tarde y al día siguiente. Sintió que era lo menos que podía hacer para honrar a su querido mandadero. Pensó que su duelo sería prolongado. Vestiría de negro un par de días y no se permitiría alegrías por largo rato ni mucho menos escribir recetas o pensar en el libro.

Otra de las naturalezas muertas llena de vida que pintó Gerardo en aquellos años
cuando tomaba clases con el maestro Miguel Pablo Borgarello.


EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...