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jueves, 10 de junio de 2021

El coctel Superman y la fórmula mágica

Paisaje del bar de Colonia Eustolia de noche pintado por mi hermano Gerardo en aquellas 
vacaciones en el caserío y que a mi papá le traían memorias de su infancia

Yo venía pegando unos tironcitos cada vez más copiosos. Las piernas se me estaban enflaqueciendo y alargando como palos de escoba.
 
–Mami me duelen las rodillas.
–¡Qué lástima Nenuchín!, reaccionó mi mamá con una sonrisa –¡estás creciendo!
 
Como había empezado la escuela mi mamá me anunció que ya no me leería más las Fabulandia: “es tiempo de cambio, debés valerte por vos mismo”. No le hice caso. Todavía no podía leer de corrido así que seguí “leyendo” las ilustraciones. Lo que sí cambié fueron los juegos. Reemplacé las luchas cuerpo a cuerpo contra Apaches y Pieles Rojas por guerras contra soldados japoneses; dejé de cazar ballenas por carreras de autitos y abandoné la caza de tigres y leones para jugar a la corra y a las cabecitas con una pelota número cinco que me compraron en la Casa del Deportista.
 
Mi hermano también crecía. Mi mamá le preparaba dos licuados de banana con leche cada mañana para contrarrestar la flacura. Como “ya sos mayorcito” lo dejaban ir solo de vacaciones a visitar a los nonos a Colonia Eustolia. La nona Chinta le hacía unos pucheros de gallina y unos pastelitos oreja de burro azucarados que le disparaban recuerdos de cuando todavía él y mis padres no se habían mudado a San Francisco.
 
Con gomera en mano y trampas distribuidas por varios árboles mi hermano buscaba compañeros para su Rey del Bosque y la Reinamora en la pajarera del patio. También llevaba una cajita con tubitos de óleo y pinceles y un mandato especial de su maestro Miguel Pablo Borgarello: “¡aproveche Gerardo!, pinte todo lo que pueda. Estudie el paisaje. Tráigame retratos de sus personajes más queridos”.
 
La nona Chinta, retratada por mi hermano en los 70.

En aquellas primaveras mi hermano hizo tantas pinturas que hubiera podido empapelar todas las paredes del caserío de Eustolia. Retrató a la nona Chinta de mil maneras y al nono Félix lo eternizó con sus ojitos tipo uvitas. Mi papá había quedado embelesado con un paisaje nocturno y otro con un sulky que le aguaban los ojos y le traían imágenes de su infancia. Recordaba buscando refugio para esconderse de la la luz mala que lo acechaba en noches sin luna y contaba que de boyero se le había caído encima su caballo apretándole una pierna como a San Martín en la batalla de San Lorenzo: “solo a los próceres nos pasan esas cosas”, remataba jactancioso.
 
Mientras crecíamos los clientes del bar y los parientes estaban ávidos por acertar parecidos. Algunos veían que mi hermano tenía los rasgos y gestos de los Trotti y a mí me endilgaban los de los Trossero. Otros, a la inversa. Lo cierto es que el tiempo pasaba y se hacía cada vez más difícil identificar que parte nos había tocado de cada familia.
 
También trataban de adivinar el futuro, en especial el de mi hermano que ya estaba pronto para la escuela secundaria. A mi mamá le hubiera encantado que sea pianista como su maestra Canale de Moriondo o pintor y escultor como su primo y maestro Borgarello. Mi papá prefería “algo más práctico”, que fuera ingeniero por sus dotes en matemática que lo destacaban como el mejor de la clase o, tal vez, veterinario por su vocación para cuidar de las aves y los animales. Yo era muy chico para que piensen en mi futuro. Mi mamá no estaba segura si el hecho de que fuera preguntón y llorara a moco tendido eran buenas o malas señales a futuro. Lo que la preocupaba eran mis malas notas en caligrafía y dictado con el hermano Elvio en primer grado de los Maristas.
 
Una siesta la escuché plantear sus preocupaciones a mi papá.
 
–Livio, tenemos que darle un empujoncito al Nenucho, de lo contrario se nos va a quedar atrás.
–¿De qué hablás?
–Tendríamos que haberlo mandado a jardín de infantes. No fue bueno que esté todo el día conmigo en el bar.
–Seguro que aprendió con los clientes. Acordate, también se aprende en la universidad de la calle.
–Por favor, Livio. Eso es para los grandes. El Nenucho todavía es un mocosito. Tenemos que empujarlo.
 
El empujón lo empecé a sentir esa misma tarde. Apenas se levantó puso resuelta sobre la mesa el tablero y la caja de madera con las piezas de ajedrez. “Vení Nenucho, tenés que mejorar”. Estaba empecinada a enseñarme, convencida de que el ajedrez me ayudaría a tener mejores notas en la escuela. Había leído un artículo en el diario sobre los beneficios del ajedrez para los niños: “Su hijo aprenderá estrategia, a pensar antes de actuar, a ser más imaginativo y creativo. Le mejorará la concentración, le ayudará en las tareas escolares y aumentará su autoestima”.
 
También había tomado al pie de la letra otro artículo sobre “mente sana en cuerpo sano”. Así que a partir de entonces a mis instrucciones de ajedrez las adobaba con un nuevo brebaje al que denominó “coctel Superman”, un vaso de leche con tres cucharaditas de Nesquik, una de Jalea Real y dos cucharadas soperas de Riboflavin B2 que compraba por toneladas en la farmacia Pasteur. No sé si era el coctel o pura sugestión, pero después del cuarto sorbo me sentía como Superman con unas ganas bárbaras de matar peones, alfiles, derribar torres, perseguir a la reina y de poner en jaque al rey.
 
Luego de varias lecciones, mi mamá compró unos libros porque se le habían quemado los papeles. El primero fue el de la “máquina del ajedrez”, como llamaban al cubano José Capablanca. Mi papá creía que lo habían apodado de esa manera porque lo comparaban con “aquella gloriosa y goleadora máquina de River con Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau”.
 
Gracias al maestro cubano, mi mamá les fue agregando a mis movimientos algunas aperturas y variantes, así como enseñanzas de cosecha propia y las que aprendió de chica con su papá el nono José. Decía que el tablero de ajedrez “es la vida misma, se gane o se pierda no hay que patalear sino tomar mejores decisiones”.
 
Nenucho. En el ajedrez como en la vida tendrás muchas amenazas y desafíos, pero las posibilidades de triunfar son infinitas. ¿Entendés?
Sí.
Cada cosa que hacés tiene consecuencias.
Bueno.
–Tenés que pensar cuatro pasos adelante y cambiar los planes sobre la marcha cuando te sientas desafiado.
–Jaque mate.
Miralo vos al Nenuchín. Yo hablando de la vida y vos tratando de matarme. Aprendés rápido carajo.
Jaque mate te dije.
Pará salamín que te como el caballo con el alfil. ¡Pensá antes de mover! No te apures. Grabate bien esto. El ajedrez es como la vida misma. Pensá en las consecuencias antes de mover.
 
Después de meses de lecciones y con la premisa de “si atacás y dominás el centro del campo de batalla ya tenés media batalla ganada”, mi mamá me empezó a buscar sparrings para probar mis nuevas habilidades y las suyas.

Mi papá, Borgarello y el Zorrino fueron los primeros contendientes para medir fuerza antes de que me llevaran los sábados a probar suerte a los torneos infantiles en Unión Social para “saber si tenés madera de Petrosián”.
 
Cada sparring tenía su estilo. Mi papá era el más piadoso. Me dejaba tocar las piezas antes de mover y ganar en los finales más difíciles por lo que mi mamá le reclamaba ofuscada: “¡exigilo, así nunca va a aprender!”. Borgarello era más estricto y poco misericordioso. Con él aprendí a perder, a mover más rápido y a luchar hasta el final: “Nenucho si todavía tiene el rey de pie tiene posibilidades, piense”, me decía cada vez que me sentía frustrado y con ganas de negociar tablas. Con el Zorrino era más entretenido. Jugábamos mientras él asaba para los demás changarines, así que a las partidas las zanjábamos con una apuesta por un choripán crujiente y chorreante.
 
Jaque mate. Deme otro choripán.
Mocoso de porquería. Parecés un ruso, carajo.
Las apuestas se pagan.
Yo sé. Pero ayer te gané y no le dijiste a tu mamá que me debías un medio litro con soda.
 
Un día apareció mi hermano de sopetón mientras jugábamos a toda velocidad incentivados por unas apuestas entre Galera y el Buey a escondidas de mi papá. Pensé que lo había atraído el olor de los chorizos sobre la parrilla, pero tenía otra cosa en mente.
 
Si le gano – lo desafió al Zorrino – en vez de un choripán, me tendrá que dar este juego de ajedrez.
¡Qué vas a ganarme vos! Sos bueno para la pintura, pero no tenés madera para esto.
¿Me juega o no?
 
La partida terminó en cuatro movimientos más veloces que el humo de la parrilla. Peón, caballo, alfil, jaque mate y listo el pollo. Yo no entendí porque Gerardo prefirió quedarse con las piezas del ajedrez en vez de comerse el choripán. “Está loco”, pensé.
 
Vení Nenucho – me pidió que lo siguiera a la piecita de los cachivaches.
Mirá. Son huecas.
–¿Son huecas y qué? No te entiendo.
Las piezas Nenucho. ¡Ya lo tengo!
–No entiendo – le insistí aún más desorientado.
Tenemos que esconder las monedas que nos regaló el tío Tito.
Las tenés debajo de la cama.
Sí, pero mami dijo que quería airear la lana de los colchones, así que en cualquier momento me descubre.
 
Seguía sin entender, pero traté de disimular para que me creyera inteligente como él.
 
Nenucho, las esconderemos en los peones. Si alguien encuentra el escondite no prestarán atención a unas piezas de ajedrez.
¿Pero para qué vamos a esconder los peones?
Salame. Lo que esconderemos son las monedas.
¿Adónde?
Ni idea todavía. Tengo que pensar. Ya tengo pensado cómo crear la fórmula mágica.
 
Al día siguiente, en el día de su cumpleaños, el once de junio de mil novecientos sesenta y seis, mi hermano desplegó la fórmula mágica sobre un cajón de la piecita de los cachivaches. Una hoja de papel con muchos números sueltos, fechas y otros garabatos semi tapados por manchas de pintura y bocetos de paisajes a medio terminar. Me hizo acordar a otro papel que había garabateado mi papá cuando instaló una financiera con el tío Tito, el que sería su cuarto emprendimiento después de crear la polla, la fábrica de soda y el criadero de canarios.
 
La fórmula mágica era bastante intrincada para entenderla, a pesar de que ese día me había zampado dos “coctel Superman”. Las fechas correspondían a nuestros cumpleaños y la de mis padres. También estaban las edades de los cuatro. Más abajo estaba la fecha de casamiento, la que habían llegado a San Francisco y el año que llegó del Piamonte nuestro bisabuelo Carlo Giovanni Trotti. Y en un recuadro estaba el número de la escuela de Eustolia, el año de acuñación de las monedas y la dirección exacta de las dos calles que hacían esquina.
 
Más allá de los elementos, mi hermano había escrito el método de resolución de la fórmula: “descomponer todas las fechas y usar los números naturales. Los pares se sumarán en la columna de la izquierda, los impares en el de la derecha. El resultado de cada columna es la medida (pasos de sesenta y cinco centímetros) que se tomará desde el punto de partida a la del escondite. Cuatro peones cargados con su tesoro irán a la derecha con el resultado de la columna izquierda y los otros cuatro hacia el lado opuesto”.
 
Me resultó difícil procesar tantos números y operaciones. Pensé que mi mamá tenía razón. Necesitaba muchos empujoncitos.
 
Esa tarde mi hermano le devolvió el juego de ajedrez al Zorrino. Pensó que valía la pena arriesgarse. El Zorrino no advertiría el nuevo peso de los peones cargados con el tesoro.
 
Aquí tiene, – le dijo –quédeselo, mejor se lo cambio por un choripán.
Gracias Gerardo. A ver Nenucho, juguemos. Esta vez no te voy a dar chufa. Me voy a comer los dos choripanes. Abrí vos.
–Jugale Nenucho. No te hagas problema, es el lugar más seguro del mundo – dijo mi hermano guiñándome un ojo.
Nada está seguro para el Nenucho. Hoy lo voy a destripar y hacer chorizos con las tripas – contestó el Zorrino totalmente despistado.
 
Esa tarde jugué muy lento y arrastrando los peones por el tablero. Temblaba de solo pensar que se les desprendiera la base y que el Zorrino descubra el tesoro. Había mucho en juego, “la vida misma” como decía mi mamá.
Pinturas de mi hermano Gerardo de los paisajes en el campo de Eustolia.


viernes, 12 de febrero de 2021

¿Por qué San Francisco?

Mi papá junto a sus papá, los nonos
Juan Félix y Chinta.
Era un día de fines de febrero de 1941, plomizo y sofocante. Empezó a garuar finito y la gramilla a despedir su aroma a verde fresco. A todos les preocupaba que se empape el colchón sobre el techo del lustroso Ford 40 de don Ángel Godino, amigo de la familia.

Mi papá, con 12 años radiantes, de pantaloncitos cortos y engominado hacia la derecha, estaba a minuto de subirse al auto. Mis nonos, Juan Félix Trotti y Jacinta Forno, la nona Chinta, lo habían anotado como pupilo en el Instituto Sagrado Corazón de los Hermanos Maristas de San Francisco. Les costaría mucho, pero se sacrificarían porque mi papá había terminado en la escuela estatal 483 de Colonia Eustolia con el mejor promedio de quinto y último grado y, en aritmética, no se recordaba un alumno así desde que Rodolfo Brühl había fundado la comuna en 1888. La maestra les venía insistiendo que el futuro del flaquito Livio estaba en los números y no como boyero en el tambo. Apuntaba para perito mercantil “y ojalá para algo más”.

Todos estaban ansiosos por la despedida. De repente, mi nona Chinta estalló en gritos como llorona de velorio. No quería desprenderse de su benjamín, once años menor que los mellizos Emilio y Lucho y trece menos que Rosita. Quizás lo sobreprotegía porque había llegado “por accidente” a sus 36 años en una clínica del pueblo Sastre con algunos sustos el 27 de enero de 1929. Su impulso repentino tenía una justificación profunda. A sus 48 años, nacida en 1892 en Eustolia, temía que se prolongara su tragedia si mi papá abandonaba el nido. Su primer esposo había muerto tragado por una máquina cosechadora que tiñó los trigales de un rojo ruidoso que le perforó por años la memoria.

Mi nono Juan Félix la abrazó fuerte para contenerla, pero ella no pudo ni quiso contenerse. Pretendía el escarmiento.

I von a meuri (me voy a morir) ─chilló mi nona en un piamontés duro ─Përchè a dev d'andesse via  por qué se tiene que ir!)

Porca vaca, as va nen an sla lun-a, mach a eut leghe da sì (vaca puerca, no se va a la Luna, solo a ocho leguas de distancia) ─le respondió mi nono.

I pairo pa pi, I pairo pa pi (no puedo más, no puedo más) –gritó –i tornerai mai pi a vëdlo (no lo voy a ver nunca más).

¡Calé giù 'l matarass! (¡bajen el colchón!) –sentenció mi nono resignado, pensando que así evitaría el martirio de los próximos días ch'a resta ant lë stabi (que se quede en el tambo).

Mi papá como marinerito, los nonos y
detrás Emilio (izq.), Rosita y Lucho. 
Mi papá no pataleó. Salió disparado hacia detrás de la casa con la pelota de cuero gastado bajo el brazo. Se quedó mirando como se alejaba el auto de Godino en dirección a San Francisco, vio que la polvareda quedaba suspendida y escuchó su corazón galopar a mil por hora. Se sintió raro, oprimido y al mismo tiempo aliviado. Quería irse, pero quedarse; le atemorizaba irse lejos y solo.

Recién por la noche se dio cuenta que el campo era su destino. Lloró debajo de las cobijas apretado y en silencio hasta dormirse. Por dos días no probó bocado y se desahogó tirándole con la gomera a todo lo que se movía, vacas, gallinas, gorriones y torcazas.

Tres madrugadas más tarde, mi nono lo llevó a ordeñar. Menos enojado, aunque todavía triste, mi papá se juró a sí mismo que algún día se iría a vivir a San Francisco.

Papi esto no me gusta ─le dijo, esquivando terrones de bosta y barro seco.

Te vas a acostumbrar. Los Trotti siempre fuimos de campo.

─Pero el nono también se fue ─le respondió mi papá, evocándole las historias que le contaba sobre el nono Carlo Giovanni que llegó de Italia en 1881.

Mi nono le pegó una palmadita suave en la cabeza y le hizo seña que siga ordeñando; la vaca esperaba y el sol ya estaba por despertar.

La historia de los Trotti tuvo al campo como destino desde épocas remotas en Italia hasta las primeras décadas en Argentina. El nono Juan Félix, nacido en 1889 en el campo en Felicia, había comprado una chacra de varias hectáreas en Eustolia que incluía una casona y un bar de ladrillos rojos que llegaban hasta el cielo. La pudo comprar tras hacer su agosto como capataz de peones en los alrededores de Sastre en un año de cosecha récord.

Mis bisabuelos, Carlo Giovanni Trotti e Isabella Marnelli, inmigraron de jovencitos desde Castellazzo Bormida, provincia de Alessandria, región del Piamonte italiano. Llegaron al Puerto de Buenos Aires con 22 y 20 años y el dolor de haber perdido a un recién nacido, pero gozosos de que Sebastián se mecía entre las aguas del vientre y del mar. Sería su primer hijo y nacería en la tierra prometida.

Carlo Giovanni Trotti y su familia. Mi nono Juan Félix
es el segundo desde la derecha.

Se afincaron en una zona tambera cercana a San Antonio en la provincia de Santa Fe, como muchos “gringos” que llegaron a borbotones para trabajar como golondrinas en los campos. Habían abandonado una Italia ya unida, después de tantas guerras ancestrales, pero todavía consumida por la corrupción, las pestes y la miseria.

Carlo Giovanni murió el 4 de junio de 1942 en San Antonio. Tenía 83 años y un derrame cerebral masivo no lo perdonó. Murió tranquilo, bendecido por un nuevo país y una familia numerosa de nueve hijos. Solo le quedó un pendiente: construir una capilla con el nombre de la iglesia Santi Carlo e Anna de Castellazzo Bormida donde se había casado y fue bautizado, ofrenda que muchos piamonteses supieron regar por los campos en gratitud. Su orgullo también obedecía a que aquella iglesia de ladrillos rojos de aspectos romanos fue construida en 1631 gracias a la volontá testamentale di Maddalena Trotti, una de las antespadas.

Cien años exactos después de su travesía, mi hermano Gerardo visitó Castellazzo Bormida en 1981. Curioso por su pasado y, durmiendo en los claustros de la parrocchia Santi Carlo e Anna y visitando la biblioteca de Alessandria, desenterró actas de nacimiento, casamiento y defunciones dándole vida a diez generaciones de Trotti campesinos hasta dar con el patriarca, Paolo, nacido en el 1500. Por unos eslabones perdidos no pudo llegar hasta los primeros Trottus, Trotta o Trotte del Siglo 10 cuando las iglesias transformaron rasgos y apodos en apellidos. Seguramente habían sido gente de acaballo.

Muchos ancestros rompieron la tradición por el campo. Mi papá, uno de ellos. Cumplió con su promesa de ir a vivir a San Francisco 16 años después del berrinche de la nona Chinta.

Era el 29 de agosto de 1957. También un día plomizo y de garúa finita como en 1941. El Ford 48 coupe, negro flamante, esta vez pertenecía al amigo de mi nono, don Tarico, que se prestó para la mudanza. Tres serían los pasajeros y sobre el techo del auto había dos colchones, uno de dos plazas. Mi papá de 28 años, mi mamá recién cumplidos los 29 y Gerardo, de algo más de tres que hizo todo el viaje en upa de mi mamá. En realidad, eran cuatro pasajeros. Mi mamá sentó a su lado a su “amiga más querida”, la Virgen del Rosario de Nueva Pompeya, una lámina enmarcada en dorado, que la acompañaba desde que era una niña y asistía a la capilla con ese nombre en Clucellas, donde nació el 2 de agosto de 1928.

Después de cuarenta y cinco minutos de ansiedad y polvo, llegaron a San Francisco con sol radiante, presagio de una decisión bien tomada. Atrás quedaron cuatro años de Eustolia donde vivieron con los nonos desde que se habían casado el 11 de abril de 1953.

Antes del casorio, noviaron por cuatro años a la distancia. Se conocieron en un baile de la Sociedad Italiana en Estación Clucellas, a medio camino entre Colonia Eustolia y Plaza Clucellas. Mi mamá fue al baile con sus amigas del alma, sus primas hermanas, Elsa, Vilma y Delma, con quienes se crio en el campo. Mi papá fue con sus amigos inseparables, los hermanos Juan e Hilario Rufino.

Mi mamá en la falda del nono José Miguel y detrás
mi nona Antonia. Faltan los dos más chicos, Eladio y
 Héctor que todavía bo había nacido.

Bailaron toda la noche. Mi papá fanfarroneó diciéndole que era de Rosario, que se había probado en Newells’s Old Boys y pensó que lo sospecharía con estudio y dinero. Ella picó el anzuelo. Un par de bailes después, mi papá embobado, confesó el engaño. Solo interrumpiría las visitas cuando las lluvias tornaban intransitables los 20 kilómetros de distancia. Llegaba a Plaza Clucellas con el bien cuidado Ford A de su papá para la envidia de los vecinos. Cansado de llegar a las madrugas directo de los bailes al tambo, mi nono le concedió que empezara a atender el bar y olvidara el ordeñe.

Presionada por cuatro años de espera, pero sobre todo por sus primas y por su papá, mi mamá le puso el ultimátum. Mi papá no tuvo escapatoria y pidió la mano. Mis nonos, José Miguel Trossero y Antonia Arnoldt de Trossero asintieron. Pensaron que era buen partido, conocían a los Trotti y a las Forno como a todo el mundo a varios pueblos a la redonda: “Es buen chico, pintón, trabajador y descendiente de piamonteses”.

Así como los Trotti, los Trossero también provenían del Piamonte, pero de Pinerolo al sur de Turín. Mi nono José Miguel nació el 13 de junio de 1895 en Colonia Clucellas poco después de que su padre y otros parientes llegaran a la Argentina. Mi nona Antonia nació el 6 de noviembre de 1894 en el cantón francoalemán de Valais en el sur de Suiza. Llegó a Argentina ocho años después de la mano de su mamá, Catalina Schmitz; su papá Juan, había muerto tiempo antes de subir al barco.

En San Francisco

Interpretación de foto de los Trotti que
pintó mi hermano cuando vivía en Paris.
Apenas instalados en la esquina de Iturraspe y Perú, lugar que hasta ese momento existía la despensa de los Mensa, a quienes mis padres le compraron la llave y de quienes heredaron la clientela, el primer acto fue entronizar la imagen de la Virgen del Rosario de Nueva Pompeya, la virgen de los casos difíciles. La colocaron en el salón sobre la puerta que iba al patio “para que la vean todos y ella nos cuide”, ordenó mi mamá.

Aquella imagen de su Madonna traída de Clucellas también había engalanado el bar en Eustolia. Se distinguía entre medio de trofeos y banderines amarillo y negro del equipo de fútbol comunal y fotos de formaciones varias y una de mi papá agachado, balón en mano, con un epígrafe que lo destacaba como el wing derecho más goleador y gambeteador de la temporada 1949-1950. “Yo no lo escribí” se defendía.

Minutos antes de subir al auto de don Tarico aquel 29 de agosto de 1957 – exactamente un año antes de que yo naciera en San Francisco - mi nono Juan Félix, siempre de camisa larga y sombrero de felpa negra para defenderse del sol, y con el brazo sobre los hombros de la nona Chinta, volvió a la carga sobre mi papá.

─Prometeme que volverás.

Viejo, siempre. Lo mismo te contesté cuando mami armó la pataleta ─le dijo, pero mirándola a ella con una mueca cómplice─ ¿por qué no voy a regresar?

Livio no me entendés. No es por vos ni por la Tota ─le dijo mi nono─ es por el Gerardito. Hace tres meses que esta llora y llora todas las noches.

Mi nona Chinta ante la vergüenza de que le desnudaran su debilidad en público, reaccionó con una frase que habitualmente la usaba contra el nono: “Sta ciuto! (¡Cállate la boca!)”.

Gerardo y yo con la nona Chinta, mis padres, tíos y tía,
y mi nono en el medio. Era el casamiento de
Chiquita y Miguelito, hijo de Rosita y tío Aimaretto.

Mi papá lo apretó fuerte con un abrazo largo y profundo que dijo mucho. Se iba, estaba contento y con esperanza, pero también tenía miedo e incertidumbre. Le dolía el cuerpo y el alma, y aunque ni era remotamente la travesía que emprendió su nono Carlo Giovanni, igualmente experimentó aquella dualidad emocional del que deja lo suyo.

No se llevaba mucho de su Eustolia. Un par de valijas rebalsadas, el traje y el vestido de casamiento, unas fotos para no olvidar, pocas chucherías de cocina y varios rasgos y gestos marca Trotti: nariz grande con quiebre en el tabique, cabeza levantada como mirando por arriba del horizonte, cejas cortas poco pobladas siempre sorprendidas y una tosecita carrasposa con la que iniciaba cualquier conversación. De los Forno de mi nona Chinta heredó un gesto de visera con la mano para tapar el sol, una postura de paciente espera con pies a las diez y diez y unos brazos en jarra con los puños sobre los riñones. Y también un carácter piamontés fuerte y gruñón de la nona que se complementaba con la calidez de un nono bonachón de pocas palabras.

Cuando habían resuelto salir de Eustolia en busca de su tierra prometida, San Francisco estaba predestinado por mi papá. Sin embargo, mi mamá también tiraba por Rafaela donde vivían su hermano Octavio y Ángela la mayor de sus hermanas. Cualquiera de las dos ciudades invitaba a un mejor futuro que sentían incierto y esquivo en el campo. Mi mamá finalmente apoyó la decisión de mi papá: “¿sabés qué? prefiero que estemos aislados por un tiempo”.

Cuando decidieron transformar la despensa a Bar “Nueva Pompeya” mi mamá quedó sola frente al negocio y, sin mucha experiencia para atender una clientela que sería superior a la de Eustolia, no tuvo otra que encomendarse a la Virgen. Le puso unas ramitas de olivo al cuadro sobre la puerta y guardó una estampita debajo del mostrador principal en la que se leía: “Si quieres alguna gracia recurre siempre a Mí, porque yo soy tu Madre”.

Un día difícil, de esos habituales en el bar, que mi mamá necesitaba alguna gracia y no encontraba la estampita, me mandó a buscarla a su mesita de luz.

La encontré, pero no estaba sobre la mesita, sino dentro del cajón debajo de una cajita de alhajas y junto a una libretita amarillo chillón que me gritó por atención. Nunca la había visto. Era como la libretita roja del fiado y la azul con las recetas de cocina, pero desorganizada y desprolija. Estaba llena de estampitas, oraciones, aniversarios, garabatos y, sobre todo, me sorprendió una carta doblada en dos en cuyo doblez se leía en tinta corrida: “el anónimo”.

Justo cuando estaba a punto de abrir el misterio, mi mamá se me apareció por atrás.

¡Qué estás haciendo Nenucho! ─exclamó brusca.

─Vine a buscarte la virgencita.

─Esa no es la estampita. Salí de acá. Jurame que no le vas a decir a nadie.

─No vi nada. Te lo juro.

─Por Dios.

─Te lo juro por Dios.

─Y cuidadito que le cuentes a papi o tu hermano ─me ordenó mientras con la palma sobre mi espalda me fue invitando hacia afuera del dormitorio.

Al salir, vi de reojo que mi mamá puso su libretita a salvo, escondiéndola en un cajón del ropero debajo de su ropa íntima.

Por mucho tiempo me pregunté si en el contenido de aquel “anónimo” no estaría la razón que influyó para que eligieran San Francisco. O si tenía que ver con el “prefiero que estemos aislados”, frase que mi papá disimuló no haberle prestado atención.

Agradecimientos a quienes me ayudaron a construir este capítulo:

·  A mi hermano por haber construido el árbol genealógico de los Trotti, por sus horas en mejorar fotos y por haber retratado a la familia, en aquella época, con dibujos y pinturas.

·  A mis primos Marta y Raúl Trossero y su esposa Adriana Zurbriggen, así como mi prima Raquelita Trotti, quienes me aportaron datos, fotos, documentos y recuerdos que seguiré desgranando en próximos capítulos.

·  A mi esposa Graciela, por su siempre excelente crítica y por haber sido amiga íntima de mi mamá.

·  A la traductora Alejandra Gaido de Las Varillas que permitió el diálogo de mis nonos en piamontés. Y a José Luis Vaira presidente de la Asociación Civil Familia Piemontesa de San Francisco, Córdoba. 

Interpretación de mi hermano de una foto de los primeros Trotti en Argentina, de cuando vivía en París.




EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...