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jueves, 10 de junio de 2021

El coctel Superman y la fórmula mágica

Paisaje del bar de Colonia Eustolia de noche pintado por mi hermano Gerardo en aquellas 
vacaciones en el caserío y que a mi papá le traían memorias de su infancia

Yo venía pegando unos tironcitos cada vez más copiosos. Las piernas se me estaban enflaqueciendo y alargando como palos de escoba.
 
–Mami me duelen las rodillas.
–¡Qué lástima Nenuchín!, reaccionó mi mamá con una sonrisa –¡estás creciendo!
 
Como había empezado la escuela mi mamá me anunció que ya no me leería más las Fabulandia: “es tiempo de cambio, debés valerte por vos mismo”. No le hice caso. Todavía no podía leer de corrido así que seguí “leyendo” las ilustraciones. Lo que sí cambié fueron los juegos. Reemplacé las luchas cuerpo a cuerpo contra Apaches y Pieles Rojas por guerras contra soldados japoneses; dejé de cazar ballenas por carreras de autitos y abandoné la caza de tigres y leones para jugar a la corra y a las cabecitas con una pelota número cinco que me compraron en la Casa del Deportista.
 
Mi hermano también crecía. Mi mamá le preparaba dos licuados de banana con leche cada mañana para contrarrestar la flacura. Como “ya sos mayorcito” lo dejaban ir solo de vacaciones a visitar a los nonos a Colonia Eustolia. La nona Chinta le hacía unos pucheros de gallina y unos pastelitos oreja de burro azucarados que le disparaban recuerdos de cuando todavía él y mis padres no se habían mudado a San Francisco.
 
Con gomera en mano y trampas distribuidas por varios árboles mi hermano buscaba compañeros para su Rey del Bosque y la Reinamora en la pajarera del patio. También llevaba una cajita con tubitos de óleo y pinceles y un mandato especial de su maestro Miguel Pablo Borgarello: “¡aproveche Gerardo!, pinte todo lo que pueda. Estudie el paisaje. Tráigame retratos de sus personajes más queridos”.
 
La nona Chinta, retratada por mi hermano en los 70.

En aquellas primaveras mi hermano hizo tantas pinturas que hubiera podido empapelar todas las paredes del caserío de Eustolia. Retrató a la nona Chinta de mil maneras y al nono Félix lo eternizó con sus ojitos tipo uvitas. Mi papá había quedado embelesado con un paisaje nocturno y otro con un sulky que le aguaban los ojos y le traían imágenes de su infancia. Recordaba buscando refugio para esconderse de la la luz mala que lo acechaba en noches sin luna y contaba que de boyero se le había caído encima su caballo apretándole una pierna como a San Martín en la batalla de San Lorenzo: “solo a los próceres nos pasan esas cosas”, remataba jactancioso.
 
Mientras crecíamos los clientes del bar y los parientes estaban ávidos por acertar parecidos. Algunos veían que mi hermano tenía los rasgos y gestos de los Trotti y a mí me endilgaban los de los Trossero. Otros, a la inversa. Lo cierto es que el tiempo pasaba y se hacía cada vez más difícil identificar que parte nos había tocado de cada familia.
 
También trataban de adivinar el futuro, en especial el de mi hermano que ya estaba pronto para la escuela secundaria. A mi mamá le hubiera encantado que sea pianista como su maestra Canale de Moriondo o pintor y escultor como su primo y maestro Borgarello. Mi papá prefería “algo más práctico”, que fuera ingeniero por sus dotes en matemática que lo destacaban como el mejor de la clase o, tal vez, veterinario por su vocación para cuidar de las aves y los animales. Yo era muy chico para que piensen en mi futuro. Mi mamá no estaba segura si el hecho de que fuera preguntón y llorara a moco tendido eran buenas o malas señales a futuro. Lo que la preocupaba eran mis malas notas en caligrafía y dictado con el hermano Elvio en primer grado de los Maristas.
 
Una siesta la escuché plantear sus preocupaciones a mi papá.
 
–Livio, tenemos que darle un empujoncito al Nenucho, de lo contrario se nos va a quedar atrás.
–¿De qué hablás?
–Tendríamos que haberlo mandado a jardín de infantes. No fue bueno que esté todo el día conmigo en el bar.
–Seguro que aprendió con los clientes. Acordate, también se aprende en la universidad de la calle.
–Por favor, Livio. Eso es para los grandes. El Nenucho todavía es un mocosito. Tenemos que empujarlo.
 
El empujón lo empecé a sentir esa misma tarde. Apenas se levantó puso resuelta sobre la mesa el tablero y la caja de madera con las piezas de ajedrez. “Vení Nenucho, tenés que mejorar”. Estaba empecinada a enseñarme, convencida de que el ajedrez me ayudaría a tener mejores notas en la escuela. Había leído un artículo en el diario sobre los beneficios del ajedrez para los niños: “Su hijo aprenderá estrategia, a pensar antes de actuar, a ser más imaginativo y creativo. Le mejorará la concentración, le ayudará en las tareas escolares y aumentará su autoestima”.
 
También había tomado al pie de la letra otro artículo sobre “mente sana en cuerpo sano”. Así que a partir de entonces a mis instrucciones de ajedrez las adobaba con un nuevo brebaje al que denominó “coctel Superman”, un vaso de leche con tres cucharaditas de Nesquik, una de Jalea Real y dos cucharadas soperas de Riboflavin B2 que compraba por toneladas en la farmacia Pasteur. No sé si era el coctel o pura sugestión, pero después del cuarto sorbo me sentía como Superman con unas ganas bárbaras de matar peones, alfiles, derribar torres, perseguir a la reina y de poner en jaque al rey.
 
Luego de varias lecciones, mi mamá compró unos libros porque se le habían quemado los papeles. El primero fue el de la “máquina del ajedrez”, como llamaban al cubano José Capablanca. Mi papá creía que lo habían apodado de esa manera porque lo comparaban con “aquella gloriosa y goleadora máquina de River con Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau”.
 
Gracias al maestro cubano, mi mamá les fue agregando a mis movimientos algunas aperturas y variantes, así como enseñanzas de cosecha propia y las que aprendió de chica con su papá el nono José. Decía que el tablero de ajedrez “es la vida misma, se gane o se pierda no hay que patalear sino tomar mejores decisiones”.
 
Nenucho. En el ajedrez como en la vida tendrás muchas amenazas y desafíos, pero las posibilidades de triunfar son infinitas. ¿Entendés?
Sí.
Cada cosa que hacés tiene consecuencias.
Bueno.
–Tenés que pensar cuatro pasos adelante y cambiar los planes sobre la marcha cuando te sientas desafiado.
–Jaque mate.
Miralo vos al Nenuchín. Yo hablando de la vida y vos tratando de matarme. Aprendés rápido carajo.
Jaque mate te dije.
Pará salamín que te como el caballo con el alfil. ¡Pensá antes de mover! No te apures. Grabate bien esto. El ajedrez es como la vida misma. Pensá en las consecuencias antes de mover.
 
Después de meses de lecciones y con la premisa de “si atacás y dominás el centro del campo de batalla ya tenés media batalla ganada”, mi mamá me empezó a buscar sparrings para probar mis nuevas habilidades y las suyas.

Mi papá, Borgarello y el Zorrino fueron los primeros contendientes para medir fuerza antes de que me llevaran los sábados a probar suerte a los torneos infantiles en Unión Social para “saber si tenés madera de Petrosián”.
 
Cada sparring tenía su estilo. Mi papá era el más piadoso. Me dejaba tocar las piezas antes de mover y ganar en los finales más difíciles por lo que mi mamá le reclamaba ofuscada: “¡exigilo, así nunca va a aprender!”. Borgarello era más estricto y poco misericordioso. Con él aprendí a perder, a mover más rápido y a luchar hasta el final: “Nenucho si todavía tiene el rey de pie tiene posibilidades, piense”, me decía cada vez que me sentía frustrado y con ganas de negociar tablas. Con el Zorrino era más entretenido. Jugábamos mientras él asaba para los demás changarines, así que a las partidas las zanjábamos con una apuesta por un choripán crujiente y chorreante.
 
Jaque mate. Deme otro choripán.
Mocoso de porquería. Parecés un ruso, carajo.
Las apuestas se pagan.
Yo sé. Pero ayer te gané y no le dijiste a tu mamá que me debías un medio litro con soda.
 
Un día apareció mi hermano de sopetón mientras jugábamos a toda velocidad incentivados por unas apuestas entre Galera y el Buey a escondidas de mi papá. Pensé que lo había atraído el olor de los chorizos sobre la parrilla, pero tenía otra cosa en mente.
 
Si le gano – lo desafió al Zorrino – en vez de un choripán, me tendrá que dar este juego de ajedrez.
¡Qué vas a ganarme vos! Sos bueno para la pintura, pero no tenés madera para esto.
¿Me juega o no?
 
La partida terminó en cuatro movimientos más veloces que el humo de la parrilla. Peón, caballo, alfil, jaque mate y listo el pollo. Yo no entendí porque Gerardo prefirió quedarse con las piezas del ajedrez en vez de comerse el choripán. “Está loco”, pensé.
 
Vení Nenucho – me pidió que lo siguiera a la piecita de los cachivaches.
Mirá. Son huecas.
–¿Son huecas y qué? No te entiendo.
Las piezas Nenucho. ¡Ya lo tengo!
–No entiendo – le insistí aún más desorientado.
Tenemos que esconder las monedas que nos regaló el tío Tito.
Las tenés debajo de la cama.
Sí, pero mami dijo que quería airear la lana de los colchones, así que en cualquier momento me descubre.
 
Seguía sin entender, pero traté de disimular para que me creyera inteligente como él.
 
Nenucho, las esconderemos en los peones. Si alguien encuentra el escondite no prestarán atención a unas piezas de ajedrez.
¿Pero para qué vamos a esconder los peones?
Salame. Lo que esconderemos son las monedas.
¿Adónde?
Ni idea todavía. Tengo que pensar. Ya tengo pensado cómo crear la fórmula mágica.
 
Al día siguiente, en el día de su cumpleaños, el once de junio de mil novecientos sesenta y seis, mi hermano desplegó la fórmula mágica sobre un cajón de la piecita de los cachivaches. Una hoja de papel con muchos números sueltos, fechas y otros garabatos semi tapados por manchas de pintura y bocetos de paisajes a medio terminar. Me hizo acordar a otro papel que había garabateado mi papá cuando instaló una financiera con el tío Tito, el que sería su cuarto emprendimiento después de crear la polla, la fábrica de soda y el criadero de canarios.
 
La fórmula mágica era bastante intrincada para entenderla, a pesar de que ese día me había zampado dos “coctel Superman”. Las fechas correspondían a nuestros cumpleaños y la de mis padres. También estaban las edades de los cuatro. Más abajo estaba la fecha de casamiento, la que habían llegado a San Francisco y el año que llegó del Piamonte nuestro bisabuelo Carlo Giovanni Trotti. Y en un recuadro estaba el número de la escuela de Eustolia, el año de acuñación de las monedas y la dirección exacta de las dos calles que hacían esquina.
 
Más allá de los elementos, mi hermano había escrito el método de resolución de la fórmula: “descomponer todas las fechas y usar los números naturales. Los pares se sumarán en la columna de la izquierda, los impares en el de la derecha. El resultado de cada columna es la medida (pasos de sesenta y cinco centímetros) que se tomará desde el punto de partida a la del escondite. Cuatro peones cargados con su tesoro irán a la derecha con el resultado de la columna izquierda y los otros cuatro hacia el lado opuesto”.
 
Me resultó difícil procesar tantos números y operaciones. Pensé que mi mamá tenía razón. Necesitaba muchos empujoncitos.
 
Esa tarde mi hermano le devolvió el juego de ajedrez al Zorrino. Pensó que valía la pena arriesgarse. El Zorrino no advertiría el nuevo peso de los peones cargados con el tesoro.
 
Aquí tiene, – le dijo –quédeselo, mejor se lo cambio por un choripán.
Gracias Gerardo. A ver Nenucho, juguemos. Esta vez no te voy a dar chufa. Me voy a comer los dos choripanes. Abrí vos.
–Jugale Nenucho. No te hagas problema, es el lugar más seguro del mundo – dijo mi hermano guiñándome un ojo.
Nada está seguro para el Nenucho. Hoy lo voy a destripar y hacer chorizos con las tripas – contestó el Zorrino totalmente despistado.
 
Esa tarde jugué muy lento y arrastrando los peones por el tablero. Temblaba de solo pensar que se les desprendiera la base y que el Zorrino descubra el tesoro. Había mucho en juego, “la vida misma” como decía mi mamá.
Pinturas de mi hermano Gerardo de los paisajes en el campo de Eustolia.


jueves, 11 de marzo de 2021

Las ocho monedas de oro

El bar era polo de atracción para los parientes del campo. Venían a buscar provisiones, hacer trámites o salir de compras. Llegaban temprano a la mesa de mi mamá, antes de empezar el trajín o más tarde, para recargar energías antes de regresar.

Un óleo que mi hermano Gerardo pintó en
aquella época del tío Félix y mi mamá

Los más asiduos eran el tío Rico Aimaretto y la tía Rosita, hermana de mi papá. Llegaban del campo en Eustolia con un Falcon verde opaco castigado por el sol. Traían un par de botellas de leche “recién exprimida” y unas bolsas de chicharrón del “último chanchón”, como le gustaba bromear al tío.

El tío Félix Forno llegaba religiosamente los martes desde Zenón Pereyra en su inmaculado DKW apenas despuntaba el sol. Era el único día que mis primas Griselda y Miriam, que vivían en casa en pensión durante los últimos años de escuela secundaria, se levantaban temprano. “¿Están contentas de verme o por lo que les traigo?”, era su pregunta obligada, al tiempo que les entregaba un sobre generoso que la tía Manuela, hermana de mi mamá, les mandaba para los gastos del mes.

Su generosidad también me salpicaba. Con sombrero ladeado y pipa con humo achocolatado, el tío Félix apilaba diez monedas al lado de su copita de caña Legui y me las iba desgranando a medida que adivinaba sus acertijos.

–¿Qué pesa más? un kilo de plumas o un kilo de fierro.

Los dos iguales, tío.

–Muy bien, Nenucho, muy bien. Te la ganaste.

–¿Solo una?

–Esta vale tres: si me subo al techo y tiro un kilo de plumas y un kilo de fierro ¿cuál llega más rápido al piso?

Le podía dar la respuesta acertada porque me la sabía de memoria, pero prefería seguirle el jueguito y enfocarme en las monedas restantes.

–Al mismo tiempo, tío.

–¡No Nenucho! ¡Ninguno!, no ves que ya estoy viejo para subir a los techos.

A pura carcajada y mientras rellenaba su pipa satisfecho cómo si él hubiera ganado el acertijo, me regalaba el resto de las monedas con el consejo de siempre: “Llená la alcancía, ahorrá mucho porque no sabés cuando lo necesitarás”.

El tío Tito y la Edelmira

La visita más esperada y espaciada era la del tío Tito, un hombre de mundo. Viajaba sin cesar a tierras lejanas y de fantasía por su trabajo como administrador del Ringling Bros o el Eguino Bros, el mismo circo, pero con carpa de distinto color. El tío era alto, en algunas visitas más gordo que en otras y tenía una coronilla de fraile que le realzaba la pelada tan lustrosa como sus zapatos. Vestía con ropa fina y extranjera, mucho lino y cachemir.

Su primera labor en el circo no había sido la de contratar artistas, comprar animales o fijar el precio de las entradas, sino en el medio de la pista con cachetes colorados, boca pintarrajeada como la del Guasón en las historietas de Batman y un pompón rojo prendido en la nariz. Su vocación la descubrió cuando el Ringling Bros pasó por Santa Fe, mientras de sotana cursaba el segundo año del seminario diocesano. Los nonos José y Antonia se opusieron en forma rotunda al principio; aspiraban que Héctor, su benjamín de once hijos, fuera el cura que toda familia numerosa quería tener.

El tío Tito, un dibujo de mi hermano.

Cedieron cuando supieron que la vocación circense era innegociable y definitiva. Su soltería de aprendiz de cura le favoreció para llevar una vida nómada que su nueva profesión requería: “Al fin y al cabo el circo es un sacerdocio”, bromeaba cada vez que lo cuestionaban. Sus cuatro hermanos aprobaron entusiasmados y sus seis hermanas, todas sobreprotectoras del más pequeño, incluida mi mamá, se desvivían por encontrarle novias y futuras esposas. Él disfrutaba que le armaran amoríos, sabiendo que siempre llegaban a la misma conclusión: “mejor quedate solo y tranquilo”.

De payaso duró lo que una picadura de abeja. Su humor atrevido lo festejaban hasta las cebras y el gorila a pura carcajada. Los hermanos Eguino, dueños del circo, lo premiaron como maestro de ceremonia o “maitre de piste” como él prefería que le dijeran cuando estaba ornamentado con su frac de lentejuelas multicolores y sombrero de copa negro azabache. Con micrófono en mano y el público a sus pies, se sentía Gardel. Dejaba el libreto de lado y presentaba a los artistas y números ganándose vítores y aplausos largos desde los palcos y el gallinero. Anunciaba cada vez más convencido que los leones habían luchado con Tarzán, los elefantes eran hijos de Dumbo y que uno de los trapecistas Rodríguez había volado tan alto que quedó colgado de una nube.

Tampoco duró mucho en ese puesto. Su carisma y don de gentes lo catapultaron a relacionador público. Adelantado como Magallanes, llegaba a los pueblos y ciudades en busca del mejor lote para levantar la carpa de tres pistas. A los intendentes les ofrecía entradas para reforzar sus campañas políticas, a cambio de que le regalaran las calles más céntricas para la caravana de bienvenida del circo. Para ese día lograba que las escuelas permanecieran cerradas para que los chicos entusiasmaran a sus padres por entradas, después que presenciaban alborotados el desfile del gigante con zancos, los tigres de Bengala y los siete elefantes africanos de paso cansino.

Por su gracia se imponía como centro de atención donde estuviere, ya sea debajo de la carpa o en las reuniones familiares. Tenía un don especial para contar historias, una especie de reencarnación entre juglar y trovador, y una generosidad que no dejaba a nadie sin regalos.

De sus muchos cuentos, me aprendí de memoria el de Edelmira, la gorda boliviana, mi favorita de su repertorio. Un día se escaparon tres leones que la policía tuvo que ir a cazar al centro del poblado, al mismo tiempo que se realizaba la procesión religiosa en honor al patrono local. El rumor causó tanta conmoción que el santo quedó despatarrado sobre la calle de tierra y una polvareda más alta que las casas sirvió de camuflaje para que los pueblerinos rajaran en todas las direcciones.

Edelmira que prefirió no correr o porque no le dieron las piernas, quedó petrificada, sentada sudorosa en el medio del polvo, con los ojos hacia el cielo buscando quien la salvara. Cuando mi tío llegó, acompañado por dos policías muertos de miedo que se escondían detrás del domador y el veterinario con la hipodérmica tranquilizadora, la gorda, todavía llena de fe, continuaba repitiendo alabanzas con sus manos tocando el cielo, creyéndose una cristiana en el circo romano.

¡Mi San Juan me salvó! ¡Mi San Juan me salvó!  –gritaba alabanciosa.

Mi tío, que había adquirido mucha fe desde que rezaba día y noche en el seminario de Santa Fe, pero que también conocía a los leones, le quitó religiosidad a la invocación divina.

Pero señora, si los leones no hubieran estado recién comidos, usted habría sido el banquete preferido.

La gorda se echó a llorar a carcajadas y lo abrazó insistiendo que mi tío era su San Juan.

Por el mal rato, la premió con entradas sin fecha para toda su familia, honrándola con el palco reservado para intendentes y autoridades. Y le dio instrucciones precisas al jefe de pista, así que cuando presentaba al domador y a sus “siete indomables leones de las sabanas africanas”, la orquesta tocaba un largo redoble de tambores, las luces se apagaban y un reflector como un sol la guiaba a Edelmira hacia el centro de la pista: “Con usteeeeeedeeeeees Edeeeeeeeeelmiiiiiiiiiira, Edelmira de las Mercedes Peñaflor, la reina del espectáculo más grande del mundo, el magnííííííficooooooo Ringling Bros”.

Edelmira y sus familiares no se perdieron ninguna de las cuatro funciones diarias del circo. Tal fue el éxito, que mi tío puso un cartel con la foto de Edelmira en la puerta y debió extender la plaza por diez días más. Y eso que todo el circo, contando palcos y gallinero, tenía más asientos que pobladores en el pueblo.

¿Y después que hizo la Edelmira?, –era mi pregunta de cajón.

Se convirtió en líder de las procesiones y hasta creo que la gente le empezó a rezar pidiéndole por algún milagro –contaba orgulloso mi tío.

Las ocho monedas de oro

La generosidad del tío era tan profunda como una mina de oro. Repartía a dos manos mantas de vicuña peruana, pulseras de plata boliviana y manteles de lino paraguayo a sus hermanas y cuñadas, y todo tipo de prendas finas a sus hermanos y cuñados. Los sobrinos y mis primas lo esperábamos con los brazos abiertos como a Papa Noel como si todas sus visitas fueran Navidad. A mi hermano le regaló la Pancha y, en la misma visita, yo ligué mi regalo más precioso, una locomotora que tiraba luces y humo de colores e imitaba el fuerte sonido del traqueteo de las vías. Fue la atracción del bar por semanas, hasta que mi mamá le desconectó las pilas ante las quejas de todos los clientes.

Su generosidad también la expresaba con dinero cantante y sonante que regalaba en sobres gorditos como los del tío Félix.

  Hay Tito le reclamaba mi papá si dejaras de regalar tanta plata y de jugar al casino imagínate todas las propiedades e inversiones que podrías tener a esta altura.

Desoía los consejos, también comunes entre sus hermanos, y prefería mostrar, orgulloso, una medalla que le habían regalado en un casino de la Patagonia por ser el mejor cliente del mes.

No juegues más Tito. Guardá que la suerte te puede cambiar, ya la gente prefiere el cine y la televisión que ir al circo.

–Mirá quienes hablan, vos con la quiniela y el Livio con la polla –contestó a carcajadas– la verdad que ustedes no son ni santos ni buenos consejeros.

En una de sus visitas, cuando mis padres se fueron a dormir la siesta, nos llevó en silencio a mi hermano y a mí a la mesa de las visitas en el bar.

Me prometen que guardarán un secreto si les doy algo.

Claro tío –le contestó Gerardo intrigado.

Tiró una bolsita de terciopelo negro sobre la mesa que retumbó como tambor. Desparramó ocho monedas de un amarillo brilloso como los anillos de mis papás. Pensé que eran las monedas musicales del payaso Tilín, pero por la cara de mi hermano me di cuenta de que era algo más valioso e importante.  

¿Son de oro? preguntó asombrado Gerardo– ¡Son de oro! –se respondió de inmediato.

Sssshhhhh, cállense que se van a despertar.

¿Son de verdad? ¿Son tuyas? ¿Para qué son? –lo ametralló mi hermano a preguntas.

Quiero que ustedes las guarden y cuando la Tota quiera comprar la casa, esto le dará el empujoncito que le falte.

El tío nos contó que las monedas, aunque chiquitas, valían mucho más que su peso en oro porque habían acuñado pocas y que eran el botín anhelado por los coleccionistas. En el anverso decían Libertad con una cara de mujer con gorro frigio y debajo ½ Argentino. En el reverso tenían el escudo de la República Argentina y un 1884 que el tío nos explicó que era el año de acuñación.

¿Por qué no se las das ahora? Se van a poner locos de contentos –replicó mi hermano.

–Tu papá está loco, pero por comprarse un Auto Unión como el del tío Félix. Tengo miedo que las use para eso y no para la casa.

–Por qué no las guardas vos, si nos descubren van a creer que las robamos.

–Mañana nos vamos con el circo a Chile y de ahí subiremos a México y no sé cuándo voy a volver. Guárdenlas bien y cuidadito que le cuenten a alguien. Si cuentan no los dejaré entrar más al circo.

El tío también se fue a dormir la siesta. Mi hermano, antes de que yo pudiera tocar las monedas, las metió celoso dentro de la bolsita y la ató con doble nudo. Dudando de que yo pudiera ser una tumba, me propuso sellar un pacto secreto. Juramos como los indios de las películas, pero en vez de sangre, nos untamos las muñecas con saliva.

–Tenemos que encontrar el mejor lugar –me dijo y enseguida se le prendió la lamparita– ya sé, el sótano.

No –reaccioné– el sótano no, ahí las va a encontrar Galera que siempre anda buscando los tesoros de Ali Baba y de Aladino.

–No seas salame, ahí debajo no hay nada –me reprochó– lo único que tenemos que ver es cómo abrir la tapa que es muy pesada.

–Le diré al Zorrino que la abra porque mami quiere que le saque el vino.

–No estoy seguro, nos van a descubrir. Mejor las guardo esta noche debajo de mi cama y mañana pensamos qué hacer –sentenció.

 –Bueno.

–Jurá que no le vas a decir nada a mami ni a papi.

–Lo juro.

–Por Dios.

–Lo juro por Dios.

Gerardo se puso la bolsita en el bolsillo y yo quedé intranquilo. Tenía muchos secretos y me pesaban. El anónimo, la libretita amarilla de mi mamá, los condimentos del menjunje del Manya Luna y, ahora, este de las ocho monedas de oro. Tenía ganas de contar todo.


Hice esta pintura años atrás, sobre el tío Félix en la mesa de
mi mamá y la locomotora que me había regalado el tío Tito.

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...