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jueves, 10 de junio de 2021

El coctel Superman y la fórmula mágica

Paisaje del bar de Colonia Eustolia de noche pintado por mi hermano Gerardo en aquellas 
vacaciones en el caserío y que a mi papá le traían memorias de su infancia

Yo venía pegando unos tironcitos cada vez más copiosos. Las piernas se me estaban enflaqueciendo y alargando como palos de escoba.
 
–Mami me duelen las rodillas.
–¡Qué lástima Nenuchín!, reaccionó mi mamá con una sonrisa –¡estás creciendo!
 
Como había empezado la escuela mi mamá me anunció que ya no me leería más las Fabulandia: “es tiempo de cambio, debés valerte por vos mismo”. No le hice caso. Todavía no podía leer de corrido así que seguí “leyendo” las ilustraciones. Lo que sí cambié fueron los juegos. Reemplacé las luchas cuerpo a cuerpo contra Apaches y Pieles Rojas por guerras contra soldados japoneses; dejé de cazar ballenas por carreras de autitos y abandoné la caza de tigres y leones para jugar a la corra y a las cabecitas con una pelota número cinco que me compraron en la Casa del Deportista.
 
Mi hermano también crecía. Mi mamá le preparaba dos licuados de banana con leche cada mañana para contrarrestar la flacura. Como “ya sos mayorcito” lo dejaban ir solo de vacaciones a visitar a los nonos a Colonia Eustolia. La nona Chinta le hacía unos pucheros de gallina y unos pastelitos oreja de burro azucarados que le disparaban recuerdos de cuando todavía él y mis padres no se habían mudado a San Francisco.
 
Con gomera en mano y trampas distribuidas por varios árboles mi hermano buscaba compañeros para su Rey del Bosque y la Reinamora en la pajarera del patio. También llevaba una cajita con tubitos de óleo y pinceles y un mandato especial de su maestro Miguel Pablo Borgarello: “¡aproveche Gerardo!, pinte todo lo que pueda. Estudie el paisaje. Tráigame retratos de sus personajes más queridos”.
 
La nona Chinta, retratada por mi hermano en los 70.

En aquellas primaveras mi hermano hizo tantas pinturas que hubiera podido empapelar todas las paredes del caserío de Eustolia. Retrató a la nona Chinta de mil maneras y al nono Félix lo eternizó con sus ojitos tipo uvitas. Mi papá había quedado embelesado con un paisaje nocturno y otro con un sulky que le aguaban los ojos y le traían imágenes de su infancia. Recordaba buscando refugio para esconderse de la la luz mala que lo acechaba en noches sin luna y contaba que de boyero se le había caído encima su caballo apretándole una pierna como a San Martín en la batalla de San Lorenzo: “solo a los próceres nos pasan esas cosas”, remataba jactancioso.
 
Mientras crecíamos los clientes del bar y los parientes estaban ávidos por acertar parecidos. Algunos veían que mi hermano tenía los rasgos y gestos de los Trotti y a mí me endilgaban los de los Trossero. Otros, a la inversa. Lo cierto es que el tiempo pasaba y se hacía cada vez más difícil identificar que parte nos había tocado de cada familia.
 
También trataban de adivinar el futuro, en especial el de mi hermano que ya estaba pronto para la escuela secundaria. A mi mamá le hubiera encantado que sea pianista como su maestra Canale de Moriondo o pintor y escultor como su primo y maestro Borgarello. Mi papá prefería “algo más práctico”, que fuera ingeniero por sus dotes en matemática que lo destacaban como el mejor de la clase o, tal vez, veterinario por su vocación para cuidar de las aves y los animales. Yo era muy chico para que piensen en mi futuro. Mi mamá no estaba segura si el hecho de que fuera preguntón y llorara a moco tendido eran buenas o malas señales a futuro. Lo que la preocupaba eran mis malas notas en caligrafía y dictado con el hermano Elvio en primer grado de los Maristas.
 
Una siesta la escuché plantear sus preocupaciones a mi papá.
 
–Livio, tenemos que darle un empujoncito al Nenucho, de lo contrario se nos va a quedar atrás.
–¿De qué hablás?
–Tendríamos que haberlo mandado a jardín de infantes. No fue bueno que esté todo el día conmigo en el bar.
–Seguro que aprendió con los clientes. Acordate, también se aprende en la universidad de la calle.
–Por favor, Livio. Eso es para los grandes. El Nenucho todavía es un mocosito. Tenemos que empujarlo.
 
El empujón lo empecé a sentir esa misma tarde. Apenas se levantó puso resuelta sobre la mesa el tablero y la caja de madera con las piezas de ajedrez. “Vení Nenucho, tenés que mejorar”. Estaba empecinada a enseñarme, convencida de que el ajedrez me ayudaría a tener mejores notas en la escuela. Había leído un artículo en el diario sobre los beneficios del ajedrez para los niños: “Su hijo aprenderá estrategia, a pensar antes de actuar, a ser más imaginativo y creativo. Le mejorará la concentración, le ayudará en las tareas escolares y aumentará su autoestima”.
 
También había tomado al pie de la letra otro artículo sobre “mente sana en cuerpo sano”. Así que a partir de entonces a mis instrucciones de ajedrez las adobaba con un nuevo brebaje al que denominó “coctel Superman”, un vaso de leche con tres cucharaditas de Nesquik, una de Jalea Real y dos cucharadas soperas de Riboflavin B2 que compraba por toneladas en la farmacia Pasteur. No sé si era el coctel o pura sugestión, pero después del cuarto sorbo me sentía como Superman con unas ganas bárbaras de matar peones, alfiles, derribar torres, perseguir a la reina y de poner en jaque al rey.
 
Luego de varias lecciones, mi mamá compró unos libros porque se le habían quemado los papeles. El primero fue el de la “máquina del ajedrez”, como llamaban al cubano José Capablanca. Mi papá creía que lo habían apodado de esa manera porque lo comparaban con “aquella gloriosa y goleadora máquina de River con Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau”.
 
Gracias al maestro cubano, mi mamá les fue agregando a mis movimientos algunas aperturas y variantes, así como enseñanzas de cosecha propia y las que aprendió de chica con su papá el nono José. Decía que el tablero de ajedrez “es la vida misma, se gane o se pierda no hay que patalear sino tomar mejores decisiones”.
 
Nenucho. En el ajedrez como en la vida tendrás muchas amenazas y desafíos, pero las posibilidades de triunfar son infinitas. ¿Entendés?
Sí.
Cada cosa que hacés tiene consecuencias.
Bueno.
–Tenés que pensar cuatro pasos adelante y cambiar los planes sobre la marcha cuando te sientas desafiado.
–Jaque mate.
Miralo vos al Nenuchín. Yo hablando de la vida y vos tratando de matarme. Aprendés rápido carajo.
Jaque mate te dije.
Pará salamín que te como el caballo con el alfil. ¡Pensá antes de mover! No te apures. Grabate bien esto. El ajedrez es como la vida misma. Pensá en las consecuencias antes de mover.
 
Después de meses de lecciones y con la premisa de “si atacás y dominás el centro del campo de batalla ya tenés media batalla ganada”, mi mamá me empezó a buscar sparrings para probar mis nuevas habilidades y las suyas.

Mi papá, Borgarello y el Zorrino fueron los primeros contendientes para medir fuerza antes de que me llevaran los sábados a probar suerte a los torneos infantiles en Unión Social para “saber si tenés madera de Petrosián”.
 
Cada sparring tenía su estilo. Mi papá era el más piadoso. Me dejaba tocar las piezas antes de mover y ganar en los finales más difíciles por lo que mi mamá le reclamaba ofuscada: “¡exigilo, así nunca va a aprender!”. Borgarello era más estricto y poco misericordioso. Con él aprendí a perder, a mover más rápido y a luchar hasta el final: “Nenucho si todavía tiene el rey de pie tiene posibilidades, piense”, me decía cada vez que me sentía frustrado y con ganas de negociar tablas. Con el Zorrino era más entretenido. Jugábamos mientras él asaba para los demás changarines, así que a las partidas las zanjábamos con una apuesta por un choripán crujiente y chorreante.
 
Jaque mate. Deme otro choripán.
Mocoso de porquería. Parecés un ruso, carajo.
Las apuestas se pagan.
Yo sé. Pero ayer te gané y no le dijiste a tu mamá que me debías un medio litro con soda.
 
Un día apareció mi hermano de sopetón mientras jugábamos a toda velocidad incentivados por unas apuestas entre Galera y el Buey a escondidas de mi papá. Pensé que lo había atraído el olor de los chorizos sobre la parrilla, pero tenía otra cosa en mente.
 
Si le gano – lo desafió al Zorrino – en vez de un choripán, me tendrá que dar este juego de ajedrez.
¡Qué vas a ganarme vos! Sos bueno para la pintura, pero no tenés madera para esto.
¿Me juega o no?
 
La partida terminó en cuatro movimientos más veloces que el humo de la parrilla. Peón, caballo, alfil, jaque mate y listo el pollo. Yo no entendí porque Gerardo prefirió quedarse con las piezas del ajedrez en vez de comerse el choripán. “Está loco”, pensé.
 
Vení Nenucho – me pidió que lo siguiera a la piecita de los cachivaches.
Mirá. Son huecas.
–¿Son huecas y qué? No te entiendo.
Las piezas Nenucho. ¡Ya lo tengo!
–No entiendo – le insistí aún más desorientado.
Tenemos que esconder las monedas que nos regaló el tío Tito.
Las tenés debajo de la cama.
Sí, pero mami dijo que quería airear la lana de los colchones, así que en cualquier momento me descubre.
 
Seguía sin entender, pero traté de disimular para que me creyera inteligente como él.
 
Nenucho, las esconderemos en los peones. Si alguien encuentra el escondite no prestarán atención a unas piezas de ajedrez.
¿Pero para qué vamos a esconder los peones?
Salame. Lo que esconderemos son las monedas.
¿Adónde?
Ni idea todavía. Tengo que pensar. Ya tengo pensado cómo crear la fórmula mágica.
 
Al día siguiente, en el día de su cumpleaños, el once de junio de mil novecientos sesenta y seis, mi hermano desplegó la fórmula mágica sobre un cajón de la piecita de los cachivaches. Una hoja de papel con muchos números sueltos, fechas y otros garabatos semi tapados por manchas de pintura y bocetos de paisajes a medio terminar. Me hizo acordar a otro papel que había garabateado mi papá cuando instaló una financiera con el tío Tito, el que sería su cuarto emprendimiento después de crear la polla, la fábrica de soda y el criadero de canarios.
 
La fórmula mágica era bastante intrincada para entenderla, a pesar de que ese día me había zampado dos “coctel Superman”. Las fechas correspondían a nuestros cumpleaños y la de mis padres. También estaban las edades de los cuatro. Más abajo estaba la fecha de casamiento, la que habían llegado a San Francisco y el año que llegó del Piamonte nuestro bisabuelo Carlo Giovanni Trotti. Y en un recuadro estaba el número de la escuela de Eustolia, el año de acuñación de las monedas y la dirección exacta de las dos calles que hacían esquina.
 
Más allá de los elementos, mi hermano había escrito el método de resolución de la fórmula: “descomponer todas las fechas y usar los números naturales. Los pares se sumarán en la columna de la izquierda, los impares en el de la derecha. El resultado de cada columna es la medida (pasos de sesenta y cinco centímetros) que se tomará desde el punto de partida a la del escondite. Cuatro peones cargados con su tesoro irán a la derecha con el resultado de la columna izquierda y los otros cuatro hacia el lado opuesto”.
 
Me resultó difícil procesar tantos números y operaciones. Pensé que mi mamá tenía razón. Necesitaba muchos empujoncitos.
 
Esa tarde mi hermano le devolvió el juego de ajedrez al Zorrino. Pensó que valía la pena arriesgarse. El Zorrino no advertiría el nuevo peso de los peones cargados con el tesoro.
 
Aquí tiene, – le dijo –quédeselo, mejor se lo cambio por un choripán.
Gracias Gerardo. A ver Nenucho, juguemos. Esta vez no te voy a dar chufa. Me voy a comer los dos choripanes. Abrí vos.
–Jugale Nenucho. No te hagas problema, es el lugar más seguro del mundo – dijo mi hermano guiñándome un ojo.
Nada está seguro para el Nenucho. Hoy lo voy a destripar y hacer chorizos con las tripas – contestó el Zorrino totalmente despistado.
 
Esa tarde jugué muy lento y arrastrando los peones por el tablero. Temblaba de solo pensar que se les desprendiera la base y que el Zorrino descubra el tesoro. Había mucho en juego, “la vida misma” como decía mi mamá.
Pinturas de mi hermano Gerardo de los paisajes en el campo de Eustolia.


jueves, 14 de enero de 2021

El Zorrino, retratos, la quiniela y la polla

No todos los días eran iguales en el bar. Algunos pasaban perezosos y desganados, otros en cámara rápida como en las películas de Charles Chaplin. Dependían en algo del clima, pero, sobre todo, de las finanzas y de las changas, si el ganado en pie se cotizaba en alza en la Feria Gilli o si había bolsas de harina que cargar en el Molino Tampieri. En definitiva, el clima más favorable no era cosa de calor o frío, más bien, de bolsillos llenos o vacíos.

Mas allá de la rapidez o lentitud del ambiente, repentinamente, algo mágico sucedía casi todos los días. Un cliente entraba en un estado catatónico, de profunda parálisis, que desentonaba con el movimiento de los personajes de su propia mesa. Petrificado de pies a cabeza como si no hubiera una sola gota de viento, solo atinaba a mover las pupilas de lado a lado como preguntándose cuando terminaría su martirio. Apenas le tiritaba un párpado surgía una orden punzante desde el otro lado del salón: “¡no se mueva!”.

El culpable de congelar el tiempo era Gerardo. De pantaloncitos hasta las rodillas, piernas flacas y corredoras, pelo rubio en jopo y raya al costado, de ojos sagaces entre celestes y grisáceos, según el día, como los de mi papá, mi hermano imponía su voluntad a fuerza de lápiz y unas hojas de papel con las que deambulaba por todos los rincones del salón inmortalizando personajes. “Le dije que no se mueva” era su mandato más estricto cuando después de contornear pose y silueta, se disponía a plasmar gestos, sombras y, en especial, a robarle el alma a los personajes. Era un momento sublime. Todos contenían la respiración y ni siquiera las moscas se atrevían a volar.

“Ya está” eran las palabras de mi hermano al terminar su obra y con las que todos se desinflaban. Al mostrar el dibujo, los parroquianos recitaban en coro un “guauuuuu” de asombro prolongado, mientras el retratado se observaba en un espejo de carbonilla, mudo, con la garganta cerrada y los ojos abrillantados. Según el nivel de emoción en el ambiente, Gerardo decidía si regalaba el dibujo, lo guardaba para retocarlo o lo archivaba en una carpeta negra de tapas duras, una especie de cápsula del tiempo que le serviría en el futuro para recordar sus comienzos como artista.

Elisa Damar “la princesa de las flores” como la llamaba mi mamá, era la artista más sobresaliente de San Francisco que solía frecuentar la mesa de las visitas por un par de hesperidinas. Siempre ponderaba los dibujos de Gerardo, pero un día quedó tan deleitada por un retrato del Zorrino, que le brotó una exclamación espontánea: “¡será un gran pupilo de tu primo!”. Boquiabierta tras la frase de Elisa, que implicaba una admisión segura para que Gerardo aprendiera bajo el ala de su esposo, Miguel Pablo Borgarello, mi mamá quedó ilusionada de que las cualidades innatas de Gerardo progresarían al lado del gran maestro. Aquel día, agasajada, Elisa se marchó con dos botellas de Hesperidina bajo el brazo.

Retrato de Gerardo a su maestro Borgarello
Mientras Gerardo inmortalizaba personajes, yo me ligaba retos por andar a sus espaldas haciéndole morisquetas a los retratados para sacarlos de su trance. Mi mamá siempre atenta, con un leve tirón de pelo me arrastraba a su lado para que le ayude llevando algún vaso que no entraba en la bandeja. Así, de mesa en mesa, prendido a su pollera, iba apreciando y aprendiendo sobre los diferentes mundos que confluían en el bar.

 A diferencia de las mesas de mi papá y mi mamá, en las que todos se trataban por sus primeros nombres, en las de changarines y albañiles la mayoría se llamaba por sobrenombres; y a quienes insistían en usar sus apellidos, igualmente le agregaban un apodo. Eran los personajes más característicos y retratados del bar: los hermanos Roldán - el Zorrino,  menudo y de bigote espeso, y el Buey, algo más viejo y relleno con bigote tipo el Zorro - el Loco Cabrera, Galera, el Cara de Vaca, el Chacho Pinto, Picheta, el Rosarino, el Tucumano Leiva, el Cordobés, el Che, el Negro Guzmán y el Nariz Torcida, entre tantos otros.

Era un grupo bien sencillo a la hora de tomar. Mañana o tarde, el “mediolitro ‘e vino con soda” era su bebida más popular, lealtad que se rompía en días sudorosos con un porrón Río Segundo y un toque de granadina o un poco de naranja Fanta, más dulzona que la Crush. Compartían botella a pico y todas las semanas, tras el llenado de una losa generosa, hacían una vaquita para el asado en el patio y para los Fontanares y Particulares, los puchos más populares.

El Zorrino ganó su apodo durante una changa en una tarde ardiente de verano en la que transpiró todo el ajo del día anterior. Fue tal el olor a sobaco que nadie se le pudo acercar a menos de dos cuadras a la redonda. Su presencia diaria la marcaba con un estornudo que resonaba hasta en la esquina del Hotel Central a cien metros de distancia. Era el líder indiscutido del grupo, se informaba de antemano sobre las changas del día, repartía labores y negociaba con quienes se acercaban al bar por mano de obra barata y temporal.

Retrato de Gerardo al Zorrino

Guardaba la misma posición por horas, casi inmóvil, como posando para Gerardo y siempre mirando de frente hacia la entrada, husmeando por debajo de la visera de una gorra de azul desteñido Coppa y Chego. Se sentaba medio de lado, erguido, con un codo apoyado sobre el respaldar curvo de la silla y una mano sobre la mesa, con los dedos amarillentos por la nicotina de un Colmena de ceniza larga que rara vez pitaba. Y con la mano izquierda, pero sin perder de vista la entrada, ojeaba La Voz de San Justo en busca de la grilla con los números de la lotería, el horóscopo y los avisos fúnebres, en ese orden.  

El Zorrino tenía la teoría de que a los sueños había que recordarlos, porque de su interpretación dependía el futuro. Gozoso, sacaba de su bolsillo una carátula de almanaque, medio ajada en el doblez, cuyo título prometía: “Los números soñados de la quiniela”. La desplegaba con erudición parsimoniosa y leía en voz alta la cifra correspondiente al sueño de turno consultado, imitando el canto de los boy scouts de la lotería en Radio Nacional: “Setentaaaaaytreeeees, el rengo; cuarentaaaayuuuuunooooo, el cuchillo”.

La quiniela se había hecho muy popular en el bar desde que mi mamá había prohibido el Truco tras una batahola en la final de un torneo. Galera hizo trampa al no mostrar los 33 puntos con los que retrucó una “falta envido” y hasta parece que alguien empuñó una botella, lista para partírsela por la cabeza. Por suerte no hubo pelea, pero fue suficiente para que mi mamá, afligida, desterrara los naipes y a varios jugadores por “violentos y mentirosos”.

Galera, terco y engreído, siempre se salía con la suya. Se las ingenió para convencer a mi mamá de que no había hecho trampa, por lo que al día siguiente les refregó a todos en el bar su cualidad persuasiva. No solo tenía destreza con los naipes y la taba en el patio, sino también con las pulseadas. Era fornido, de bíceps como Popeye y panza puntiaguda, y le gustaba demostrar su fuerza a toda hora. Nunca perdía. Humillaba a sus contrincantes con un grito burlón que no cesaba hasta que la víctima ordenara otro medio litro con soda.

Galera era la antítesis del Zorrino, pero por esas cosas misteriosas de la vida era difícil ver a uno sin el otro. “Los polos opuestos se atraen”, decía mi mamá tratando de encontrar alguna explicación. Yo le tenía pánico, así que cuando lo veía entrar me pegaba a la pollera de mi mamá o me cobijaba bajo el halo protector del Zorrino. Galera respetaba al líder y cuando se sobrepasaba con alguno de sus protegidos, el Zorrino de inmediato le cortaba la inspiración con una frase lapidaria: “¡No hables boludeces!”.

Desde aquella gresca con los naipes y dispuesta a recuperar la clientela, mi mamá autorizó dos juegos, clandestinos todavía por aquella época: la quiniela que levantaba el gordo Carnero y la polla del fútbol, con la que la gente apostaba a ganador de local o visitante y empate. El registro se hacía sobre una planilla de cartulina angosta y larga que mi papá había diseñado llena de casilleros y que dibujaba con bolígrafo azul los domingos a la noche después de jugados todos los partidos. Durante la semana, mi papá me pedía algún pálpito, aunque como fanático de River nunca me permitía marcar otro casillero que no fuera el de ganador. “Si River no gana, ni vale la pena ganar la polla”, sentenciaba.

Venían de todo el barrio a jugar, incluso los vecinos que nunca tomaban una copa. El lunes, conocidos los resultados, el bar abría con fervor distinto. Llegaban los ganadores a cobrar sus premios y algunos a lamentar “que no gané por un empate” o “por un penal mal cobrado”, en busca de embarcarse en alguna polémica como premio consuelo.

Ambos juegos eran difíciles de acertar, pero la polla tenía la gracia que cuando no se alcanzaba un puntaje máximo, el pozo se acumulaba para la próxima semana y, suculento, despertaba mayores esperanzas para cambiar la moto, comprar un auto o tomar unas largas vacaciones. Era de las pocas veces que mi papá tranzaba sobre River poniéndolo de perdedor en una segunda apuesta: “Por las dudas pegue el batacazo”.

Mi mamá odiaba la polla. El juego en sí atraía ganancias, pero a ella no le gustaban los gritos que pegaban la radio y mi papá cada domingo por la tarde, desgarrándole la música de sus discos favoritos. Prefería la quiniela porque le parecía que descifrar sueños era más divertido que gritar goles y, creo, porque la clandestinidad le exigía a ella, al levantador y a los apostadores un sigilo constante que generaba adrenalina a raudales. Pero, sobre todo, porque conocía al detalle el significado de los sueños tanto como el Zorrino.

Un día acertó con el 348 a la cabeza y el premio parece que fue sabroso porque apartó un fajo para los ahorros por la esquina y con otro compró todo lo que pudo: unas camisas para Gerardo y para mí en Adrali, tres juegos de sábanas en las Grandes Tiendas Excelsior, una nueva armónica para mi papá en Burmeister Lamberghini y 30 cajas de reserva Valderrobles en Daguero. Entusiasmada, le contó a todo el mundo que había soñado tres días seguidos con la nona Antonia, su mamá, hablando y hablando, por lo que no tuvo más alternativa que jugar al 3 seguido del 48, “el muerto que parla”. Al día siguiente, desplegó las cajas con el vino a la vista de todos, una forma de publicidad gratuita para atraer más apuestas y mostrar los beneficios de la quiniela.

─¡Qué viva! por qué no contás todas las veces que perdés – le dijo mi papá, comparándola con su hermano, el tío Tito, asiduo jugador de casino que contaba con lujo de detalles sus victorias, pero escondía sus derrotas.

¡Me vas a tener que besar los pies cuando pegue la grande y podamos comprar la esquina! – le replicó mi mamá con una sonrisa seca y seria, siempre gustosa de tener la última palabra.

Retrato de Gerardo al Buey
Las críticas por la quiniela no la desanimaban ni a ella ni a los demás, quienes gastaban platales con tal de perseguir sus sueños. El Buey le acertó una vez con el 38 a los cinco y con el 70 a los diez, después de soñar que le tiraba piedras a un limosnero y de cotejar números e imágenes en el almanaque del Zorrino. Ganó lo suficiente para pedir eufórico otra vuelta para todo el mundo, sin percatarse que ese día había 24 clientes en el bar.

Mi mamá siempre ávida por nuevos números y significados por los que apostar, doblegó el valor de sus apuestas y sumó el 828 a su repertorio permanente. Había nacido a las 8 horas y dos minutos de la mañana del 2 de agosto de 1928 y, junto con el Zorrino, ese día vieron que el horóscopo en Leo le indicaba que el 2 y el 8 eran sus números de la suerte. Así que el 828 sintetizaba todas las variaciones habidas y por haber.

Cuando no se acordaba sobre sus sueños, me preguntaba por los míos. Se ofuscaba cuando yo soñaba lo mismo, cayéndome de mi triciclo en un oscuro precipicio o corriendo en el mismo lugar, asustadísimo, sin poder alejarme de Galera. Pero para regalarle un par de números distintos y zafar de mis pesadillas, inventé que había soñado jugando con varios soldaditos de plomo. Como la imagen era nueva, mi mamá consultó con el Zorrino y supo que tenía que jugar al 12 y anteponerle el cuatro, porque después de un arduo interrogatorio le confirmé que esa era la cantidad de uniformados. Jugó al 412 a la cabeza y a los diez por semanas y meses.

Como la suerte no estuvo de su lado, con cierto remordimiento por mi engaño traté de disuadirla de que abandonara el 412. Tampoco tuve éxito. Testaruda, me contestó que “ni loca… seguro que si lo dejo sale a la cabeza”. Sintiéndome culpable por hacerla desperdiciar el dinero, probé una nueva treta para desarticular su perseverancia y mala racha. Le recordé que mi papá se soñaba de chico con capa de Superman volando por arriba de su casa y la escuelita de campo en su Colonia Eustolia.

Pero mami, ¿por qué no jugás al número de los avioncitos?

Ayyy Nenucho no puedo jugar a los avioncitos porque él es el que vuela y para eso no hay número que valga ─ me retrucó, mientras revisaba en el diario los números de la lotería del día, otorgándose licencia de por vida para seguir jugando con mis mentirosos soldaditos de plomo.

Mi mamá cerró el diario. Tomó el Rosario de una caja debajo del mostrador y se fue a su mesa. “Basta de números por hoy, estoy cansada”, dijo para sus adentros. Yo la seguí y me quedé quieto acurrucado entre su espalda y el respaldar de la silla, mi lugar favorito, el más seguro del mundo.

Próximo capítulo: Los madrugadores

 

 




EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...