jueves, 24 de junio de 2021

Bendito y maldito anónimo


Me senté en la mesa de granito del patio con la libreta de calificaciones de la escuela. Mis notas eran malas. Estaba seguro de que mi papá no me la iba a firmar. La última vez lo había hecho por lástima y fue tajante: “si no mejorás, chau escuela, de patitas a trabajar con tu mamá en el bar”.
 
Sentí pánico. No quería perder a mis amigos ni los recreos para jugar a la pelota. La garganta se me cerró y tragar aire fue tan difícil como chupar un mate con la bombilla tapada. Me largué a llorar, no quería vivir más. Pensé en treparme al paredón de Vietnam y estrellarme de cabeza contra el piso.
 
Mi mamá apareció de golpe. Escondí la libreta para que no viera las notas, pero ni siquiera me advirtió a su lado. Quedó mirando fijo en dirección a la pajarera. En sus manos tenía un papelito doblado por la mitad y también se largó a llorar. No lloraba de miedo como yo, sino de rabia.
 
–¿Qué te pasa mami?
–Nada me respondió aspirando un sorbo largo de aire y sorprendiéndose de que estuviera a su lado.
–¿Por qué llorás?
–Por nada Nenuchín, por nada – me contestó, expulsando hasta la última gota de aliento.
 
Pocas veces la había visto llorar. Me resultaba raro que siempre lo hiciera con ese misterioso papelito en la mano y en el mismo lugar. La dura mesa de granito parece que tenía propiedades extrañas, reflejaba el sol como espejo, rebotaba la lluvia, pero era una esponja a la hora de absorber lágrimas y penas.  
 
Mi mamá venía bajoneada desde la noche anterior. Había discutido con mi papá en la cena hasta que los gritos inundaron la casa.
 
–No tenés vergüenza. Me hiciste quedar como una cornuda y una estúpida.
¿De qué estás hablando? ¡Estás loca! – reaccionó desprevenido mi papá.
–Está todo aquí – le reprochó con el papelito en la mano.
–¿De qué estás hablando? ¡¿Ese es el maldito anónimo?!
–Ya no aguanto más. No tenés perdón de Dios – respondió, blandiéndole el papelito con una marca del Zorro ante sus narices.
 
Mi papá se lo arrebató y con un paneo relámpago trató de leer en cuatro segundos unas diez líneas que mi mamá se las recitaba de memoria como si fuera el Padre Nuestro desde hace más de mil años. Nervioso y temblando de bronca no pudo descifrar todos los renglones sobre el papel arrugado y envejecido salpicado con manchas de tinta fuente. Detectó errores de ortografía, palabras en piamontés y parecía escrito como si una persona diestra hubiera usado la zurda para no delatarse. Le saltó a la vista “ojo con la otra” y una firma a las apuradas cayéndose del papel: “Tu ángel y protectora”.
 
Le devolvió el papel a mi mamá y también se desquitó chantándole la marca del Zorro en la cara.
 
–¿Quién te mandó esto? Le crees a cualquiera. Seguro que fue alguna de tus amiguitas, celosa de que vinimos a San Francisco.
–No desvíes la conversación. No puedo vivir así. ¿Con quién me estás engañando?
–¿Sos o te hacés? Te hablan del pasado y me atacas cinco años después.
–¿Con quién me pusiste los cuernos?
–Estás de remate. Jamás te traicioné.
 
Mi mamá guardó el papelito pensando que lo necesitaría para librar otros rounds en el futuro. Lo escondió dentro de su libretita amarillo limón entre estampitas de vírgenes, alabanzas y papelitos sueltos con sus vergüenzas y mortificaciones más profundas.
 
Supe de la existencia de la libretita una vez que se la olvidó sobre la mesita de luz adonde me envió a buscar una estampita. Estaba abierta y cuando me dispuse a abrir el anónimo, entró como una tromba y me sacó rajando. Muchas veces en sus peleas se refería a ese anónimo como uno de los detonantes por los que debieron abandonar Eustolia. Aunque lo había traído de allá, por alguna estrategia decía que el cartero se lo había entregado poco después de afincarse en San Francisco.
 
La primera vez que lo leyó vomitó hasta el alma y cuando lo quiso releer ya no pudo porque las manos le temblaban como hojas de eucaliptos en tormenta del sur. Luego, llegó a un punto que ya no sabía si lo leía cuando estaba celosa o si se ponía celosa de tanto leerlo. Por muchos años había repasado y clasificado mentalmente a todas sus amigas, primas y vecinas para saber si eran “la otra”. Nunca pudo descubrir a la sospechosa. Eso la atormentaba todavía más, porque siempre confiaba en su instinto, se sabía detallista y se creía el mejor de los sabuesos.
 
También se devanó los sesos tratando de descifrar a la autora del papelito. La quería enfrentar para preguntarle por “la otra”. También para pegarle un palazo por la cabeza por haberla mortificado por tanto tiempo. Muchas veces llegó a pensar que hubiera sido mejor pasar por estúpida a saberse cornuda.
 
Un día, sintiéndose ultrajada como trapo de piso y de que el anónimo la persiguiera como su sombra, se desahogó con mi prima Griselda.
 
–Tía por favor trató de consolarla –es un anónimo. Si fuera tu ángel y protectora te hubiera dado el nombre y chau pichu.
–No me deja vivir. ¿Quién será?
–¿La otra o la que te escribió?
–La que mandó el anónimo Griselda, si llego a ella me dirá quién es la otra.
–Tía, olvidate, es mentira. Seguro que alguien te quiso hacer un mal de ojo y como no supo, te escribió el anónimo para joderte la cabeza.
–¿Vos creés?
_¡Qué se yo! De repente fue tu cuñada.
–Callate que lo pensé. Nunca me quiso, siempre me celó por su hermano.
–Enfrentala. Andá y preguntale. No te mortifiques más. Tirá ese bendito papelito. No podés vivir así toda tu vida.
 
Decidida a enfrentar a quien creía había redactado el anónimo, esa noche diseñó un plan infalible para que mi papá la lleve ante la presunta autora del anónimo: vacío a la plancha con vino tinto, pan tostado con mantequilla de ajo como para voltear a un rinoceronte y puré de batata con aceite de oliva. De fondo, dejó que Gigliola Cinquetti cante hasta hartarse y puso seis cucharadas soperas de azúcar derritiéndose a fuego lento sobre una sartén.
 
–Llevame a hablar con tu hermana soltó mi mamá con miedo a que mi papá saltara como resorte –quiero saber de una vez por todas si ella me mandó el anónimo.
–¿Cuándo? – la sorprendió mi papá medio anestesiado por el efecto del ajo y porque el aroma del azúcar quemado le demolía todas sus defensas.
–¡Mañana mismo! – enfatizó mi mamá para no dejar escapar el envión, dibujando una sonrisa tan amplia como las vidrieras de las Grandes Tiendas Excelsior.
 
Le daba miedo tener que enfrentar a mi tía, pero quería resolver el misterio. Necesitaba la verdad.
 
Recorrieron los cincuenta kilómetros hasta la casa de mi tía Rosita en el campo en Eustolia sin dirigirse una sola palabra, cada uno enfrentando a sus propios miedos. No sabían cómo reaccionaría mi tía, quien había heredado el carácter duro de su mamá, la nona Chinta. Lo más probable era que negara a rajatabla la acusación y dejara el futuro tan incierto como el pasado. Mi papá seguiría siendo sospechoso toda su vida y mi mamá, víctima y fiscal al mismo tiempo, deambularía hasta en la eternidad con sus cuernos a cuestas.
 
–¡Qué sorpresa! – los recibió mi tía con sonrisa de oreja a oreja, aunque al segundo la desdibujó –¡qué cara de velorio que traen! ¡Qué pasó!
–La Tota quiere preguntarte algo – rompió mi papá, tratando de alejarse del problema.
–Pasemos y nos tomamos unos mates – dijo mi tía con cara más adusta, tratando de adivinar por donde vendrían los tiros.
–Rosita, no quiero ir con rodeos – empezó mi mamá mirando hacia el piso –pero me tengo que sacar una espina que tengo clavada en el pecho.
–¿De qué espina me hablás Tota?
–Siento que nunca me quisiste. Que te robé a tu hermano.
_Pero Tota... es verdad que siempre fui muy sobreprotectora de mi hermanito, pero no es que no te quiera. Con el tiempo entendí que lo mejor para ustedes era irse a la ciudad. Eso ya pasó.
–Sí, pero yo hablo de esto – dijo mi mamá y tiró el papelito que flameó hasta caer patas arriba sobre la mesa.
 
Mi tía abrió los ojos grandes como lechuza, mi papá miró para arriba encomendándose a todos los santos y mi mamá puso cara de “esta no te las esperabas”. Mi tía se puso los lentes, levantó las cejas como hacían todos los Trotti y leyó por unos segundos tan interminables como los que tardaba John Wayne de morir desangrado al final de las películas.
 
–¿De dónde sacaste esto Tota? – dijo exultante mi tía como si hubiera encontrado un diamante.
–Me has herido mucho todo este tiempo – expresó mi mamá a la espera de que mi tía confiese.
–Esto no es tuyo. Nunca te lo mandé. ¡Devolvémelo!
–No te hagas. Me lo dejaste sobre el mostrador. Te puedo perdonar, pero no que hayas jugado conmigo tratándome de estúpida por tantos años. Al menos decime quien es la otra.
 
En ese momento fue mi papá el que se sintió estúpido. Le reclamó a mi mamá por haberle mentido. Recién ahí supo que el anónimo no lo había recibido en San Francisco sino años antes en Eustolia.
 
–Tota. Me mentiste siempre. Yo era soltero en esa época.
–Da lo mismo. Me engañaste aquí o en San Francisco o en la Quiaca. Ese no es el punto. Lo que no tolero es que me hayan plantado tanta cizaña con este maldito anónimo. Así que mejor callate.
–Rosita, dejate de rodeos y confesá la verdad – prosiguió mi mamá volteando hacia mi tía.
–Tota. ¡Entendé por Dios! No te lo dejé sobre el mostrador. Lo perdí.
–¡¿Cómo que los perdiste?!
–Sí, lo perdí y anduve desesperada un montón de años buscando este bendito anónimo para que no lo viera mi mamá.
–¡Qué tiene que ver la nona Chinta en todo esto!
–Ese anónimo se lo dejaron debajo de la puerta a mi mamá y lo agarré antes de que lo viera. Parece que mi papá tuvo algo por ahí.
–¡¿Me estás jodiendo!?
–Lo agarré porque si mi mamá se enteraba era capaz de molerlo a escobazos.
–¡No puede ser! – dijo mi mamá mostrándose preocupada por la nona, aunque por dentro celebraba como si se hubiese quitado la soga del cuello.
–Fijate Tota. Este papel es más viejo que la escarapela, hasta tiene palabras en piamontés y ustedes los jóvenes ya ni hablan el piamontés.
 
Mi mamá quedó abstraída. En diez segundos pensó todo lo que había llorado y las veces que se había hartado sobre la mesa de granito con sandías enteras y bizcochitos a la grasa para consolar su angustia. Mi papá se desinfló sobre la silla como si hubiera tragado dos tarros de cloroformo y pegó un bostezo sonriente que se le vio hasta el esófago.
 
–¡Qué tal! Al final no soy una cornuda, pero me siento la estúpida más grande del planeta.
–Ves que yo tenía razón – dijo la tía Rosita y los tres se descomprimieron a carcajadas limpias.
 
Mi mamá le tomó las manos a mi papá, le chantó un beso y sintió una sensación rara en todo el cuerpo. Pensó que sería bueno detener el auto debajo de los paraísos antes de regresar a San Francisco.
 
Cuando ella primereó para salir, mi papá se dio vuelta hacia mi tía y le disparó un tiro con una pistola imaginaria como cuando de chicos jugaban a los cowboys. Sopló el caño y gesticuló un “gracias” silencioso más grande que una hectárea.
 
Después de parar debajo de los paraísos, llegaron a casa y nos preparamos como siempre ocurría tras cada reconciliación. Fuimos con nuestras mejores ropas a la pizzería Colón a festejar con pizza, pebetes y panchitos.
 
Volvimos medio apurados. Mi papá la venía manoteando debajo de la pollera y mi mamá se defendía con un “no seas loco, te ven los vecinos”.
 
Cuando llegamos a casa, mi papá dijo que se debían despertar temprano y volaron hacia el dormitorio. Notándolo muy contento me apresuré antes de que cierre la puerta. Le alcancé mi libreta de calificaciones. Sabía que en ese estado de contentura firmaría cualquier cosa.

–A ver, dame. ¿Qué es esto?
–La libreta papi.
–Las notas están buenas?
–Sí papi.
–Tomá Nenucho. Firmado. Andate a dormir que ya es tarde.

jueves, 10 de junio de 2021

El coctel Superman y la fórmula mágica

Paisaje del bar de Colonia Eustolia de noche pintado por mi hermano Gerardo en aquellas 
vacaciones en el caserío y que a mi papá le traían memorias de su infancia

Yo venía pegando unos tironcitos cada vez más copiosos. Las piernas se me estaban enflaqueciendo y alargando como palos de escoba.
 
–Mami me duelen las rodillas.
–¡Qué lástima Nenuchín!, reaccionó mi mamá con una sonrisa –¡estás creciendo!
 
Como había empezado la escuela mi mamá me anunció que ya no me leería más las Fabulandia: “es tiempo de cambio, debés valerte por vos mismo”. No le hice caso. Todavía no podía leer de corrido así que seguí “leyendo” las ilustraciones. Lo que sí cambié fueron los juegos. Reemplacé las luchas cuerpo a cuerpo contra Apaches y Pieles Rojas por guerras contra soldados japoneses; dejé de cazar ballenas por carreras de autitos y abandoné la caza de tigres y leones para jugar a la corra y a las cabecitas con una pelota número cinco que me compraron en la Casa del Deportista.
 
Mi hermano también crecía. Mi mamá le preparaba dos licuados de banana con leche cada mañana para contrarrestar la flacura. Como “ya sos mayorcito” lo dejaban ir solo de vacaciones a visitar a los nonos a Colonia Eustolia. La nona Chinta le hacía unos pucheros de gallina y unos pastelitos oreja de burro azucarados que le disparaban recuerdos de cuando todavía él y mis padres no se habían mudado a San Francisco.
 
Con gomera en mano y trampas distribuidas por varios árboles mi hermano buscaba compañeros para su Rey del Bosque y la Reinamora en la pajarera del patio. También llevaba una cajita con tubitos de óleo y pinceles y un mandato especial de su maestro Miguel Pablo Borgarello: “¡aproveche Gerardo!, pinte todo lo que pueda. Estudie el paisaje. Tráigame retratos de sus personajes más queridos”.
 
La nona Chinta, retratada por mi hermano en los 70.

En aquellas primaveras mi hermano hizo tantas pinturas que hubiera podido empapelar todas las paredes del caserío de Eustolia. Retrató a la nona Chinta de mil maneras y al nono Félix lo eternizó con sus ojitos tipo uvitas. Mi papá había quedado embelesado con un paisaje nocturno y otro con un sulky que le aguaban los ojos y le traían imágenes de su infancia. Recordaba buscando refugio para esconderse de la la luz mala que lo acechaba en noches sin luna y contaba que de boyero se le había caído encima su caballo apretándole una pierna como a San Martín en la batalla de San Lorenzo: “solo a los próceres nos pasan esas cosas”, remataba jactancioso.
 
Mientras crecíamos los clientes del bar y los parientes estaban ávidos por acertar parecidos. Algunos veían que mi hermano tenía los rasgos y gestos de los Trotti y a mí me endilgaban los de los Trossero. Otros, a la inversa. Lo cierto es que el tiempo pasaba y se hacía cada vez más difícil identificar que parte nos había tocado de cada familia.
 
También trataban de adivinar el futuro, en especial el de mi hermano que ya estaba pronto para la escuela secundaria. A mi mamá le hubiera encantado que sea pianista como su maestra Canale de Moriondo o pintor y escultor como su primo y maestro Borgarello. Mi papá prefería “algo más práctico”, que fuera ingeniero por sus dotes en matemática que lo destacaban como el mejor de la clase o, tal vez, veterinario por su vocación para cuidar de las aves y los animales. Yo era muy chico para que piensen en mi futuro. Mi mamá no estaba segura si el hecho de que fuera preguntón y llorara a moco tendido eran buenas o malas señales a futuro. Lo que la preocupaba eran mis malas notas en caligrafía y dictado con el hermano Elvio en primer grado de los Maristas.
 
Una siesta la escuché plantear sus preocupaciones a mi papá.
 
–Livio, tenemos que darle un empujoncito al Nenucho, de lo contrario se nos va a quedar atrás.
–¿De qué hablás?
–Tendríamos que haberlo mandado a jardín de infantes. No fue bueno que esté todo el día conmigo en el bar.
–Seguro que aprendió con los clientes. Acordate, también se aprende en la universidad de la calle.
–Por favor, Livio. Eso es para los grandes. El Nenucho todavía es un mocosito. Tenemos que empujarlo.
 
El empujón lo empecé a sentir esa misma tarde. Apenas se levantó puso resuelta sobre la mesa el tablero y la caja de madera con las piezas de ajedrez. “Vení Nenucho, tenés que mejorar”. Estaba empecinada a enseñarme, convencida de que el ajedrez me ayudaría a tener mejores notas en la escuela. Había leído un artículo en el diario sobre los beneficios del ajedrez para los niños: “Su hijo aprenderá estrategia, a pensar antes de actuar, a ser más imaginativo y creativo. Le mejorará la concentración, le ayudará en las tareas escolares y aumentará su autoestima”.
 
También había tomado al pie de la letra otro artículo sobre “mente sana en cuerpo sano”. Así que a partir de entonces a mis instrucciones de ajedrez las adobaba con un nuevo brebaje al que denominó “coctel Superman”, un vaso de leche con tres cucharaditas de Nesquik, una de Jalea Real y dos cucharadas soperas de Riboflavin B2 que compraba por toneladas en la farmacia Pasteur. No sé si era el coctel o pura sugestión, pero después del cuarto sorbo me sentía como Superman con unas ganas bárbaras de matar peones, alfiles, derribar torres, perseguir a la reina y de poner en jaque al rey.
 
Luego de varias lecciones, mi mamá compró unos libros porque se le habían quemado los papeles. El primero fue el de la “máquina del ajedrez”, como llamaban al cubano José Capablanca. Mi papá creía que lo habían apodado de esa manera porque lo comparaban con “aquella gloriosa y goleadora máquina de River con Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau”.
 
Gracias al maestro cubano, mi mamá les fue agregando a mis movimientos algunas aperturas y variantes, así como enseñanzas de cosecha propia y las que aprendió de chica con su papá el nono José. Decía que el tablero de ajedrez “es la vida misma, se gane o se pierda no hay que patalear sino tomar mejores decisiones”.
 
Nenucho. En el ajedrez como en la vida tendrás muchas amenazas y desafíos, pero las posibilidades de triunfar son infinitas. ¿Entendés?
Sí.
Cada cosa que hacés tiene consecuencias.
Bueno.
–Tenés que pensar cuatro pasos adelante y cambiar los planes sobre la marcha cuando te sientas desafiado.
–Jaque mate.
Miralo vos al Nenuchín. Yo hablando de la vida y vos tratando de matarme. Aprendés rápido carajo.
Jaque mate te dije.
Pará salamín que te como el caballo con el alfil. ¡Pensá antes de mover! No te apures. Grabate bien esto. El ajedrez es como la vida misma. Pensá en las consecuencias antes de mover.
 
Después de meses de lecciones y con la premisa de “si atacás y dominás el centro del campo de batalla ya tenés media batalla ganada”, mi mamá me empezó a buscar sparrings para probar mis nuevas habilidades y las suyas.

Mi papá, Borgarello y el Zorrino fueron los primeros contendientes para medir fuerza antes de que me llevaran los sábados a probar suerte a los torneos infantiles en Unión Social para “saber si tenés madera de Petrosián”.
 
Cada sparring tenía su estilo. Mi papá era el más piadoso. Me dejaba tocar las piezas antes de mover y ganar en los finales más difíciles por lo que mi mamá le reclamaba ofuscada: “¡exigilo, así nunca va a aprender!”. Borgarello era más estricto y poco misericordioso. Con él aprendí a perder, a mover más rápido y a luchar hasta el final: “Nenucho si todavía tiene el rey de pie tiene posibilidades, piense”, me decía cada vez que me sentía frustrado y con ganas de negociar tablas. Con el Zorrino era más entretenido. Jugábamos mientras él asaba para los demás changarines, así que a las partidas las zanjábamos con una apuesta por un choripán crujiente y chorreante.
 
Jaque mate. Deme otro choripán.
Mocoso de porquería. Parecés un ruso, carajo.
Las apuestas se pagan.
Yo sé. Pero ayer te gané y no le dijiste a tu mamá que me debías un medio litro con soda.
 
Un día apareció mi hermano de sopetón mientras jugábamos a toda velocidad incentivados por unas apuestas entre Galera y el Buey a escondidas de mi papá. Pensé que lo había atraído el olor de los chorizos sobre la parrilla, pero tenía otra cosa en mente.
 
Si le gano – lo desafió al Zorrino – en vez de un choripán, me tendrá que dar este juego de ajedrez.
¡Qué vas a ganarme vos! Sos bueno para la pintura, pero no tenés madera para esto.
¿Me juega o no?
 
La partida terminó en cuatro movimientos más veloces que el humo de la parrilla. Peón, caballo, alfil, jaque mate y listo el pollo. Yo no entendí porque Gerardo prefirió quedarse con las piezas del ajedrez en vez de comerse el choripán. “Está loco”, pensé.
 
Vení Nenucho – me pidió que lo siguiera a la piecita de los cachivaches.
Mirá. Son huecas.
–¿Son huecas y qué? No te entiendo.
Las piezas Nenucho. ¡Ya lo tengo!
–No entiendo – le insistí aún más desorientado.
Tenemos que esconder las monedas que nos regaló el tío Tito.
Las tenés debajo de la cama.
Sí, pero mami dijo que quería airear la lana de los colchones, así que en cualquier momento me descubre.
 
Seguía sin entender, pero traté de disimular para que me creyera inteligente como él.
 
Nenucho, las esconderemos en los peones. Si alguien encuentra el escondite no prestarán atención a unas piezas de ajedrez.
¿Pero para qué vamos a esconder los peones?
Salame. Lo que esconderemos son las monedas.
¿Adónde?
Ni idea todavía. Tengo que pensar. Ya tengo pensado cómo crear la fórmula mágica.
 
Al día siguiente, en el día de su cumpleaños, el once de junio de mil novecientos sesenta y seis, mi hermano desplegó la fórmula mágica sobre un cajón de la piecita de los cachivaches. Una hoja de papel con muchos números sueltos, fechas y otros garabatos semi tapados por manchas de pintura y bocetos de paisajes a medio terminar. Me hizo acordar a otro papel que había garabateado mi papá cuando instaló una financiera con el tío Tito, el que sería su cuarto emprendimiento después de crear la polla, la fábrica de soda y el criadero de canarios.
 
La fórmula mágica era bastante intrincada para entenderla, a pesar de que ese día me había zampado dos “coctel Superman”. Las fechas correspondían a nuestros cumpleaños y la de mis padres. También estaban las edades de los cuatro. Más abajo estaba la fecha de casamiento, la que habían llegado a San Francisco y el año que llegó del Piamonte nuestro bisabuelo Carlo Giovanni Trotti. Y en un recuadro estaba el número de la escuela de Eustolia, el año de acuñación de las monedas y la dirección exacta de las dos calles que hacían esquina.
 
Más allá de los elementos, mi hermano había escrito el método de resolución de la fórmula: “descomponer todas las fechas y usar los números naturales. Los pares se sumarán en la columna de la izquierda, los impares en el de la derecha. El resultado de cada columna es la medida (pasos de sesenta y cinco centímetros) que se tomará desde el punto de partida a la del escondite. Cuatro peones cargados con su tesoro irán a la derecha con el resultado de la columna izquierda y los otros cuatro hacia el lado opuesto”.
 
Me resultó difícil procesar tantos números y operaciones. Pensé que mi mamá tenía razón. Necesitaba muchos empujoncitos.
 
Esa tarde mi hermano le devolvió el juego de ajedrez al Zorrino. Pensó que valía la pena arriesgarse. El Zorrino no advertiría el nuevo peso de los peones cargados con el tesoro.
 
Aquí tiene, – le dijo –quédeselo, mejor se lo cambio por un choripán.
Gracias Gerardo. A ver Nenucho, juguemos. Esta vez no te voy a dar chufa. Me voy a comer los dos choripanes. Abrí vos.
–Jugale Nenucho. No te hagas problema, es el lugar más seguro del mundo – dijo mi hermano guiñándome un ojo.
Nada está seguro para el Nenucho. Hoy lo voy a destripar y hacer chorizos con las tripas – contestó el Zorrino totalmente despistado.
 
Esa tarde jugué muy lento y arrastrando los peones por el tablero. Temblaba de solo pensar que se les desprendiera la base y que el Zorrino descubra el tesoro. Había mucho en juego, “la vida misma” como decía mi mamá.
Pinturas de mi hermano Gerardo de los paisajes en el campo de Eustolia.


viernes, 28 de mayo de 2021

“¡Mataron al rey, asesinaron al Rey!”

 

Arriba, el Cacholote pardo, debajo, el Rey del Bosque, el Sietecolores, el Mirlo, y más abajo, 
el Cardenal, los Periquitos y el Benteveo, algunos de los habitantes de la pajarera.

Tenía pinta de superhéroe. Era alto y robusto con músculos de Súperman, vestía castaño oscuro como fraile franciscano y usaba un penacho de granadero a caballo que ostentaba con orgullo. Era un Cacholote pardo. Arrogante y malevo, con un pico fuerte que usaba de sable y unos ojos contorneados de amarillo a los que nadie se atrevía a devolverles la mirada.
 
Mi hermano lo había entrampado en un paraje campestre entre Río Primero y Balnearia. Cuando lo soltó en la pajarera se quiso imponer como líder a prepo con un canto de tres golpes, dos chirridos y una aspiración en el medio que sonaba a “tengo-loque-quiero”. Era soltero, el único de la pajarera, porque a todos los demás, mi hermano y mi papá, los habían ingresado en pareja como en el arca de Noé.
 
El Rey del Bosque fue el único en la pajarera que no se impresionó con la grandilocuencia del Cacholote pardo. Hacía tiempo que era rey y a su reino lo gobernaba con un canto cadencioso de compás de tango que mi papá trataba de imitar a golpecitos con su armónica. Desplegaba su trino a las siete de cada mañana y lo repetía religiosamente en intervalos de dos horas en punto como campanadas de iglesia. Vestía de pecho limón maduro y con alas negras, los mismos colores que la camiseta del equipo de fútbol de mi papá en Eustolia. Un pico cónico azabache realzaba su mirada negra hipnotizante.  
 
La pasión de mi hermano y mi papá por las aves y los animales había convertido al patio en un alborotado jardín zoológico. A las aves de la pajarera se le sumaban la mona Pancha, el Piojo, la mascota de mí mamá, y mi favorito, el Pinky, un perrito mezcla de chihuahua con algo más. El Piojo se había aprendido todo el repertorio y se hacía el gracioso cantando e imitando trinos arriba del limonero para hacernos creer que olvidamos abierta la pajarera. El jolgorio lo completaban una tortuga que hacía estragos en los canteros, conejitos de la India que se reproducían por docenas, palomas mensajeras que anidaban en el techo y veintidós jaulitas con cuarenta y cuatro canarios flauta, entre carmines y salmones, que empezaban su sinfonía apenas el Rey del Bosque marcaba el tempo con su batuta.
 
La pajarera fue construida gracias a la perseverancia de mi hermano. Por mucho tiempo le venía pidiendo a mi papá que le construyera una jaula. La promesa de mi papá se fue dilatando y con la oferta incumplida fueron aumentando las dimensiones que pretendía mi hermano. Empezó pidiendo una jaula, pasó a desear una pajarera y acabó soñando con un aviario.
 
Terminó de convencer a mi papá con una fórmula creativa y matemática. Todo el tejido del perímetro que se necesitaría para armar una jaula cuadrada en el medio del patio se podría poner en forma lineal para construir una pajarera que llegaría hasta la Luna.
 
–Papi, en vez de hacerla cuadrada y chica, pongamos todo el tejido a lo largo de un solo lado.
–¿Cómo de un solo lado? No me digas que querés techar el patio con tejido.
–No – se rio mi hermano, aunque no le disgustó la idea –usemos la pared del vecino y le ponemos el tejido de este lado – se aventuró, mientras pegaba unos pasos de un metro para medir el espacio entre los límites del garaje y de la cocina.
–¡Estás loco Gerardo!, ahí ya tenés más de seis metros de largo. ¡¿Hasta dónde querés llegar?!
–Dale papi. Los pájaros volarán libres y contentos.
Conformate con esto – le dijo mi papá mostrándole el rincón –la hacemos aquí, suficiente para los jilgueritos y brasitas que entrampaste en Eustolia.
 
Mi hermano aceptó la propuesta por aquel dicho de “mejor pájaro en mano que cien volando”, pero quedó insatisfecho. Días después de construida en el rincón volvió a la carga un domingo que River ganó tres a cero y a mi papá se le podía pedir cualquier cosa.
 
–Papi comprame un Rey del Bosque y un par de Reinamoras.
–Gerardo ese tipo de pájaros se mueren en jaulas tan chiquitas, necesitan más espacio – y mientras lo decía se dio cuenta que se estaba metiendo en terreno fangoso y ya no pudo retroceder. Se rio a carcajadas sabiéndose perdedor por goleada.
 
Varias semanas y albañiles después, mi hermano pasó de una simple jaula en el rincón, a tener una pajarera en todo el lateral oeste del patio. Medía siete metros de largo, por dos y medio de alto y más de uno de profundidad. Colocó dos arbolitos secos que había traído de Eustolia, unas cajas de madera sobre las paredes para que los pajaritos tuvieran donde anidar y dos bebederos sobre el piso que los pájaros también usaban de bañera. La pajarera había quedado tan acogedora que hasta los gorriones bajaban de los cables de la luz pidiendo por favor que los dejaran entrar.
 
A las pocas semanas y tras varios triunfos de River al hilo, mi hermano logró pasar de unos pajaritos de Eustolia, a tener una parvada con pájaros de todos los colores, trinos y nacionalidades.
 
Los primeros fueron la pareja de Rey del Bosque, con el macho que enseguida se promulgó rey y dominó el territorio. Sus súbditos se contaban por decenas. Dos Sietecolores de mayor intensidad que el arcoíris y que, para la envidia de todos, bajaban al bebedero para mojar sus alas y encandilar con sus plumas tornasoladas. Dos Mirlos, el macho más erguido y ella más coqueta, negros como cuervos, con pico de zanahoria afilado como florete, se colgaban estilo Batman del techo lanzándose en picada como cazas de combate contra los insectos del piso. La parejita de Cardenales fanfarroneaba con su copete de un rojo sangre que les chorreaba el pecho. Eran dos sirupíticos que no se mezclaban con nadie.
 
Tres Periquitos, dos celeste y una blanca con la garganta como el sol, revoloteaban en bandada flameando como bandera argentina. Chismoseaban sobre todos y contra todos. Dos Benteveos que también tenían los colores de Eustolia y dos rayas blancas sobre la cabecita negra como cebra, le bajaban la autoestima a cualquiera con su canto de “bichofeo-bichofeo”. Unas Tacuaritas curiosas y rápidas como Flash, de pico fino y largo, eran la pesadilla del Cachalote y los Mirlos a los que les birlaban larvas y arañitas.
 
Luego de otro triunfo magistral de River, mi hermano logró encajar la frutilla sobre la torta. Mi papá le compró una pareja de Reinamoras. Eran jóvenes y marrones. Mi hermano las seguía de cerca a la espera de que el presunto macho se tornara entre azul cobalto y océano profundo. Desistió tiempo después. “Nos dieron gato por liebre”, le reclamó a mi papá. “Nos jodieron, te vendieron dos hembras”.
 
La pajarera quedó completa con una pareja de Diamante Mandarín de un gris que pedía permiso salpicado con copitos de nieve y unos cachetes saltones anaranjados como Geisha japonesa. Sobrevivieron menos de una semana. Mi papá había ensayado varias fórmulas para que no sufriéramos, desde que se habían cortado las venas al no soportar el cautiverio o se deprimieron porque eran los más gurruminos de la jaula. Mi hermano, sin embargo, tenía una corazonada. Sospechaba que alguien los habría asesinado al no soportar tanta belleza junta. Así que por varios días se pasó largas horas observando la pajarera para descubrir al presunto pajarricida.
 
Un día mientras estaba pintando un retrato en el comedor, se sorprendió que el Rey del Bosque no tocara la diana de las siete de la mañana.
 
Molesto por el silencio inusual y sepulcral que entraba desde el patio fue hacia la pajarera y vio que los pájaros estaban apretujados y murmullando en un rincón como en noche de velorio. Entró a la jaula a buscar una explicación y de inmediato, en una confusión de plumas y chirridos, los pájaros volaron en bandada hacia el rincón opuesto y lo miraron con ganas de que se diera cuenta por él solo. “¿Qué les pasa?”, los desafió mi hermano. Nadie le contestó.
 
Miró al piso adónde todos señalaban y vio tirado e inerte al Rey del Bosque sobre el filo del bebedero de cemento, con la cabeza sumergida. Las manos le comenzaron a temblar como hojas y no pudo alzarlo. Aspiró hondo, tomó coraje y cuando lo sostuvo en sus manos se manchó de sangre. Le sopló las plumitas de la cabeza y vio una perforación detrás de la nuca con salida en uno de los ojitos.
 
“Mataron al Rey, asesinaron al Rey”, gritó a todo pulmón y mi papá apareció al rescate.
 
–¿Qué te pasa hijito de Dios? ¡Qué te pasa por Dios!
–Me mataron al rey.
–Por favor. ¿Quién te va a matar un pájaro?
–¡Mirá!, – le dijo mostrándole la perforación –por aquí le metieron algo por la cabeza.
–Gerardo como vas a decir eso, los pajaritos vuelan y se enganchó con una rama o se cayó y se golpeó con la cabecita – ensayó mi papá de consuelo.
–Te digo que no. Alguien lo mató. Lo mataron por la espalda, ni siquiera se pudo defender – esgrimió mi hermano impotente y a punto de largarse a llorar.
–No llores. Mañana compro otro y listo el pollo.
–Pero también lo van a matar. Acordate lo que les pasó a los Diamante Mandarín.
 
Mi hermano se serenó horas después, pero estaba convencido que alguien había asesinado al Rey. Por cinco días seguidos se sentó como estatua frente a la pajarera esperando cualquier acción extraña. Había medido el largo del orificio con un palito y pensó que para perforar toda la cabeza “deben ser los de pico largo”. Descartó a varios, entre ellos a los Periquitos, Reinamoras, Sietecolores, Benteveos, a la hembra Rey del Bosque, porque tenían pico corto y cónico con los que no podrían taladrar. A las Tacuaritas de pico largo y fino las descartó por su pequeña contextura y se concentró en el Mirlo macho y en el pedante Cacholote.
 
A escondidas concentró en ellos su mirada por varios días, pero sin suerte. Hasta que de la nada vio al Cacholote acercársele a una Reinamora como si el plumaje marrón que compartían le permitiera cortejarla. La Reinamora se hizo la presumida y le mostró la cola, craso error. El Cacholote le encajó dos picotazos tan rápido como aguja de máquina de coser. Los sablazos le entraron por la parte superior de la nuca y le salieron por el cachete derecho. La pobre Reinamora se desplomó fulminada en el acto.
 
Mi hermano fue el único en la escena del crimen. Entró furioso a la pajarera, palo de escoba en mano, y se armó un quilombo ensordecedor. Cuando logró arrinconar al Cacholote y este lo enfrentó a sablazos limpios, le asestó un palazo en la cresta que lo desparramó casi noqueado por el piso. “Sabía que eras vos hijo de puta, ahora vas a ver lo que te espera”. Los demás pájaros explotaron en un jolgorio de trinos pidiendo justicia. Estaban cansados de la arrogancia del Cacholote y extasiados de que ningún arbitrario ocuparía el trono de su rey asesinado.
 
Mi hermano puso al Cacholote patas arriba debajo del chorro de agua helada. Lo despabiló y cuando se despertó con los ojos grandes como pescado sorprendido, le pegó un patadón olímpico que al Cacholote no le hizo falta mover las alas para llegar a los 100 metros planos. “Me mató al rey y a la reina, ¡nunca más un Cacholote, carajo!”, sentenció mi hermano.
 
Desde entonces, con justicia administrada contra el pajarricida, y con un nuevo macho Rey del Bosque que compró mi papá de consuelo, la pajarera y el patio recobraron la vida alegre y bullanguera. La tranquilidad permitió que mi papá volviera a concentrarse en sus canarios, otro de sus emprendimientos, como la polla y la fábrica de soda, con el que también creía que podría hacer una diferencia.
 
El Cacholote no se fue del todo de la historia familiar. Quedaron un par de recuerdos imborrables. El patadón justiciero de mi hermano y un trabalenguas que había creado mi mamá para no repetir el de los tigres tristes comiendo en platos de trigo y del Pablito que clavó un clavito. Cada vez que nos ofrecía una taza de chocolate Águila Saint, debíamos ganarla a fuerza de que coreáramos el nuevo trabalenguas: “Cacholote achocolatado, ¿qué chocolate achocolatado toma el Cacholote?”.

viernes, 21 de mayo de 2021

El laboratorio de Frankenstein

Sifones "González y Trotti" y la máquina de Frankenstein.

En la primera Navidad en San Francisco, diciembre de 1957, mi papá tuvo suerte de novato. Compró el 79, el último número que quedaba de una lista manchada de sangre en la carnicería de don Ángel González, situada frente al Cine Mayo. Don Ángel rifaba un lechón de siete kilogramos que exponía descuartizado sobre el mostrador con un cartelito clavado en el hocico: “lo cacé yo”.

Al día siguiente, su esposa Anita, la modista más creativa del barrio fue portadora de buenas noticias.
 
–Doña Tota, felicidades, dígale a don Livio que ganó la rifa.
–¿Qué rifa doña?
–Salió el 79. Ganó un lechón.
–¡No le creo! Nos viene rebien para fin de año.
–¿Con quién la pasarán? ¿Vienen sus parientes?
–Estaremos solos. Vengan a celebrar el 31 con nosotros. Asamos el chancho en el patio – dijo mi mamá, sin sospechar que nacería una amistad profunda entre ambas familias.
 
El 31 de diciembre, don Ángel y doña Anita, y sus hijos Stella y René llegaron a casa con varias botellas de sidra La Parranda y un budín inglés con nueces y frutas abrillantadas. Desde entonces, martes de por medio, Anita y mi mamá organizaban cenas con un menú fijo que variaba según quien jugara de local o visitante. Mi mamá era a puro canelones con salsa blanca y la Anita despuntaba con arroz con pollo con azafrán. Cada cena comenzaba con chismes del barrio, terminaba con uvas moscatel a la grapa y unas partidas de Chinchón a puro grito hasta cerca de la medianoche. A nosotros, los más chicos, nos habilitaban para jugar al Culo sucio con barajas desgastadas, aunque preferíamos doblar cada carta, pararlas en hilera y jugar al efecto dominó dibujando siluetas sobre el piso.
 
Mientras la amistad crecía, se empezaron a tutear, y Ángel y mi papá comenzaron a pensar en varios negocios para aumentar sus ingresos. Decidieron instalar una fábrica de soda en el garaje de casa. Compraron una máquina que tenía mangueritas y tubos como un marciano y que operaba con alto voltaje al estilo el laboratorio del doctor Víctor Frankenstein. Hicieron fabricar sifones de vidrio verde macizo con la marca estampada en el pico de acero. La marca esmerilada de “González y Trotti” también estaba en la panza del sifón, así como la procedencia: “Iturraspe Esq. Perú, San Francisco, Córdoba, Industria Argentina”.
 
Cuando llegaron los sifones con sus nombres se le aguaron los ojos y se llenaron de sueños. Desbancarían a las demás soderías y se harían millonarios. Contrataron a un primo del Zorrino como el fabricante de soda. Era alto y fornido, cara de pocos amigos, cabeza cuadrada y sin cuello, el mismísimo Frankenstein. Usaba una gorra Ombú Grafa, con la que se tapaba las cicatrices de la frente por donde le habían cambiado el cerebro. Había repartido y llenado sifones para otras soderías. Al conocer la cadena de distribución y potenciales clientes, Ángel afirmó “tenemos éxito asegurado” y le aventuró a mi papá: “Livio, podrás hacer todos los experimentos que se te canten”.
 
Mi papá soñaba con emprender algo nuevo. Su primer experimento fue introducir vino en sifón y así emular el trago más popular entre los changarines, el “medio litro de vino con soda”. El éxito asegurado se desmoronó cuando el Zorrino le bajó el pulgar: “Livio lo extraordinario del medio litro es tomarlo a pico y pasarlo, es como el mate, cuestión de amigos... esto de ponerlo en copas es una mariconada”.
 
Descartado el experimento, mi papá no se doblegó. Una tarde sentó al Zorrino, al Buey y a Galera en el patio para que probaran sus productos. El sodero fue trayendo varios sifones cargados con soda saborizada con ralladura de naranja, jugo de sandía, granadina y hasta savia de aloé vera. Mi papá anotaba reacciones, pero no pudo con la que colmó el vaso del desprecio y tiró la toalla: “Me gusta más con naranja Crush”, dijo Galera riéndose burlonamente. 
 
–¡Qué tipos de mierda que son! – reaccionó mi papá para sorpresa de Galera y los demás.
–Usted me pidió la verdad don Livio – se disculpó Galera.
–Sigamos haciendo soda normal – le dijo malhumorado mi papá al sodero metiéndose al laboratorio.
–No se desanime. Sigamos con los experimentos. Escuché que los mexicanos le ponen limón a la cerveza. Probemos con naranja.
–Por favor, si nadie quiere vino en sifón, menos será cerveza. Sigamos con lo nuestro – le contestó mi papá despechado.
 
Mi mamá también le pinchó el globo, cuando después de mirarnos por largo rato a Stella, René, mi hermano y yo que nos corríamos a chorrazos limpios con los sifones, mi papá creyó ver la luz al final del túnel: ¿y si inventamos sifones para carnaval?”. Mi mamá tardó menos de una milésima de segundo para desalentarlo: “si se caen al piso revientan Livio, imaginate el lío que nos ganamos”.
 
Lo que terminó reventando fue la máquina para hacer la soda. Nunca se supo si fue una pérdida del tanque de dióxido de carbono, un cortocircuito o qué, pero un refusilo estruendoso partió la puertita del garaje en dos y le sacó radiografía a los limones, pájaros y palomas en el patio. Esperé sin suerte ver al propio Frankenstein salir humeante del garaje como en las películas del Mayo.
 
Con la explosión se acabaron los experimentos y la sociedad “González y Trotti”. La sodería siguió funcionando por unos meses más después que la compró un amigo de la infancia de mi papá que también había llegado desde Eustolia para probar suerte en la ciudad.
 
La sodería del Elso Boasso tampoco tuvo final feliz, pero fue por una explosión de otro tipo. El Elso, su esposa Quiqui y el Huguito, su primogénito con ojos color cielo, subalquilaron a mis padres el salón contiguo al bar donde había crecido la verdulería del Luisito y la Dorita Delgado y que, después, mi mamá usó para depósito y como distribuidora de Leche Prima.
 
Los Boasso utilizaban nuestro baño y usaban de atajo el comedor de mi casa para llegar al garaje. Mi mamá, fanática de la limpieza, no le agradaba que le pisaran los pisos recién baldeados o no le gustaba otra cosa que mi papá nunca pudo descifrar.
 
–Por favor Quiqui, no pasen por aquí que me marcan todo el piso.
–Ay Tota, no te vas a morir por esta pavada ¡qué exagerada!
–No soy la sirvienta de ustedes – respondió mi mamá, con un tono de voz que acentuó en la última palabra y que solía acarrear consecuencias.
 
Al mediodía, se desataron las consecuencias cuando mi papá regresó del trabajo.
 
–Me dejan el piso un desastre y el baño ni hablar.
–Calmate vieja.
–Calmate las pelotas. Encima que vos no hacés nada, ahora tengo a tres más.
–Calmate.
–Calmate nada. Yo soy la que limpia y refriega como una tarada.
–No pensarás que los voy a echar. Es mi amigo.
–Yo tu esposa. Él o yo. Elegí.
Pero Tota, por favor, no me hagas esto. ¿Adónde van a ir?
–No es mi problema. Deciles que Pons te advirtió que no podemos subalquilar y te amenazó que no te venderá la esquina.
 
El Elso pareció que necesitaba un empujoncito para pegar un paso al frente porque ni se inmutó con el pedido; tampoco ellos estaban muy cómodos. Mi papá tuvo miedo de perder a su amigo, pero por años siguieron de visita y en las tertulias siempre recordaban los penales que atajaba el Elso y los goles que hacía mi papá en el equipo aficionado de Eustolia.
 
Con el laboratorio vacío y a disposición me tocó a mí la hora de los experimentos. Las langostas eran una plaga y caían como bombas japonesas sobre Pearl Harbour. Mi mamá las combatía con Gamezán y Kreolina o las juntaba a paladas echándolas en un tarro con kerosén. “No me mires así”, me dijo, “tranquilo, las langostas no tienen alma”. La hoguera despedía un hedor agrio, pero la técnica era muy efectiva. Mi papá se quejaba que la municipalidad no fumigara ni podara a tiempo, permitiendo unos árboles frondosos y apetitosos.
 
Antes que encendiera la hoguera, yo escogía las langostas más corpulentas, les extirpaba los serruchos y las ponía a correr en una pista de madera sobre dos sillas que había creado en el garaje. Les pegaba debajo con un destornillador y ellas, asustadas, salían disparadas hasta la meta. Había tomado la idea de un juego de carrera de caballos en la vidriera de Juguelandia. Era una pista de hule con caballitos de plástico que avanzaban con la vibración producida por una manivela. Mis carreras eran mejores, en vivo, y tenían las mejores fieras del circo romano. A las ganadoras las ponía en una caja de zapatos con lechuga, listas para la próxima carrera, y las perdedoras acababan en la hoguera de mi mamá.
 
Mi experimento paró en seco cuando mi hermano entró al laboratorio y me vio en plena faena.
 
–Estás loco vos. ¿¡Qués estás haciendo Nenucho!?
–Carreras de caballo en el circo romano.
–¡Salí de acá o te reviento a patadas! ¡Asesino! – me sorprendió con alma de San Francisco de Asís –¡sufren igual!
–Son langostas. No tienen alma.
–¿Quién mierda te dijo eso?
–Mami.
–Sí claro, vos te creés que yo como vidrio. No mientas y rajá de acá, antes que le diga a papi.
 
La taba de Frankenstein
 
La explosión del laboratorio había dejado varias figuras de monstruos grabadas en las paredes, un borceguí de Frankenstein medio despedazado y una especie de cascote reluciente, un pedazo de vidrio de culo de sifón al que se le había fundido una cabeza de metal en uno de los lados.
 
El cascote verde traslúcido estaba cubierto por el metal con unas letras repujadas, “otti”, las últimas de un sifón “González y Trotti” que había sucumbido en la explosión.
 
Apenas el Buey vio mi cascote, trató de cambiármelo por un paquete de caramelos de leche. Le dije que no. Insistió y me convenció de que lo haría pulir para usarlo para el juego de la taba del que era experto y ganador de todas las batallas y apuestas en el patio. “Es increíble, si le hago cortar un pedacito de vidrio de la esquina y otra de metal por acá, es una taba perfecta”.
 
A la taba la jugaban los changarines en el bar durante sus asados en el patio. El juego había despuntado desde que don Adalesio y otros gauchos y chacareros de la Feria Gilli trajeron una bolsa llena de esos huesos de vaca. El Buey era considerado el rey de la taba, por su destreza y porque cada vez que la lanzaba gritaba eufórico sintiéndose el propietario del juego: “abran cancha que aquí va la pata de mi hermana”.
 
Un tornero del barrio pulió mi cascote y le dejó un lado cóncavo y otro plano como requerían las reglas. Era más pesada que las de hueso, ideal para jugar sobre el piso de cemento del patio.
 
–A ver, a ver, ¿quién será el de la “suerte” hoy? preguntó desafiante el Buey – mientras el Zorrino recolectaba las apuestas en monedas.
–Espero que no saques la de vidrio, seguro que la tenés cargada – le recriminó serio Galera, infiriendo una taba tramposa.
 
El Buey depositó la taba en su palma, acomodó la parte cóncava hacia abajo y la plana mirando al cielo. Entrecerró sus ojos, vio en su mente las volteretas que daría y apuntó a la raya más lejana y de mayor puntaje.
 
–Apuesten señores, apuesten. “Culo” o “suerte”. Vamos no se caguen – invitaba el Zorrino –¡acá viene mi hermano y su hermana!
 
La taba voló por el aire y pareció suspenderse entre un mar lleno de gritos. Astilló el cemento y se afirmó erguida.
 
–¡Pinino! ¡Pinino! – vociferó el Buey corriendo enloquecido y saltando la parrilla con los puños en alto, a sabiendas que pinino terminaba la partida.
No puede ser, dámela, dámela – insistió Galera que examinó la taba tratando de encontrar trampa, tirándola tres veces seguidas para cerciorarse de que no cayera de la misma forma –¡qué juego de mierda!, este siempre gana de una.
 
El festejo del Buey espantó a las palomas y hasta las moscas, pero atrajo a mi papá. Le tenían miedo porque varias veces había advertido que a las tabas “las carga el diablo”. Contaba que en el campo de Eustolia varios de sus amigos habían perdido hasta el alma. “Algunos perdieron vacas, otros un par de hectáreas y uno hasta su mujer”.
 
–¡Bueeeeeyyyyy! ¡qué mierda estás haciendo!
–Nada don Livio, nos estamos divirtiendo con los muchachos.
–Ya les dije que no quiero que jueguen a este juego de mierda. No quiero a nadie apostando. Entiendan ni la Tota ni yo queremos más líos.
–No estamos apostando don Livio, solo jugamos por un par de vinos.
–¿Te crees que soy boludo? Todos ustedes dijeron que aquí no jugaban a la quiniela y ya vieron que fui yo el único boludo que terminó en el calabozo.
–Está bien.
–Está bien las pelotas. Dame la taba. Se acabó.
 
Con el secuestro de la taba mi papá dio por terminado las apuestas y el patio perdió gritos y colorido. Por varios días se disparó el rumor de que había prohibido la taba porque competía con la polla y la quiniela, otros juegos clandestinos que alentaba con mi mamá.
 
Tiempo después, mi papá compró su primer Auto Unión y el laboratorio de Frankenstein volvió a su origen de garaje transformándose en uno de sus lugares favoritos de la casa.

Retrato de el Buey que dibujó Gerardo, mi hermano, por aquellas épocas.


jueves, 13 de mayo de 2021

Entre el sube y baja y el tobogán

Una de las fotos más lindas de la infancia en la vereda de la esquina de 
 Iturraspe y Perú, en San Francisco, Córdoba. Mi hermano Gerardo, el más alto.

El viejo Pons, propietario de la esquina, golpeó la puerta de casa sobre la calle Iturraspe. Mi papá presintió malas noticias. Lo atendió con una sonrisa fingida. Pons le devolvió una sonrisa aún más forzada y corta.
 
–Ya no los puedo esperar. Estoy vendiendo la esquina. No se me va a presentar otra oportunidad así – argumentó Pons de sopetón y nervioso, eludiendo los ojos de mi papá y sin siquiera un “buenas tardes”.
 
Mi papá miró para arriba y ganó tiempo con una inhalación de tres segundos. Hubiera querido reaccionar con una respuesta pensada.
 
–Entiendo – logró responder medio aturdido como si le hubieran pegado un tortazo en la mandíbula.
–Por ley tengo que darle un plazo de tres meses para que busquen otro lugar.
–¿Quién quiere comprarle?
–Pero me convendría que se vayan antes.
–¿Quién quiere comprale? – insistió mi papá, sobreponiendo su pregunta a una respuesta que Pons se negaba a dar –¿quién quiere comprarle?
Quiere esta esquina porque es estratégica, para expandirse. Esta Iturraspe tiene mucho movimiento.
–¿Quién?
–No le puedo decir.
–¿Pero se acuerda que me prometió que me la iba a vender?
–No puedo don Livio. La oferta es irresistible y en efectivo. Me tengo que ir – concluyó apresurado, dejando a mi papá con la palabra en la boca.
 
Mi mamá, que lo había seguido a mi papá sigilosa apenas escuchó a Pons en la puerta, quedó petrificada y sin aliento. El tono de voz de Pons la había desencajado desde el inicio, era de mal agüero. Mi papá, todavía con la puerta abierta, miró hacia los adoquines de la calle. Pensó que se podía freír un huevo sobre el empedrado y se fastidió por un vaho a sobaco y naftalina que le impregnó la nariz, como si Pons se hubiera puesto la camisa limpia sin bañarse.
 
–Pagamos siempre a tiempo. Mirá como nos paga este viejo – cuestionó mi mamá.
–No te hagas problema. No es para tanto.
–¿¡No es para tanto!? ¡Nos tendremos que mudar! ¡A la mierda con los sueños! ¡Cómo no me voy a hacer problema!
No es para tanto.
 
El refunfuñe de mi mamá fue quedando de fondo. Mi papá comenzó a decodificar los dichos de Pons. Pensó en varios negocios que podrían estar interesados en la esquina. Tal vez los carpinteros Pinta querían poner una mueblería y las vidrieras sobre la Iturraspe. Se preguntó si Godino buscaría ampliar su casa de ramos generales, pero como estaba a dos cuadras, pensó que no sería una buena jugada. “¿El Titi Gilli querrá ampliar la feria?”, tampoco tendría sentido se respondió. Siguió pensando en otros negocios a la redonda sin dar en el clavo. Muchos indicios, sin embargo, terminaban en el mismo hombre, aquel que le dijo que la esquina valía oro.
 
Mi mamá advirtió que mi papá no la escuchaba. Le molestó que ni siquiera se hubiese mosqueado con la explicación de Pons. El “no es para tanto” le había parecido un latiguillo intolerable y se juró que nunca más derretiría azúcar para levantale el ánimo.
 
Mi papá mostró el resto de la tarde una sonrisa dibujada hasta que se fueron a dormir. Mi mamá no pegó un ojo. Dio vueltas y más vueltas. Pensó que a ella le tocaría cargar con el muerto. Se molestó aún más al advertir que mi papá cayó redondo, roncó profundo y hasta balbuceó llamando a la nona Chinta, su mamá. “Sonamos – pensó mi mamá –llora de nuevo porque le bajaron el colchón y no lo dejaron venir a estudiar a San Francisco”. Se sonrió por su ocurrencia burlona, sintió bronca y que lo había dejado de querer. Le silbó y tocó la espalda para que deje de roncar.
 
Ella lo prefería vulnerable y sufrido. Se sentía más cómoda cuando tenía que mimarlo o aconsejarlo para sacarlo de algún abismo. Cuando él mostraba fortaleza o esas sonrisas de toda una tarde, se sentía insegura y frágil.
 
A las dos de la mañana, con decenas de imágenes y pensamientos cruzados que le reventaban la cabeza, mi mamá no soportó más y se levantó. Cerró la puerta de la cocina para que nadie advirtiera la luz y leyó una a una las resoluciones que había escrito a principios de año en su libretita verde.
 
Leyó la frase “comprar la esquina”. Pensó que la tendría que tachar, no porque habría alcanzado el objetivo, sino porque estaba malogrado. Recordó que antes de levantarse había soñado o pensado de entredormida con un sube y baja despedazado y deslizándose a toda velocidad por un tobogán que caía sobre arenas movedizas y que se le atascaban los pies. El sueño la impresionó. Interpretó que después de haber pasado por tantos vaivenes para comprar la esquina, la compra estaba ahora en un tobogán cuesta abajo.
 
Sintió necesidad de rezar, no para halagar a Dios como otras veces, sino para rogarle por ayuda. Fue a buscar la libretita amarilla donde escribía sus oraciones más íntimas. Entró al dormitorio, encendió la luz con la intención de castigar a mi papá por no dejarla dormir. Él dejó de roncar, la miró desorientado y le preguntó: “¿ya me tengo que levantar mi vida?”. La escena la enterneció: “dormí querido, dormí que recién son las tres”.
 
De regreso en la cocina, abrió la libretita en busca de alguna oración que la animara y recitó un Ave María. Leyó oraciones que le había escrito a Dios y notó que cuando rezaba oralmente invocaba a la Virgen, pero cuando lo hacía por escrito su destinatario era el Señor.
 
Se detuvo en una oración que había escrito el 30 de agosto de 1957, al día siguiente de la mudanza a San Francisco cuando llegaron con mi hermano y mil ilusiones desde Eustolia. “Gracias querido Dios por bendecir este nuestro nuevo hogar. Que lo que piense mi mente sea tu sabiduría, lo que hagan mis manos sea tu obra, que mis deseos sean tu voluntad. Gracias por protegernos como siempre. Te quiero mucho. Tota”.
 
Le gustó recordar aquella oración gozosa y aquel momento de fe y tranquilidad. Se dispuso a escribir una nueva plegaria. Primero leyó una estampita que le había regalado su mamá, la nona Antonia, para “enseñarte a rezar con propósito”. Tenía estampado el versículo 11:24 del apóstol Marcos: “todo lo que pidan en oración, crean que ya lo han conseguido y lo recibirán”. Esperanzada, abrió una nueva página con el título 30 de noviembre de 1963 y escribió su nueva oración: “Querido Diosito. Gracias por ayudarnos a comprar esta esquina. Se que este es nuestro hogar y nada se opondrá en nuestro camino, aunque lo que tú decidas lo aceptaré. No me abandones. Te quiero mucho. Tota”. Releyó dos veces porque algo le molestaba. Tachó “aunque lo que tú decidas aceptaré”. Pensó que la frase era fruto de su inseguridad y que debía tener y demostrar más fe como le pedía Marcos.
 
Se acostó a las 4:30 de la madrugada. Sintió paz, había dejado todo en manos de Dios. Le tocó la espalda a mi papá, sintió que de nuevo lo quería. Se apuró a dormir.
 
Mi papá la despertó con un mate. Advirtió que estaba fresco como una lechuga y lo siguió mirando por signos de recaída, alistándose para derretir azúcar en caso de necesidad. De nuevo se sintió con ganas en su papel de bombero, lista para apagar otro fuego.
 
Tras el cuarto mate, mi papá la sorprendió.
 
–Ya lo tengo.
–¿Ya tenés qué? No me digas que ahora estás de nuevo con que vas a escribir otro tango.
–¿Qué decís?
–Digo que no me podés hacer esto, estás fresco como una lechuga y estamos perdiendo la esquina.
–No es para tanto.
–No me jodas con tu no es para tanto. Pons vendió la esquina y vos como si nada. Qué carajos vamos a hacer – se enfureció mi mamá, más aún, al pensar que sus oraciones no habían sido escuchadas.
–Todavía no la vendió. Tranquila.
–Ni loca me vuelvo para Eustolia a la casa de tus viejos. Ni lo pienses, que ni se te ocurra pensarlo.
–¡Qué te pasa a vos! ¿Y la fórmula mágica adónde se te fue? ¿Cómo era?, “fe, trabajo y un poquito de suerte”. Viste que también a vos se te va el cuarto de hora.
–No me tomes el pelo. Mirá que el horno no está para bollos – le dijo resignada, pensando que la pesadilla del tobogán había sido una premonición.
–Tranquila. Tengo un as bajo la manga. De esta vamos a salir – le anunció, mientras se ponía la corbata azul eléctrico con pintitas blancas que había usado en la luna de miel en Mendoza –esta es la que nos trajo suerte, así que aquí vamos de nuevo.
 
Mi mamá no entendía nada. Rara vez mi papá se vestía con corbata para ir a trabajar. Regresó dos horas más tarde con una sonrisa gardeliana y silbando “Por una Cabeza”.
 
–¡Qué te pasa que estás tan contento! ¿Adónde fuiste? – le preguntó ansiosa.
–De don Aquiles
–¿Por?
–Todo solucionado mi querida – dijo con aires de político después de ganar una elección.
–¿De qué estás hablando?
–Le dije que había tomado la decisión de dejar a don Bry y me iba a trabajar para él, si es que todavía estaba abierta su oferta de trabajo.
–¿No le dijiste a don Bry que te quedarías con él?
–Bueno, no me aumentó el sueldo ni me pagó el aguinaldo. La culpa no es mía.
–Tampoco de él, pobre tipo.
–Le dije a don Aquiles que necesitaba dos semanas, que mañana mismo le voy a renunciar a don Bry.
–¿Qué tiene que ver eso con esta esquina? – le preguntó mi mamá tratando de enfocar una conversación que creyó se había ido por las ramas.
–Doña Tota preste atención – la llamó mi papá socarronamente como la llamaban los demás –tranquilizate, no es para tanto.
–Y dale con esa mierda del no es para tanto.
–¿Por qué te crees que estaba tan tranquilo ayer?
–Estabas fingiendo, te conozco. ¿Para no preocuparme?
–Para nada. Apenas vi a Pons en la puerta, me imaginé lo peor y me vino a la mente don Aquiles. Acordate que me dijo que esta esquina vale oro.
–El Titi Gilli también te dijo lo mismo. ¿Y...?
–Le dije a don Aquiles que desista de comprarla él. Que me dé oportunidad de comprarla, que me dé unos meses. Que me iba a trabajar con él.
–¿Cómo sabías que fue don Aquiles el que ofertó por la esquina?
–Ni idea, pero lo imaginé. Era obvio. Siempre le gustó esta esquina y el Titi no tiene la plata.
 
Mi mamá no entendió muy bien el enredo de mi papá, pero estaba extasiada con el desenlace.
 
–¿Qué te contestó?
–Que lo pensaría.
–Entonces todavía no es trato hecho.
–Pará, pará. Le dije: don Aquiles, usted ya tiene mucho, nosotros queremos esta esquina, es nuestro sueño. Le aseguro que seré su mejor empleado.
–¿Cómo reaccionó?
–Al principio me asusté. Me respondió: “te doy un consejo Livio, no digas que tu sueño es comprar la esquina. Así no vas a llegar a ninguna parte. Soñá con cien esquinas, no con una”.
–Viste, viste, siempre te digo que hay que soñar en grande. No al cuete tiene lo que tiene.
–Me dio un año de plazo, pero me quiere en su oficina el lunes, nada de quince días.
–¿Y Pons? ¿Qué le vas a decir a Pons?
–Nada. Don Aquiles le dirá que esperará por ahora, que tiene otras cosas en mente. Me contó que solo le insinuó la oferta y que Pons se embaló solo.
–¡Ay viejo hermoso! Hasta llegué a pensar que habías armado todo el lío para seguir con tu tango de la esquina.
–No, a ese tango lo terminaré cuando firmemos la escritura “pebeta hermosa, esquina mía” – le dijo, llamándola por el nombre del tango y como si todo ya estuviera cocinado.
 
Mi mamá se le abalanzó, le refregó la cadera y le encajó un beso interminable como esos que le gustaban a mi papá estilo Rita Hayworth. La siesta fue más larga que de costumbre. Mi mamá abrió el bar con retraso, cuando en la vereda ya había un montón de clientes cuchicheando y ansiosos por entrar.
 
Esa tarde detrás del mostrador, mientras acomodaba los trastos, mi mamá le sonrió a la imagen de la Virgen de la Nueva Pompeya, recordó las palabras del apóstol Marcos en la libretita amarilla y se sintió auxiliada por la Divina Providencia. Mi papá la despidió con un beso húmedo y pasó gallardo y fanfarrón entre los clientes del bar rumbo a la oficina de don Bry; sería su último día en aquella oficina.

 

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...