jueves, 22 de julio de 2021

"Gracias Antonio" y la cocina de tangos

Un óleo de mi hermano del comedor de nuestras casa desde la
perspectiva de su estudio de pintura en nuestro dormitorio. Esta, una de mis pinturas
favoritas de aquella época, es parte de la colección privada del Arq. Oscar Cornaglia, en San Francisco, Argentina, amigo íntimo de Gerardo. Ambos trenzaron amistad
mientras aprendían el oficio con el gran maestro Miguel Pablo Borgarello.


Así como la cocina era el corazón del hogar y bastión de mi mamá, el living comedor era el epicentro de la casa y donde mi papá se sentía a sus anchas. Siempre estaba acompañado por “mis grandes amores”, como llamaba a Gigliola Cinquetti y Edye Gorme, y por sus amigos íntimos, Carlitos y Frank, que no necesitaban apellido de presentación y de quienes se vanagloriaba tener todos sus discos.
 
Un domingo por la tarde, inspirado por una nueva goleada de River, mi papá trató de componer un tango para homenajear a Vivaldi en la introducción de “Las cuatro estaciones”, el libro de recetas de mi mamá. No pudo porque para escribir tangos necesitaba cierta decepción o sufrimiento. Le salieron, en cambio, unas pareadas a las que tituló “Gracias Antonio”.
 
Cuatro estaciones palpitan en mi pecho
Recetas y violines deambulan sin techo
 
Manjares y sinfonías con igual destino
Dios gracias por enseñarnos el camino
 
De floral primavera a invierno pelado
Otoño mostaza, verano aterciopelado
 
Ritmos y acopios serán para mi amado
Gracias Antonio por haberme inspirado
 
–¡Es demasiado Livio! Me da vergüenza. Comparás mis comidas con las sinfonías le dijo incómoda.
–La poesía empareja las cosas Tota. Acordate que “lo mismo un burro que un gran profesor” – le contestó riéndose –no te comparo, el punto
es que al final y salvando distancias, los dos hacen lo mismo.
–No entiendo.
–Los dos crean. Y cuando creas algo cobra vida propia, así sean poesías o recetas.
–¡Qué lindo! – dijo mi mamá poco convencida.
–¿Lo vas a usar?
–¡Por supuesto! No te olvides de los tangos para cada capítulo.
–Pará la mano che. Esto no es hacer albóndigas.
 
Además del living comedor y la cocina, la casa estaba compuesta por dos dormitorios, un baño y un saloncito multiuso que pusieron en alquiler en varias temporadas con el fin de engordar los ahorros para comprar la esquina. Había servido como depósito de la distribuidora de Leche Prima, hogar del Elso y la Quiqui Boasso, verdulería del Luisito Delgado y sala de velorio para cuando a la Dora, su esposa y nuestra niñera, le faltaron ahorros para el sepelio de su papá.
 
Los muebles sabían a art decó. En el comedor había un aparador blanco de puertitas rosadas y una mesa cajonera donde se guardaban chucherías, camuflada bajo un mantel de hule celeste con diseño de frutas. Estaba rodeada por seis sillas de colores en par, rojas, azules y verdes. Al costado, en el living, dos silloncitos de cuerina gris abrazaban a un Phillips, uno de los primeros televisores en la ciudad al que mi mamá culpaba por habernos “robado la felicidad”.
 
De espalda a los silloncitos se erigía el enorme ventanal con una cortina de dibujos arabescos parecidos a los de las Fabulandia. Absorbía todos los colores del patio con unos tonos pasteles que mi hermano atrapaba en lienzos y papeles. Gerardo pintaba en el comedor y en su estudio en el dormitorio desde donde llenaba de vida a sus naturalezas muertas.
 
En las noches que la brisa no entraba, salíamos a buscarla a la vereda debajo de las estrellas. Convertíamos en telescopio un agujerito en el medio del puño y pasábamos horas buscando meteoritos, satélites y observando como Venus, la Cruz del Sur y las Tres Marías patinaban por el cielo. “Tengo fe que veremos un plato volador”, prometió mi papá una noche entusiasmado por las historias de marcianos que Fabio Zerpa narraba por radio en “Más allá de la cuarta dimensión”.
 
Además de observatorio familiar, la vereda también servía de estación meteorológica. Mi papá pronosticaba tiempo seco si la Luna vestía anillos y chubascos del sur si los chirridos de los grillos se volvían insoportables.
 
Rendidos y asombrados ante tanta inmensidad, mi mamá aprovechaba para meter la púa con sus lecciones de fe.
 
–Viejo. ¿Creés que hay algo allá arriba?
–Zerpa dice que – respondió mi papá sin poder terminar la frase.
–No hablo de platos voladores ni boludeces Livio. Te pregunto si crees en Dios. ¡Todo es tan grande que no entiendo por qué no te da cosa!
–¡Qué decís! Claro que me da cosa. Creo en Dios o en una energía superior que creó todo. Pero es muy distinto a creer que después de morir nos vamos al cielo, si es que por ahí va tu pregunta.
–¡No te puedo creer!, ¡cómo no creés en nada!
–A ver. Explicame. Si te acostás a dormir perdés el conocimiento, te desenchufás, es como que te morís, ¿verdad? Bueno, hacé de cuenta que la muerte es eso. Te dormís para siempre y no sentís nada.
–¡Ni vos entendés la estupidez que decís! Cómo vas a creer que Dios hizo todo esto, nos creó inteligentes y nos va a dejar tirados.
–A ver. Demostrámelo. ¿Acaso viste alguna vez a un muerto caminando? ¿Alguien vino del más allá y te dijo cómo es? Te morís y chau pichu, todo desaparece. No somos nada.
–No te puedo creer. No crees en el cielo y crees en los marcianos, ¡haceme el favor! Nuestras almas van al cielo. Es así y punto.
–No te confundas. Eso del cielo y el infierno es un invento de los curas para que nos portemos bien, nada más. No hay nada después. Cero.
–¡Por favor! – chilló mi mamá.
–¡Por favor las pelotas! – respondió enérgico mi papá como siempre lo hacía cada vez que lo acusaban de hereje por renegar del cielo o del purgatorio.
 
Mi mamá largó un suspiro de resignación y pensó que esa noche redoblaría sus rezos para que Dios le regale más fe a mi papá. El suspiro de mi papá fue más terrenal. Quiso quedarse un rato más debajo de las estrellas porque le producía tanto placer como el chisporroteo que producía la lluvia sobre las chapas del techo y el sonido arrullador del ventilador de pie en siestas pegajosas.
 
–No te olvides lo que prometiste – le recordó mi mamá con tono seco y sin mirarlo cuando entraron al dormitorio.
–¡Qué te pasa! ¿De qué hablás?
–Nada. No me pasa nada. Me prometiste unos tangos para los capítulos.
–¡No jodas!, parecés Roberto Matosas como presionás. Escribir no es como boludear en la cocina.
–Sí claro, ¡por qué no cocinás vos!
–¡No jodas!
 
Esa noche mi mamá se acostó disgustada y no rezó por él, quiso castigarlo. Mi papá no pudo pegar un ojo. No porque pensara en resolver el tema de la vida después de la muerte como hubiese querido mi mamá, sino porque no quería estar enojado y que se le arruine el fin de semana. Ese sábado se levantó dos horas antes del amanecer dispuesto a arreglar el problema. Calentó la pava y se sentó en la mesa del comedor lapicera en mano.
 
Cuatro minutos antes de las seis de la madrugada, cuando creyó que había terminado su trabajo de mecánico del fin de semana, entró en el dormitorio en son de paz y con oficio de reloj despertador.
 
–Despertate. Escuchá – zarandeó a mi mamá extendiéndole un mate.
–¡¿Qué?! – reaccionó ella con los ojos pegados y malhumorada.
–Tengo el subtítulo y las estrofas.
–¡Cómo! Anoche me sacaste carpiendo.
–¿Querés escuchar o no?
_Soy toda oídos – reculó mi mamá.
–Al título le saqué el artículo para que no parezca copiado del longplay de Vivaldi. Y este es el subtítulo, aquí va, ta ta ta tan...
–Dejá el suspenso para otro día – apuró mi mamá más despabilada.
– “Sal y azúcar para cada día del año”.
 
Mi mamá lo miró como preguntándole “¿eso es todo?”. Tanto alboroto por algo tan insulso pensó. Sintió ganas de vengarse como la vez que mi papá le tiró el título por la borda en ese mismo dormitorio. Se mordió la lengua para evitar que se prolongue el berrinche de la noche anterior. Prefirió ser prudente.
 
–No entiendo.
–¿Todavía estás dormida o qué? – le tomó el pelo mi papá –usé sal y azúcar para evitar que digas recetas en la tapa porque es obvio, es un libro de cocina. También para que sigas homenajeando a tu mamá con aquello de salado y dulzón, bla bla bla y el resto es en alusión a tu papá. Alcanzar las cosas paso a paso, ¿te suena?
–Mmmm... más o menos.
–Siempre decís que la Hans y muchas mujeres odian pensar en cocinar. Bueno, vos les das la respuesta, una receta para cada día del año.
–¡Ni loca! No voy a escribir trescientas recetas.
–Es sentido figurado salame. Tenés que encontrar una fórmula. De repente hacés treinta recetas por capítulo y explicás que las deben repetir los otros dos meses de cada estación.
–No es mala idea, – dijo mi mamá y leyó en voz alta –“Cuatro estaciones: sal y azúcar para cada día del año”, vos sabés que me gusta, aún más, me reencanta. ¡Me saliste inteligente carajo!
 
A sabiendas que a mi mamá rara vez se le escapaban cumpleaños, aniversarios o promesas, mi papá se preparó para lo que vendría.
 
–¿Y los tangos?
–¡Qué hacés Matosas! Sabía que vendrías con los tapones de punta. Aquí van.
–¿En serio? ¿Ya los tenés?
–Escribí unas milongas para primavera verano y unos tangos para otoño invierno. Después las terminaré. ¡Escuchá! Esta es la primera estrofa para primavera y se llama “Libretita azul”.
 
Libretita azul rebosante de poesía
Versos y cantos para el alma mía
Ansío hallar en ti recetas de amor
Tal bella primavera abrir una flor
 
–¿Te gustó?
 
Mi mamá lo miró embelesada y se le escaparon dos chorros de lágrimas como si hubiera cortado un millón de cebollas. Mi papá se envalentonó con la aprobación implícita. Impostó la voz al estilo Tita Merello en “Se dice de mí” y cantó con la misma candencia de la Merello los primeros versos de una milonga corta y sustanciosa, “Sal y Azúcar”, que destinó al capítulo del verano.
 
Carita celestial
De azúcar y sal
Escríbeme poesías
Aquí en el umbral
Estrellas de verano
Titilan en mi mano
Recitame poemas
Cantalos en piano
Pizcas en el infinito
Terroncito del cielo
Ambas son chispas
Prenden mi deseo
 
Mi mamá se derritió sobre las sábanas. Sin poder hablar, le hizo señas para que leyera más lento. Quería paladear cada verso. Él parecía como que estaba tirando fuegos artificiales y se exaltaba más y más tras cada explosión, tras cada rima. Cuando se le destrabó la garganta, mi mamá intentó crear una pausa.
 
–¿Cuándo escribiste todo esto?
–Esta mañana. Mejor dicho, hace semanas que vengo cocinando a fuego lento, pero esta mañana les pegué un sacudón. Primero trabajé los tangos porque estaba con algo de bronca y cuando me salieron y me puse contento, enseguidita seguí con las milongas.
–Siempre te inspirás como Discépolo en esa mesa. ¡Es tu cocina de tangos!
 
Eufórico por la definición que le sonó a un gol de media cancha, mi papá encaró de nuevo.
 
–¿Lista?, aquí va un tango para abrir el capítulo del otoño. Se llama “Aroma en fuga” en honor al reclamo de la Hans a la que casi le destrozás el matrimonio con tus olores de cocina – dijo echándose a reír.
–Dale. Léelo lento por favor.
 
Mi papá aspiró, frunció la ceña y se entonó para cantar hablando como el Polaco Goyeneche.
 
Rejas abiertas
Aroma en fuga
Visitaste barrios
Enamoraste amos
Inspiraste otoños
Regresa a tu arrabal
Ventana de par en par
Te lo ordeno
Perfume perdido
Soy tu único destino
Siempre seré tu nido
Mi amor, amor mío
 
Mi mamá enloqueció. También se exaltó y volcó el mate sobre la cama. Sintió fuegos artificiales en todo el cuerpo y se dejó llevar. No trató ni quiso detener a mi papá, además era imposible. Mi papá notó el gesto de aprobación y siguió a todo trapo sin puntos ni comas.
 
–Aquí va la primera estrofa del tango que habla de vos y tus secretos de la cocina como dicen los clientes y se llama “El toque de la Tota” y es para el capítulo del invierno – y casi sin terminar la frase por la euforia alcanzó a tragar una bocanada que le permitió zambullirse de nuevo en la lectura.
 
Mano prodigiosa de mil secretos
Revela tus toques más concretos  
Regálame recetas y toda la magia
Codicia el invierno tu bella gracia
 
A esta altura mi mamá parecía las Cataratas del Iguazú y no sabía si eran sus lágrimas o el mate los que habían empapado el colchón. Mi papá era un río caudaloso e iba por más, se quería sacar todo de adentro y ganarse un sábado glorioso. Pensó que si el domingo acertaba la polla con sus pálpitos sería un fin de semana de campeón como en 1957.
 
¡No tengo palabras Livio!
–Espera que ahora te dejaré muda para siempre – fanfarroneó –para el quinto capítulo o para el epílogo te escribí el postre, una milonga arrabalera como para poner la frutilla sobre la torta. Y como es el postre la llamé “Dulce espera”. Acá va la primera estrofa. M’s tarde te la termino.
 
Te espero entre ollas y sartenes
Como a golondrinas en andenes 
No son platillos para cualquiera
Solo serán para tu dulce espera
 
Mi mamá quedó con la cabeza dando vueltas pensando que no le sería fácil igualar con sus recetas tanta hermosura. Se apreció gratificada, pero, al mismo tiempo, se sintió chiquitita e insignificante como cuando miraba las estrellas. De nuevo le pidió a mi papá que caliente la pava y que traiga pastelitos de membrillo. Quería desayunar en la cama, se sentía tan diva como la Merello. Aprovechó a releer los versos y los posó sobre su pecho para sentirlos más cerca. Sintió ganas de comer el papel. Ya despuntaba el sábado. Deseó que el momento se congelara en el tiempo.
 
Días después, mientras todavía caminaba sobre las nubes extasiada por tanta poesía y creyendo que ya tenía todos los ingredientes para cocinar el libro, un fuerte cortocircuito la sacudió. Estaba detrás del mostrador del bar lavando copas como un día cualquiera cuando el Zorrino entró apresurado y sin mediar saludo le dio una noticia seca: “murió el Manya”.
 
Mi mamá sintió como si le hubieran metido una mano en las tripas y tirado de golpe hacia afuera. La invadió un vaho rancio, pegó tres arcadas y se agarró del mostrador para no caerse. Estaba esperando que en cualquier momento le anunciaran el desenlace, pero nunca imaginó que le pegaría tan fuerte. Pidió a todos los clientes que se vayan. Sobre la puerta pegó un cartelito con letra temblorosa: “cerrado por duelo”.
 
El bar permaneció cerrado esa tarde y al día siguiente. Sintió que era lo menos que podía hacer para honrar a su querido mandadero. Pensó que su duelo sería prolongado. Vestiría de negro un par de días y no se permitiría alegrías por largo rato ni mucho menos escribir recetas o pensar en el libro.

Otra de las naturalezas muertas llena de vida que pintó Gerardo en aquellos años
cuando tomaba clases con el maestro Miguel Pablo Borgarello.


jueves, 8 de julio de 2021

El corazón de la casa y las cuatro estaciones

Interpretación de la martingala de la cocina de mi mamá.

Siempre había manjares a fuego lento sobre las hornallas de la cocina. Despedían aromas tan ricos y espesos que las glándulas salivares se disparaban a baldazo limpio y uno podía cortar una rebanada de aire para saciarse antes de la comida.
 
La cocina era el corazón de la casa. En noches de frío antártico, mi mamá encendía las hornallas a todo vapor y con unos panes de chicharrón y tazones de café con leche grandes como palanganas, la cocina se convertía en una playa caribeña donde se podía comer en cueros y chancletas.
 
En una esquina, el aparador de nogal, un Pelucchi de 1881, recordaba el año que mis bisabuelos Carlo Giovanni Trotti e Isabella Marnelli habían partido del Puerto de Génova en busca de un futuro mejor. La parte inferior del aparador rinconero rebosaba de ollas y sartenes. Arriba, se distinguían los manjares caseros “para salir del apuro” como decía mi mamá: botellones de gallina al escabeche, pickles de verduras, jaleas tutifruti, uva moscatel en grapa y alfajorcitos de maizena.
 
Así como ella guardaba todas sus posesiones en el aparador, mi papá tenía las suyas en “el cielo y la tierra”. De los tirantes del cielorraso pendían salamines, jamones y bondiolas de la última carneada en Eustolia y en el rincón, sobre el piso, una lata de galletitas Terrabussi era su escondite para los salames a la grasa. Alardeaba de que eran tan tiernos que “hasta los podés untar sobre una tostada”.
 
El aparador tenía un cajoncito con llave que se veneraba como relicario de parroquia. Mi mamá almacenaba lo que muchos consideraban “los secretos de la Tota” o “el toque de la Tota”. Tres libretas azules forradas con papel araña plastificado en las que había escrito sus experimentos y recetas de cocina. Dos estaban completas y la tercera, todavía en blanco, esperaba otro destino.
 
La más antigua contenía recetas de cuando era soltera “para que no queden en el olvido”. La había titulado con la frase que le heredó su mamá, la nona Antonia: “lo salado mejora la digestión, pero lo dulzón ablanda el corazón”. La segunda tenía recetas de sus primeros años de casada en Eustolia para matar el aburrimiento en domingos por la tarde. La tituló con una desviación de la frase original. Creyó que “la sal es a la razón, lo que el azúcar al corazón” interpretaba mejor lo que le había querido trasmitir su mamá.
 
Escribía recetas porque le resultaba natural y porque obtenía recompensa instantánea. Apenas despuntaba el lápiz, le asaltaba la imagen mientras derretía azúcar en la cocina de su casa materna y cuando mi papá entró de golpe y porrazo, la arrinconó y le chantó un beso a lo Rodolfo Valentino.
 
–Un terrón de azúcar es más que suficiente – le dijo mi nona antes de que mi mamá le sirviera canelones a mi papá en su primera visita como novio oficial.
–¿Un terrón de azúcar? ¿De qué hablás mami?
–Sí, Tota. A los hombres hay que ganarlos con postres y dulces. Nada tiene esa magia, ni siquiera tus canelones. Cuando quieras enamorarlo o sacarle las penas, ahí te dejo la receta.
–¿Y si no tengo un postre a mano?
–Derretí un terrón de azúcar. Será suficiente.
–¿Para qué?
–Para tener un matrimonio feliz y duradero. Jamás te olvides, lo salado mejora la digestión, pero lo dulzón ablanda el corazón.
 
Varios terrones más adelante, un día sudoroso de diciembre de 1952, mi papá llegó con una cajita aterciopelada con el tesoro que ella y su mamá esperaban desde hacía tiempo, una sortija de oro 24 kilates. Esa tardecita, en esa cocina, mi mamá dio el sí definitivo ante una pastafrola de dulce de membrillo como testigo.
 
Mi papá nunca se enteró sobre el secreto del terrón, pero había notado que apenas olía el azúcar quemado se transportaba al gallinero de su infancia para recoger huevos algodonados y un calor uterino envolvente lo anestesiaba. Pocos segundos después se sentía seguro, optimista y capaz de llevarse el mundo por delante.
 
Las cuatro estaciones
 
En una noche de insomnio, mi mamá decidió que la tercera libreta tendría destino de libro. No sería tarea fácil. Había cursado solo la escuela primaria y desconocía si tenía agallas y destrezas para escribir un libro. La vecina Hans, sin que lo supiera, la había motivado después de sugerirle que abriera un restaurante o una rotisería, tras reclamarle que cerrara la ventana de la cocina porque los aromas que penetraban en su casa le estaban descarriando el matrimonio. Mi mamá creyó que sería más fácil escribir un libro de cocina que lidiar con más clientes, mozos y cocineras.
 
Visitó la imprenta de Traverso Hermanos y se alegró que cien libros para regalar a parientes, clientes y vecinos en Navidad no costarían caros. El impresor, el mayor de los Traverso, le sugirió un par de consejos para que las ciento doce páginas presupuestadas tuvieran éxito: letra grande para que “las viejas puedan cocinar sin lentes” y un título cortito e intrigante con una bajada que explique el contenido.
 
Mi mamá pensó que la tapa sería pan comido. Una madrugada elucubró nombres, mates amargos de por medio. Le gustó “ollas y sartenes” después de advertir los platos sucios sobre el fogón, pero lo descartó porque no invitaba a leer recetas de postres. Le agregó un poco de azúcar al mate y en el instante creyó tener su primera epifanía: “Sal y azúcar, cómo no se me ocurrió antes”. Pensó que era cortito como le había pedido Traverso, tenía los dos ingredientes más usuales de una cocina y seguiría homenajeando a su mamá como pretendía. Intentó varias bajadas con frases halagadoras que sus clientes le prodigaban, aunque descartó “los secretos de la Tota” porque le sonaba demasiado egocéntrica. Se inclinó por una frase de su mandadero personal, el Manya Luna: “doña Tota, sus recetas son para el alma”.
 
Pasó en limpio el título con mayúsculas y la bajada en minúsculas como los visualizó en la tapa: “SAL y AZÚCAR: recetas para el alma”. Corrió a despertar a mi papá por aprobación. Se lo leyó tres veces, pero él también se encogió de hombros tres veces. A mi mamá se le derrumbó la estantería. Salió furiosa del dormitorio. Mi papá la siguió para calmarla con miedo a que abandone el proyecto que tanta vida le había dado en los últimos meses. “Tota, empezá por lo de adentro, después el título te saldrá solito”, le dijo.
 
Mi mamá aceptó seguir, después de todo, no podía dar marcha atrás. La idea del libro ya era más grande que ella, tenía vida propia.
 
Pensó que debía compilar recetas de sus libretas antiguas para hacer una especie de “mejores éxitos” como los cantantes ponían en los long play. Contaría anécdotas de cómo le habían surgido algunos platos y recetas. Empezaría por la frase mágica que le había heredado su mamá. Seguiría con el toque con limón que le había dado a la masa de los pastelitos oreja de burro con los que mi nona Chinta pretendía que mi hermano no se olvide de volver a Eustolia. Contaría sobre las tostadas con miel, limón y rodajas de naranja que le daban de chica apenas rozaba los treinta y ocho de fiebre e incluiría el cóctel Superman que me preparaba con leche, Nesquik, jalea real y Riboflavin B2 para que “crezcas fuerte como un toro”.
 
Pensó que también incorporaría nuevas recetas que todavía no había pasado en limpio. Una bagna cauda piamontesa a la que con una cucharada de azúcar y comino había transformado en “Bagna cauda de soltera”; un helado casero de pistacho, crema y sambayón con confite al que llamó “Tierra, Luna y Sol en el firmamento”; una bola hueca de chocolate cobertura rellena con crema pastelera, pedacitos de naranja y quinotos glaseados a la que nombró “Pascua en agosto”; un bife de chorizo vacunado con cognac Tres Plumas sobre un colchón de brotes de alfalfa que arrancó en un viaje a Eustolia al que llamó “Toro borracho en el pastizal” y unas peras inyectadas con oporto y jerez flotando en un almíbar espeso de aloe vera para homenajear al Manya Luna al que denominó “Feliz otoño de la vida”.
 
Pensó que tenía todos los ingredientes organizados, pero cuando se dispuso a escribir le sucedió lo impensado. Se le bloquearon las neuronas y se le paralizó la mano. La hoja en blanco le parecía más grande que una sábana doble. El cimbronazo de no saber qué hacer la aterró. “En qué berenjenal me metí” se dijo así misma, “que hago mandándome la parte de escritora, ¡qué babacha Dios mío!”. Fue la segunda vez que sintió ganas de tirar la toalla desde que mi papá le había descalificado el título.
 
Cuando el ánimo se le caía al sótano, solía buscar refugio en su libretita verde. Releer objetivos, resoluciones de principios de año y frases célebres muchas veces le había servido para salir del atolladero. “Si quieres lograr algo ¡escríbelo!” decía la frase de su papá, el nono José, que ella había subrayado. “Recién cuando escribes se transforma en propósito. Más escribes, más alcanzas”, describía otra frase del nono, debajo de la cual ella había complementado con “comprar la esquina” y que “los chicos vayan a la mejor escuela”. Pero la enseñanza de mi nono que le vino como anillo al dedo estaba al fondo de otra página. “Si el objetivo parece inalcanzable y da escalofríos, hay que dividirlo en pedacitos y alcanzarlo paso a paso; así se lograron los grandes avances de la humanidad”.
 
Le hizo un redondel a la frase y se sintió reanimada. Se sentó en la mesa del comedor, prefirió a Antonio Vivaldi que a Carlos Gardel de fondo y sin querer tuvo su segunda epifanía. “Que tonta”, pensó, “siempre tuve el nombre enfrente mío”. En una hoja en limpio escribió “Las cuatro estaciones” y supo convencida que ese sería el título de su libro. “Cada estación del año será un capítulo”, se dijo contenta al haber encontrado el método para empezar a escribir. Escribió los nombres de las estaciones debajo del título en el orden que Vivaldi las había puesto, primavera, verano, otoño e invierno, y trazó unas líneas verticales para dividirlas en columnas.
 
Recién después de la segunda pava de mates descifró el método completo. No escribiría los nombres de las recetas en esas columnas, sino los ingredientes. “Si a cada estación le asigno los ingredientes, podré escribir las recetas con esos ingredientes para cada temporada del año”, pensó y se sintió contenta por su idea. Trazó una quinta columna a la izquierda de las estaciones y escribió catorce categorías que le permitirían describir los ingredientes para cada estación: color, textura, carne, pasta, fruta, verdura, especia, dulce, cereal, bebida, frutos secos, aceite, vinagre y queso.
 
Sintió que tenía dividido al libro en cuatro capítulos y hasta pensó que podría agregar otro con recetas cruzadas, combinando ingredientes de estaciones distintas, otoño-invierno, verano-primavera. Se animó a imaginar las más osadas de todas, una mezcla de opuestos, recetas verano-invierno. Se rio sola. Creyó que había escrito una martingala de la cocina similar a la matemática que había creado el tío Tito, su hermano menor, para batir al casino. Esperaba, eso sí, tener más suerte que él.
 
En la categoría carne asignó pollo a primavera, pescado a verano, cerdo a otoño y res a invierno. Y así prosiguió asignando todos los ingredientes de las catorce categorías a las cuatro estaciones.
 
Briosa entró al dormitorio con su martingala a despertar a mi papá con un mate azucarado como a él le gustaban.
 
–Ya lo tengo.
–¿De qué estás hablando?
–Ya tengo la fórmula del libro. Lo dividiré en capítulos. Y hasta tengo el título.
–¿Cuál?
–Las cuatro estaciones.
–¿De tren? – le preguntó mi papá medio dormido.
–No seas salame. Las cuatro estaciones como las de Vivaldi.
–¡Está buenísimo!, me encanta.
–De subtítulo le pondré recetas para el alma.
–¡Estás loca! va a parecer un libro de misa más que uno de cocina – y ambos se largaron una carcajada.
–¿Qué le pongo entonces? Ayudame por favor, no sea malo.
–Usá de nuevo la frase de tu mamá o sabés que, mejor combiná la de tu mamá con la frase de tu papá. Te va a quedar una delicia.
 
A mi mamá le gustó, sintió que tendría ayuda y fue por más.
 
–Dale escribime el subtítulo. A vos te sale fácil escribir – y mientras lo decía se le ocurrió otra idea –es más, porque no me escribís un par de tangos para ponerlos al principio de cada capítulo.
–¿De qué hablás?
–Son solo cuatro o cinco, no te pido mucho. Va a quedar lindo, será como ponerle poesía y música a la cocina.
–¡Estás chiflada!, te crees que es fácil. Querés que escriba que el canelón está triste porque la salsa se le fue con el raviol ¡haceme el favor! – contestó mi papá impostando la voz al estilo el Polaco Goyeneche y ambos se despanzurraron.
–En serio te digo. De repente al capítulo de la primavera le ponés una milonga.
 
Ni lerdo ni perezoso, mi papá intentó unos acordes en su armónica e improvisó unas rimas.
 
–¿Te gustan?
–Están desabridas, les falta un poco de sal – respondió mi mamá y ambos se volvieron a tentar, aunque más cerca uno del otro que antes.
–Tota, dejá el mate, después la seguimos. Vení antes que se despierten los chicos.

jueves, 24 de junio de 2021

Bendito y maldito anónimo


Me senté en la mesa de granito del patio con la libreta de calificaciones de la escuela. Mis notas eran malas. Estaba seguro de que mi papá no me la iba a firmar. La última vez lo había hecho por lástima y fue tajante: “si no mejorás, chau escuela, de patitas a trabajar con tu mamá en el bar”.
 
Sentí pánico. No quería perder a mis amigos ni los recreos para jugar a la pelota. La garganta se me cerró y tragar aire fue tan difícil como chupar un mate con la bombilla tapada. Me largué a llorar, no quería vivir más. Pensé en treparme al paredón de Vietnam y estrellarme de cabeza contra el piso.
 
Mi mamá apareció de golpe. Escondí la libreta para que no viera las notas, pero ni siquiera me advirtió a su lado. Quedó mirando fijo en dirección a la pajarera. En sus manos tenía un papelito doblado por la mitad y también se largó a llorar. No lloraba de miedo como yo, sino de rabia.
 
–¿Qué te pasa mami?
–Nada me respondió aspirando un sorbo largo de aire y sorprendiéndose de que estuviera a su lado.
–¿Por qué llorás?
–Por nada Nenuchín, por nada – me contestó, expulsando hasta la última gota de aliento.
 
Pocas veces la había visto llorar. Me resultaba raro que siempre lo hiciera con ese misterioso papelito en la mano y en el mismo lugar. La dura mesa de granito parece que tenía propiedades extrañas, reflejaba el sol como espejo, rebotaba la lluvia, pero era una esponja a la hora de absorber lágrimas y penas.  
 
Mi mamá venía bajoneada desde la noche anterior. Había discutido con mi papá en la cena hasta que los gritos inundaron la casa.
 
–No tenés vergüenza. Me hiciste quedar como una cornuda y una estúpida.
¿De qué estás hablando? ¡Estás loca! – reaccionó desprevenido mi papá.
–Está todo aquí – le reprochó con el papelito en la mano.
–¿De qué estás hablando? ¡¿Ese es el maldito anónimo?!
–Ya no aguanto más. No tenés perdón de Dios – respondió, blandiéndole el papelito con una marca del Zorro ante sus narices.
 
Mi papá se lo arrebató y con un paneo relámpago trató de leer en cuatro segundos unas diez líneas que mi mamá se las recitaba de memoria como si fuera el Padre Nuestro desde hace más de mil años. Nervioso y temblando de bronca no pudo descifrar todos los renglones sobre el papel arrugado y envejecido salpicado con manchas de tinta fuente. Detectó errores de ortografía, palabras en piamontés y parecía escrito como si una persona diestra hubiera usado la zurda para no delatarse. Le saltó a la vista “ojo con la otra” y una firma a las apuradas cayéndose del papel: “Tu ángel y protectora”.
 
Le devolvió el papel a mi mamá y también se desquitó chantándole la marca del Zorro en la cara.
 
–¿Quién te mandó esto? Le crees a cualquiera. Seguro que fue alguna de tus amiguitas, celosa de que vinimos a San Francisco.
–No desvíes la conversación. No puedo vivir así. ¿Con quién me estás engañando?
–¿Sos o te hacés? Te hablan del pasado y me atacas cinco años después.
–¿Con quién me pusiste los cuernos?
–Estás de remate. Jamás te traicioné.
 
Mi mamá guardó el papelito pensando que lo necesitaría para librar otros rounds en el futuro. Lo escondió dentro de su libretita amarillo limón entre estampitas de vírgenes, alabanzas y papelitos sueltos con sus vergüenzas y mortificaciones más profundas.
 
Supe de la existencia de la libretita una vez que se la olvidó sobre la mesita de luz adonde me envió a buscar una estampita. Estaba abierta y cuando me dispuse a abrir el anónimo, entró como una tromba y me sacó rajando. Muchas veces en sus peleas se refería a ese anónimo como uno de los detonantes por los que debieron abandonar Eustolia. Aunque lo había traído de allá, por alguna estrategia decía que el cartero se lo había entregado poco después de afincarse en San Francisco.
 
La primera vez que lo leyó vomitó hasta el alma y cuando lo quiso releer ya no pudo porque las manos le temblaban como hojas de eucaliptos en tormenta del sur. Luego, llegó a un punto que ya no sabía si lo leía cuando estaba celosa o si se ponía celosa de tanto leerlo. Por muchos años había repasado y clasificado mentalmente a todas sus amigas, primas y vecinas para saber si eran “la otra”. Nunca pudo descubrir a la sospechosa. Eso la atormentaba todavía más, porque siempre confiaba en su instinto, se sabía detallista y se creía el mejor de los sabuesos.
 
También se devanó los sesos tratando de descifrar a la autora del papelito. La quería enfrentar para preguntarle por “la otra”. También para pegarle un palazo por la cabeza por haberla mortificado por tanto tiempo. Muchas veces llegó a pensar que hubiera sido mejor pasar por estúpida a saberse cornuda.
 
Un día, sintiéndose ultrajada como trapo de piso y de que el anónimo la persiguiera como su sombra, se desahogó con mi prima Griselda.
 
–Tía por favor trató de consolarla –es un anónimo. Si fuera tu ángel y protectora te hubiera dado el nombre y chau pichu.
–No me deja vivir. ¿Quién será?
–¿La otra o la que te escribió?
–La que mandó el anónimo Griselda, si llego a ella me dirá quién es la otra.
–Tía, olvidate, es mentira. Seguro que alguien te quiso hacer un mal de ojo y como no supo, te escribió el anónimo para joderte la cabeza.
–¿Vos creés?
_¡Qué se yo! De repente fue tu cuñada.
–Callate que lo pensé. Nunca me quiso, siempre me celó por su hermano.
–Enfrentala. Andá y preguntale. No te mortifiques más. Tirá ese bendito papelito. No podés vivir así toda tu vida.
 
Decidida a enfrentar a quien creía había redactado el anónimo, esa noche diseñó un plan infalible para que mi papá la lleve ante la presunta autora del anónimo: vacío a la plancha con vino tinto, pan tostado con mantequilla de ajo como para voltear a un rinoceronte y puré de batata con aceite de oliva. De fondo, dejó que Gigliola Cinquetti cante hasta hartarse y puso seis cucharadas soperas de azúcar derritiéndose a fuego lento sobre una sartén.
 
–Llevame a hablar con tu hermana soltó mi mamá con miedo a que mi papá saltara como resorte –quiero saber de una vez por todas si ella me mandó el anónimo.
–¿Cuándo? – la sorprendió mi papá medio anestesiado por el efecto del ajo y porque el aroma del azúcar quemado le demolía todas sus defensas.
–¡Mañana mismo! – enfatizó mi mamá para no dejar escapar el envión, dibujando una sonrisa tan amplia como las vidrieras de las Grandes Tiendas Excelsior.
 
Le daba miedo tener que enfrentar a mi tía, pero quería resolver el misterio. Necesitaba la verdad.
 
Recorrieron los cincuenta kilómetros hasta la casa de mi tía Rosita en el campo en Eustolia sin dirigirse una sola palabra, cada uno enfrentando a sus propios miedos. No sabían cómo reaccionaría mi tía, quien había heredado el carácter duro de su mamá, la nona Chinta. Lo más probable era que negara a rajatabla la acusación y dejara el futuro tan incierto como el pasado. Mi papá seguiría siendo sospechoso toda su vida y mi mamá, víctima y fiscal al mismo tiempo, deambularía hasta en la eternidad con sus cuernos a cuestas.
 
–¡Qué sorpresa! – los recibió mi tía con sonrisa de oreja a oreja, aunque al segundo la desdibujó –¡qué cara de velorio que traen! ¡Qué pasó!
–La Tota quiere preguntarte algo – rompió mi papá, tratando de alejarse del problema.
–Pasemos y nos tomamos unos mates – dijo mi tía con cara más adusta, tratando de adivinar por donde vendrían los tiros.
–Rosita, no quiero ir con rodeos – empezó mi mamá mirando hacia el piso –pero me tengo que sacar una espina que tengo clavada en el pecho.
–¿De qué espina me hablás Tota?
–Siento que nunca me quisiste. Que te robé a tu hermano.
_Pero Tota... es verdad que siempre fui muy sobreprotectora de mi hermanito, pero no es que no te quiera. Con el tiempo entendí que lo mejor para ustedes era irse a la ciudad. Eso ya pasó.
–Sí, pero yo hablo de esto – dijo mi mamá y tiró el papelito que flameó hasta caer patas arriba sobre la mesa.
 
Mi tía abrió los ojos grandes como lechuza, mi papá miró para arriba encomendándose a todos los santos y mi mamá puso cara de “esta no te las esperabas”. Mi tía se puso los lentes, levantó las cejas como hacían todos los Trotti y leyó por unos segundos tan interminables como los que tardaba John Wayne de morir desangrado al final de las películas.
 
–¿De dónde sacaste esto Tota? – dijo exultante mi tía como si hubiera encontrado un diamante.
–Me has herido mucho todo este tiempo – expresó mi mamá a la espera de que mi tía confiese.
–Esto no es tuyo. Nunca te lo mandé. ¡Devolvémelo!
–No te hagas. Me lo dejaste sobre el mostrador. Te puedo perdonar, pero no que hayas jugado conmigo tratándome de estúpida por tantos años. Al menos decime quien es la otra.
 
En ese momento fue mi papá el que se sintió estúpido. Le reclamó a mi mamá por haberle mentido. Recién ahí supo que el anónimo no lo había recibido en San Francisco sino años antes en Eustolia.
 
–Tota. Me mentiste siempre. Yo era soltero en esa época.
–Da lo mismo. Me engañaste aquí o en San Francisco o en la Quiaca. Ese no es el punto. Lo que no tolero es que me hayan plantado tanta cizaña con este maldito anónimo. Así que mejor callate.
–Rosita, dejate de rodeos y confesá la verdad – prosiguió mi mamá volteando hacia mi tía.
–Tota. ¡Entendé por Dios! No te lo dejé sobre el mostrador. Lo perdí.
–¡¿Cómo que los perdiste?!
–Sí, lo perdí y anduve desesperada un montón de años buscando este bendito anónimo para que no lo viera mi mamá.
–¡Qué tiene que ver la nona Chinta en todo esto!
–Ese anónimo se lo dejaron debajo de la puerta a mi mamá y lo agarré antes de que lo viera. Parece que mi papá tuvo algo por ahí.
–¡¿Me estás jodiendo!?
–Lo agarré porque si mi mamá se enteraba era capaz de molerlo a escobazos.
–¡No puede ser! – dijo mi mamá mostrándose preocupada por la nona, aunque por dentro celebraba como si se hubiese quitado la soga del cuello.
–Fijate Tota. Este papel es más viejo que la escarapela, hasta tiene palabras en piamontés y ustedes los jóvenes ya ni hablan el piamontés.
 
Mi mamá quedó abstraída. En diez segundos pensó todo lo que había llorado y las veces que se había hartado sobre la mesa de granito con sandías enteras y bizcochitos a la grasa para consolar su angustia. Mi papá se desinfló sobre la silla como si hubiera tragado dos tarros de cloroformo y pegó un bostezo sonriente que se le vio hasta el esófago.
 
–¡Qué tal! Al final no soy una cornuda, pero me siento la estúpida más grande del planeta.
–Ves que yo tenía razón – dijo la tía Rosita y los tres se descomprimieron a carcajadas limpias.
 
Mi mamá le tomó las manos a mi papá, le chantó un beso y sintió una sensación rara en todo el cuerpo. Pensó que sería bueno detener el auto debajo de los paraísos antes de regresar a San Francisco.
 
Cuando ella primereó para salir, mi papá se dio vuelta hacia mi tía y le disparó un tiro con una pistola imaginaria como cuando de chicos jugaban a los cowboys. Sopló el caño y gesticuló un “gracias” silencioso más grande que una hectárea.
 
Después de parar debajo de los paraísos, llegaron a casa y nos preparamos como siempre ocurría tras cada reconciliación. Fuimos con nuestras mejores ropas a la pizzería Colón a festejar con pizza, pebetes y panchitos.
 
Volvimos medio apurados. Mi papá la venía manoteando debajo de la pollera y mi mamá se defendía con un “no seas loco, te ven los vecinos”.
 
Cuando llegamos a casa, mi papá dijo que se debían despertar temprano y volaron hacia el dormitorio. Notándolo muy contento me apresuré antes de que cierre la puerta. Le alcancé mi libreta de calificaciones. Sabía que en ese estado de contentura firmaría cualquier cosa.

–A ver, dame. ¿Qué es esto?
–La libreta papi.
–Las notas están buenas?
–Sí papi.
–Tomá Nenucho. Firmado. Andate a dormir que ya es tarde.

jueves, 10 de junio de 2021

El coctel Superman y la fórmula mágica

Paisaje del bar de Colonia Eustolia de noche pintado por mi hermano Gerardo en aquellas 
vacaciones en el caserío y que a mi papá le traían memorias de su infancia

Yo venía pegando unos tironcitos cada vez más copiosos. Las piernas se me estaban enflaqueciendo y alargando como palos de escoba.
 
–Mami me duelen las rodillas.
–¡Qué lástima Nenuchín!, reaccionó mi mamá con una sonrisa –¡estás creciendo!
 
Como había empezado la escuela mi mamá me anunció que ya no me leería más las Fabulandia: “es tiempo de cambio, debés valerte por vos mismo”. No le hice caso. Todavía no podía leer de corrido así que seguí “leyendo” las ilustraciones. Lo que sí cambié fueron los juegos. Reemplacé las luchas cuerpo a cuerpo contra Apaches y Pieles Rojas por guerras contra soldados japoneses; dejé de cazar ballenas por carreras de autitos y abandoné la caza de tigres y leones para jugar a la corra y a las cabecitas con una pelota número cinco que me compraron en la Casa del Deportista.
 
Mi hermano también crecía. Mi mamá le preparaba dos licuados de banana con leche cada mañana para contrarrestar la flacura. Como “ya sos mayorcito” lo dejaban ir solo de vacaciones a visitar a los nonos a Colonia Eustolia. La nona Chinta le hacía unos pucheros de gallina y unos pastelitos oreja de burro azucarados que le disparaban recuerdos de cuando todavía él y mis padres no se habían mudado a San Francisco.
 
Con gomera en mano y trampas distribuidas por varios árboles mi hermano buscaba compañeros para su Rey del Bosque y la Reinamora en la pajarera del patio. También llevaba una cajita con tubitos de óleo y pinceles y un mandato especial de su maestro Miguel Pablo Borgarello: “¡aproveche Gerardo!, pinte todo lo que pueda. Estudie el paisaje. Tráigame retratos de sus personajes más queridos”.
 
La nona Chinta, retratada por mi hermano en los 70.

En aquellas primaveras mi hermano hizo tantas pinturas que hubiera podido empapelar todas las paredes del caserío de Eustolia. Retrató a la nona Chinta de mil maneras y al nono Félix lo eternizó con sus ojitos tipo uvitas. Mi papá había quedado embelesado con un paisaje nocturno y otro con un sulky que le aguaban los ojos y le traían imágenes de su infancia. Recordaba buscando refugio para esconderse de la la luz mala que lo acechaba en noches sin luna y contaba que de boyero se le había caído encima su caballo apretándole una pierna como a San Martín en la batalla de San Lorenzo: “solo a los próceres nos pasan esas cosas”, remataba jactancioso.
 
Mientras crecíamos los clientes del bar y los parientes estaban ávidos por acertar parecidos. Algunos veían que mi hermano tenía los rasgos y gestos de los Trotti y a mí me endilgaban los de los Trossero. Otros, a la inversa. Lo cierto es que el tiempo pasaba y se hacía cada vez más difícil identificar que parte nos había tocado de cada familia.
 
También trataban de adivinar el futuro, en especial el de mi hermano que ya estaba pronto para la escuela secundaria. A mi mamá le hubiera encantado que sea pianista como su maestra Canale de Moriondo o pintor y escultor como su primo y maestro Borgarello. Mi papá prefería “algo más práctico”, que fuera ingeniero por sus dotes en matemática que lo destacaban como el mejor de la clase o, tal vez, veterinario por su vocación para cuidar de las aves y los animales. Yo era muy chico para que piensen en mi futuro. Mi mamá no estaba segura si el hecho de que fuera preguntón y llorara a moco tendido eran buenas o malas señales a futuro. Lo que la preocupaba eran mis malas notas en caligrafía y dictado con el hermano Elvio en primer grado de los Maristas.
 
Una siesta la escuché plantear sus preocupaciones a mi papá.
 
–Livio, tenemos que darle un empujoncito al Nenucho, de lo contrario se nos va a quedar atrás.
–¿De qué hablás?
–Tendríamos que haberlo mandado a jardín de infantes. No fue bueno que esté todo el día conmigo en el bar.
–Seguro que aprendió con los clientes. Acordate, también se aprende en la universidad de la calle.
–Por favor, Livio. Eso es para los grandes. El Nenucho todavía es un mocosito. Tenemos que empujarlo.
 
El empujón lo empecé a sentir esa misma tarde. Apenas se levantó puso resuelta sobre la mesa el tablero y la caja de madera con las piezas de ajedrez. “Vení Nenucho, tenés que mejorar”. Estaba empecinada a enseñarme, convencida de que el ajedrez me ayudaría a tener mejores notas en la escuela. Había leído un artículo en el diario sobre los beneficios del ajedrez para los niños: “Su hijo aprenderá estrategia, a pensar antes de actuar, a ser más imaginativo y creativo. Le mejorará la concentración, le ayudará en las tareas escolares y aumentará su autoestima”.
 
También había tomado al pie de la letra otro artículo sobre “mente sana en cuerpo sano”. Así que a partir de entonces a mis instrucciones de ajedrez las adobaba con un nuevo brebaje al que denominó “coctel Superman”, un vaso de leche con tres cucharaditas de Nesquik, una de Jalea Real y dos cucharadas soperas de Riboflavin B2 que compraba por toneladas en la farmacia Pasteur. No sé si era el coctel o pura sugestión, pero después del cuarto sorbo me sentía como Superman con unas ganas bárbaras de matar peones, alfiles, derribar torres, perseguir a la reina y de poner en jaque al rey.
 
Luego de varias lecciones, mi mamá compró unos libros porque se le habían quemado los papeles. El primero fue el de la “máquina del ajedrez”, como llamaban al cubano José Capablanca. Mi papá creía que lo habían apodado de esa manera porque lo comparaban con “aquella gloriosa y goleadora máquina de River con Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau”.
 
Gracias al maestro cubano, mi mamá les fue agregando a mis movimientos algunas aperturas y variantes, así como enseñanzas de cosecha propia y las que aprendió de chica con su papá el nono José. Decía que el tablero de ajedrez “es la vida misma, se gane o se pierda no hay que patalear sino tomar mejores decisiones”.
 
Nenucho. En el ajedrez como en la vida tendrás muchas amenazas y desafíos, pero las posibilidades de triunfar son infinitas. ¿Entendés?
Sí.
Cada cosa que hacés tiene consecuencias.
Bueno.
–Tenés que pensar cuatro pasos adelante y cambiar los planes sobre la marcha cuando te sientas desafiado.
–Jaque mate.
Miralo vos al Nenuchín. Yo hablando de la vida y vos tratando de matarme. Aprendés rápido carajo.
Jaque mate te dije.
Pará salamín que te como el caballo con el alfil. ¡Pensá antes de mover! No te apures. Grabate bien esto. El ajedrez es como la vida misma. Pensá en las consecuencias antes de mover.
 
Después de meses de lecciones y con la premisa de “si atacás y dominás el centro del campo de batalla ya tenés media batalla ganada”, mi mamá me empezó a buscar sparrings para probar mis nuevas habilidades y las suyas.

Mi papá, Borgarello y el Zorrino fueron los primeros contendientes para medir fuerza antes de que me llevaran los sábados a probar suerte a los torneos infantiles en Unión Social para “saber si tenés madera de Petrosián”.
 
Cada sparring tenía su estilo. Mi papá era el más piadoso. Me dejaba tocar las piezas antes de mover y ganar en los finales más difíciles por lo que mi mamá le reclamaba ofuscada: “¡exigilo, así nunca va a aprender!”. Borgarello era más estricto y poco misericordioso. Con él aprendí a perder, a mover más rápido y a luchar hasta el final: “Nenucho si todavía tiene el rey de pie tiene posibilidades, piense”, me decía cada vez que me sentía frustrado y con ganas de negociar tablas. Con el Zorrino era más entretenido. Jugábamos mientras él asaba para los demás changarines, así que a las partidas las zanjábamos con una apuesta por un choripán crujiente y chorreante.
 
Jaque mate. Deme otro choripán.
Mocoso de porquería. Parecés un ruso, carajo.
Las apuestas se pagan.
Yo sé. Pero ayer te gané y no le dijiste a tu mamá que me debías un medio litro con soda.
 
Un día apareció mi hermano de sopetón mientras jugábamos a toda velocidad incentivados por unas apuestas entre Galera y el Buey a escondidas de mi papá. Pensé que lo había atraído el olor de los chorizos sobre la parrilla, pero tenía otra cosa en mente.
 
Si le gano – lo desafió al Zorrino – en vez de un choripán, me tendrá que dar este juego de ajedrez.
¡Qué vas a ganarme vos! Sos bueno para la pintura, pero no tenés madera para esto.
¿Me juega o no?
 
La partida terminó en cuatro movimientos más veloces que el humo de la parrilla. Peón, caballo, alfil, jaque mate y listo el pollo. Yo no entendí porque Gerardo prefirió quedarse con las piezas del ajedrez en vez de comerse el choripán. “Está loco”, pensé.
 
Vení Nenucho – me pidió que lo siguiera a la piecita de los cachivaches.
Mirá. Son huecas.
–¿Son huecas y qué? No te entiendo.
Las piezas Nenucho. ¡Ya lo tengo!
–No entiendo – le insistí aún más desorientado.
Tenemos que esconder las monedas que nos regaló el tío Tito.
Las tenés debajo de la cama.
Sí, pero mami dijo que quería airear la lana de los colchones, así que en cualquier momento me descubre.
 
Seguía sin entender, pero traté de disimular para que me creyera inteligente como él.
 
Nenucho, las esconderemos en los peones. Si alguien encuentra el escondite no prestarán atención a unas piezas de ajedrez.
¿Pero para qué vamos a esconder los peones?
Salame. Lo que esconderemos son las monedas.
¿Adónde?
Ni idea todavía. Tengo que pensar. Ya tengo pensado cómo crear la fórmula mágica.
 
Al día siguiente, en el día de su cumpleaños, el once de junio de mil novecientos sesenta y seis, mi hermano desplegó la fórmula mágica sobre un cajón de la piecita de los cachivaches. Una hoja de papel con muchos números sueltos, fechas y otros garabatos semi tapados por manchas de pintura y bocetos de paisajes a medio terminar. Me hizo acordar a otro papel que había garabateado mi papá cuando instaló una financiera con el tío Tito, el que sería su cuarto emprendimiento después de crear la polla, la fábrica de soda y el criadero de canarios.
 
La fórmula mágica era bastante intrincada para entenderla, a pesar de que ese día me había zampado dos “coctel Superman”. Las fechas correspondían a nuestros cumpleaños y la de mis padres. También estaban las edades de los cuatro. Más abajo estaba la fecha de casamiento, la que habían llegado a San Francisco y el año que llegó del Piamonte nuestro bisabuelo Carlo Giovanni Trotti. Y en un recuadro estaba el número de la escuela de Eustolia, el año de acuñación de las monedas y la dirección exacta de las dos calles que hacían esquina.
 
Más allá de los elementos, mi hermano había escrito el método de resolución de la fórmula: “descomponer todas las fechas y usar los números naturales. Los pares se sumarán en la columna de la izquierda, los impares en el de la derecha. El resultado de cada columna es la medida (pasos de sesenta y cinco centímetros) que se tomará desde el punto de partida a la del escondite. Cuatro peones cargados con su tesoro irán a la derecha con el resultado de la columna izquierda y los otros cuatro hacia el lado opuesto”.
 
Me resultó difícil procesar tantos números y operaciones. Pensé que mi mamá tenía razón. Necesitaba muchos empujoncitos.
 
Esa tarde mi hermano le devolvió el juego de ajedrez al Zorrino. Pensó que valía la pena arriesgarse. El Zorrino no advertiría el nuevo peso de los peones cargados con el tesoro.
 
Aquí tiene, – le dijo –quédeselo, mejor se lo cambio por un choripán.
Gracias Gerardo. A ver Nenucho, juguemos. Esta vez no te voy a dar chufa. Me voy a comer los dos choripanes. Abrí vos.
–Jugale Nenucho. No te hagas problema, es el lugar más seguro del mundo – dijo mi hermano guiñándome un ojo.
Nada está seguro para el Nenucho. Hoy lo voy a destripar y hacer chorizos con las tripas – contestó el Zorrino totalmente despistado.
 
Esa tarde jugué muy lento y arrastrando los peones por el tablero. Temblaba de solo pensar que se les desprendiera la base y que el Zorrino descubra el tesoro. Había mucho en juego, “la vida misma” como decía mi mamá.
Pinturas de mi hermano Gerardo de los paisajes en el campo de Eustolia.


EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...