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jueves, 25 de marzo de 2021

El patio, mi paraíso

Pintura al óleo de mi hermano Gerardo a fines de los 60 sobre uno de
los lugares más lindos del patio, la puerta de entrada al comedor de la casa
y el gran ventanal, bañados por el sol que pedía permiso entre las
hojas de una parra frondosa de uvas carnosas.

El patio era mi paraíso.
Extenso y asimétrico.
Con mil rincones y recovecos.
Inundado de fragancias y colores.
Desbordado de sonidos y texturas.
De mañanas doradas y noches embrujadas.
Refugio íntimo de juegos y aventuras.
 
Ubicado en el centro del lote de esquina, el patio actuaba de bisagra entre el bar y la casa. Tenía un contorno irregular y zigzagueante como mordida de cocodrilo, en el que resaltaban el garaje, el bañito y una piecita para los cachivaches.
 
Su geografía quebrada se descomponía en dos áreas rectangulares fundidas entre sí, cada cual con vida propia. Una de ellas, más cercana al acceso al bar, estaba bañada por la sombra de un achacoso y cansado limonero que se estiraba en puntitas de pie para aferrarse al sol en sus últimos años. Todavía ofrendaba unos limones pulposos y perfumados; era como una ancianita embarazada. La otra parte, recostada sobre la casa, cobijaba una parra espesa, joven y regalona con hojas como manos de gigante, de la que pendían racimos rechonchos de uvas carnosas con pocas semillas.
 
En el centro, una vara cilíndrica de madera medio astillada sostenía un alambre galvanizado sobre el que mi mamá tendía las sábanas al sol que usábamos como refugio para las escondidas. En los días que el calor rajaba la tierra, el Piojo y la Pancha aprovechaban el tendedero como carretera entre la parra y el limonero en busca de mayor frescura.
 
El piso era de cemento agrietado y lleno de parches. Varias tonalidades de gris denotaban las edades de los remiendos. Estaba desnivelado y cuando llovía había que esquivar charcos tan grandes como la laguna de Mar Chiquita. En algunos rincones, donde el cemento había sido carcomido por el agua y el taconeo, sobresalían ladrillos rojos con inscripción de fabricación francesa que, según mi papá, habían pertenecido a “épocas de vacas más gordas”.
 
Las paredes que daban al patio eran ásperas como cáscara de naranja y de alturas desiguales. En la parte inferior, los estragos de la humedad habían carcomido el revoque y entre las cicatrices asomaban algunos ladrillos con las puntas apolilladas. Arriba, delineadas por una canaleta que organizaba lluvias, los colores ya desgastados e imperceptibles se fundían con el celeste cielo, aunque un verdoso enmohecido iba ganando terreno año tras año.
 
Donde coincidían pared y piso ya no había espacio libre. Mi mamá lo había llenado de macetas de terracota con jazmines, pensamientos y geranios, mientras que las calas, como espadas de gladiadores romanos, jugaban libres en un cantero desde el que se podía cavar hasta el centro de la Tierra. En tarros de aceite YPF y de Cocinero plantaba perejil, laurel y orégano que luego cosechaba para sus recetas más suculentas de fines de semana.
 
Había que estar muy alerta para descifrar la mezcla de olores y sonidos que competían por su propio espacio. Muchos clientes primerizos en el patio preferían no tomarse el trabajo de afinar la nariz y el oído. Quedaban atontados con una mezcolanza espesa de aromas y ruidos como si estuvieran paseando por un parque botánico y un jardín zoológico al mismo tiempo.
 
Las fragancias agridulces de especias, flores y limones se ligaban con los olores pastosos de los almidones y el perfume del agua jabonosa que se escurría de las prendas en el tendedero. Cerca de la hora del almuerzo, los clientes pasaban al bañito para dejarse asaltar por un festival de glándulas salivales generado por el aroma que emergía de la ventana enrejada de la cocina. El olor de embutidos colgados de los tirantes del techo y las salsas con ajo en la sartén sobre la hornalla se licuaba con el olor de la carne y los chinchulines casi a punto que despedía una parrilla en el rincón más al oeste del patio. Era el espacio del que se había apropiado el Zorrino, como el “asador oficial” de los changarines:  “esta es mi cocina en el mapa”, definía.
 
La limpieza y el baldeo tocaba los viernes. La creolina borraba por unas horas todos los demás olores, pero también el hedor de cascarudos, uriburus y catangas que habían dejado sus estelas en noches pasadas.
 
Una vez al año, en días de verano, desentonaba un tufo extranjero. Lo despedía la lana de oveja de los colchones que mi mamá aireaba en el medio del patio sobre unas chapas viejas de cinc corrugado. Peinaba las hebras, apelmazadas por el uso, buscando rastros de chinches pasajeras, y una vez reseca por el sol y más esponjosa, la estrujaba dentro del forro azul con gaviotas en relieve dorado, consiguiendo que el colchón retomara su espesor original. “Ahora sí que van a dormir como angelitos”, auguraba, mientras le rociaba gotas de Polyana 555 o la “Alegría de vivir”, buscando eliminar efluvios de humedad y orines pasados.
 
Los sonidos daban al patio su propio lenguaje. Desde la gran pajarera de mi hermano, que ocupaba toda la pared entre el garaje y la cocina, brotaba un trino selvático. Benteveos, brasitas coloradas y zorzales criollos competían por los despertares de la mañana. Sus cantos se mezclaban con el gorgoreo de las palomas mensajeras que anidaban libres en el techo del bañito bajo las hojas enceradas de limonero. Los canarios flauta de mi papá, carmines y salmones, enjaulados sobre la pared del bañito, hinchaban el pecho, fanfarroneando y gozosos de que también se los escuche.
 
En el cielo, el “teru, teru… teru, teru” de los teros campesinos en fila india y vuelo a media altura, presagiaban la visita segura de algún familiar a la hora de la comida.
 
–Fijate. Nunca mienten. Vuelan tres adelante y tres más atrás, así que hoy vendrán de Eustolia y de Clucellas, de tu familia y la mía –le anunciaba seguro mi papá a mi mamá desde que de muy chico en Eustolia había aprendido de la nona Chinta a leer los mapas del cielo.
 
En días ennegrecidos y con el olor a tierra mojada que llegaba desde el sur anunciado lluvia a baldes, el aullido de los animales lo invadía todo, asustados como si estuvieran oliendo un terremoto. El Pinky, mi perrito medio chihuahua con una pizca de algo más ladraba desaforado; el Piojo de mi mamá se autocompadecía con su famosa frase “pobrecito el Piojo” y la Pancha de mi hermano giraba desorbitada sobre el tendedero, anunciando truenos y relámpagos.
 
Tras la lectura parsimoniosa de las nubes, mi papá solía entonar los mismos versos tangueros presagiando una tormenta eléctrica cargada de refusilos: “…Y un perfume de yuyos y de alfalfa que me llena de nuevo el corazón…”.
 
En esa jungla de trinos, versos tangueros y estruendos celestiales, había un sonido capaz de entorpecer a todos los demás. Era el silbido antojadizo y penetrante de mi hermano. Tenía una predisposición especial para las melodías pegajosas de la radio. Le daba igual, canciones de rock, jingles publicitarios, el himno nacional o el de la escuela. Volvía loco a medio mundo.
 
–Me tenés harto, cerrá ese pico Gerardo le rogaba mi papá.
–Dejalo viejo, ahora que va a piano de la Canale, seguro que tiene vocación de músico y algún día te va a acompañar la armónica – retrucaba ilusionada mi mamá.
–Que lo tiró, si le tapás la boca, silba hasta por atrás.
 
Mi papá era mucho bla bla con los rezongues, pero yo era el único que tenía un arma poderosa e infalible para neutralizar a mi hermano, parecida a una gota de tortura china, algo menos letal. Se trataba de una cumbia de moda, querendona y contagiosa, que le cantaba mientras le hacía un contoneo torpe de caderas invitándolo con ademanes a bailar.
 
–“No me mires corazón, shi-quin-dííííínnn, shi-quin-dííííín”; “No me mires corazón, shi-quin-dííííínnn, shi-quin-dííííín”.
 
Había algo indescifrable en esa música que nunca lo supe, quizá mi tono o la letra, que detonaba en mi hermano una explosión de furia, transformándose en un ogro como los de abajo en el sótano. Fruncía el ceño y me clavaba una mirada gélida con ojos achinados, mientras refunfuñaba unas palabras que se iban alargando y aumentando de tono.
 
–Te voy a mataaaaaarrrrrrrr.
–Correme mariquita.
 
Era el momento preciso para hacerme humo. Salía disparado a toda velocidad sin dirección fija, apretando los glúteos hacia delante y con los brazos hacia atrás, volteando cajones vacíos o cualquier otra cosa que sirviera de obstáculo en su camino.
 
Tarde o temprano mi hermano me alcanzaba y con zancadilla de judo me tiraba al suelo, daba igual, sobre el duro cemento o la gramilla esponjosa. De espalda boca arriba no podía zafarme ni defenderme.
 
–De esta no te salva ni Mandrake. A ver llorá, a ver quién es el mariquita ahora. Dale llorá, dale cantá de nuevo, dale.
–Mamiiiiiiii, ma... –atinaba a gritar, pero al segundo grito me lo ahogaba con una mano y con la otra me reventaba a cosquillas en las axilas.
 
Mi mezcla de risotadas y lloriqueos no despertaba compasión; y sabía que lo peor estaba por llegar. Se venía una tortura china de verdad.
 
Teniéndome a su merced boca arriba, se sentaba sobre mi panza y me inmovilizaba los bíceps con sus huesudas rodillas. Silbando bajito y carraspeando fabricaba gallos de saliva espumosa que se entreveían por la comisura de sus labios para luego dejarlos colgando como un subibaja de chicle. Con los dedos imitaba los movimientos de una arañita mientras los acercaba de a poco debajo de mi brazo, logrando que mi boca se abriera como una ventana.
 
Un “¡nooooooooooo mamiiii!” que me salía del fondo del estómago y repetía entre carcajadas nerviosas viendo cómo el gallo elastizado se me acercaba, era mi último recurso para pedir compasión. ¡Ni modo! Con certeza quirúrgica el gallo pegaba en mi campanilla.
 
–Asqueroso de mierda, soltame, soltame –gritaba rabioso todavía con el gusto ácido de la saliva extranjera en mi boca, tratando sin éxito de zafarme con unos corcoveos de potrillo.
–Jurá por Dios que no me vas a hacer más burla. No le vas a decir nada a mami ni a papi.
–Te lo juro, te lo juro, Gerardo. Soltame, soltame… asqueroso, me duele. No me voy a escapar.
–Te dije que lo jures por Dios. ¡Juralo por Dios! –me reclamaba tratando de asegurar mayores garantías.
–Te lo juro por Dios.
 
Apenas sentía que amainaba la presión, saltaba de golpe y me ponía a unos pasos de distancia, mientras pensaba en el camino más fácil por donde emprendería la nueva fuga. Y cuando veía que mi hermano se distraía un poquito, le retrucaba el estribillo torturante con mi cara aún más exagerada de morisquetas.
 
–“No me mires corazón, shi-quin-dííííínnn, shi-quin-dííííín, No me mires corazón…”
–Te voy a reventar la jeta de un piñón –bramaba de nuevo, ya sin poder alcanzarme.
–Mami, mamiiiii, Gerardo me quiere matar –gritaba cada vez más fuerte enfilando hacia el salón del bar, tratado de que mi mamá saliera al rescate. 
 
Mi mamá aparecía en escena con un grito agudo que opacaba los nuestros y hasta la Pancha, el Pinky y el Piojo quedaban espantados.
 
–Basta de gritar carajo. Son hermanos, Dios mío. Si no dejan de pelear ¡ya van a ver cuando llegue su padre! –amenazaba levantando la voz en las últimas sílabas.
 
Nada de lo que decía daba miedo, excepto la última frase, “ya van a ver cuando llegue su padre”. Era una oración llena de magia. Hacía que mi hermano desapareciera por completo un par de horas y yo me desdibujara entre los clientes del bar hasta que pasara la tormenta.
 
A la hora del almuerzo y temerosos de que mi mamá pudiera activar la frase en cualquier momento, mi hermano y yo ni siquiera pestañábamos.
Una pintura / croquis que hice hace una década atrás, de la esquina con las tres partes:
 el salón del bar, el patio y la casa, con algunas anotaciones que me sirven de guía
y ubicación para narrar todas las historias de "El bar de mi mamá".


viernes, 19 de marzo de 2021

El Manya Luna, la estrella del Nueva Pompeya

Uno de los mejores retratos que le hizo mi hermano Gerardo al Manya Luna.

Muchas cosas diferenciaban al Nueva Pompeya por sobre los demás bares de la ciudad, aunque nada era más distintivo que el Manya Luna, su personaje más emblemático.
 
Debido a la tonelada de años a cuestas, la luz del Manya era más tenue que en épocas en que encandilaba como estrella de fútbol aficionado. Sin embargo, seguía resplandeciente con la luminosidad que le irradiaba mi mamá.
 
Eran dos estrellas fulgurantes en el vasto universo del bar. Difícil concebir a uno sin el otro. Se amaban, se rezongaban, se entendían sin hablar. Intercambiaban roles sin saber, según el momento del día. Temprano en la mañana, él fungía de padre protector y ella de hija obediente. Unas copas más tarde, ella se comportaba como madre severa y él como hijo indomable y caprichoso.
 
El Manya siempre esperaba que el favor por los mandados le fuera retribuido con una copa vino tinto. Debía ser Viejo Viñedo y abocado.
 
Una tarde mi mamá le sirvió una copa de vino Toledo. Error grave.
 
No le voy a hacer más nunca un mandado –sentenció.
 
Con astucia de psicóloga, mi mamá puso vino genérico de damajuana en una botella con etiqueta de Viejo Viñedo.
 
–Por suerte todavía me quedaba una, así que perdóneme Manyita.
 
El Manya pegó la nariz a la copa, inhaló profundo, pegó un sorbo, paladeó y alardeó convencido:
 
–Este sí. Es suave como terciopelo.
 
Mi mamá se aguantó la risa y por lo bajo disparó: “son todos iguales”.
 
Mi mamá había creado una fórmula menos agresiva y resistida para regularle las copas de vino: “hoy ya no necesito más mandados”.
 
El Manya no era fácil de vencer. Volvía a la carga y reclamaba que debía ir a comprar pan, leche, frutas o a cobrar facturas a algún moroso con tal de conseguir su copa.
 
Ella inflexible y él, perdido por perdido, no le quedaba otra que disparar su frase letal.
 
–Cuándo me muera, le vuá a tirar las patas por abajo la frazada.
–Ay por favor Manyita, no diga eso. Tómese esta última y déjeme de molestar con esas tonterías. Prométame que esta es la última.
 
Entre sorbo y sorbo, él la quedaba mirando con una sonrisa picarona y victoriosa, pero no prometía nada.
 
Se había ganado el apodo por su destreza como goleador de La Milka una tarde que el sol derretía el pasto. Todas las pelotas caían a sus pies y literalmente desaparecían. Las escondía entre sus botines para escupirlas a pocos metros del arco rival. Ese día anotó siete goles de todos los colores como el arco iris. Uno de palomita, otro de chilena, uno de rabona, otro con la mano que el referí no advirtió, uno de emboquillada, otro con un zurdazo a quemarropa al ángulo derecho y, el último, un olímpico delicioso que despeinó al defensor en el primer palo. Un italiano que hacía poco había llegado a San Francisco y que lo seguía por sus goles y para no extrañar a su Juventus lo bautizó sin querer: “questa Luna mangia le palle”. Unos hinchas trepados sobre una camioneta medio destartalada, solo entendieron mangia y ahí nació el mote que hacía justicia a su fútbol: el Manya pelotas... el Manya Luna.
 
Su fama lo precedía donde estuviere. Los nuevos parroquianos se convertían en clientes fieles del bar cuando descubrían que él era el famoso Manya. Algunos papás del vecindario se hacían unas escapaditas con sus hijos para que les firme las figuritas, aunque no podían hacer que firme las de River. Y cuando los chicos preguntaban porque siendo tan bueno no había jugado en Sportivo Belgrano, algún cliente se adelantaba diciendo que esa camiseta igualmente le hubiera “quedado chica” y que jamás defendería otros colores que no sean sus sagrados azul y oro, como los de La Milka y Boca Juniors.
 
–Manya cuál es su pálpito, deme los ganadores –era la pregunta habitual de mi papá para acertar la polla.
–No me joda con River, Livio. Ese equipo no es nada sin Amadeo.
–Vamos Manya. Quiero su pálpito para todos los partidos y no que solo me ponga de ganador a Boca.
–Para qué le voy a decir algo, si al final siempre termina poniendo a River de ganador.
–Usted de fútbol mucho bla bla, mejor dedíquese a cuidarme a la Tota.
–Mejor dedíquese a su polla y no se olvide que River hace siete años que no gana un campeonato –remataba victorioso.
 
La discusión recién se zanjaba cuando el Manya aflojaba y terminaba dándole empates a River y a Boca. Mi papá, en reciprocidad, le regalaba una jugada de polla. “A ver si de una buena vez la pega, hace muchísimo que no mete un gol”.
 
El Manya era menudísimo, cabeza erguida medio ladeada y pómulos salientes. Usaba una bombacha gaucha, siempre negra, abrochada al huesudo tobillo y unas alpargatas de suela de cáñamo gastadas en el taco. Camisa blanca tirando a crema por las décadas y un infaltable pañuelo blanco al cuello le realzaba una afeitada desprolija y una sonrisa de piano medio maltrecho. Sus manos evidenciaban algo de artrosis y un par de dedos no le respondía. La muñequera de cuero negro y hebillas plateadas le apretaba unos cinco centímetros del antebrazo por donde había entrado la hoja del facón. Y cuando esa anécdota no impresionaba del todo, se levantaba la camisa y mostraba orgulloso las diecisiete cicatrices debajo las costillas que “me gané como gallito de riña”.
 
En ocasiones especiales, como el día de su cumpleaños y cerca de las fechas patrias, dejaba su gorra de lado y se calzaba un chambergo de comparsita de copa alta y alas cortas, despertando la admiración de mi mamá.
 
–¡Cómo se vino hoy, Manyita! Qué guapo que está.
 
De inmediato entonaba el mismo estribillo, aunque tarareaba el resto de los versos porque ya no recordaba la letra. Ladeaba el sombrero y posaba como compadrito de arrabal.
 
– “El farolito de la calle en que nací, fue el centinela de mis promesas de amor…”, la la la, la la la.
Cada vez más parecido a Gardel.
–¿Y usted qué cree? Cree que el único Gardel es el Livio. ¡Por favor!
 
Con cariño de madre e hija al mismo tiempo, mi mamá decía que el Manya era una pinturita, “el mejor retrato de este bar”. De ahí creo que se colgó mi hermano para retratarlo más que a nadie, al óleo, con carbonilla o a pasteles, con gorra, sombrero o a pura melena. Siempre lo sentaba en pose, serio y obediente frente al gran ventanal del comedor que chupaba toda la luz del patio. Permanecía petrificado hasta que se le iban los bueyes y comenzaba a cabecear como en el centro del área.
 
Mi relación con él era más lúdica que la de mi hermano, así que aprovechaba cualquier oportunidad, más allá de atajarle penales en la vereda. Iba agazapado por detrás de su silla para que ninguno de los dos me viese y le gritaba quitándole una araña imaginada sobre su hombro. El Manya saltaba corcoveando como potro salvaje, me tiraba zarpazos sin éxito y unos amagues para que yo salga rajando.
 
–Quédese quieto.
–¡¿Cómo?! Con ese mocoso de porquería. ¿A quién salió?
–Póngase erguido como antes, levante la pera, no hable –le ordenaba mi hermano, mientras él seguía refunfuñando por lo bajo.
 
Los ladronzuelos
 
Aquel lunes, después de pasar el domingo entero oliendo treinta seis combinaciones de perfumes y chorizo a la grasa para descubrir a los ladronzuelos que le habían robado más orgullo que mercancías, mi mamá esperó al Manya con un papelito con el nombre de tres sospechosos.
 
–Manya tómese unos mates rapidito, que me tiene que hacer un gran mandado.
–Ordene doña Tota.
–Vaya con esta lista a la policía y entréguesela de mi parte al cabo Ángel García. Él ya sabe, le hablé por teléfono.
 
El Manya la paró en seco.
 
–Dona Tota no puedo ir.
–¡Qué le pasa! ¡Qué bicho lo picó!
–Le tengo que confesar algo.
 
Mi mamá lo miró sorprendida, con los ojos fuera de órbita como si la hubiese pisado una aplanadora.
 
–No me va a decir que sabe quién fue.
–Se habla de eso en el barrio.
–¿Quién fue? porque no me lo dijo.
–Porque no quería desilusionarla.
–Cómo puede ser que no me haya dicho. Soy la que más lo cuida, ¡por favor, Manya! ¡Para quién juega usted!
–Doña yo soy muy leal a usted, pero que quiere que haga, escuché otras cosas.
–Bueno déjese de rodeos y dígame quién fue. ¡No me diga que fue Galera!
–Galera no fue.
–Y entonces quién.
–Dos sobrinos, unos chicos de 15 años.
–¿Sobrinos de Galera?
–No. No sé porque insiste con el pobre Galera.
–Qué pobrecito y qué ocho cuartos. Galera está metido en mil líos en este bar, siempre es él o le pasa raspando.
–No sé quiénes son. Son dos hermanitos que viven al frente del Parque Cincuentenario.
–Manya, hay cientos de casas frente al parque.
–No puedo ir a la policía con sus sospechosos porque usted y yo quedaremos como dos estúpidos.
–Usted me está escondiendo algo. Sabe qué. Mejor váyase. No lo quiero volver a ver. ¡Váyase le digo!
 
El Manya llegó hasta la puerta y regresó.
–Pero doña...
–Váyase le digo. No lo quiero ver más.
 
Mi mamá quedó destruida. La confesión a medias del Manya le había destruido su lista de sospechosos y la ilusión de anticiparse y ganarle a la policía con sus dotes detectivescas. Peor aún, se sintió malvada e injusta por haber sospechado de tres inocentes y por creer en sus propias pruebas sin evidencias suficientes. Y se arrepintió de haberse enojado con el Manya que no tenía culpa alguna en todo su embrollo.
 
Salió a buscarlo, pero el Manya se le adelantó. Se habían prometido no pelearse en las tardecitas para que cada uno pudiera dormir tranquilo por las noches.
 
–Usted es injusta. Siempre la cuido y la ayudo, y ahora me echa como un perro.
–Está seguro de que son dos chicos de 15 años –insistió mi mamá sobre el asunto.
–Es lo que se habla en el Barrio Parque.
 –Encima me hacen ver como una estúpida.
–Quiere que vaya a la policía y los haga buscar.
–No ya no. Dirán que son chicos, que no pueden hacer mucho. Mejor le voy a pedir a Galera que me traiga a los dos mocosos para acá.
–No sea porfiada, de donde saca que Galera sabe algo de todo esto. No me saque verdades con mentiras. No le diga nada.
–No me diga que le tiene miedo a ese atorrante. Usted ya se me está cayendo del pedestal y pensar que lo tenía acá, –le reprochó, haciendo una seña por arriba de su cabeza– solo quiero que los traiga para darles una lección y para que no vuelvan a robar más.
–Sabe qué, me tiene cansado. Siempre quiere salirse con la suya, se cree una jueza que puede retar y cambiar a todo el mundo.
–Y para que me cuenta entonces.
–Para que no acuse por acusar y no quede como una estúpida frente a la policía.
–Ese es mi problema.
–Sabe qué. Ya me cansé, ahora soy yo el que se va. Usted no me va a echar un carajo.
–Manya venga, vuelva.
–Si me sigue tratando así le juro que cuando me muera le vuá tirar las patas por abajo la frazada.
Déjese de hacer el viejo tonto. Tómese este vinito que se lo ha ganado. Pero ojo, pronto me tiene que averiguar nombres y apellido de esos mocosos.
 
El Manya se quedó, y sabedor de su victoria, saboreó su última copa del día.
 
Sus victorias no me hacían mucha gracia. Competía secretamente contra él a brazo partido, celoso por el amor de mi mamá. Tenía que aprovechar cualquier oportunidad para ganarle. Un día que me pateó la locomotora que me había regalado el tío Tito, lo aguijoneé para que me corra: “el Manya tiene la L, pero no es de Luna, sino de loco”.
 
Me hizo un amague fuera de lo habitual, movió cadera y cintura para un lado y los ojos para el otro como para esquivar al arquero. Salí disparado como loco y no advertí que la argolla de la tapa del sótano estaba levantada. Trastabillé y volé hacia el patio viendo como quedaba atrás el marco de la puerta que, menos mal, estaba abierta. Aleteé tratando de colgarme del aire y aterricé derrapando con las rodillas sobre el cemento. Lloré con gritos exagerados hasta que mi mamá llegó al rescate.
 
–¡No le da vergüenza Manya!, ya está demasiado grande para andar corriendo al Nenucho. ¿No le parece?
 
Mientras fingía mis lloriqueos, miré al Manya por detrás de mi mamá y le saqué la lengua como latiguillos de rana. Y cuando pensé que lo había aventajado, el Manya reaccionó.
 
–Bueno, tampoco se queje tanto, doña Tota, después de todo lo que a usted le cuesta comprar la esquina, el Nenucho se le adelantó con el terreno.
 
Se echaron a reír a carcajada limpia. Yo quedé mirándolos en el medio del patio, con las rodillas raspadas y el alma magullada. El Manya de nuevo me había ganado.
 
De repente, el Manya cortó las carcajadas de cuajo, se dobló en dos, se agarró el abdomen en la parte derecha y soltó un chillido agudo como la Pancha.
 
–Qué le pasa Manya. ¡Qué le pasó, por Dios! –reaccionó mi mamá.
–Nada nada, ya se me va a pasar. No tengo nada.
–No me mienta Manya, cómo que no le pasa nada ¡por favor! Venga para acá.
 
Mi mamá nos llevó al Manya y a mí a la mesa de las visitas. Le trajo un vaso de agua y quedó mirándolo preocupada. Tenía la misma mirada amorosa, dulce y comprensiva que nos regalaba a Gerardo y a mí cuando había algo que no podía dominar.
 
El Manya Luna fue el personaje más retratado por mi hermano en el bar.

 

EPÍLOGO: la última carta

Párrafos de la última carta que me envió mi mamá en octubre de 1994. Aferrada a su fe, me pedía que visitara a especialistas en Miami para q...