Mostrando entradas con la etiqueta Gerardo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gerardo. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de marzo de 2021

Las ocho monedas de oro

El bar era polo de atracción para los parientes del campo. Venían a buscar provisiones, hacer trámites o salir de compras. Llegaban temprano a la mesa de mi mamá, antes de empezar el trajín o más tarde, para recargar energías antes de regresar.

Un óleo que mi hermano Gerardo pintó en
aquella época del tío Félix y mi mamá

Los más asiduos eran el tío Rico Aimaretto y la tía Rosita, hermana de mi papá. Llegaban del campo en Eustolia con un Falcon verde opaco castigado por el sol. Traían un par de botellas de leche “recién exprimida” y unas bolsas de chicharrón del “último chanchón”, como le gustaba bromear al tío.

El tío Félix Forno llegaba religiosamente los martes desde Zenón Pereyra en su inmaculado DKW apenas despuntaba el sol. Era el único día que mis primas Griselda y Miriam, que vivían en casa en pensión durante los últimos años de escuela secundaria, se levantaban temprano. “¿Están contentas de verme o por lo que les traigo?”, era su pregunta obligada, al tiempo que les entregaba un sobre generoso que la tía Manuela, hermana de mi mamá, les mandaba para los gastos del mes.

Su generosidad también me salpicaba. Con sombrero ladeado y pipa con humo achocolatado, el tío Félix apilaba diez monedas al lado de su copita de caña Legui y me las iba desgranando a medida que adivinaba sus acertijos.

–¿Qué pesa más? un kilo de plumas o un kilo de fierro.

Los dos iguales, tío.

–Muy bien, Nenucho, muy bien. Te la ganaste.

–¿Solo una?

–Esta vale tres: si me subo al techo y tiro un kilo de plumas y un kilo de fierro ¿cuál llega más rápido al piso?

Le podía dar la respuesta acertada porque me la sabía de memoria, pero prefería seguirle el jueguito y enfocarme en las monedas restantes.

–Al mismo tiempo, tío.

–¡No Nenucho! ¡Ninguno!, no ves que ya estoy viejo para subir a los techos.

A pura carcajada y mientras rellenaba su pipa satisfecho cómo si él hubiera ganado el acertijo, me regalaba el resto de las monedas con el consejo de siempre: “Llená la alcancía, ahorrá mucho porque no sabés cuando lo necesitarás”.

El tío Tito y la Edelmira

La visita más esperada y espaciada era la del tío Tito, un hombre de mundo. Viajaba sin cesar a tierras lejanas y de fantasía por su trabajo como administrador del Ringling Bros o el Eguino Bros, el mismo circo, pero con carpa de distinto color. El tío era alto, en algunas visitas más gordo que en otras y tenía una coronilla de fraile que le realzaba la pelada tan lustrosa como sus zapatos. Vestía con ropa fina y extranjera, mucho lino y cachemir.

Su primera labor en el circo no había sido la de contratar artistas, comprar animales o fijar el precio de las entradas, sino en el medio de la pista con cachetes colorados, boca pintarrajeada como la del Guasón en las historietas de Batman y un pompón rojo prendido en la nariz. Su vocación la descubrió cuando el Ringling Bros pasó por Santa Fe, mientras de sotana cursaba el segundo año del seminario diocesano. Los nonos José y Antonia se opusieron en forma rotunda al principio; aspiraban que Héctor, su benjamín de once hijos, fuera el cura que toda familia numerosa quería tener.

El tío Tito, un dibujo de mi hermano.

Cedieron cuando supieron que la vocación circense era innegociable y definitiva. Su soltería de aprendiz de cura le favoreció para llevar una vida nómada que su nueva profesión requería: “Al fin y al cabo el circo es un sacerdocio”, bromeaba cada vez que lo cuestionaban. Sus cuatro hermanos aprobaron entusiasmados y sus seis hermanas, todas sobreprotectoras del más pequeño, incluida mi mamá, se desvivían por encontrarle novias y futuras esposas. Él disfrutaba que le armaran amoríos, sabiendo que siempre llegaban a la misma conclusión: “mejor quedate solo y tranquilo”.

De payaso duró lo que una picadura de abeja. Su humor atrevido lo festejaban hasta las cebras y el gorila a pura carcajada. Los hermanos Eguino, dueños del circo, lo premiaron como maestro de ceremonia o “maitre de piste” como él prefería que le dijeran cuando estaba ornamentado con su frac de lentejuelas multicolores y sombrero de copa negro azabache. Con micrófono en mano y el público a sus pies, se sentía Gardel. Dejaba el libreto de lado y presentaba a los artistas y números ganándose vítores y aplausos largos desde los palcos y el gallinero. Anunciaba cada vez más convencido que los leones habían luchado con Tarzán, los elefantes eran hijos de Dumbo y que uno de los trapecistas Rodríguez había volado tan alto que quedó colgado de una nube.

Tampoco duró mucho en ese puesto. Su carisma y don de gentes lo catapultaron a relacionador público. Adelantado como Magallanes, llegaba a los pueblos y ciudades en busca del mejor lote para levantar la carpa de tres pistas. A los intendentes les ofrecía entradas para reforzar sus campañas políticas, a cambio de que le regalaran las calles más céntricas para la caravana de bienvenida del circo. Para ese día lograba que las escuelas permanecieran cerradas para que los chicos entusiasmaran a sus padres por entradas, después que presenciaban alborotados el desfile del gigante con zancos, los tigres de Bengala y los siete elefantes africanos de paso cansino.

Por su gracia se imponía como centro de atención donde estuviere, ya sea debajo de la carpa o en las reuniones familiares. Tenía un don especial para contar historias, una especie de reencarnación entre juglar y trovador, y una generosidad que no dejaba a nadie sin regalos.

De sus muchos cuentos, me aprendí de memoria el de Edelmira, la gorda boliviana, mi favorita de su repertorio. Un día se escaparon tres leones que la policía tuvo que ir a cazar al centro del poblado, al mismo tiempo que se realizaba la procesión religiosa en honor al patrono local. El rumor causó tanta conmoción que el santo quedó despatarrado sobre la calle de tierra y una polvareda más alta que las casas sirvió de camuflaje para que los pueblerinos rajaran en todas las direcciones.

Edelmira que prefirió no correr o porque no le dieron las piernas, quedó petrificada, sentada sudorosa en el medio del polvo, con los ojos hacia el cielo buscando quien la salvara. Cuando mi tío llegó, acompañado por dos policías muertos de miedo que se escondían detrás del domador y el veterinario con la hipodérmica tranquilizadora, la gorda, todavía llena de fe, continuaba repitiendo alabanzas con sus manos tocando el cielo, creyéndose una cristiana en el circo romano.

¡Mi San Juan me salvó! ¡Mi San Juan me salvó!  –gritaba alabanciosa.

Mi tío, que había adquirido mucha fe desde que rezaba día y noche en el seminario de Santa Fe, pero que también conocía a los leones, le quitó religiosidad a la invocación divina.

Pero señora, si los leones no hubieran estado recién comidos, usted habría sido el banquete preferido.

La gorda se echó a llorar a carcajadas y lo abrazó insistiendo que mi tío era su San Juan.

Por el mal rato, la premió con entradas sin fecha para toda su familia, honrándola con el palco reservado para intendentes y autoridades. Y le dio instrucciones precisas al jefe de pista, así que cuando presentaba al domador y a sus “siete indomables leones de las sabanas africanas”, la orquesta tocaba un largo redoble de tambores, las luces se apagaban y un reflector como un sol la guiaba a Edelmira hacia el centro de la pista: “Con usteeeeeedeeeeees Edeeeeeeeeelmiiiiiiiiiira, Edelmira de las Mercedes Peñaflor, la reina del espectáculo más grande del mundo, el magnííííííficooooooo Ringling Bros”.

Edelmira y sus familiares no se perdieron ninguna de las cuatro funciones diarias del circo. Tal fue el éxito, que mi tío puso un cartel con la foto de Edelmira en la puerta y debió extender la plaza por diez días más. Y eso que todo el circo, contando palcos y gallinero, tenía más asientos que pobladores en el pueblo.

¿Y después que hizo la Edelmira?, –era mi pregunta de cajón.

Se convirtió en líder de las procesiones y hasta creo que la gente le empezó a rezar pidiéndole por algún milagro –contaba orgulloso mi tío.

Las ocho monedas de oro

La generosidad del tío era tan profunda como una mina de oro. Repartía a dos manos mantas de vicuña peruana, pulseras de plata boliviana y manteles de lino paraguayo a sus hermanas y cuñadas, y todo tipo de prendas finas a sus hermanos y cuñados. Los sobrinos y mis primas lo esperábamos con los brazos abiertos como a Papa Noel como si todas sus visitas fueran Navidad. A mi hermano le regaló la Pancha y, en la misma visita, yo ligué mi regalo más precioso, una locomotora que tiraba luces y humo de colores e imitaba el fuerte sonido del traqueteo de las vías. Fue la atracción del bar por semanas, hasta que mi mamá le desconectó las pilas ante las quejas de todos los clientes.

Su generosidad también la expresaba con dinero cantante y sonante que regalaba en sobres gorditos como los del tío Félix.

  Hay Tito le reclamaba mi papá si dejaras de regalar tanta plata y de jugar al casino imagínate todas las propiedades e inversiones que podrías tener a esta altura.

Desoía los consejos, también comunes entre sus hermanos, y prefería mostrar, orgulloso, una medalla que le habían regalado en un casino de la Patagonia por ser el mejor cliente del mes.

No juegues más Tito. Guardá que la suerte te puede cambiar, ya la gente prefiere el cine y la televisión que ir al circo.

–Mirá quienes hablan, vos con la quiniela y el Livio con la polla –contestó a carcajadas– la verdad que ustedes no son ni santos ni buenos consejeros.

En una de sus visitas, cuando mis padres se fueron a dormir la siesta, nos llevó en silencio a mi hermano y a mí a la mesa de las visitas en el bar.

Me prometen que guardarán un secreto si les doy algo.

Claro tío –le contestó Gerardo intrigado.

Tiró una bolsita de terciopelo negro sobre la mesa que retumbó como tambor. Desparramó ocho monedas de un amarillo brilloso como los anillos de mis papás. Pensé que eran las monedas musicales del payaso Tilín, pero por la cara de mi hermano me di cuenta de que era algo más valioso e importante.  

¿Son de oro? preguntó asombrado Gerardo– ¡Son de oro! –se respondió de inmediato.

Sssshhhhh, cállense que se van a despertar.

¿Son de verdad? ¿Son tuyas? ¿Para qué son? –lo ametralló mi hermano a preguntas.

Quiero que ustedes las guarden y cuando la Tota quiera comprar la casa, esto le dará el empujoncito que le falte.

El tío nos contó que las monedas, aunque chiquitas, valían mucho más que su peso en oro porque habían acuñado pocas y que eran el botín anhelado por los coleccionistas. En el anverso decían Libertad con una cara de mujer con gorro frigio y debajo ½ Argentino. En el reverso tenían el escudo de la República Argentina y un 1884 que el tío nos explicó que era el año de acuñación.

¿Por qué no se las das ahora? Se van a poner locos de contentos –replicó mi hermano.

–Tu papá está loco, pero por comprarse un Auto Unión como el del tío Félix. Tengo miedo que las use para eso y no para la casa.

–Por qué no las guardas vos, si nos descubren van a creer que las robamos.

–Mañana nos vamos con el circo a Chile y de ahí subiremos a México y no sé cuándo voy a volver. Guárdenlas bien y cuidadito que le cuenten a alguien. Si cuentan no los dejaré entrar más al circo.

El tío también se fue a dormir la siesta. Mi hermano, antes de que yo pudiera tocar las monedas, las metió celoso dentro de la bolsita y la ató con doble nudo. Dudando de que yo pudiera ser una tumba, me propuso sellar un pacto secreto. Juramos como los indios de las películas, pero en vez de sangre, nos untamos las muñecas con saliva.

–Tenemos que encontrar el mejor lugar –me dijo y enseguida se le prendió la lamparita– ya sé, el sótano.

No –reaccioné– el sótano no, ahí las va a encontrar Galera que siempre anda buscando los tesoros de Ali Baba y de Aladino.

–No seas salame, ahí debajo no hay nada –me reprochó– lo único que tenemos que ver es cómo abrir la tapa que es muy pesada.

–Le diré al Zorrino que la abra porque mami quiere que le saque el vino.

–No estoy seguro, nos van a descubrir. Mejor las guardo esta noche debajo de mi cama y mañana pensamos qué hacer –sentenció.

 –Bueno.

–Jurá que no le vas a decir nada a mami ni a papi.

–Lo juro.

–Por Dios.

–Lo juro por Dios.

Gerardo se puso la bolsita en el bolsillo y yo quedé intranquilo. Tenía muchos secretos y me pesaban. El anónimo, la libretita amarilla de mi mamá, los condimentos del menjunje del Manya Luna y, ahora, este de las ocho monedas de oro. Tenía ganas de contar todo.


Hice esta pintura años atrás, sobre el tío Félix en la mesa de
mi mamá y la locomotora que me había regalado el tío Tito.

jueves, 4 de febrero de 2021

Ladrones y ladronzuelos

Bocetos que mi hermano Gerardo
hacía sobre distintos personajes en el bar
La esquina era un avispero hacia la calle Perú, distinto al resto de los días cuando todo lo vertiginoso sucedía por la Iturraspe. Hasta los caballos atados a los troncos de los aligustres estaban asombrados. No habían visto tanta gente apretujada desde el último desfile del 25 de Mayo.

El quilombo lo armó un auto de policía con la sirena a todo trapo que frenó con chillido prolongado y estacionó medio de costado frente al bar. Los vecinos pensaron lo peor. No hacía ni dos semanas que un auto parecido, desde ese mismo lugar, se había llevado a mi papá a la comisaría.

La sirena ya no ululaba, pero las luces seguían prendidas y rebotaban en las paredes de toda la cuadra atrayendo a las familias del vecindario. Más de cuarenta se amucharon frente al bar: los García, los Cabré, los Pinta, los Negro, los Ditomaso, los Ronconi, los Zavala, los Arrieta, los Massa y los Cena. Y como la noticia se regó a la velocidad de la luz, empezaron a llover familias de cuadras y manzanas a la redonda.

¡Otra vez la policía! exclamó al aire la profesora de piano doña Canale de Moriondo mientras con paso apurado iba empujando hombros para tener asiento de primera fila no puede ser que la Tota haya seguido con la quiniela, mirá que se lo habían advertido ¿eh?

Bueno de repente lo vinieron a buscar al levantador y no fue culpa de doña Tota ─le respondió con duda sarcástica la señora Hans, quien varias veces había visto como le entregaba a Carnero sus papelitos de la suerte desde la ventana aunque a mí me preocupa el Nenucho, la Tota quedó muy preocupada con él cuando pasó lo de don Livio.

La Hans me tenía un cariño especial. Había sido mi nodriza. Mi mamá decía que el estrés por manejar el bar la había “secado” y que solo me pudo amamantar un par de semanas. Me enteré años después cuando le pregunté si sabía porque la Hans me miraba fijo, siempre, con una sonrisa sedosa y envolvente.

La Negra Ronconi, esposa del Elvio, regresaba apurada a su casa con el pan calentito de la mañana. Cuando vio la muchedumbre, en lugar de sumarse como espectadora, prefirió entrar al bar en busca de respuesta. Se sentía con derecho. Su esposo era un asiduo compinche en la mesa de mi papá y ella, junto con la Anita González, hacía semanas que venían ayudando a mi mamá para organizar la fiesta de Comunión de Gerardo. Se habían hecho amigas. Un día entró al bar a buscar al Elvio cuando el Gancia del mediodía se hizo más largo que de costumbre. Ella, Orfelia, y mi mamá, Ondina, se mataron de risa. Coincidieron que con “sus nombres artísticos” habían enmendado el mal gusto de sus padres.

─Tota, que está pasando acá ¿puedo ayudar? ─le preguntó la Negra al ver al agente, libretita en mano, cuestionándola.

─Ay sí por favor respondiópero no llames al Livio. Esta vez lo resuelvo sola.

La Negra pensó que mi mamá había caído de nuevo en la tentación de la quiniela. Le reconocía miles de virtudes, que cocinara como los dioses, que rezara a todas las vírgenes, pero era un secreto a voces que se le iba la mano con las apuestas, igual que a su hermano menor con el casino.

─Bueno Tota, pero no me digas que...

Nada de eso -la interrumpió nada de quiniela Negra. Esta vez me robaron, me afanaron.

Ay que alivio Tota, dejame ir a avisarle a los de afuera antes de que se sigan haciendo la novela.

─Sí, sí contales que estoy bien. Y que nadie se preocupe, ya no juego. Con el Tito hicimos la promesa hasta que mi mamá recupere las piernas.

Me alegro Ondina –le dijo la Negra y se echaron a reír, mientras el policía las miró sin entender.

La Negra salió aliviada y anunció desde el umbral la buena nueva como Evita desde el balcón, ante una cuadra rebalsada. Para algunos fue un bálsamo que mi papá no fuera el tema, pero a muchos la noticia les cayó como balde de agua fría. Hubieran preferido un desenlace más truculento, como que lo condenaran a cinco años de cárcel, que la policía estuviera investigando un asesinato o que el techo del bar se hubiera desplomado. Era comprensible la decepción. Era un miércoles insulso. Todavía faltaban cuatro días para la matiné en El Universal y para que los chaquetas azules le den su merecido a los indios o que el Weismuller salve a Jane y Chita de aguas infestadas de cocodrilos.

Bocetos de Gerardo.
Todo empezó muy temprano esa mañana cuando mi mamá fue a abrir el bar. La sorprendió un olor distinto, dulce y algo rancio, como de flores con chorizo. Olfateó al aire como el Pituco, el ratonero juguetón que obedecía solo a Gerardo. Aspiró hondo varias veces rebasando los pulmones. Cerró los ojos para identificar mejor la fragancia. Echó un vistazo rápido por todos lados en busca de botellas rotas de vinos o licores. Hasta que vio desacomodada y sucia la tabla para cortar salamines sobre el mesón de granito. Repasó mentalmente la noche anterior y recordó que había limpiado. “No estoy loca”, pensó.

La tabla estaba untada de grasa, llena de piel de salamines, migas de pan y, por debajo, asomaba un papel dobladito en cuatro esperando ser leído. Olió la grasa de los salames, pero se confundió con los aromas a lavanda, jazmines, madera e incienso. Algo no cerraba. Se acercó y antes de tocar la tabla con la nariz, advirtió lo peor. Miró debajo del mostrador y no tuvo dudas. Corrió de Maggi para llamar a la policía y se ofuscó aún más pensando que hacía tres años que sin éxito reclamaba una línea de teléfono.

El agente llegó unos interminables cuarenta y tres minutos después. Apagó el ulular, pero dejó las luces de la sirena encendidas, tal vez para fanfarronear.

─¿No vio nada señora? –preguntó el agente, libretita en mano.

─¿Cómo voy a ver?, si los veía los sacaba a palazos.

─¿No será que anoche se olvidó de limpiar y usted cree que la robaron? ─la cuestionó, apuntando con el bolígrafo hacia las puertas y las ventanas ─aquí no hay nada roto.

Pero por favor ¿me cree tarada? ─contestó malhumorada─ si nadie entró, quien me robó la plata y el whisky y ¿cómo es que me dejaron este mensaje?

El agente le pidió el papelito y se le escapó una carcajada. Mi mamá también se tentó. Con exquisita caligrafía, decía: “Doña Tota, por favor la próxima vez tenga algo más rico en la heladera, a esta hora hace hambre”. En el lugar de la firma, se leía: “Muchas gracias por los fajos y las botellas”.

Ante la insistencia del policía de que podría haber sido algún conocido, mi mamá trató de recordar algunas fisonomías y gestos de días recientes. Cerró los ojos, olió profundo y trató de identificar a los clientes que usaban perfume y a los que pedían el vino con el extra de fetas de salame a la grasa. Le surgieron ocho clientes, pero no estaba segura qué fragancias usaban. Quiso anotarlos en la libretita roja del fiado, pero no la encontró.

Repasó la pérdida con el agente: “todo el sencillo incluidas las monedas y dos fajos, uno con billetes de cinco mil y el otro de diez mil” o el equivalente a “siete meses de alquiler”. Agregó: “y dos cajas de whisky caro, de las cuatro que seguí añejando debajo del mostrador”. Y se le prendió la lamparita: “no pudo ser una sola persona, son muy pesadas”.

–No será que también me robaron la libretita roja –se preguntó.

–Pero señora para qué alguien va a querer... –antes de terminar la frase, el agente la entendió con la mirada– tiene razón... para eliminar las deudas.

–Si no la encuentro me acordaré de cada uno y estoy segura que encontraré a los sinvergüenzas. ¡Ya va a ver!

No había dudas que mi mamá daría con los malandrines antes que la policía. Tenía una nariz entrenada para catar aromas de tanto oler vinos, una vista fotográfica para grabar gestos y una memoria privilegiada que le permitía saber hasta el día, hora y minuto en el que habían nacido sus seis hermanas y cinco hermanos. Se acordaba de todos los deudores y los montos de las deudas. Empezó a escribir una nueva libretita roja y hasta hizo los mismos garabatos que en la anterior. Dos horas después supo, orgullosa, que tenía el calco de la desaparecida.

En la primera página había anotado el nombre de sus ocho sospechosos, empezando por el más perfumado. En esas noches que no había podido pegar un ojo repasando olores, gestos y miradas dudosas, también le asaltaron las dudas sobre los dos policías que se llevaron a mi papá al calabozo y que hurguetearon sus secretos debajo del mostrador. Los agregó a la lista. Y pensando que podrían regresar, les dedicó una rima en primera página: “Estos no son números de la quiniela señor polizón, así que piérdase estas páginas por el centro del pantalón”.

Más allá de la denuncia al agente y de los descubrimientos repentinos, mi mamá no se podía sacar de la cabeza a mi papá a quien tenía como telón de fondo. ¿Cómo y qué le contaría? Le habían robado mucha plata. Pensó en mentirle, pero lo descartó porque ya debería saber todo desde que la noticia se regó como pólvora. Se lo imaginó enfurecido porque más de una vez le dijo que no fuera porfiada, que no dejara la plata debajo del mostrador y, peor aún,  porque la compra de la esquina seguiría esquiva.

Palpitaba a mil por horas y un tambor le percutía en las sienes. Se hicieron las 12:30 y el momento de enfrentar al monstruo. Mi papá entró al bar no como lo imaginaba, sino con semblante sereno. Sorprendida, igualmente le exageró unas muecas de víctima y en menos de un minuto le ametralló cada detalle de las cuatro horas de la mañana, incluidos todos los apellidos de las familias que se amucharon frente al bar.

Mi papá era explosivo, aunque también sorprendía con reacciones inesperadas. Insultaba a medio mundo durante los partidos en los que River perdía, pero terminado el juego y derrota en mano, se mostraba resignado con el destino: “así tenía que ser”. Ese mecanismo de defensa también afloró tras la metralleta de mi mamá. “No te hagas problemas, hay que agradecer que no estabas ahí porque tal vez no estarías para contarla”. Y agregó de lo más campante: “llamá al cerrajero y olvidate; la plata va y viene; lo que sí, a esos ladronzuelos de cuarta ojalá que les agarre una cagueta interminable”.

Mi mamá soltó una carcajada con ganas. Se descomprimió. Le estampó un beso ruidoso en frente de todo el mundo, le cuchicheó algo en el oído y le dijo coqueta: “ya te llevo el Gancia”.  

Conociendo a mi mamá, era obvio que el episodio del robo estaba lejos de terminar. Por tres días seguidos les contó todos los detalles a los clientes, pero su intención era captar gestos y sospechas. Disimuladamente les preguntó por marcas de perfumes favoritos y cuál les habían regalado para los cumpleaños. Varios clientes terminaron engrosando la lista de los diez sospechosos, incluidos los dos policías.

El sábado por la tarde, con nombres de perfumes memorizados, fue a la Farmacia Pasteur. Compró varios frasquitos de marca y también algunas esencias sueltas con fragancias florales, cítricas y amaderadas.

El domingo por la mañana antes de que cacarearan los gallos del vecindario, entró al bar, despanzurró un chorizo, untó de grasa la tabla, roció varios papelitos con diferentes fragancias y los blandió en el aire en turnos de cinco minutos. En tres horas olfateó treinta y seis combinaciones distintas.

Mi papá la encontró y se tentó. Parecía una bioquímica de laboratorio.

─Pero vieja que hacés, ¿estás loca? ¿qué estás haciendo?

─Dejame, dejame. Me falta un poco, ya lo tengo casi listo ─respondió, señalándole la primera página de la libretita donde ya había tachado y descartado a tres de los sospechosos.

─Dejate de joder, nos vamos a meter en líos; dejá que la policía haga su trabajo.

─¿La policía? Vos todavía confiás en la policía después de lo que te pasó, hasta yo sospecho que ellos fueron los que me robaron la libretita roja y andá a saber si no estuvieron el miércoles de madrugada comiéndome los salamines.

─¿Usaban perfume?

─Si, los dos... andá que ya voy a hacerte la comida.

Ese domingo por la tarde mi mamá no habló más del tema. Seguía maquinando. Aceptó ir a la matiné y también al familiar, aunque fueran las mismas películas. Creyó que así pasarían más rápido las horas.

El lunes por la madrugada entró casi corriendo al bar. Esperó al Manya con mates calentitos y medialunas. Apenas apareció, lo sorprendió con un pedido urgente.

─Manya tómese unos mates rapidito, que me tiene que hacer un gran mandado.

─Ordene doña Tota.

Próximo capítulo: ¿Por qué eligieron San Francisco?

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...