jueves, 11 de marzo de 2021

Las ocho monedas de oro

El bar era polo de atracción para los parientes del campo. Venían a buscar provisiones, hacer trámites o salir de compras. Llegaban temprano a la mesa de mi mamá, antes de empezar el trajín o más tarde, para recargar energías antes de regresar.

Un óleo que mi hermano Gerardo pintó en
aquella época del tío Félix y mi mamá

Los más asiduos eran el tío Rico Aimaretto y la tía Rosita, hermana de mi papá. Llegaban del campo en Eustolia con un Falcon verde opaco castigado por el sol. Traían un par de botellas de leche “recién exprimida” y unas bolsas de chicharrón del “último chanchón”, como le gustaba bromear al tío.

El tío Félix Forno llegaba religiosamente los martes desde Zenón Pereyra en su inmaculado DKW apenas despuntaba el sol. Era el único día que mis primas Griselda y Miriam, que vivían en casa en pensión durante los últimos años de escuela secundaria, se levantaban temprano. “¿Están contentas de verme o por lo que les traigo?”, era su pregunta obligada, al tiempo que les entregaba un sobre generoso que la tía Manuela, hermana de mi mamá, les mandaba para los gastos del mes.

Su generosidad también me salpicaba. Con sombrero ladeado y pipa con humo achocolatado, el tío Félix apilaba diez monedas al lado de su copita de caña Legui y me las iba desgranando a medida que adivinaba sus acertijos.

–¿Qué pesa más? un kilo de plumas o un kilo de fierro.

Los dos iguales, tío.

–Muy bien, Nenucho, muy bien. Te la ganaste.

–¿Solo una?

–Esta vale tres: si me subo al techo y tiro un kilo de plumas y un kilo de fierro ¿cuál llega más rápido al piso?

Le podía dar la respuesta acertada porque me la sabía de memoria, pero prefería seguirle el jueguito y enfocarme en las monedas restantes.

–Al mismo tiempo, tío.

–¡No Nenucho! ¡Ninguno!, no ves que ya estoy viejo para subir a los techos.

A pura carcajada y mientras rellenaba su pipa satisfecho cómo si él hubiera ganado el acertijo, me regalaba el resto de las monedas con el consejo de siempre: “Llená la alcancía, ahorrá mucho porque no sabés cuando lo necesitarás”.

El tío Tito y la Edelmira

La visita más esperada y espaciada era la del tío Tito, un hombre de mundo. Viajaba sin cesar a tierras lejanas y de fantasía por su trabajo como administrador del Ringling Bros o el Eguino Bros, el mismo circo, pero con carpa de distinto color. El tío era alto, en algunas visitas más gordo que en otras y tenía una coronilla de fraile que le realzaba la pelada tan lustrosa como sus zapatos. Vestía con ropa fina y extranjera, mucho lino y cachemir.

Su primera labor en el circo no había sido la de contratar artistas, comprar animales o fijar el precio de las entradas, sino en el medio de la pista con cachetes colorados, boca pintarrajeada como la del Guasón en las historietas de Batman y un pompón rojo prendido en la nariz. Su vocación la descubrió cuando el Ringling Bros pasó por Santa Fe, mientras de sotana cursaba el segundo año del seminario diocesano. Los nonos José y Antonia se opusieron en forma rotunda al principio; aspiraban que Héctor, su benjamín de once hijos, fuera el cura que toda familia numerosa quería tener.

El tío Tito, un dibujo de mi hermano.

Cedieron cuando supieron que la vocación circense era innegociable y definitiva. Su soltería de aprendiz de cura le favoreció para llevar una vida nómada que su nueva profesión requería: “Al fin y al cabo el circo es un sacerdocio”, bromeaba cada vez que lo cuestionaban. Sus cuatro hermanos aprobaron entusiasmados y sus seis hermanas, todas sobreprotectoras del más pequeño, incluida mi mamá, se desvivían por encontrarle novias y futuras esposas. Él disfrutaba que le armaran amoríos, sabiendo que siempre llegaban a la misma conclusión: “mejor quedate solo y tranquilo”.

De payaso duró lo que una picadura de abeja. Su humor atrevido lo festejaban hasta las cebras y el gorila a pura carcajada. Los hermanos Eguino, dueños del circo, lo premiaron como maestro de ceremonia o “maitre de piste” como él prefería que le dijeran cuando estaba ornamentado con su frac de lentejuelas multicolores y sombrero de copa negro azabache. Con micrófono en mano y el público a sus pies, se sentía Gardel. Dejaba el libreto de lado y presentaba a los artistas y números ganándose vítores y aplausos largos desde los palcos y el gallinero. Anunciaba cada vez más convencido que los leones habían luchado con Tarzán, los elefantes eran hijos de Dumbo y que uno de los trapecistas Rodríguez había volado tan alto que quedó colgado de una nube.

Tampoco duró mucho en ese puesto. Su carisma y don de gentes lo catapultaron a relacionador público. Adelantado como Magallanes, llegaba a los pueblos y ciudades en busca del mejor lote para levantar la carpa de tres pistas. A los intendentes les ofrecía entradas para reforzar sus campañas políticas, a cambio de que le regalaran las calles más céntricas para la caravana de bienvenida del circo. Para ese día lograba que las escuelas permanecieran cerradas para que los chicos entusiasmaran a sus padres por entradas, después que presenciaban alborotados el desfile del gigante con zancos, los tigres de Bengala y los siete elefantes africanos de paso cansino.

Por su gracia se imponía como centro de atención donde estuviere, ya sea debajo de la carpa o en las reuniones familiares. Tenía un don especial para contar historias, una especie de reencarnación entre juglar y trovador, y una generosidad que no dejaba a nadie sin regalos.

De sus muchos cuentos, me aprendí de memoria el de Edelmira, la gorda boliviana, mi favorita de su repertorio. Un día se escaparon tres leones que la policía tuvo que ir a cazar al centro del poblado, al mismo tiempo que se realizaba la procesión religiosa en honor al patrono local. El rumor causó tanta conmoción que el santo quedó despatarrado sobre la calle de tierra y una polvareda más alta que las casas sirvió de camuflaje para que los pueblerinos rajaran en todas las direcciones.

Edelmira que prefirió no correr o porque no le dieron las piernas, quedó petrificada, sentada sudorosa en el medio del polvo, con los ojos hacia el cielo buscando quien la salvara. Cuando mi tío llegó, acompañado por dos policías muertos de miedo que se escondían detrás del domador y el veterinario con la hipodérmica tranquilizadora, la gorda, todavía llena de fe, continuaba repitiendo alabanzas con sus manos tocando el cielo, creyéndose una cristiana en el circo romano.

¡Mi San Juan me salvó! ¡Mi San Juan me salvó!  –gritaba alabanciosa.

Mi tío, que había adquirido mucha fe desde que rezaba día y noche en el seminario de Santa Fe, pero que también conocía a los leones, le quitó religiosidad a la invocación divina.

Pero señora, si los leones no hubieran estado recién comidos, usted habría sido el banquete preferido.

La gorda se echó a llorar a carcajadas y lo abrazó insistiendo que mi tío era su San Juan.

Por el mal rato, la premió con entradas sin fecha para toda su familia, honrándola con el palco reservado para intendentes y autoridades. Y le dio instrucciones precisas al jefe de pista, así que cuando presentaba al domador y a sus “siete indomables leones de las sabanas africanas”, la orquesta tocaba un largo redoble de tambores, las luces se apagaban y un reflector como un sol la guiaba a Edelmira hacia el centro de la pista: “Con usteeeeeedeeeeees Edeeeeeeeeelmiiiiiiiiiira, Edelmira de las Mercedes Peñaflor, la reina del espectáculo más grande del mundo, el magnííííííficooooooo Ringling Bros”.

Edelmira y sus familiares no se perdieron ninguna de las cuatro funciones diarias del circo. Tal fue el éxito, que mi tío puso un cartel con la foto de Edelmira en la puerta y debió extender la plaza por diez días más. Y eso que todo el circo, contando palcos y gallinero, tenía más asientos que pobladores en el pueblo.

¿Y después que hizo la Edelmira?, –era mi pregunta de cajón.

Se convirtió en líder de las procesiones y hasta creo que la gente le empezó a rezar pidiéndole por algún milagro –contaba orgulloso mi tío.

Las ocho monedas de oro

La generosidad del tío era tan profunda como una mina de oro. Repartía a dos manos mantas de vicuña peruana, pulseras de plata boliviana y manteles de lino paraguayo a sus hermanas y cuñadas, y todo tipo de prendas finas a sus hermanos y cuñados. Los sobrinos y mis primas lo esperábamos con los brazos abiertos como a Papa Noel como si todas sus visitas fueran Navidad. A mi hermano le regaló la Pancha y, en la misma visita, yo ligué mi regalo más precioso, una locomotora que tiraba luces y humo de colores e imitaba el fuerte sonido del traqueteo de las vías. Fue la atracción del bar por semanas, hasta que mi mamá le desconectó las pilas ante las quejas de todos los clientes.

Su generosidad también la expresaba con dinero cantante y sonante que regalaba en sobres gorditos como los del tío Félix.

  Hay Tito le reclamaba mi papá si dejaras de regalar tanta plata y de jugar al casino imagínate todas las propiedades e inversiones que podrías tener a esta altura.

Desoía los consejos, también comunes entre sus hermanos, y prefería mostrar, orgulloso, una medalla que le habían regalado en un casino de la Patagonia por ser el mejor cliente del mes.

No juegues más Tito. Guardá que la suerte te puede cambiar, ya la gente prefiere el cine y la televisión que ir al circo.

–Mirá quienes hablan, vos con la quiniela y el Livio con la polla –contestó a carcajadas– la verdad que ustedes no son ni santos ni buenos consejeros.

En una de sus visitas, cuando mis padres se fueron a dormir la siesta, nos llevó en silencio a mi hermano y a mí a la mesa de las visitas en el bar.

Me prometen que guardarán un secreto si les doy algo.

Claro tío –le contestó Gerardo intrigado.

Tiró una bolsita de terciopelo negro sobre la mesa que retumbó como tambor. Desparramó ocho monedas de un amarillo brilloso como los anillos de mis papás. Pensé que eran las monedas musicales del payaso Tilín, pero por la cara de mi hermano me di cuenta de que era algo más valioso e importante.  

¿Son de oro? preguntó asombrado Gerardo– ¡Son de oro! –se respondió de inmediato.

Sssshhhhh, cállense que se van a despertar.

¿Son de verdad? ¿Son tuyas? ¿Para qué son? –lo ametralló mi hermano a preguntas.

Quiero que ustedes las guarden y cuando la Tota quiera comprar la casa, esto le dará el empujoncito que le falte.

El tío nos contó que las monedas, aunque chiquitas, valían mucho más que su peso en oro porque habían acuñado pocas y que eran el botín anhelado por los coleccionistas. En el anverso decían Libertad con una cara de mujer con gorro frigio y debajo ½ Argentino. En el reverso tenían el escudo de la República Argentina y un 1884 que el tío nos explicó que era el año de acuñación.

¿Por qué no se las das ahora? Se van a poner locos de contentos –replicó mi hermano.

–Tu papá está loco, pero por comprarse un Auto Unión como el del tío Félix. Tengo miedo que las use para eso y no para la casa.

–Por qué no las guardas vos, si nos descubren van a creer que las robamos.

–Mañana nos vamos con el circo a Chile y de ahí subiremos a México y no sé cuándo voy a volver. Guárdenlas bien y cuidadito que le cuenten a alguien. Si cuentan no los dejaré entrar más al circo.

El tío también se fue a dormir la siesta. Mi hermano, antes de que yo pudiera tocar las monedas, las metió celoso dentro de la bolsita y la ató con doble nudo. Dudando de que yo pudiera ser una tumba, me propuso sellar un pacto secreto. Juramos como los indios de las películas, pero en vez de sangre, nos untamos las muñecas con saliva.

–Tenemos que encontrar el mejor lugar –me dijo y enseguida se le prendió la lamparita– ya sé, el sótano.

No –reaccioné– el sótano no, ahí las va a encontrar Galera que siempre anda buscando los tesoros de Ali Baba y de Aladino.

–No seas salame, ahí debajo no hay nada –me reprochó– lo único que tenemos que ver es cómo abrir la tapa que es muy pesada.

–Le diré al Zorrino que la abra porque mami quiere que le saque el vino.

–No estoy seguro, nos van a descubrir. Mejor las guardo esta noche debajo de mi cama y mañana pensamos qué hacer –sentenció.

 –Bueno.

–Jurá que no le vas a decir nada a mami ni a papi.

–Lo juro.

–Por Dios.

–Lo juro por Dios.

Gerardo se puso la bolsita en el bolsillo y yo quedé intranquilo. Tenía muchos secretos y me pesaban. El anónimo, la libretita amarilla de mi mamá, los condimentos del menjunje del Manya Luna y, ahora, este de las ocho monedas de oro. Tenía ganas de contar todo.


Hice esta pintura años atrás, sobre el tío Félix en la mesa de
mi mamá y la locomotora que me había regalado el tío Tito.

jueves, 4 de marzo de 2021

Entre monstruos, el Piojo y la Pancha

Jamás pisaba la tapa del sótano del bar. Tomaba envión y el salto debía ser largo y bien calculado para llegar al patio. Al mínimo ruidito podía despertar a Barba Azul, a las brujas, a los lobos y monstruos de un solo ojo que convivían en las profundidades.

Ilustración de Barba Azul en las Fabulandia.
Con seña de enfermera burlona llamando a silencio, Galera me advertía que sea cuidadoso en el salto. “Cuidado Nenucho que los vas a despertar”. Se hacía pasar por un cliente regular, pero nunca dudé que disimulaba. Sabía que vivía ahí debajo y se codeaba con sus amigos, los secuestradores que retenían a Rapunzel, Aladino y Ali Baba.

Mientras mi mamá se distraía en su mesa hablando con las visitas, yo relojeaba la argolla de entrada al sótano por cualquier vibración que indicara movimiento. Aunque me tranquilizaba saber que los monstruos solo salían por las noches, estaba atento con mi oreja de estetoscopio para descifrar lo que cuchicheaban el día entero.

Mi mamá me leía las Fabulandia con la intención de “que abras la cabeza, hables bien y escribas mejor”. Yo prefería que me leyera porque las ilustraciones no describían lo más sabroso del cuento. Los dibujos mostraban a una reina hablando con un espejito, pero, en realidad, se trataba de una bruja asesina que intentaba matar a Blancanieves de mil y una formas, hasta que al final lo logró con una manzana envenenada.

¡Nenucho! llegó esta de Barba Azul. ¡Dicen que es buenísima! –exclamó mi mamá mientras se acomodaba en su mesa lista para la lectura.
Dale mami, dale contame.

Después de ojear y revisar las páginas en silencio, como siempre lo hacía previo a las nuevas lecturas, mi mamá reaccionó:
¡Qué desastre!
¿Por qué?
Están locos si creen que escriben para chicos. ¡Por favor!
Cuando escuché “por favor”, temí lo de siempre, que quedara masticando y tragándose lo que pensaba. Insistí que me explicara.
¿Pero por qué?
–Siempre nos pintan como brujas o detrás de algún príncipe carilindo. Este –dijo con el dedo posado sobre Barba Azul– es un maldito asesino que acuchilló a todas sus esposas y, encima, el tardado se deleita viendo como corre la sangre de las pobrecitas.
Mami, no importa.
Ni loca. Esto no es para vos. Aquí no se aprende nada ni hay moraleja que valga.

Yo insistía por los cuentos más siniestros, aunque tenía que estar atento porque varias veces pesqué a mi mamá azucarar y cambiar los finales. A Pulgarcito lo salvó de las fauces del ogro y la abuelita de Caperucita terminó jugando al ajedrez con el lobo. Además, por desgracia, le encantaba leerme las fábulas más aburridas, como las de la hormiga con la cigarra o la liebre con la tortuga “para que aprendas algo positivo”.

Un día mi mamá le pidió ayuda al Zorrino y a Galera para que sacaran del sótano unas botellas y damajuanas de vino tinto. El anuncio me paralizó. Me aferré como garrapata a su pollera y, mientras abrían la tapa, un hormigueo eléctrico me recorrió las pantorrillas de arriba abajo. Apreté fuerte los ojos hasta que vi estrellitas.

Miralo al Nenucho, está como la Yiya con la cola entre las patas me deschavó Galera.
¡No sea ridículo! le espetó mi mamá– levante y cállese por favor.
Sabedor de mis miedos, el Zorrino me meneó la cabeza hacia el fondo.
Abrí los ojos. Estás conmigo. No tengas miedo.

Vi la escalera empinada perdiéndose en las profundidades y olí un vaho húmedo que me perforó la nariz. Poco a poco, el lugar se fue inundando de luz y me puse a escudriñar para encontrar la lámpara de Aladino y los tesoros de los 40 ladrones. También busqué la puerta del escondite de Barba Azul de la que a borbotones brotaba la sangre fresca de sus esposas degolladas. No descubrí nada; puro silencio y humedad. Ahí mismo supe que Galera había escondido todo detrás de las paredes corredizas del fondo.

¿Ves?, aquí no hay nada me trató de aliviar el Zorrino.
¿Quién se anima a bajar? –preguntó mi mamá.
–Es demasiado empinada para mí –dijo Galera señalando a la escalera y tomándose la panza con las dos manos.
La forma y el tono en que preguntó mi mamá y el recule de Galera, acentuaron mis miedos.

El Zorrino aspiró una bocanada como para tirarse al agua y bajó. Minutos después que se estiraron como chicle, emergió transpirado y gateando por las escaleras.

No me alcanzaron las manos para traerte tu premio Nenucho me dijo con dos botellas de vino en cada mano.
¿Qué premio? pregunté entusiasmado.
Un soldadito de plomo con una sola pierna –respondió–. Es que apenas me vio, salió corriendo entre las damajuanas.

Esta vez el hormigueo eléctrico fue más intenso. Me subió por las pantorrillas y no paró hasta la nuca y, de ahí, me golpeó fuerte detrás de las orejas con un zumbido de abeja asesina. Abracé la pollera y las piernas de mi mamá con fuerza. Levanté la vista y vi a la distancia a Galera lanzarme sus manos y retorciéndome el cuello. Lo miré fijo y en un instante sentí que le crecía una barba azulada.

El Piojo y la Pancha

Mi problema no era solo el sótano. Tampoco pasaba de noche por el patio, sabía que era el lugar favorito de las brujas y los lobos come chicos cuando salían de las profundidades. Se escondían detrás del limonero o se confundían entre las sombras de la parra en noches de luna brillosa. Cuando mis padres decidían cenar sobre la mesa de granito en el patio para comernos todo el fresco de la noche, mis pantorrillas mantenían un cosquilleo intermitente ante cada sombra que bailoteaba por ahí. También me ponía en guardia cuando veía que mi hermano paraba sus radares y clavaba la vista en algún rincón oscuro del patio.

A los únicos monstruos que no les tenía miedo era a King Kong y al águila de pico con gancho de pirata. Los imaginaba enormes como el limonero, pero en realidad eran como un chihuahua flaquito y una paloma mensajera bajo la lluvia. King Kong era la Pancha, una monita
de pelo dorado, antifaz negro y una cola interminable como bastón, con mango doblado de paraguas al final. El Piojo era un loro simpático y charlatán de uniforme verde tornasolado con copete celeste y amarillo en escalera, siempre peinado a la gomina, y con un toque de rojo y amarillo sobre las alas. La Pancha era de mi hermano y el Piojo de mi mamá. Los había traído el tío Tito de algún viaje que hizo por las selvas del Chaco y el Paraguay.

Cada primero de mes antes de que siquiera arranque el almanaque, mi mamá le solía cortar las alas al Piojo a tijeretazos limpios. El piojo chillaba despavorido con cierta exageración para denunciar a su abusadora a los cuatro vientos. Tratando de asegurarse que ya no podría volar, mi mamá lo ponía sobre el suelo y lo empujaba a pataditas para ver si despegaba. El Piojo carreteaba desplegando las alas sin suerte. Corría a todo trapo, pero no pasaba de medio metro hasta que se trastabillaba pisando sus propias patitas chuecas, con lo que cerraba su espectáculo con dos tumbas carnero involuntarias. Se apiadaba de sí mismo declamando un “pobrecito el Piojo” con la misma voz de mi mamá.

El Piojo era el centro de atención de la esquina. Plagiaba la voz de mi mamá en todo, excepto para las carcajadas, a las que lanzaba con el exacto tono de mi papá, incluso con una aspiración al final de cada risotada. Cuando mi mamá no estaba en el bar, el Piojo gritaba a todo pulmón “Toootaaa, geeente, Toootaaa, geeente” avisando que alguien traspasaba el umbral, como si se creyera el vigía que descubrió tierra desde la carabela de Colón.

A diferencia de las mañanas, cuando usaba de posadero la balanza sobre el mesón de granito, por las tardes, mi mamá lo trepaba a los fresnos sobre la Iturraspe. Camuflado entre las ramas, saludaba a medio mundo. “Hasta luego señor”, “chau señora”, “hola”, “buenas tardes” siempre adivinando si eran hombres o mujeres y si iban o venían. Quienes no lo advertían entre las ramas me devolvían el saludo algo desconfiados, al ver que la voz gruesa no se compadecía con mi contextura.

La Pancha usaba el alambre del tendedero como autopista entre la parra y el limonero. Se agarraba del alambre con la cola y quedaba en posición de murciélago con ojitos pedigüeños por más frutas y maníes. Apenas tenía el buche lleno, pegaba un salto y tomaba envión para abalanzarse entre las ramas de sus bosques. Un día dio tantas volteretas que se enganchó quedando a merced de un sol despiadado. Insolada y moribunda se salvó por un pelito, pero desde entonces no fue la misma: “está menos vivaracha y de genio corto”, decía mi mamá.

Las noches que el frío calaba hondo, la Pancha y el Piojo dormían apretaditos como bailarines de tango hasta que el sol se encendía. Se quedaban acurrucaditos e inmóviles en la parte superior del anillo de hierro que les servía de morada y que mi mamá entraba religiosamente al salón del bar todas las tardecitas. Solían despertarse malhumorados. La Pancha con algunos plumones de loro entre su pelambre y el Piojo mirando hacia el lado contrario para esquivar el mal aliento mañanero.

Una noche al cerrar el bar, justo cuando mi mamá se despedía con el tradicional “buenas noches mis chiquitos”, parece que hicieron cortocircuito, ya sea porque tenían calor o porque una pulga saltó de uno a otro sin previo aviso.

De la nada, la Pancha le dio un empujón sorpresivo al Piojo, arrojándolo a la parte inferior del pedestal. El Piojo, también de pocas pulgas, tratando de hacer equilibrio y no caerse, se prendió de la cola, pero aprovechó pensando que “esta es la mía”, para morder y torcer con ganas, como queriendo desenroscar un tornillo oxidado. La Pancha pegó un alarido como Tarzán y con los ojitos color Drácula, pegó una voltereta en el aire con tanta mala suerte para el Piojo que quedó colgada boca abajo con su cara al mismo nivel que el copete de su contrincante. Sin amagues previos, sacó una recta demoledora y remató con un gancho de izquierda como la de Ringo Bonavena. El Piojo terminó amamarrachado y abombado contra el piso, seguido por un camino de plumas que flotaron en el aire como el celofán de los Mejorales.

Con el copete todo despeinado se largó un “ja, ja, ja, ja, ja” contradictorio con la exacta voz de mi papá, y de inmediato repitió un acongojado “pobrecito el Piojo” con el tono de mi mamá. “Upalala” dijo cuando mi mamá le tiró la toalla ofreciéndole el dedo índice como sostén. Lo posó sobre su hombro y él, victimizándose a más no poder por la paliza, siguió coreando “pobrecito el Piojo, pobrecito el Piojo” por más de una hora. Desde entonces, el Piojo se juró que jamás volvería a dormir acurrucado con la Pancha por más fría que cayera la noche. “Que se vaya a dormir con las palomas, mona mala y desagradecida”, sentenció aquella noche.

No seas porfiado, Nenucho, –me trataba de convencer Galera a quien le pedía que no siga diciendo que el Piojo era un pajarraco común y corriente.
–Piensa, entiende y habla mejor que usted –lo desafié.
–A ver si es cierto. Repití puta parió, puta parió. Repetí carajo –insistió Galera acercándosele al Piojo, empecinado con que fuera un loro normal, maleducado como el de los cuentos verdes.

Cuando mi mamá aparecía en escena, Galera se hacía el disimulado, pero ella, adivinando sus intenciones, lo amenazaba con el destierro, como al que lo había condenado aquella vez de la trifulca con los naipes.

Cuidadito que no le ande enseñando sus cochinadas.
Apenas mi mamá se daba vuelta, Galera volvía a la carga.
Puta parió, puta parió. Repetí pajarraco. Repetí carajo.

Cansado de sus burlas, de los sustos y por saberlo uno más de los ogros del sótano, un día, con la venia del Zorrino, le saqué la silla cuando se disponía a sentarse plácidamente para disfrutar de su medio litro con soda. Manoteó la botella y luego el aire, pero la gravedad pudo más. Rebotó contra el piso, la espalda se le fue para atrás y sus zapatos aparecieron a la altura de donde debía estar su cabeza. El Zorrino soltó una carcajada que subió de tono cuando un trac denunció que las costuras del pantalón se rajaron.
Galera buscó levantarse a duras penas y mientras el Zorrino le ofrecía y le quitaba la mano de ayuda, se concentró en mí. Me siguió con la mirada desencajada, igualita que la de los lobos del sótano.

Si te agarro mocoso de porquería, te voy a encerrar en el só.... me gritó, comiéndose las últimas sílabas tras la entrada de mi mamá al salón.
¿Qué hace ahí Galera?
Nada, tenía sueño, así que me eché una siesta.
Mi mamá se rio por la ocurrencia, pero enseguida apretó las cejas.
No me tome el pelo, no se haga el vivo. Bien sabe quién pierde si se mete con el Nenuchín ¿no?

Con la amenaza de mi mamá como escudo, tomé carrera y salté la tapa del sótano dejando a todos los ogros atrás. Aterricé en el patio y noté que las uvas parecían manzanas y los limones brillaban como soles. El Piojo me lanzó una carcajada complaciente y los dos nos quedamos charlando, contentos y triunfantes.


jueves, 25 de febrero de 2021

La Virgen, el borracho y mi hermano el bautista

Apenas iniciada la jornada en el bar, mi mamá regalaba un primer “buenos díííaaasss” a sus personajes preferidos: a su mandadero el Manya Luna; al Piojo, su mascota parlanchina y a su “amiga más querida”, la Virgen del Rosario de Nueva Pompeya, quien controlaba todo lo que sucedía a sus pies.

Retrato del Manya Luna que
hizo mi hermano Gerardo. 

El Manya y el Piojo le reciprocaban un resonante “buenos días doña Tota”. En cambio, la Virgen, colgada en su trono sobre la puerta que daba al patio, le devolvía una sonrisa protectora asegurándole un día sin sobresaltos. También Ella, con la confianza de amiga íntima, le solía gastar algunas bromas. Un día que yo no aguantaba el dolor de una carie tan profunda como un aljibe, mi mamá alardeó con tener el remedio milagroso. Mientras me metía un pedacito de Geniol dentro del cráter, la miró fijo y le imploró con devoción: “Por favor virgencita querida, pasame el dolor a mí”.


¡Dicho y hecho! Al día siguiente amaneció con el cachete inflado y un pinchazo agudo que le bajaba desde la muela hasta la punta del dedo gordo del pie. Fue al salón del bar, saludó al Manya y al Piojo y cuando le estaba por tocar el turno a Ella, en vez del hola cómplice, le espetó malhumorada: “no era para tanto”. Yo vi cuando la Virgen le guiñó un ojo al Niño Jesús y a mi mamá salir rajando hacia el Emilio Cornaglia, el dentista del barrio.

Extirpado el dolor de raíz, contaba la anécdota todos los días para demostrar “todo lo que hace una madre por un hijo” y, sobre todo, para que se supiera que tenía línea directa con la Patrona del bar. “Después de lo que me hizo ya no le rezo, ahora la castigo yo”, recitaba jactanciosa, alardeando su amistad.

A los pies de la Virgen, la mesa de mi mamá también servía de pila bautismal. Mi hermano solía oficiar de Juan el Bautista chantándome nombres y sobrenombres a diestra y siniestra. Pocos días antes de que yo naciera, la discusión entre mis padres pasaba por Juan, Félix, Emilio o Mario. En caso de nena habían acordado Analía, pero la panza puntiaguda les obligaba a negociar un nombre de varón.

–Gerardo ¿qué nombre te gusta? –le preguntó mi mamá.
Ricardo Elvio –soltó espontáneo mi hermano uniendo los primeros nombres de los hermanos Ronconi y convencido que vendría varón.
Me encanta –asintió mi mamáson distinguidos.


Mi hermano Gerardo en la vereda del bar.
Mi hermano también me apodó Nenucho. El sobrenombre lo ligué mientras gateaba entre sifones, cajones de alambre y botellones de cerveza, con el que me comenzaron a llamar mi mamá y sus clientes de más confianza, los changarines y los madrugadores. Otro apodo surgió el día de la muela. El Manya, con quien competíamos por la atención de mi mamá, soltó un despiadado “¡mirá el nenito, mirá cómo se hace el nenito ese grandulón!” cuando me vio llorisqueando, queriéndome acurrucar como mortadela entre mi mamá y el respaldar de su silla. Mi hermano que cazaba todo lo que revoloteaba, cazó el Nenito al vuelo y, a partir de allí, él y mi papá, además de los gauchos y chacareros, me llamaban de ese modo.


Yo, posando en la esquina.

Luego apareció el Kaiaio, el sobrenombre que prefirieron mis amigos y hasta los clientes de la mesa de mi papá. Yo todavía balbuceaba, pese a que mi mamá insistía con leerme las Fabulandia para que “aprendas a hablar bien”. Ni modo, a mí me salía “teño tido” por tengo frío, “dutasno” por durazno y el “estoy cansado” vaticinaba una pronta vomitada o que ensuciaría los pantaloncitos. Un día solté un “mami, mami... un kaiaio” cuando descubrí el caballo rampante de Facundo Quiroga en la etiqueta del vino Facundo. Gerardo el Bautista tomó de ahí el Kaiaio, apodo que luego sus amigos podaron y universalizaron como Kaiá.

El borracho

Para que no se enfadara la Virgen, mi mamá trataba de esconder o disimular algunos excesos de copas que detectaba en el acto. Los callados hablaban hasta por los codos, los charlatanes se ensimismaban, los tristes se reían a carcajadas y los graciosos llorisqueaban a moco tendido. Apenas notaba esos cambios de conducta, mi mamá cortaba los víveres y el paso hacia el bañito del patio, excusa para que no pasaran debajo de la Virgen. Y con un rápido e imperceptible movimiento de ojos hacia la salida, le pedía al Manya “empújelo pa’ fuera”. Apenas leíamos la sentencia, con mi hermano salíamos disparados para contar cuántos zigzags harían la víctima y su bicicleta antes de llegar a la próxima esquina.

Solo un borracho estaba permitido en el bar. Lo había traído mi tío Tito una vez que viajó con el Ringling Brothers a Mendoza. Mi mamá le buscó el mejor lugar, pero tuvo la astucia de ponerlo del otro lado de la heladera para que la Virgen no lo viera. La alcancía de yeso de cuarenta centímetros de alto posaba estoica y a sus anchas sobre la estantería principal entre botellas de ajenjo Alhambra, ginebra Llave, anís Ocho Hermanos y Ferroquina. El borracho estaba abrazado a un tronco en cuya base se leía: “A Mendoza fui y así volví. Viva el vino tinto”. El Manya lo llamaba “mi compadre de copas” y estaba seguro de que si hablara podría delatar a los ladronzuelos que se dieron el banquete de salamines y a quienes plantaron los papelitos de la quiniela.


Pintura en acrílico que
 hice años después
sobre el borracho de yeso.

Al lado de la estantería que patroneaba el borracho de yeso, una vitrina con puertas corredizas de vidrio guardaba los mejores menjunjes de mi mamá. Frascos y botellones rebosantes de aceitunas, mondongo con perejil y verduras agrias de todos los colores con los que acompañaba vasos generosos de Gancia, Cynar y Cinzano. Ahí también reposaba la libreta azul cargada de recetas que muchos clientes se lamían por descifrar. No estaban satisfechos con un par mezquino de recetas para las fiestas patrias y religiosas que ella les regalaba. Querían saber todos los secretos de aquella libreta que, al abrirla, despedía los mejores aromas de la cocina. Si en la roja del fiado estaba su vida, en esta azul estaba su alma, por eso la tituló con el consejo que su mamá, la nona Antonia, le había regalado para que tenga un matrimonio feliz: “Lo salado mejora la digestión; pero lo dulzón ablanda el corazón”.


La vitrina estaba con llave. Era la segunda línea de seguridad por si fallaba la Virgen. No tenía miedo de que alguien le robara sus menudencias, aunque prefería cerciorarse de que yo no volviera por Mejorales, unas pastillitas con sabor áspero a frutilla que devoré a montones un día que me escapé de una siesta pegajosa.

“¡Pero, Madona Santa!” exclamó mi mamá con los ojos fuera de órbita como cuando la sorprendieron los policías. “¿Cuántos comiste?” me preguntó alarmada, cerrando de golpe la vitrina mientras algunas bolsitas de celofán revoloteaban por el aire. Debo haber tragado muchos porque intentó ponerme los dedos en la garganta y le pidió a mi papá correr al Sanatorio Argentino. “Son para chicos” le dijo mi papá evitando el fastidio de salir disparado. Mi mamá quedó intranquila. Me siguió observando todo el día como bacteria bajo microscopio y le pidió al Zorrino que consulte con su curandera.

La mejor pócima para este tipo de intoxicación es un vaso de leche calentito y a la cama –le respondió el Zorrino cuando regresó a la tardecita con el mensaje.

Mi mamá lo miró escéptica como cuando descubrió el agujerito en la puerta de entrada. Intuyó que el Zorrino ni siquiera le había preguntado a la curandera y que inventó el consejo para ligar un medio litro con soda.

¡Por favor! ¿Me cree pavota? –le recriminó mi mamá–, eso lo sabe hasta un nene de un año. Si sigue así lo va a alcanzar a Galera. ¡Pero por favor!

Frente a la heladera que dividía al borracho de la Virgen, estaba el mesón de granito, donde descansaba la cortadora de fiambres y la balanza roja que el Piojo usaba de aposento. Ante ese mostrador recibí una lección para siempre. Mi mamá estaba ofreciendo una Leche Prima a un cliente casual y bien vestido que no reconocí entre el repertorio de personajes. 

“Tengo sabor a chocolate, vainilla, frutilla o...”, y justo cuando adiviné que el cuarto sabor sería el de moca, me adelanté y ofrecí de lo más campante e inocente: “... de moco también”.

El brazo de mi mamá hizo un swing perfecto que fue tomando envión a mil por hora. Me estampó un cachetadón estilo King Kong dejándome grabado cuatro dedos y el anillo de compromiso sobre el cachete. El sopapo no me dolió tanto como la socarrona mirada que me dio el tipo por haberme ganado por nocaut. Quedé inmóvil, no chisté y mientras el sarpullido me quemaba hasta las orejas y el alma, sentí un chorrito calentito que me bajó por la pantorrilla. Rajé al patio con la cola entre las patas y cuando levanté la vista hacia la Virgen también la vi enojada, aunque alcancé a recordarle aquel lamento de mi mamá: “no era para tanto”.  

Mi mamá no era muy pedagoga a la hora de enseñar valores, pero sí pragmática y eficiente. Cada vez que mis berrinches -o los de mi hermano- se hacían insoportables, me tironeaba del pelo o de la oreja, lo que más rápido manoteaba para evitar mi fuga. Me manejaba con unos golpes de muñeca para el lado contrario de donde iba mi cabeza, mientras yo trataba de acercármele en puntitas de pie para que el tironeo doliera menos. Con quebraditas de muñeca, unas para acá y otras para allá, me iba dirigiendo hacia el patio hasta llegar ante la “cámara de tortura”: una canilla de bronce lustroso de la que brotaba una catarata como la del Iguazú, pero helada. Segundos después del chapuzón, mi pataleta comenzaba a amainar y terminaba con una carcajada incontrolable. “¡¿Viste cómo se te pasa el berrinche?! Ahora de penitencia al rincón y a pensar en lo que hiciste”.

El agua helada era suficiente, pero la estrategia del rincón creo que la había copiado de sus padres que debieron hacer malabares para mantener a raya a sus once hijos. Mi mamá contaba que una vez tuvo que esquivar una pera que le tiró el nono José ante una respuesta irrespetuosa. La pera pegó contra una puerta y explotó como granada repartiendo esquirlas pegajosas por todos los rincones del comedor. “Así nos criaron a nosotros” solía contar, demostrando que sus métodos eran menos bruscos que los del nono.

La pera, el plantón, el agua fría y aquel cachetadón de película que me siguió doliendo por años, eran fiel evidencia de cómo la disciplina se venía trasmitiendo desde generaciones pasadas. También había un “¡miren que voy para allá!”, grito preferido con el que mi mamá trataba de terminar las frecuentes guerras campales en la que nos enfrascábamos con mi hermano a la hora de la siesta.

Solíamos jugar a tirarnos cascotes a la distancia, ejercicio con el que mi hermano medía como iban creciendo mis fuerzas. Una mañana me lanzó uno que no puede esquivar. El chichón se infló como el Everest y entré al bar abombado y zigzagueante como las bicicletas de los borrachines.

¡Qué pasó! ¡qué pasó! hijito de Dios, ¡qué pasó! –gritó mi mamá reventando los tímpanos a medio mundo.
–Gerardo me tiró un cascote –respondí, culpando a mi hermano por el Everest y por un montón de cosas más.

Mi hermano salió rajando y mi papá detrás de él. Lo alcanzó a media cuadra rumbo al Molino Tampieri. Mi hermano no se entregaría fácil, pero mi papá lo atrajo con el mismo ardid que usó para arrebatarle el revólver 38 al Hugo Quichi en aquella despedida de solteros: “Vení para acá o llamo a la policía”.
A la siesta, ya recompuesto del mareo y contento porque mi hermano tenía la cola colorada y sarpullida, tuve que seguir defendiéndome.

No te tiré a propósito –me recriminó con rabia.
Ya sé.
¿Entonces por qué me acusaste?, ¡mariquita! ─me dijo comiéndose las palabras para que no lo escucharan desde el dormitorio contiguo.
¡Qué te importa! más mariquita sos vos.

Mi hermano brincó de su cama listo para abalanzarse sobre mí, pero, gracias a Dios, las tablas crujientes del piso me salvaron como campanita en ring de boxeo.

─¡Porca miseria! ¡Duerman! gritó mi mamá desde su dormitorio afinando la voz para que la orden taladre más convincente─. ¡Miren que voy para allá!

Me acurruqué debajo de las cobijas y mi hermano, así como todo, absolutamente todo, quedó paralizado.


viernes, 12 de febrero de 2021

¿Por qué San Francisco?

Mi papá junto a sus papá, los nonos
Juan Félix y Chinta.
Era un día de fines de febrero de 1941, plomizo y sofocante. Empezó a garuar finito y la gramilla a despedir su aroma a verde fresco. A todos les preocupaba que se empape el colchón sobre el techo del lustroso Ford 40 de don Ángel Godino, amigo de la familia.

Mi papá, con 12 años radiantes, de pantaloncitos cortos y engominado hacia la derecha, estaba a minuto de subirse al auto. Mis nonos, Juan Félix Trotti y Jacinta Forno, la nona Chinta, lo habían anotado como pupilo en el Instituto Sagrado Corazón de los Hermanos Maristas de San Francisco. Les costaría mucho, pero se sacrificarían porque mi papá había terminado en la escuela estatal 483 de Colonia Eustolia con el mejor promedio de quinto y último grado y, en aritmética, no se recordaba un alumno así desde que Rodolfo Brühl había fundado la comuna en 1888. La maestra les venía insistiendo que el futuro del flaquito Livio estaba en los números y no como boyero en el tambo. Apuntaba para perito mercantil “y ojalá para algo más”.

Todos estaban ansiosos por la despedida. De repente, mi nona Chinta estalló en gritos como llorona de velorio. No quería desprenderse de su benjamín, once años menor que los mellizos Emilio y Lucho y trece menos que Rosita. Quizás lo sobreprotegía porque había llegado “por accidente” a sus 36 años en una clínica del pueblo Sastre con algunos sustos el 27 de enero de 1929. Su impulso repentino tenía una justificación profunda. A sus 48 años, nacida en 1892 en Eustolia, temía que se prolongara su tragedia si mi papá abandonaba el nido. Su primer esposo había muerto tragado por una máquina cosechadora que tiñó los trigales de un rojo ruidoso que le perforó por años la memoria.

Mi nono Juan Félix la abrazó fuerte para contenerla, pero ella no pudo ni quiso contenerse. Pretendía el escarmiento.

I von a meuri (me voy a morir) ─chilló mi nona en un piamontés duro ─Përchè a dev d'andesse via  por qué se tiene que ir!)

Porca vaca, as va nen an sla lun-a, mach a eut leghe da sì (vaca puerca, no se va a la Luna, solo a ocho leguas de distancia) ─le respondió mi nono.

I pairo pa pi, I pairo pa pi (no puedo más, no puedo más) –gritó –i tornerai mai pi a vëdlo (no lo voy a ver nunca más).

¡Calé giù 'l matarass! (¡bajen el colchón!) –sentenció mi nono resignado, pensando que así evitaría el martirio de los próximos días ch'a resta ant lë stabi (que se quede en el tambo).

Mi papá como marinerito, los nonos y
detrás Emilio (izq.), Rosita y Lucho. 
Mi papá no pataleó. Salió disparado hacia detrás de la casa con la pelota de cuero gastado bajo el brazo. Se quedó mirando como se alejaba el auto de Godino en dirección a San Francisco, vio que la polvareda quedaba suspendida y escuchó su corazón galopar a mil por hora. Se sintió raro, oprimido y al mismo tiempo aliviado. Quería irse, pero quedarse; le atemorizaba irse lejos y solo.

Recién por la noche se dio cuenta que el campo era su destino. Lloró debajo de las cobijas apretado y en silencio hasta dormirse. Por dos días no probó bocado y se desahogó tirándole con la gomera a todo lo que se movía, vacas, gallinas, gorriones y torcazas.

Tres madrugadas más tarde, mi nono lo llevó a ordeñar. Menos enojado, aunque todavía triste, mi papá se juró a sí mismo que algún día se iría a vivir a San Francisco.

Papi esto no me gusta ─le dijo, esquivando terrones de bosta y barro seco.

Te vas a acostumbrar. Los Trotti siempre fuimos de campo.

─Pero el nono también se fue ─le respondió mi papá, evocándole las historias que le contaba sobre el nono Carlo Giovanni que llegó de Italia en 1881.

Mi nono le pegó una palmadita suave en la cabeza y le hizo seña que siga ordeñando; la vaca esperaba y el sol ya estaba por despertar.

La historia de los Trotti tuvo al campo como destino desde épocas remotas en Italia hasta las primeras décadas en Argentina. El nono Juan Félix, nacido en 1889 en el campo en Felicia, había comprado una chacra de varias hectáreas en Eustolia que incluía una casona y un bar de ladrillos rojos que llegaban hasta el cielo. La pudo comprar tras hacer su agosto como capataz de peones en los alrededores de Sastre en un año de cosecha récord.

Mis bisabuelos, Carlo Giovanni Trotti e Isabella Marnelli, inmigraron de jovencitos desde Castellazzo Bormida, provincia de Alessandria, región del Piamonte italiano. Llegaron al Puerto de Buenos Aires con 22 y 20 años y el dolor de haber perdido a un recién nacido, pero gozosos de que Sebastián se mecía entre las aguas del vientre y del mar. Sería su primer hijo y nacería en la tierra prometida.

Carlo Giovanni Trotti y su familia. Mi nono Juan Félix
es el segundo desde la derecha.

Se afincaron en una zona tambera cercana a San Antonio en la provincia de Santa Fe, como muchos “gringos” que llegaron a borbotones para trabajar como golondrinas en los campos. Habían abandonado una Italia ya unida, después de tantas guerras ancestrales, pero todavía consumida por la corrupción, las pestes y la miseria.

Carlo Giovanni murió el 4 de junio de 1942 en San Antonio. Tenía 83 años y un derrame cerebral masivo no lo perdonó. Murió tranquilo, bendecido por un nuevo país y una familia numerosa de nueve hijos. Solo le quedó un pendiente: construir una capilla con el nombre de la iglesia Santi Carlo e Anna de Castellazzo Bormida donde se había casado y fue bautizado, ofrenda que muchos piamonteses supieron regar por los campos en gratitud. Su orgullo también obedecía a que aquella iglesia de ladrillos rojos de aspectos romanos fue construida en 1631 gracias a la volontá testamentale di Maddalena Trotti, una de las antespadas.

Cien años exactos después de su travesía, mi hermano Gerardo visitó Castellazzo Bormida en 1981. Curioso por su pasado y, durmiendo en los claustros de la parrocchia Santi Carlo e Anna y visitando la biblioteca de Alessandria, desenterró actas de nacimiento, casamiento y defunciones dándole vida a diez generaciones de Trotti campesinos hasta dar con el patriarca, Paolo, nacido en el 1500. Por unos eslabones perdidos no pudo llegar hasta los primeros Trottus, Trotta o Trotte del Siglo 10 cuando las iglesias transformaron rasgos y apodos en apellidos. Seguramente habían sido gente de acaballo.

Muchos ancestros rompieron la tradición por el campo. Mi papá, uno de ellos. Cumplió con su promesa de ir a vivir a San Francisco 16 años después del berrinche de la nona Chinta.

Era el 29 de agosto de 1957. También un día plomizo y de garúa finita como en 1941. El Ford 48 coupe, negro flamante, esta vez pertenecía al amigo de mi nono, don Tarico, que se prestó para la mudanza. Tres serían los pasajeros y sobre el techo del auto había dos colchones, uno de dos plazas. Mi papá de 28 años, mi mamá recién cumplidos los 29 y Gerardo, de algo más de tres que hizo todo el viaje en upa de mi mamá. En realidad, eran cuatro pasajeros. Mi mamá sentó a su lado a su “amiga más querida”, la Virgen del Rosario de Nueva Pompeya, una lámina enmarcada en dorado, que la acompañaba desde que era una niña y asistía a la capilla con ese nombre en Clucellas, donde nació el 2 de agosto de 1928.

Después de cuarenta y cinco minutos de ansiedad y polvo, llegaron a San Francisco con sol radiante, presagio de una decisión bien tomada. Atrás quedaron cuatro años de Eustolia donde vivieron con los nonos desde que se habían casado el 11 de abril de 1953.

Antes del casorio, noviaron por cuatro años a la distancia. Se conocieron en un baile de la Sociedad Italiana en Estación Clucellas, a medio camino entre Colonia Eustolia y Plaza Clucellas. Mi mamá fue al baile con sus amigas del alma, sus primas hermanas, Elsa, Vilma y Delma, con quienes se crio en el campo. Mi papá fue con sus amigos inseparables, los hermanos Juan e Hilario Rufino.

Mi mamá en la falda del nono José Miguel y detrás
mi nona Antonia. Faltan los dos más chicos, Eladio y
 Héctor que todavía bo había nacido.

Bailaron toda la noche. Mi papá fanfarroneó diciéndole que era de Rosario, que se había probado en Newells’s Old Boys y pensó que lo sospecharía con estudio y dinero. Ella picó el anzuelo. Un par de bailes después, mi papá embobado, confesó el engaño. Solo interrumpiría las visitas cuando las lluvias tornaban intransitables los 20 kilómetros de distancia. Llegaba a Plaza Clucellas con el bien cuidado Ford A de su papá para la envidia de los vecinos. Cansado de llegar a las madrugas directo de los bailes al tambo, mi nono le concedió que empezara a atender el bar y olvidara el ordeñe.

Presionada por cuatro años de espera, pero sobre todo por sus primas y por su papá, mi mamá le puso el ultimátum. Mi papá no tuvo escapatoria y pidió la mano. Mis nonos, José Miguel Trossero y Antonia Arnoldt de Trossero asintieron. Pensaron que era buen partido, conocían a los Trotti y a las Forno como a todo el mundo a varios pueblos a la redonda: “Es buen chico, pintón, trabajador y descendiente de piamonteses”.

Así como los Trotti, los Trossero también provenían del Piamonte, pero de Pinerolo al sur de Turín. Mi nono José Miguel nació el 13 de junio de 1895 en Colonia Clucellas poco después de que su padre y otros parientes llegaran a la Argentina. Mi nona Antonia nació el 6 de noviembre de 1894 en el cantón francoalemán de Valais en el sur de Suiza. Llegó a Argentina ocho años después de la mano de su mamá, Catalina Schmitz; su papá Juan, había muerto tiempo antes de subir al barco.

En San Francisco

Interpretación de foto de los Trotti que
pintó mi hermano cuando vivía en Paris.
Apenas instalados en la esquina de Iturraspe y Perú, lugar que hasta ese momento existía la despensa de los Mensa, a quienes mis padres le compraron la llave y de quienes heredaron la clientela, el primer acto fue entronizar la imagen de la Virgen del Rosario de Nueva Pompeya, la virgen de los casos difíciles. La colocaron en el salón sobre la puerta que iba al patio “para que la vean todos y ella nos cuide”, ordenó mi mamá.

Aquella imagen de su Madonna traída de Clucellas también había engalanado el bar en Eustolia. Se distinguía entre medio de trofeos y banderines amarillo y negro del equipo de fútbol comunal y fotos de formaciones varias y una de mi papá agachado, balón en mano, con un epígrafe que lo destacaba como el wing derecho más goleador y gambeteador de la temporada 1949-1950. “Yo no lo escribí” se defendía.

Minutos antes de subir al auto de don Tarico aquel 29 de agosto de 1957 – exactamente un año antes de que yo naciera en San Francisco - mi nono Juan Félix, siempre de camisa larga y sombrero de felpa negra para defenderse del sol, y con el brazo sobre los hombros de la nona Chinta, volvió a la carga sobre mi papá.

─Prometeme que volverás.

Viejo, siempre. Lo mismo te contesté cuando mami armó la pataleta ─le dijo, pero mirándola a ella con una mueca cómplice─ ¿por qué no voy a regresar?

Livio no me entendés. No es por vos ni por la Tota ─le dijo mi nono─ es por el Gerardito. Hace tres meses que esta llora y llora todas las noches.

Mi nona Chinta ante la vergüenza de que le desnudaran su debilidad en público, reaccionó con una frase que habitualmente la usaba contra el nono: “Sta ciuto! (¡Cállate la boca!)”.

Gerardo y yo con la nona Chinta, mis padres, tíos y tía,
y mi nono en el medio. Era el casamiento de
Chiquita y Miguelito, hijo de Rosita y tío Aimaretto.

Mi papá lo apretó fuerte con un abrazo largo y profundo que dijo mucho. Se iba, estaba contento y con esperanza, pero también tenía miedo e incertidumbre. Le dolía el cuerpo y el alma, y aunque ni era remotamente la travesía que emprendió su nono Carlo Giovanni, igualmente experimentó aquella dualidad emocional del que deja lo suyo.

No se llevaba mucho de su Eustolia. Un par de valijas rebalsadas, el traje y el vestido de casamiento, unas fotos para no olvidar, pocas chucherías de cocina y varios rasgos y gestos marca Trotti: nariz grande con quiebre en el tabique, cabeza levantada como mirando por arriba del horizonte, cejas cortas poco pobladas siempre sorprendidas y una tosecita carrasposa con la que iniciaba cualquier conversación. De los Forno de mi nona Chinta heredó un gesto de visera con la mano para tapar el sol, una postura de paciente espera con pies a las diez y diez y unos brazos en jarra con los puños sobre los riñones. Y también un carácter piamontés fuerte y gruñón de la nona que se complementaba con la calidez de un nono bonachón de pocas palabras.

Cuando habían resuelto salir de Eustolia en busca de su tierra prometida, San Francisco estaba predestinado por mi papá. Sin embargo, mi mamá también tiraba por Rafaela donde vivían su hermano Octavio y Ángela la mayor de sus hermanas. Cualquiera de las dos ciudades invitaba a un mejor futuro que sentían incierto y esquivo en el campo. Mi mamá finalmente apoyó la decisión de mi papá: “¿sabés qué? prefiero que estemos aislados por un tiempo”.

Cuando decidieron transformar la despensa a Bar “Nueva Pompeya” mi mamá quedó sola frente al negocio y, sin mucha experiencia para atender una clientela que sería superior a la de Eustolia, no tuvo otra que encomendarse a la Virgen. Le puso unas ramitas de olivo al cuadro sobre la puerta y guardó una estampita debajo del mostrador principal en la que se leía: “Si quieres alguna gracia recurre siempre a Mí, porque yo soy tu Madre”.

Un día difícil, de esos habituales en el bar, que mi mamá necesitaba alguna gracia y no encontraba la estampita, me mandó a buscarla a su mesita de luz.

La encontré, pero no estaba sobre la mesita, sino dentro del cajón debajo de una cajita de alhajas y junto a una libretita amarillo chillón que me gritó por atención. Nunca la había visto. Era como la libretita roja del fiado y la azul con las recetas de cocina, pero desorganizada y desprolija. Estaba llena de estampitas, oraciones, aniversarios, garabatos y, sobre todo, me sorprendió una carta doblada en dos en cuyo doblez se leía en tinta corrida: “el anónimo”.

Justo cuando estaba a punto de abrir el misterio, mi mamá se me apareció por atrás.

¡Qué estás haciendo Nenucho! ─exclamó brusca.

─Vine a buscarte la virgencita.

─Esa no es la estampita. Salí de acá. Jurame que no le vas a decir a nadie.

─No vi nada. Te lo juro.

─Por Dios.

─Te lo juro por Dios.

─Y cuidadito que le cuentes a papi o tu hermano ─me ordenó mientras con la palma sobre mi espalda me fue invitando hacia afuera del dormitorio.

Al salir, vi de reojo que mi mamá puso su libretita a salvo, escondiéndola en un cajón del ropero debajo de su ropa íntima.

Por mucho tiempo me pregunté si en el contenido de aquel “anónimo” no estaría la razón que influyó para que eligieran San Francisco. O si tenía que ver con el “prefiero que estemos aislados”, frase que mi papá disimuló no haberle prestado atención.

Agradecimientos a quienes me ayudaron a construir este capítulo:

·  A mi hermano por haber construido el árbol genealógico de los Trotti, por sus horas en mejorar fotos y por haber retratado a la familia, en aquella época, con dibujos y pinturas.

·  A mis primos Marta y Raúl Trossero y su esposa Adriana Zurbriggen, así como mi prima Raquelita Trotti, quienes me aportaron datos, fotos, documentos y recuerdos que seguiré desgranando en próximos capítulos.

·  A mi esposa Graciela, por su siempre excelente crítica y por haber sido amiga íntima de mi mamá.

·  A la traductora Alejandra Gaido de Las Varillas que permitió el diálogo de mis nonos en piamontés. Y a José Luis Vaira presidente de la Asociación Civil Familia Piemontesa de San Francisco, Córdoba. 

Interpretación de mi hermano de una foto de los primeros Trotti en Argentina, de cuando vivía en París.




EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...